LOGINCrucé el vestíbulo a toda prisa, en el corredor de servicio, choqué contra alguien, se trataba de Lina quien maniobró para no derramar su café. Al reparar en mi rostro, frunció el entrecejo.
—Eh cariño, ¿Estás bien?
Acorté la distancia susurrando.
—Si alguien pregunta por mí... di que no sabes nada. Que no me conoces. Que aquí no trabaja nadie con mi nombre ni con mi aspecto. Por favor.
Parpadeó, desconcertada. —¿Cómo? ¿Te buscan?
Asentí mirando hacia atrás.
—¿Son peligrosos?—Insistió ella tomando mis hombros.
—Sí.
Bastó esa única respuesta. Me instó a esconderme, ella se ocuparía del resto.
Fui directo a mi habitación. Cerré la puerta y empecé a guardar todo lo que cabía en una mochila. Metí un par de mudas de ropa, mis ahorros, los dibujos y algunos objetos personales.
Arranqué una hoja y escribí unas líneas apresuradas para los dueños del hotel. Les agradecí sinceramente el haberme recibido y les pedía disculpas por marcharme de esta manera.
Escapé por la puerta de servicio, escabulléndome por el callejón.
No miré atrás.
Presentía que, si lo hacía, los vería doblando la esquina para llevarme de vuelta. Corrí hasta que las piernas empezaron a pesarme. Crucé calles desconocidas, un parque, la estación de autobuses y seguí avanzando a fin de poner la mayor distancia posible entre ellos y yo.
Al borde de una carretera secundaria encontré una cabina telefónica.
Saqué la tarjeta que Leo me había dado. Los dedos me temblaban tanto que estuve a punto de dejarla caer. Marqué el número.
Tonos vacíos; no hubo respuesta.
Lo intenté una segunda vez.
—¿Hola?
—Soy yo... Vera —susurré—. Ellos... Mis tíos. Están aquí. Me encontraron. Tuve que huir.
—Dime dónde estás.
Le indiqué el nombre del lugar que logré leer en un letrero.
—Quédate ahí. Voy por ti.
La llamada terminó.
El frío fue instalándose. Me hice un ovillo dentro de la cabina, el cielo terminó de oscurecerse. Perdí la noción del tiempo. El agotamiento físico y mental me tenía al borde del llanto. Justo cuando comenzaba a asumir que no vendría y que estaba completamente sola en la oscuridad, un par de faros cortó la neblina y su coche negro frenó junto a la vía.
Leo descendió. Recorrió los alrededores con la mirada.
Salí de la cabina, mis piernas me respondieron a medias debido al entumecimiento. Como pude avancé hacia él.
Al verme, se quitó el saco y lo acomodó sobre mis hombros. Con el pulgar apartó una lágrima que acababa de deslizarse por mi mejilla.
—Podrías haber esperado dentro de algún local, está helando — mencionó serio.
El nudo que llevaba sosteniendo desde que vi a mis tíos terminó de romperse. Me abalancé a su pecho, lo abracé fuertemente. Leo se tensó un segundo, sorprendido por el contacto, sus brazos me rodearon despacio. Una de sus manos descansó sobre mi nuca. La otra recorrió mi espalda.
—Ya pasó —me dijo al oído—. Ven.
Abrió la puerta del copiloto y esperó a que me acomodara. Cuando notó que seguía inmóvil, inclinó el cuerpo hacia el interior, tomó el cinturón y lo abrochó por mí.
El motor volvió a ponerse en marcha. No hablamos durante el viaje. Mi cabeza seguía pensando en ellos. ¿Cómo habían dado conmigo? ¿Alguien me había visto? ¿Cómo descubrieron dónde trabajaba? La idea de volver a estar con ellos, me genera nauseas.
Estuve tan ensimismada por horas, que apenas noté el cambio de paisaje. A ambos lados del camino se extendía un bosque espeso. Los árboles ocultaban casi por completo el cielo.
—¿A dónde vamos?— Quise saber.
—A casa —me contestó.
El auto cruzaba un camino de piedritas, vibrando ligeramente sobre la grava, unos metros más adelante, un portón de hierro comenzó a abrirse.
La propiedad apareció poco a poco ante mis ojos; una mansión.
Antigua. Imponente.
Los muros de piedra estaban cubiertos de hiedra y enormes ventanales rompían la sobriedad de la fachada. Una fuente ocupaba el centro del jardín, todo se veía muy cuidado y apartado.
El coche terminó de detenerse frente a la entrada principal. Miré la casa una vez más, luego volví la vista hacia él.
—¿Esta es su casa?
—Sí—Guardó un breve instante —. Bienvenida, aquí estarás segura.
Al cruzar la entrada, no supe si estaba en una casa o en un sueño gótico de los que solía leer en las madrugadas, escondida entre mantas. Todo tenía un aire majestuoso, desprendía una elegancia serena. Nada buscaba impresionar de igual forma, resultaba imposible apartar la vista.
Se parecía a él.
Los techos se alzaban varios metros sobre nuestras cabezas y enormes lámparas de cristal bañaban de luz, estancias amplias, distribuidas con simetría. Cada espacio parecía diseñado para la tranquilidad: alfombras gruesas que ahogaban los pasos, madera que brillaba bajo la luz tenue y cortinas pesadas que aislaban el frío exterior. Las zonas comunes eran acogedoras, como salidas de una revista de arquitectura.
Leo me mostró parte de la propiedad. Fue un recorrido breve que terminó en la galería del ala este, su espacio de trabajo. Allí guardaba vitrinas con fragmentos de esculturas clásicas, lienzos embalados con etiquetas escritas a mano y herramientas organizadas por tamaños. Todo estaba en su sitio; el caos no existía en su entorno. Se notaba que restauraba arte con la misma delicadeza con la que se comportaba.
Esa primera noche, mientras cenábamos en el comedor principal, me atreví a formular la duda que daba vueltas en mi cabeza desde que llegamos.
—¿Usted vive solo aquí? —formulé.
—Así es—confirmó.
—¿Y su familia?
Leo detuvo la copa de vino a medio camino, levantó la vista. —Mis padres murieron cuando yo era un niño. Desde entonces no he tenido mucha familia. Solo una prima que vive en Inglaterra. Es lo más cercano a una hermana para mí.
Que tonta soy, toqué un tema delicado. Comencé a juguetear con los restos de puré.
—Oh... lo siento —musité.
—La soledad no me molesta —continuó Leo—. Esta casa ya está llena de las cosas que me gustan.
Ese tono en el que dijo lo último. ¿Se refería al arte, a los objetos de su propiedad? ¿O había una velada alusión a mi presencia allí?
Esa ambigüedad marcó la pauta de los días siguientes. Durante las jornadas apenas coincidimos. Leo pasaba el día fuera, atendiendo sus compromisos en museos, gestionando sus proyectos de restauración y regresaba al caer la tarde, a tiempo para cenar conmigo.
Yo, mientras tanto, iba familiarizándome con la casa y con quienes la mantenían en marcha. Descubrí pronto, no era el mausoleo desierto que imaginé.
Marta, el ama de llaves y cocinera, rondaba los cincuenta años. Una mujer que en principio parece fría y distante y que en realidad es muy amable, cordial y respetuosa. También había dos mujeres que se encargaban de la limpieza general y un jardinero huraño que apenas levantaba la cabeza de los rosales. Bajo el mando de Marta, la mansión funcionaba como una maquinaria perfecta y eficiente.
Y ahí radicaba mi problema.
Ver que todo estaba resuelto, que mi ropa aparecía limpia, mi cama hecha y la comida servida sin que yo moviera un solo dedo, empezó a generarme cierta incomodidad. Me sentía una holgazana que se limitaba a consumir sin aportar nada.
Por esa razón aquella velada, decidí romper mi papel de espectadora. Luego de disfrutar las delicias del banquete. Me levanté y me arremangué las mangas de la blusa hasta los codos.
—Puedo ayudar con esto —aseguré, recogiendo los platos vacíos.
Leo observó desde su silla, hizo un gesto de negación lento con la cabeza.
—Aquí hay personas que reciben un sueldo para encargarse de eso, Vera. Tú eres mi huésped. No estás aquí para servir.
Mis mejillas se encendieron. Volví a dejar la vajilla sobre la mesa.
Traté de disimular mi turbación dándome la vuelta para regresar a mi asiento. El dorso de mi mano rozó la copa vacía. El cristal cayó al suelo y estalló en decenas de fragmentos.
Genial.
—¡Ay, no! Lo lamento...—me agaché de inmediato con mis nervios a flor de piel.
Maldije internamente. ¿Por qué tenía que ponerme tan torpe frente a él? Con la prisa por enmendar el desastre, estiré las manos recogiendo los fragmentos brillantes esparcidos en el suelo.
—Vera, deja eso —ordenó su voz desde arriba. Una advertencia clara.
No le hice caso. Quería resolverlo rápido, desaparecer la evidencia de mi ineptitud. Al deslizar los dedos sobre una esquirla especialmente afilada, el filo me rebanó la piel.
—Mierda... —siseé, llevándome el dedo índice a los labios.
En un parpadeo, Leo ya estaba de rodillas a mi lado.
—Déjame verlo —pidió.
Le extendí la mano.
Él la tomó. Su mirada descendió directo a la yema de mi dedo, donde la sangre, densa y brillante, comenzaba a brotar. No había alarma en sus ojos; tampoco fastidio. Su rostro adquirió una expresión fija, concentrada, como si el resto de la habitación hubiera dejado de existir para él.
—No debiste tocarlo —murmuró, casi para sí mismo.
Fui incapaz de articular una sola palabra. Estar tan cerca así de nuevo, me robó el aliento. Mi vista se desvió, fascinada, estudiando el contorno de su cuello, su manzana de Adán subió y bajó al tragar saliva, un movimiento lento. Sus labios se fruncieron levemente analizando la pequeña herida.
Leo presionó un poco más la base de mi dedo. El sutil apretón hizo que un nuevo hilo de sangre brotara, acumulándose sobre la piel.
El dolor agudo de la herida junto a su toque recorrió mi cuerpo entero, instalándose con fuerza en mi vientre. Un gemido leve de placer, agudo e involuntario se me escapó de los labios.
Leo parpadeó, apretando la mandíbula. El sonido pareció romper el trance, desconcentrándolo.
Posó sus ojos sobre mi.
—No es profunda —comentó, despacio—. Pero procura tener más cuidado.
Atiné a gesticular un sí con la cabeza, incapaz de verbalizar una sola palabra. Honestamente, no entendía qué pasaba en mi sistema cuando lo tenía así de cerca. Ahora mismo mi cabeza martillaba con una idea tan absurda como insistente: besarlo. Al tener sus labios a escasos centímetros, el deseo insano de acortar esa distancia y plantarle un beso estaba enloqueciéndome.
Por suerte, él me devolvió a la realidad. Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo presionó contra mi herida.
—Aguarda aquí.
En cuanto regresó, envolvió una tirita sanitaria alrededor de mi dedo. Acto seguido, ofreció su mano para ayudarme a incorporarme.
—Bien, ya es bastante tarde. Deberías descansar —sugirió.
—Sí, ya me retiro a mi habitación —musité—. Y lamento mucho lo de la copa.
—La copa es lo de menos.
Fruncí apenas la nariz. —No creo que Marta opine igual que usted.
—Marta estará encantada —aseguró—. Tendrá la mejor excusa para comprar vajilla nueva. Le has hecho un gran favor.
Solté una risita por la ocurrencia.
''
Leo partió a la mañana siguiente. Sus compromisos de trabajo lo obligaban a pasar varios días fuera de la propiedad. Antes de marcharse insistió en que utilizara la casa con total libertad. La biblioteca, el estudio, el ordenador, el personal... todo estaba a mi disposición.
Descubrí que extrañar a alguien podía adoptar formas muy extrañas. En mi caso, consistía en buscar cualquier excusa para sentirlo cerca.
Frente a la pantalla del ordenador, tecleé su nombre. Las primeras imágenes lo mostraban asistiendo a galas, inauguraciones y exposiciones. Abrí una tras otra, ampliándolas para contemplar su rostro.
Solo entonces bajé a las publicaciones. Es el restaurador de arte más cotizado de Europa. Su nombre aparecía vinculado a subastas internacionales, museos de renombre y numerosas obras de caridad.
Toda esa información avivó la fascinación en mi pecho.
…
Para matar el tiempo una de esas tardes, bajé a la cocina. Allí encontré a Marta organizando la despensa.
—Marta. Creo que hoy iré a leer a la pérgola del jardín.
Marta se giró.
—Excelente idea, señorita Vera, el clima está templado. En unos minutos le llevaré su merienda.
—Oh, no te molestes en llevarla. Puedo esperar un momento y hacerlo yo.
—Claro que no, señorita, ni lo piense —replicó elocuente—. Es mi labor y un absoluto placer.
—Vamos, Marta, ya es suficiente con preparar estas delicias—insistí, apoyándome en la barra—. Mi boca se hace agua nada más pensar en los panecillos de hoy.
Marta, halagada por el cumplido, sonrió.
—Me alegra mucho que sean de su agrado, señorita Vera. Al menos así sé que la cocina le da un poco de alegría en estos días tan solitarios.
—Sí—admití, soltando un leve suspiro—. Como todo es tan grande, la carencia de ruido se siente. ¿Tú no te abrumas?
—Una se acostumbra con los años.—comentó ella, acomodando las pinzas de azúcar con delicadeza.
—¿Hace mucho que trabajas con el señor Leo?
—Poco más de diez años.
—Ah, creí que lo conocías de toda la vida —comenté, sorprendida—. Como eres la única que sabe descifrar exactamente sus gustos en la cocina, asumí que habías trabajado para su familia desde siempre.
Marta detuvo las pinzas de azúcar por una fracción de segundo. Sus ojos adoptaron una fijeza extraña, como perdida en sus propios pensamientos. Luego sonrió.
—No, señorita Vera. El señor ya era un joven independiente cuando nuestros caminos se cruzaron. Yo únicamente le he servido a él. Quien sí trabajó para la familia Von Drachen, desde que el señor era un chiquillo, es el viejo jardinero.
El jardinero es el trabajador con el que menos he logrado interactuar. En las pocas ocasiones que intenté sacar conversación a propósito sobre los rosales que cuida con tanto esmero, apenas respondió brindando un asentimiento cortés.
Pasé el resto de la tarde en la pérgola, de vez en cuando mi vista se dirigía al jardinero podando los arbustos en la distancia. Ese hombre debía de ser la persona que guardaba más recuerdos de Leo.
Descifrarlo parecía una tarea imposible.
Al caer la noche regresé al interior de la mansión. En el pasillo me crucé con Thomas, el asistente y mano derecha de Leo. Ronda los treinta años y su actitud es la de un robot programado. Si hablar con el jardinero ya rozaba el milagro, Thomas directamente pertenecía a otra categoría. Salía de uno de los despachos con una carpeta bajo el brazo.
—¿Leo ya volvió? —me animé a preguntar.
Se detuvo, su postura recta y rostro alargado no mostraron la menor reacción. —No regresará hoy, señorita Vera.
—¿Le ocurrió algo? Ya pasó más de una semana —musité acongojada.
—Surgió un asunto urgente de última hora.
Intentar saber el motivo sería una pérdida de tiempo. Thomas me ofreció un asentimiento breve y continuó su camino.
Tras la cena, subí a mi habitación: un cuarto lujoso, cómodo y decorado hermosamente. Me envolví entre las sábanas. Aunque tengo todo lo que una vez anhelé, se me imposibilitaba disfrutarlo. La frustración por extrañarlo a él me oprimía el pecho.
...
Desperté en mitad de la noche debido a una extraña sensación en el pecho. Pese a la oscuridad que inundaba el cuarto, percibí la presencia de alguien junto a mí, de pie, al borde de la cama. Continuaba demasiado adormilada para distinguir si aquello era cierto o un vestigio del sueño.
Al abrir y cerrar los ojos, el entorno cambió: ahora parecía de día. Una claridad intensa llenaba la habitación y me permitía ver a Leo en todo su esplendor, luciendo encantador.
Sonreí.
Él tomó asiento en el borde del colchón. Mi cuerpo permanecía completamente relajado sobre las sábanas, pero mi corazón no; dio un vuelco salvaje, saltando de emoción por tenerlo de vuelta.
De pronto, se inclinó a mí.
—Vera... dime lo que deseas —pidió.
—Te deseo a ti —respondí al instante, mi alma hablando primero.
—Tócate —ordenó bajo.
Obedecí. Deslicé los dedos, buscando la piel de mis senos, acariciándome bajo su mirada fija. Lo hacía para él. En mitad del roce, la luz se extinguió. Todo el cuarto se sumergió otra vez en la negrura absoluta. Apreté los ojos, resistiéndome a perderlo, al abrirlos de nuevo, la claridad regresó, devolviéndome su imagen. Me aferré a la situación con uñas y dientes, negándome a que se desvaneciera.
Mis piernas temblaban y mi pecho se agitaba a un ritmo frenético. Él permanecía estático, devorando cada uno de mis movimientos. Yo trataba de no ser ruidosa.
Leo se acercó, deteniéndose a la altura de mi rostro.
—No deberías morderte el labio —susurró ronco.
Jadeé, atrapada.
—Me dan unas enormes ganas de morderlos yo —añadió, posando su vista en ellos.
El cosquilleo se volvió insoportable, una tensión eléctrica que amenazaba con romperme.
—Leo...
—Córrete para mí —me incitó al oído, áspero, demandante.
Mi cuerpo cedió ante la orden. El clímax me alcanzó violentamente. Aferré los dedos a las sábanas mientras mis caderas se movían por inercia, buscando liberar la presión. Un par de gemidos ahogados escaparon libres. Abracé la almohada, esperando a que el calor pasara.
Cuando volví a abrir los ojos, apenas clareaba. El reloj digital de la mesita marcaba las 5:45 de la mañana. La habitación estaba teñida de un azul grisáceo, atrapada en ese instante entre la noche y el amanecer.
Estaba sola.
—Dios... —susurré, hundiéndome en la almohada—. ¿Qué está pasando conmigo?
…
Esa mañana me refugié en la biblioteca, con el propósito de concentrarme en la lectura. Mi mente seguía repitiendo el sueño, reproduciendo su voz. Apoyé la espalda contra la repisa de madera, dejando caer el libro sobre mi regazo, mi mirada perdida a través del ventanal.
Un coche negro atravesó lentamente la entrada de la propiedad.
La puerta trasera se abrió y él bajó.
Leo.
Me incorporé. La alegría me recorrió el pecho. Sin darme cuenta, ya estaba de pie frente a la ventana, observando cómo rodeaba el vehículo.
Del interior descendió una mujer.
Alta. Elegante. De piel morena y un porte imponente. El conjunto color crema abrazaba su esbelta figura. Su cabello castaño caía en ondas sobre los hombros. Era extremadamente hermosa.
Thomas salió a recibirlos, pero mis ojos ya no podían registrar nada más que el brazo de ella, enredado con total naturalidad en el de Leo.
Y lo peor: él la dejó hacerlo. No solo eso. Sonrió.
Mi estómago se revolvió en un nudo violento. Era la primera vez que lo veía sonreír. Conmigo no mostraba expresión alguna. Pero ahora... levantó apenas la comisura del labio. Le dijo algo al oído y, con una lentitud que me retorció las entrañas, estiró la mano para acariciarle un mechón de cabello, acomodándolo tras su oreja. Un gesto íntimo.
Ella respondió rodeándole el cuello, atrayéndolo hacia sí en un abrazo.
No lo soporté.
El corazón se me comprimió con tanta fuerza que me dolió físicamente. Sentí la cara arder de una rabia pura y abrasadora. Apreté el libro con tanta saña que las páginas crujieron, a punto de romperse. Mis uñas se clavaron en la piel de mis palmas.
Esa mujer estaba encima de él. Tocándolo. Sonriéndole como si le perteneciera.
Tiré el libro violentamente contra el sofá.
—¡No! —masculle, perdiendo los papeles—. ¡No!
Mis pies se movieron. Ya no razonaba, di media vuelta y caminé decidida hacia la puerta.
Iba a enfrentarlo.
***********************************************A las afueras de la mansión von Drachen, en la espesa nevada, una silueta femenina aguardaba inmóvil, a unos metros de la verja que delimitaba la propiedad. El viento arrastraba copos de nieve, adhiriéndolos a su chaqueta oscura.El brillo metálico de un encendedor rompió la tiniebla; una chispa iluminó su rostro apenas un instante. Bastó para que los ojos grises, enrojecidos por la rabia y el insomnio, delataran una presencia alimentada de odio.Entre sus dedos, el cigarrillo ardía lento. El humo subía en espirales, difuminándose contra la neblina blanca de la helada.Introdujo la mano en el bolsillo, extrayendo una fotografía arrugada. El papel estaba gastado, los bordes estaban deshechos, apenas sostenidos por la obstinación de quien no quiere soltar el pasado. El centro de la imagen seguía visible: una mano esquelética, despojada de carne, huesos desgastados, y enredados en los nudillos, mechones rojizos.Levantó la foto a la altura d
Leo, ven aquí —le pedí.Él negó de inmediato, tensando la mandíbula. —Creo que saldré un momento a tomar aire.Eso no lo permitiría, pensé en alguna excusa factible — Acabo de despertar, estuve al borde de la muerte… no quiero quedarme sola.Exageraba, solo que a veces usaba un poquito de drama con él. Y funcionó. Al escucharme, se devolvió, enseguida. Posicionándose a mi lado, los ojos en mi herida.—Estás débil —murmuró—. No quiero ponerte peor, tengo un caos ahora mismo que es mejor calmar afuera.—No —le atajé—. Quédate y hablemos.Coloqué la palma en su mejilla; preparando lo que necesitaba decir, Leo debía entender un par de cosas.—Escúchame bien, Leo —empecé despacio—. No hay ningún hombre en la faz de la Tierra que tenga mi atención como la tienes tú. Ni antes ni ahora. No hay duda: tú eres mi todo. No deberías sentirte inseguro ni por un instante.Noté que su
Mis manos manchadas de carmesí, Vera tendida en los brazos de Adrik, la cabeza ladeada, los labios apenas entreabiertos. Lucía pálida.¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan descuidado y lastimarla a ella? ¿Cómo carajos las cosas terminaron así de torcidas? Ella no debía haber estado aquí, se suponía que ya se había ido. Debí confirmar antes de actuar.Fui dominado por mis impulsos más primitivos; al verla tan cerca de Adrik, esa intimidad entre ellos nubló mi razón. Pensé en acabar con él de una vez por todas. No contaba con que, en el último instante, ella se interpusiera. La impresión de verla frente a mí me dejó completamente roto.—La maté… —susurré.Adrik seguía moviéndose, presionando la herid
El camino se extendía frente a mí, blanco y mudo bajo la nevada. La caravana avanzaba: dos coches a la delantera, dos detrás. Cada uno con hombres armados que conocían de memoria las órdenes del plan.Mantenía la vista fija en la ventana, las luces del bosque apareciendo y desapareciendo. Apretaba el móvil en la mano, con el punto rojo que marcaba la ubicación de mi hijo aún activo. El brazalete no había fallado. Alaric seguía allí, en esa mansión.La policía estaba al tanto, pero no intervendría. Moví los hilos con el comisario y le dejé claro que este asunto quedaba bajo mis manos. No confiaría en nadie más.Adrik tenía un informante en mi propio círculo. No podía moverme de manera obvia. Por eso acepté el plan. Vera entraría primero. Sería el anzuelo. Yo llegaría después.El riesgo es altísimo. Vera estaba allá adentro, atrapada en medio de un fuego cruzado que podía estallar en cualquier instant
Todo el trayecto, traté de prepararme mentalmente para lo que venía. El coche avanzó por el sendero cubierto de nieve, deteniéndose frente a la gran puerta de la mansión.El seguro de la puerta trasera se abrió. Respiré hondo, abrí la puerta y descendí. Apenas la cerré, el vehículo arrancó y se perdió colina abajo.Quedé sola frente a la mansión de Adrik.El silencio era absoluto. Ni una sombra humana. El blanco de la nieve recortaba los árboles desnudos y cubría cada rincón del jardín.Avancé hasta la entrada. La puerta principal se abrió antes de que alzara la mano. En el umbral apareció una figura conocida: el asistente personal de Adrik. Traje impecable, rostro impenetrable. No pronunció palabra; un simple ademán con la mano bastó para ordenarme que lo siguiera.Atravesamos los mismos pasillos, los cuadros carísimos, las esculturas minimalistas, las paredes limpias y sin historia. Todo en esta casa parecía estar diseñado para ser admirado, no vivido. La calefacción funcionaba, sí..
Vera estaba fuera de sí. Gritaba, se aferraba a mi ropa.—Estoy aquí —la abracé, tratando de serenarla—. Respira.Tardé unos minutos así.Luego la cargué y llevé a nuestra habitación.Sus ojos seguían abiertos, aunque ausentes; mirada perdida, los labios resecos.Le toqué el rostro. Frío.—Marta —llamé.La mujer asomó desde la puerta, nerviosa.—Quédate junto a ella. Ni un segundo sola. ¿Entendido?—Sí, señor.—Dale algo tibio, háblale. Manténla aterrizada.Otra mucama entró con Helena en brazos. Vera, en su crisis, pidió tener a nuestra hija cerca para protegerla. Me arrodillé junto a la cama, le tomé la mano.—Te juro por todo lo que soy —murmuré— que traeré a nuestro hijo de vuelta.Le di un último vistazo a Vera. Tragué el nudo. No había espacio para flaquezas.Crucé hacia el ala norte de la casa. Thomas aguardaba por mí en la entrada del almacén; la puerta, entreabierta.—¿Está ahí? —pregunté.Asintió.—Revisé su móvil —confirmó relatando—. Fotos de la hermana hospitalizada, mensa







