Mag-log in—No... o sea... sí... yo... —tartamudeé—. A ver… no quiero limitarme a ser tu amiga. No, una amiga que se aprovecha de la consideración de sus amigos.
Traté de sonar convincente, forzando un tono informal. Incluso lo tuteé, esperando que el recurso hiciera más creíble la excusa. Mis mejillas ardían, por ser una tonta que acababa de delatarse por accidente.
Leo me examinó; sus ojos daban la impresión de escarbar en mis pensamientos.
—Es válido. Te entiendo. —Aseguró.
La opresión en mi pecho disminuyó. La boca traicionera encontró una salida digna, pero la advertencia quedaba clara: debía tener más cuidado. Estuve malinterpretando todo. Él se mostraba amable, generoso, considerado. Me rescató cuando no tenía alternativas. Con el tiempo la cercanía creció hasta volverse... amistad. Eso. Nada más. Él trazaba esa línea y a mí me correspondía respetarla.
—No me siento incómoda a tu lado —le resalté—. Me afecta esta situación de inactividad.
Él caminó por el espacio.
—De acuerdo, pero... ¿tienes la certeza de querer ir al pueblo? Tus tíos podrían encontrarte.
—La distancia es grande. Dudo que sospechen mi paradero actual. Incluso Carintia queda a horas de este lugar.
Leo guardó una breve pausa.
—Igual… el paso me parece prematuro.
Apreté los labios. Su lógica era irrebatible; exponerme constituía un error.
—Tu presencia aquí no me resulta una carga —añadió, retomando su asiento. Su figura distinguida transmitía una gracia innata—. Es más… tu compañía me hace bien.
Una pequeña punzada me atravesó el estómago. La casa se sentía enorme. A lo mejor yo representaba un ruido distinto, algo que rompía su aislamiento.
—Gracias… me tranquiliza oírlo —logré devolver, ocupando mi lugar.
—Estuve pensando —se apoyó contra el respaldo, desviando los ojos hacia la pantalla del portátil—. Ciertas universidades ofrecen programas a distancia en arte y diseño. Podrías estudiar aquí, a tu propio ritmo. Dispongo de los medios para ayudarte con el registro y lo necesario para el inicio. Es una alternativa para mantenerte ocupada en una actividad que te gusta. Y en un futuro… tus conocimientos podrían respaldar mis proyectos.
—¿En serio? —susurré, incrédula—. Leo... no sé. ¿No es mucho?
—No —ladeó la cabeza—. Dediqué varios días a considerarlo. Recolecté la información para enseñártela en persona; ese fue el motivo de mi llamado.
Me tendió una carpeta con documentos que sostuve entre dedos inestables. Mientras él explicaba los detalles de las instituciones, me fijé en el movimiento de sus manos. Se desabrochó los gemelos y comenzó a arremangarse la camisa.
Frunció el ceño durante la acción. Sus antebrazos quedaron al descubierto, firmes, surcados por venas.
La atracción me arrastró al instante de la madrugada anterior, recuperando el eco de su voz:
«Córrete para mí».
Eso activó un calor violento e inmediato en mi entrepierna. Presioné la carpeta contra mis muslos.
—¿Vera? —su voz disolvió la escena—. ¿Todo bien?
Pestañeé. Su rostro reflejaba confusión.
—¿Qué?
—Estás muy roja —señaló—. ¿Te encuentras mal?
—No, no. —Ni yo misma respaldaba mis palabras. Bajé la vista, apretando los párpados—. Lo siento… me pongo roja por todo. Es molesto.
—Resulta natural —replicó—. Aunque… ¿Cuál es el motivo de tu reacción ahora?
Tragué saliva, sosteniendo el contacto visual. —Las universidades. Me emociona la idea.
Sus ojos me quemaban. La resistencia se me agotaba. Abruptamente me levanté, marchando en dirección a la ventana, buscando que la sangre circulara para apaciguar la agitación de mis hormonas.
—Hace calor, ¿no crees?
Leo se puso en pie, apoyando los antebrazos sobre el escritorio. Su mirada inquisitiva siguió mis pasos.
—El otoño avanza. Si sientes mucho calor, le indicaré a Marta que baje la calefacción.
Abrí la ventana. Fuera, la lluvia caía. El impacto del aire frío en mi piel, devolvió una ligera estabilidad.
—La lluvia podría resfriarte —advirtió a mi lado, cerrándola—. ¿No prefieres una bebida fría? ¿Agua con hielo?
Lo contemplé: la expresión apática, la tranquilidad que lo envolvía como una bruma densa, la belleza de sus facciones, la tonalidad de sus labios, la forma de sus manos...
El arrebato me poseyó.
Me impulsé sobre la punta de los pies.
Lo besé.
Un contacto veloz e inseguro. Mis labios rozaron los suyos durante un segundo efímero. Un impulso que colapsó mis emociones. Él se mantuvo inmóvil, atrapado en la sorpresa, sin ofrecer respuesta.
—Perdón… yo… lo siento —balbuceé, retrocediendo. Protegí los documentos contra el pecho y salí corriendo de allí.
La náusea y el desmayo se disputaron el control de mi cuerpo. ¿Qué clase de locura acababa de cometer?
En mi habitación daba vueltas de un lado a otro con la mente alterada. ¿Y si mi conducta le acarreaba problemas? ¿Y si la mujer castaña representaba su pareja real? Sus límites fueron claros: éramos amigos. Yo acababa de dañar eso.
La anormalidad de mis impulsos me generó un profundo asco. ¿Cómo reaccionaba de ese modo ante su protección? ¿Cómo pude besar al único apoyo que poseía?
«Eres una desagradecida. Una intrusa», me reproché
Miré los folletos de las universidades sobre la cama. La aceptación de su propuesta se sentía imposible tras el incidente; su disposición a ayudarme seguramente se habrá esfumado.
Afuera, el aguacero convertía el jardín en un terreno impracticable, anulando mi opción de salir a caminar para disipar la ansiedad.
El día se extinguió en la oscuridad de la noche.
Unos toques en la madera me sobresaltaron, el alivio regresó al identificar la voz de Marta. Ella entró con una sutil inclinación de cabeza.
—Señorita Vera, la cena está servida.
—¿Leo se encuentra abajo?
—Sí, cena en este momento —respondió ella.
—Evita servir mi porción, por favor. No voy a bajar.
—¿Siguen los problemas del estómago? —indagó con duda.
—Sí, el estómago me molesta. No es nada grave, prefiero descansar.
—Buenas noches, señorita.
¿Cómo pretendía alimentarme de su comida tras mi atrevimiento? Mi conducta resultaba vergonzosa.
Tras una larga ducha, me enrosqué en la cama como una oruga, mis ánimos caían por los suelos.
…
Pasadas las diez de la noche, nuevamente llamaron a la puerta, escuché el giro del picaporte.
Me acomodé dando la espalda al ingreso.
—Insisto, Marta, no tengo apetito —repetí.
El silencio posterior me resultó extraño; me incorporé para verificar la situación. La figura en la entrada pertenecía a otra persona.
Leo ocupaba el umbral.
—¿Puedo entrar? —inquirió.
Asentí, con la capacidad de movimiento reducida al mínimo. Él avanzó empujando un carrito de madera que transportaba una bandeja y platos cubiertos.
—Cenar en tu ausencia resultó... bastante solitario. La comida perdió el sabor —aseguró, ubicándose en el borde del colchón, frente a mí.
Las palabras se me atascaron.
—Perdón por no poder acompañarte.
Él negó con un movimiento pausado.
—Deseo evitar que te descuides y dejes de comer por cualquier motivo. Come algo. La conversación puede esperar, ¿sí?
Me incorporé un poco mientras él tomaba el libro que dejé abandonado a un lado, hojeándolo sin prisa.
—¿Edgar Allan Poe? «El corazón delator». Este relato figura entre mis predilectos —comentó—. La forma en que retrata la culpa; cómo avanza hasta consumir al individuo... y lo obliga a confesar. Posee un atractivo fascinante.
En lo que él continuaba su análisis, retiré la cubierta de uno de los recipientes: un puré de papas cremoso con hierbas finas, pollo asado, un cuenco de caldo y una porción de tarta de frambuesas. Comí despacio, cediendo ante un hambre real que superaba mis negaciones.
Leo desglosaba conceptos de literatura y autores variados. Su actitud transmitía la impresión de que el beso del estudio jamás ocurrió, y esa normalidad me devolvió el aliento.
Al concluir, posé los cubiertos y bebí un sorbo de agua. El sonido al tragar resonó con una nitidez incómoda en la habitación.
—Lamento lo de esta tarde —articulé, reuniendo valor.
Él cerró el ejemplar, colocándolo en la mesa de noche.
—¿Te arrepientes? —cuestionó.
Lo miré desconcertada. —¿Eh?
—¿Te arrepientes de haberme besado?
El aire se me atoró en las vías respiratorias. La especificidad de su pregunta desarmó mi preparación; la divagación amenazaba con regresar. Concentración, Vera.
—Yo… tú… debiste sentirte incómodo —balbuceé—. No pretendo causarte dificultades con tu novia…
Una sutil extrañeza alteró sus facciones.
—¿Novia? ¿A qué te refieres?
—La mujer castaña que te acompañaba junto al auto esta mañana, en la entrada...
Él ladeó el rostro, apretando los labios en un esfuerzo de memoria.
—¿Mi prima Annette? ¿Esa fue tu conclusión?
—¿Tu… prima? ¿La que vive en Inglaterra? —Las preguntas se agolparon, revelando la estupidez de no haber contemplado esa opción.
—Exactamente. Su estancia en la ciudad duró un par de días; deseaba presentártela, pero debió partir.
La boca se me abrió.
—Vuelves a ponerte roja—comentó—. ¿Cuál es el motivo ahora, Vera? ¿Cruza por tu mente la idea de besarme de nuevo?
La impasibilidad de su cuestionamiento me dejó sin recursos para reaccionar. Ahí vi: una diminuta sonrisa de lado.
Sus ojos descendieron hacia mi boca.
Nuevamente mi mente hacía estragos en mí, tenía que sofocar el impulso de abalanzarme sobre él.
Él se inclinó. La proximidad de su rostro redujo mi capacidad de respirar.
—Te advertí el efecto que me produce ese gesto —susurró—. Me genera unos deseos enormes de morderlos.
En la madrugada. En esta cama. Entre gemidos. La frase formaba parte de mi memoria.
La fantasía quedaba descartada. Él estuvo aquí. Observándome.
—¿Qué sientes? —murmuró, la gravedad de su voz vibró en mi interior.
Busqué tragar saliva. El azul de sus ojos ganó profundidad, asemejándose a un océano oscuro donde me hundía sin remedio.
—¿Te gusto? —preguntó, anulando cualquier espacio para procesar la realidad de la situación.
Un leve movimiento de cabeza me delató. —Sí —musité.
Su sonrisa se amplió, exhibiendo una hilera perfecta de dientes. El cuerpo me temblaba.
La fijeza de su mirada se tornó intensa, descendiendo otra vez hacia mi boca. Noté que repetía el gesto de presionarme el labio.
—Se terminaron las advertencias, Vera —susurró.
Acortó la distancia...
Me besó.
***********************************************A las afueras de la mansión von Drachen, en la espesa nevada, una silueta femenina aguardaba inmóvil, a unos metros de la verja que delimitaba la propiedad. El viento arrastraba copos de nieve, adhiriéndolos a su chaqueta oscura.El brillo metálico de un encendedor rompió la tiniebla; una chispa iluminó su rostro apenas un instante. Bastó para que los ojos grises, enrojecidos por la rabia y el insomnio, delataran una presencia alimentada de odio.Entre sus dedos, el cigarrillo ardía lento. El humo subía en espirales, difuminándose contra la neblina blanca de la helada.Introdujo la mano en el bolsillo, extrayendo una fotografía arrugada. El papel estaba gastado, los bordes estaban deshechos, apenas sostenidos por la obstinación de quien no quiere soltar el pasado. El centro de la imagen seguía visible: una mano esquelética, despojada de carne, huesos desgastados, y enredados en los nudillos, mechones rojizos.Levantó la foto a la altura d
Leo, ven aquí —le pedí.Él negó de inmediato, tensando la mandíbula. —Creo que saldré un momento a tomar aire.Eso no lo permitiría, pensé en alguna excusa factible — Acabo de despertar, estuve al borde de la muerte… no quiero quedarme sola.Exageraba, solo que a veces usaba un poquito de drama con él. Y funcionó. Al escucharme, se devolvió, enseguida. Posicionándose a mi lado, los ojos en mi herida.—Estás débil —murmuró—. No quiero ponerte peor, tengo un caos ahora mismo que es mejor calmar afuera.—No —le atajé—. Quédate y hablemos.Coloqué la palma en su mejilla; preparando lo que necesitaba decir, Leo debía entender un par de cosas.—Escúchame bien, Leo —empecé despacio—. No hay ningún hombre en la faz de la Tierra que tenga mi atención como la tienes tú. Ni antes ni ahora. No hay duda: tú eres mi todo. No deberías sentirte inseguro ni por un instante.Noté que su
Mis manos manchadas de carmesí, Vera tendida en los brazos de Adrik, la cabeza ladeada, los labios apenas entreabiertos. Lucía pálida.¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan descuidado y lastimarla a ella? ¿Cómo carajos las cosas terminaron así de torcidas? Ella no debía haber estado aquí, se suponía que ya se había ido. Debí confirmar antes de actuar.Fui dominado por mis impulsos más primitivos; al verla tan cerca de Adrik, esa intimidad entre ellos nubló mi razón. Pensé en acabar con él de una vez por todas. No contaba con que, en el último instante, ella se interpusiera. La impresión de verla frente a mí me dejó completamente roto.—La maté… —susurré.Adrik seguía moviéndose, presionando la herid
El camino se extendía frente a mí, blanco y mudo bajo la nevada. La caravana avanzaba: dos coches a la delantera, dos detrás. Cada uno con hombres armados que conocían de memoria las órdenes del plan.Mantenía la vista fija en la ventana, las luces del bosque apareciendo y desapareciendo. Apretaba el móvil en la mano, con el punto rojo que marcaba la ubicación de mi hijo aún activo. El brazalete no había fallado. Alaric seguía allí, en esa mansión.La policía estaba al tanto, pero no intervendría. Moví los hilos con el comisario y le dejé claro que este asunto quedaba bajo mis manos. No confiaría en nadie más.Adrik tenía un informante en mi propio círculo. No podía moverme de manera obvia. Por eso acepté el plan. Vera entraría primero. Sería el anzuelo. Yo llegaría después.El riesgo es altísimo. Vera estaba allá adentro, atrapada en medio de un fuego cruzado que podía estallar en cualquier instant
Todo el trayecto, traté de prepararme mentalmente para lo que venía. El coche avanzó por el sendero cubierto de nieve, deteniéndose frente a la gran puerta de la mansión.El seguro de la puerta trasera se abrió. Respiré hondo, abrí la puerta y descendí. Apenas la cerré, el vehículo arrancó y se perdió colina abajo.Quedé sola frente a la mansión de Adrik.El silencio era absoluto. Ni una sombra humana. El blanco de la nieve recortaba los árboles desnudos y cubría cada rincón del jardín.Avancé hasta la entrada. La puerta principal se abrió antes de que alzara la mano. En el umbral apareció una figura conocida: el asistente personal de Adrik. Traje impecable, rostro impenetrable. No pronunció palabra; un simple ademán con la mano bastó para ordenarme que lo siguiera.Atravesamos los mismos pasillos, los cuadros carísimos, las esculturas minimalistas, las paredes limpias y sin historia. Todo en esta casa parecía estar diseñado para ser admirado, no vivido. La calefacción funcionaba, sí..
Vera estaba fuera de sí. Gritaba, se aferraba a mi ropa.—Estoy aquí —la abracé, tratando de serenarla—. Respira.Tardé unos minutos así.Luego la cargué y llevé a nuestra habitación.Sus ojos seguían abiertos, aunque ausentes; mirada perdida, los labios resecos.Le toqué el rostro. Frío.—Marta —llamé.La mujer asomó desde la puerta, nerviosa.—Quédate junto a ella. Ni un segundo sola. ¿Entendido?—Sí, señor.—Dale algo tibio, háblale. Manténla aterrizada.Otra mucama entró con Helena en brazos. Vera, en su crisis, pidió tener a nuestra hija cerca para protegerla. Me arrodillé junto a la cama, le tomé la mano.—Te juro por todo lo que soy —murmuré— que traeré a nuestro hijo de vuelta.Le di un último vistazo a Vera. Tragué el nudo. No había espacio para flaquezas.Crucé hacia el ala norte de la casa. Thomas aguardaba por mí en la entrada del almacén; la puerta, entreabierta.—¿Está ahí? —pregunté.Asintió.—Revisé su móvil —confirmó relatando—. Fotos de la hermana hospitalizada, mensa







