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Capítulo 7

Author: Lorelai
last update publish date: 2026-09-18 11:45:06

Después del descanso regresé al aula convencida de que Sebastián encontraría alguna forma de hacerme sentir incómoda, pero no ocurrió. Cuando volvió a subir al estrado, parecía haber dejado nuestra discusión fuera del salón.

Su expresión recuperó la misma frialdad con la que había comenzado la clase y durante los siguientes minutos no me prestó más atención que a cualquier otro estudiante.

Sebastián dejó el marcador sobre la mesa y recorrió el aula con la mirada.

—Un proyecto social no fracasa solamente porque tenga poco dinero, a veces fracasa porque está mal diseñado desde el principio.

Varias personas dejaron de escribir y él señaló una de las diapositivas.

—Pueden tener una presentación impecable, un presupuesto aprobado y fotografías preciosas para mostrar a los patrocinadores. Nada de eso significa que estén resolviendo el problema —Cambió de diapositiva—. Si después de seis meses la comunidad sigue exactamente igual, entonces no hicieron un buen proyecto, hicieron una buena campaña de publicidad.

Escuché algunas risas y Sebastián apoyó una mano sobre el escritorio.

—Por eso antes de pensar en cómo van a presentar una iniciativa, quiero que se pregunten tres cosas: qué problema están intentando resolver, para quién lo están resolviendo y cómo van a demostrar que realmente funcionó.

Tomé nota casi sin darme cuenta.

—Y no se enamoren de su primera idea —añadió—. Si los datos les dicen que el proyecto no funciona, cambiarlo no significa que fracasaron. Significa que fueron lo bastante inteligentes para darse cuenta antes de desperdiciar más recursos.

Me molestaba admitirlo, pero sabía exactamente cómo mantener la atención de una clase. No estaba repitiendo definiciones de un libro, hablaba como alguien que ya había visto proyectos fallar en el mundo real.

Intenté encontrar algo que criticar, pero no pude.

Sebastián explicaba cada concepto con una claridad irritante. No se limitaba a repetir teoría; relacionaba las ideas con situaciones reales, hablaba de proyectos que habían fracasado por una mala distribución de recursos y de otros que habían sobrevivido precisamente porque alguien había sabido reconocer a tiempo que el plan original no funcionaba.

Mis apuntes terminaron ocupando varias páginas.

Me costaba admitirlo, pero era bueno, mucho mejor de lo que quería concederle.

Al final de la clase comenzó a asignar los trabajos de exposición. Fue llamando a los estudiantes uno por uno, indicando fechas y temas. Cuando llegó a mi nombre, ni siquiera hizo una pausa.

—Valeria Martínez: evaluación de impacto y sostenibilidad. Presentación dentro de tres semanas.

Levanté la cabeza al escuchar mi nombre.

—Entendido.

Sebastián anotó algo en su lista y continuó, eso fue todo. Parte de mí se sintió aliviada, otra parte, mucho más absurda, se molestó al comprobar lo fácil que parecía resultarle tratarme como a una completa desconocida.

Guardé mis cosas apenas terminó la clase.

Emma y Nicolás llevaban todo el día en la guardería y yo todavía tenía que atravesar media ciudad para recogerlos. Cuando salí del edificio, descubrí que había empezado a llover y no era una llovizna.

El agua caía tan fuerte que el estacionamiento ya estaba cubierto por pequeños charcos y la gente se amontonaba bajo el techo de la entrada esperando que disminuyera.

Busqué dentro del bolso: había llevado botellas de agua, cuadernos, documentos, una merienda que Nicolás no quiso comer por la mañana y hasta un par de medias de Emma.

No había llevado paraguas.

Miré la hora, no podía esperar, la guardería cerraría pronto.

Estaba calculando cuánto tardaría en correr hasta la parada de autobús cuando vi a Sebastián acercándose desde el edificio administrativo.

Venía bajo un paraguas con una mujer. La reconocí de inmediato como alguien que no pertenecía al mundo de estudiantes que me rodeaba.

Era alta, delgada y vestía un abrigo claro perfectamente entallado. Caminaba junto a Sebastián con una familiaridad que me hizo observarlos más tiempo del necesario.

Ella dijo algo que no alcancé a escuchar, Sebastián sonrió y yo me quedé inmóvil.

Aquella sonrisa, había olvidado muchas cosas en cinco años, pero no esa. La forma en que se le suavizaba el rostro cuando algo realmente le hacía gracia, la manera en que inclinaba ligeramente la cabeza hacia la persona que tenía enfrente.

Alguna vez me había mirado así, y de la nada sentí una punzada absurda. Sebastián podía estar con quien quisiera.

No éramos nada, no lo habíamos sido durante años y aun así seguí mirando: la mujer volvió a hablarle y él se inclinó hacia ella para escucharla mejor.

Algo dentro de mí regresó directamente al pasado, a las semanas después de que se marchó, a mis llamadas sin respuesta, a las cartas que dejaron de llegar, a las preguntas que nunca pude contestar.

¿Había conocido a alguien? ¿Había encontrado una mujer más interesante? ¿Había descubierto, lejos de mí, que yo no era suficiente?

Di un paso hacia adelante sin darme cuenta, después otro. La bocina de un automóvil me sobresaltó.

Giré la cabeza, el vehículo estaba demasiado cerca. El conductor frenó con fuerza, pero el asfalto mojado hizo que las ruedas continuaran deslizándose.

No tuve tiempo de reaccionar, y sentí un tirón brutal en la cintura. Mi cuerpo salió despedido hacia atrás y terminé chocando contra un pecho fuerte.

El automóvil pasó frente a nosotros y durante varios segundos no pude moverme. Cuando levanté la cabeza, vi a Sebastián.

Había dejado caer el paraguas, tenía el cabello mojado y una expresión de furia que no había visto ni siquiera durante nuestra discusión.

—¿En qué demonios estabas pensando?

Su voz me hizo volver completamente en mí.

—Yo...

—Ese coche casi te atropella —Todavía tenía una mano alrededor de mi cintura. Sebastián miró hacia la calle y después volvió a mí, visiblemente alterado—. ¿Siempre cruzas sin mirar o decidiste probar suerte hoy?

La pregunta me dolió más de lo que debería, no solo por el tono, por todo.

El susto, Mauricio, la casa, el dinero, mis hijos, aquella mujer detrás de él y ahora Sebastián gritándome como si yo fuera una irresponsable.

Sentí los ojos húmedos.

—No necesitabas gritarme.

Sebastián abrió la boca para responder y se detuvo, debió notar mi expresión. Su mano se aflojó alrededor de mi cintura.

Durante unos segundos pareció completamente perdido, después suspiró.

—Valeria, ese auto estuvo a centímetros de ti.

Su voz era más baja.

—Lo sé.

Sebastián cerró los ojos un instante, como si estuviera intentando controlar la paciencia. Después miró la lluvia.

—¿Cómo pensabas volver?

—En autobús.

Su mirada pasó de mí al aguacero.

—Sin paraguas.

—Sí.

—Perfecto, brillante idea, la verdad.— dijo, recuperando su tono sarcástico—. Vamos, te llevaré a casa.

—Cómo vuelva a casa es asunto mío. No tienes que preocuparte por eso.

Sebastián tensó la mandíbula. Luego, soltó una risa cargada de rabia y volvió a avanzar, intentando extender la mano para sujetarme de la muñeca. 

—Sebastián —La voz de la mujer nos interrumpió. Se había acercado y nos observaba con curiosidad, su mirada pasó de él a mí—. ¿Está todo bien?

Sebastián recuperó la calma casi de inmediato, y resultó impresionante: la furia desapareció de su rostro y dejó paso a la misma expresión tranquila que utilizaba frente a sus alumnos.

—Sí, casi tuvo un accidente.

La mujer me observó con una preocupación educada.

—¿Te lastimaste?

Negué con la cabeza y aseguré que estaba bien. Mientras hablaba, noté que su atención regresaba constantemente a Sebastián, como si yo fuera apenas una interrupción inesperada en una conversación que ambos llevaban desde antes.

Entonces sus ojos bajaron: la mano de Sebastián seguía demasiado cerca de mi cintura. Él pareció darse cuenta al mismo tiempo que yo y se apartó.

La mujer arqueó apenas una ceja.

—¿Y ella es...?

No terminó la pregunta, Sebastián tampoco necesitó que lo hiciera. Por alguna razón, esperé que dijera mi nombre, que explicara quién había sido yo, que existiera una sola palabra capaz de reconocer que, antes de convertirme en una desconocida, había ocupado un lugar importante en su vida.

—Una alumna.

Nada más. Sentí la respuesta como una bofetada pequeña y absurda: una alumna. Eso era todo lo que quedaba de nosotros.

La mujer volvió a mirarme y una sonrisa ligera apareció en su rostro.

—No creo que sea muy habitual que un profesor termine sacando a una alumna de debajo de un coche.

Sebastián ni siquiera se molestó en disimular la irritación.

—Tampoco es muy habitual que una mujer adulta cruce una calle sin mirar.

—No lo hice a propósito —dije, molesta.

—Eso lo vuelve mucho más tranquilizador —La ironía de su tono me hizo apretar los labios.

La mujer observó el intercambio con una curiosidad que intentaba ocultar.

Ella miró la lluvia y después a Sebastián.

—Deberías llevarla a casa, con este clima no va a llegar a ninguna parte.

—No hace falta —intervine antes de que él pudiera responder—. Puedo regresar sola.

Sebastián me dirigió una mirada cansada y luego volvió hacia ella.

—Ya ves, prefiere llegar empapada antes que aceptar cualquier cosa que venga de mí.

La mujer volvió a mirarme, pero no discutió. En cambio, tomó el paraguas de la mano de Sebastián con una naturalidad que me molestó mucho más de lo razonable.

Sus dedos rozaron los de él, ninguno pareció notarlo, quizá porque era un gesto demasiado habitual entre ellos.

—Entonces llévate este —dijo y me ofreció el paraguas.

Intenté rechazarlo, pero insistió en que el automóvil estaba cerca y que ella no lo necesitaba. Sebastián frunció ligeramente el ceño.

—¿Y tú?

La mujer lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Voy contigo.

Hubo algo en la facilidad con la que lo dijo que me hizo sentir una presión desagradable en el pecho.

No explicó nada más: podían caminar juntos, compartir el automóvil, compartir el paraguas si lo necesitaban, probablemente compartían muchas cosas sobre las que yo no tenía derecho a preguntar.

Acepté finalmente.

—Gracias.

La mujer sonrió.

—No hay de qué.

Después regresó junto a Sebastián y se sujetó de su brazo con absoluta naturalidad.

Él no se apartó y ese detalle fue peor que cualquier gesto exagerado porque no parecían dos personas intentando demostrar cercanía, parecían dos personas acostumbradas a ella.

Sebastián inclinó la cabeza cuando la mujer le dijo algo y ambos comenzaron a caminar hacia el estacionamiento.

Yo permanecí bajo el paraguas observándolos alejarse.

Cinco años atrás había pasado meses preguntándome por qué dejó de contestar, por qué nunca regresó, por qué fue tan fácil desaparecer de mi vida. Ahora, por fin, tenía la respuesta. 

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