INICIAR SESIÓNDi un portazo al salir de la biblioteca. Bajé las escaleras tropezando, enfocada en un único objetivo: la puerta principal. La furia me empujaba a avanzar; no podía tragarme aquello.
Aferré el picaporte. El frío del metal me detuvo.
«¿Cómo lograste que un hombre así se fijara en ti? ¿Qué fue lo que le diste? ¿Lástima?». Las burlas de Ingrid volvieron a mi mente.
—Lástima... —musité.
Esa sola palabra desbloqueó un recuerdo desagradable que juraba ya no tenía cabida en mi vida.
Lukas.
«Qué bien dibujas». «Me gusta hablar contigo». «Eres diferente».
La amabilidad. La ilusión. La humillación.
Una opresión horrible me cerró el pecho. Si para un chico cualquiera de secundaria yo no había significado nada, ¿qué podía esperar de un hombre del mundo de Leo?
Las chicas como yo no tienen finales de cuento.
Negué con la cabeza. Qué película tan estúpida me había montado yo solita. ¿Qué se suponía que iba a reclamarle? Con unas ganas urgentes de llorar, solté la manija y di la vuelta.
La puerta principal abriéndose llamó mi atención. Detuve mis pasos a mitad de la escalinata, mirando sobre mi hombro.
Leo entraba junto a Thomas. Hablaban entre ellos seriamente y en voz baja; ambos enmudecieron en el acto al verme allí arriba.
—Hola, Vera. Qué gusto verte —saludó Leo.
—Buenas tardes... Qué bueno que ya volvió —le sonreí, cortés—. Los dejo continuar. Con permiso.
Apresuré el paso, subiendo los escalones restantes. Huía de la escena; la mente no me daba para sostener una conversación normal mientras él me prestaba atención. Me encerré en mi habitación; frente a mí, encontré mi reflejo en el espejo . Qué patética y ridícula me veía.
Él no prometió ni insinuó nada, y yo estoy en este estado de ilusa estúpida.
Tomé mi libreta de dibujos. Dibujar al menos ayuda a no llorar, o a hacerlo sin que duela tanto.
Los trazos en el papel se volvieron difusos y el dolor en los dedos me obligó a soltar el carboncillo.
Un par de golpes en la madera rompieron mi concentración.
Marta abrió apenas un espacio para asomar la cabeza.
—Disculpe, señorita Vera... el señor Von Drachen quiere verla en su despacho.
La boca se me secó. —¿A mí?
—Sí, señorita. Pidió que le avisara.
Le ofrecí un leve movimiento de cabeza y ella se retiró.
¿Ahora qué? ¿Qué quería de mí? Caminé hacia la ventana hincando los dientes en la uña del pulgar.
Vamos, Vera… él no tiene la culpa de tus complejos. Esto no debe afectar nada. Simplemente ve y compórtate.
Cruzando el pasillo divisé la puerta del estudio. Toqué dos veces.
—Adelante —llegó la respuesta desde el interior.
Mis latidos retumbaban en los oídos. Leo se ubicaba detrás del escritorio, concentrado en la pantalla de su portátil. Llevaba una camisa azul de manga tres cuartos; una prenda que parecía confeccionada exclusivamente para él, sin un botón fuera de sitio. Todo en su entorno lucía ordenado. Él lucía ordenado.
—¿Descansaste bien estos días? —preguntó sin desviar la mirada del monitor.
¿Descansar? Por poco y me ahogo en mis propias fantasías.
—Sí, gracias —respondí tras aclarar mi garganta—. ¿Y usted?
—Bastante bien.
Con la mano hizo un ademán hacia la pequeña mesa frente al sofá. Dos tazas de cappuccino y un plato repleto panquecillos esperaban allí. Ocupé el asiento, juntando las piernas. La mente me exigía concentración; tenía prohibido dejarme llevar de nuevo.
Leo tomó su café.
—Estás muy callada. ¿Todo bien?
—Sí. Normal. —Tomé un plato con postre y el tenedor.
—Marta mencionó que pasaste el día sin probar bocado —añadió, libre de reproche.
—No tengo mucho apetito.
—¿Te encuentras mal? ¿Sucedió algo durante mi ausencia?
Negué.
—¿Incomodidad? ¿O simple aburrimiento? —insistió él.
Una punzada de fastidio me atacó. Su amabilidad empezaba a irritarme. ¿Por qué insistía en interrogarme? ¿Qué ganaba vigilando mi apetito o mi estado de ánimo?
—Estoy bien —mentí, fija en el plato.
Resultaba injusto arrastrar mi mala vibra frente a su paciencia. No registré su avance. De pronto, su mano cubrió la mía delicadamente.
—Si estás bien... ¿por qué aprietas el tenedor de ese modo? —indagó.
Bajé la vista. La rigidez de mis propios nudillos delataba la tensión que mi boca buscaba ocultar.
—Vera —el tono descendió a un murmullo—. Si guardas silencio, no podré ayudarte. Dime qué ocurre. Estás rara conmigo.
El calor de su piel, el rastro de su fragancia —madera y notas cítricas costosas— la fijeza de sus iris, anularon la capacidad de armar una defensa coherente. Reacciona, Vera. Di algo.
—Yo... lo siento, Leo. Su trato hacia mí es excelente. Quizás mis reacciones no corresponden. No sé —susurré.
—No busco disculpas —intervino—. Busco comprender el motivo de este cambio.
Liberé el aire acumulado.
—Es que... sí ocurre algo. Llevo prácticamente un mes aquí. La experiencia resulta increíble y el agradecimiento es enorme, pero la inutilidad me pesa. Pasarla sin hacer nada me agobia. Detesto abusar de su consideración. Preferiría trabajar, conseguir un empleo en el pueblo cercano, en la capital o colaborar con los quehaceres aquí. Lo que sea.
—La oferta de ayuda provino de mí. Tu estancia aquí no representa ninguna molestia.
—Lo comprendo, y lo aprecio. De igual manera residir bajo este techo sin aportar nada carece de sentido para mí.
—Ya aclaré que no exijo retribución.
—Tampoco lo dudo —aseguré—. Sin embargo... usted no sostiene obligaciones conmigo, no tiene que tenerme de carga.
Su expresión se enfrió. Cortó el contacto retirando la mano con lentitud y se puso en pie. Ese leve gesto me dio la impresión de haberlo arruinarlo.
—Es decir... yo...
—¿Te provoco incomodidad? —soltó. La calma de su voz arrastraba un filo peligroso—. Supuse que existía confianza entre nosotros.
—La hay, confío en usted, Leo. De no ser por su intervención, seguiría atrapada en ese lugar. Pero...
—Persistes en el trato formal. Perdí la cuenta de las veces que te pedí tutearme, y actúas como si trataras con un desconocido.
—Le tengo respeto. El origen de mi trato es ese —justifiqué—. Si insiste, procuraré cambiarlo.
—La informalidad define a los amigos, Vera.
El término rebotó en mis pensamientos, dejándome un sabor amargo. Amigos. Qué distancia tan insoportable.
—No quiero ser amiga —la queja escapó de mis labios.
Leo frunció el entrecejo, desconcertado. —¿Cómo?
Se me abrieron los ojos al notar el desliz.
***********************************************A las afueras de la mansión von Drachen, en la espesa nevada, una silueta femenina aguardaba inmóvil, a unos metros de la verja que delimitaba la propiedad. El viento arrastraba copos de nieve, adhiriéndolos a su chaqueta oscura.El brillo metálico de un encendedor rompió la tiniebla; una chispa iluminó su rostro apenas un instante. Bastó para que los ojos grises, enrojecidos por la rabia y el insomnio, delataran una presencia alimentada de odio.Entre sus dedos, el cigarrillo ardía lento. El humo subía en espirales, difuminándose contra la neblina blanca de la helada.Introdujo la mano en el bolsillo, extrayendo una fotografía arrugada. El papel estaba gastado, los bordes estaban deshechos, apenas sostenidos por la obstinación de quien no quiere soltar el pasado. El centro de la imagen seguía visible: una mano esquelética, despojada de carne, huesos desgastados, y enredados en los nudillos, mechones rojizos.Levantó la foto a la altura d
Leo, ven aquí —le pedí.Él negó de inmediato, tensando la mandíbula. —Creo que saldré un momento a tomar aire.Eso no lo permitiría, pensé en alguna excusa factible — Acabo de despertar, estuve al borde de la muerte… no quiero quedarme sola.Exageraba, solo que a veces usaba un poquito de drama con él. Y funcionó. Al escucharme, se devolvió, enseguida. Posicionándose a mi lado, los ojos en mi herida.—Estás débil —murmuró—. No quiero ponerte peor, tengo un caos ahora mismo que es mejor calmar afuera.—No —le atajé—. Quédate y hablemos.Coloqué la palma en su mejilla; preparando lo que necesitaba decir, Leo debía entender un par de cosas.—Escúchame bien, Leo —empecé despacio—. No hay ningún hombre en la faz de la Tierra que tenga mi atención como la tienes tú. Ni antes ni ahora. No hay duda: tú eres mi todo. No deberías sentirte inseguro ni por un instante.Noté que su
Mis manos manchadas de carmesí, Vera tendida en los brazos de Adrik, la cabeza ladeada, los labios apenas entreabiertos. Lucía pálida.¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan descuidado y lastimarla a ella? ¿Cómo carajos las cosas terminaron así de torcidas? Ella no debía haber estado aquí, se suponía que ya se había ido. Debí confirmar antes de actuar.Fui dominado por mis impulsos más primitivos; al verla tan cerca de Adrik, esa intimidad entre ellos nubló mi razón. Pensé en acabar con él de una vez por todas. No contaba con que, en el último instante, ella se interpusiera. La impresión de verla frente a mí me dejó completamente roto.—La maté… —susurré.Adrik seguía moviéndose, presionando la herid
El camino se extendía frente a mí, blanco y mudo bajo la nevada. La caravana avanzaba: dos coches a la delantera, dos detrás. Cada uno con hombres armados que conocían de memoria las órdenes del plan.Mantenía la vista fija en la ventana, las luces del bosque apareciendo y desapareciendo. Apretaba el móvil en la mano, con el punto rojo que marcaba la ubicación de mi hijo aún activo. El brazalete no había fallado. Alaric seguía allí, en esa mansión.La policía estaba al tanto, pero no intervendría. Moví los hilos con el comisario y le dejé claro que este asunto quedaba bajo mis manos. No confiaría en nadie más.Adrik tenía un informante en mi propio círculo. No podía moverme de manera obvia. Por eso acepté el plan. Vera entraría primero. Sería el anzuelo. Yo llegaría después.El riesgo es altísimo. Vera estaba allá adentro, atrapada en medio de un fuego cruzado que podía estallar en cualquier instant
Todo el trayecto, traté de prepararme mentalmente para lo que venía. El coche avanzó por el sendero cubierto de nieve, deteniéndose frente a la gran puerta de la mansión.El seguro de la puerta trasera se abrió. Respiré hondo, abrí la puerta y descendí. Apenas la cerré, el vehículo arrancó y se perdió colina abajo.Quedé sola frente a la mansión de Adrik.El silencio era absoluto. Ni una sombra humana. El blanco de la nieve recortaba los árboles desnudos y cubría cada rincón del jardín.Avancé hasta la entrada. La puerta principal se abrió antes de que alzara la mano. En el umbral apareció una figura conocida: el asistente personal de Adrik. Traje impecable, rostro impenetrable. No pronunció palabra; un simple ademán con la mano bastó para ordenarme que lo siguiera.Atravesamos los mismos pasillos, los cuadros carísimos, las esculturas minimalistas, las paredes limpias y sin historia. Todo en esta casa parecía estar diseñado para ser admirado, no vivido. La calefacción funcionaba, sí..
Vera estaba fuera de sí. Gritaba, se aferraba a mi ropa.—Estoy aquí —la abracé, tratando de serenarla—. Respira.Tardé unos minutos así.Luego la cargué y llevé a nuestra habitación.Sus ojos seguían abiertos, aunque ausentes; mirada perdida, los labios resecos.Le toqué el rostro. Frío.—Marta —llamé.La mujer asomó desde la puerta, nerviosa.—Quédate junto a ella. Ni un segundo sola. ¿Entendido?—Sí, señor.—Dale algo tibio, háblale. Manténla aterrizada.Otra mucama entró con Helena en brazos. Vera, en su crisis, pidió tener a nuestra hija cerca para protegerla. Me arrodillé junto a la cama, le tomé la mano.—Te juro por todo lo que soy —murmuré— que traeré a nuestro hijo de vuelta.Le di un último vistazo a Vera. Tragué el nudo. No había espacio para flaquezas.Crucé hacia el ala norte de la casa. Thomas aguardaba por mí en la entrada del almacén; la puerta, entreabierta.—¿Está ahí? —pregunté.Asintió.—Revisé su móvil —confirmó relatando—. Fotos de la hermana hospitalizada, mensa







