LOGINEl primer día de clases empezó con Nicolás negándose a entrar a la guardería.
Se aferró a mi mano apenas vio la puerta de la nueva guardería, sentí sus dedos cerrarse alrededor de los míos con tanta fuerza que tuve que detenerme.
—No quiero entrar —murmuró Nicolás.
Me agaché frente a él. Tenía los labios apretados y miraba hacia el interior como si estuviera a punto de dejarlo en un lugar completamente desconocido.
—Solo serán unas horas, voy a volver por ustedes.
—Puedo quedarme solo en casa mientras estudias —Negó con la cabeza.
La propuesta habría resultado graciosa en cualquier otro momento. Aquella mañana solo me produjo una punzada de culpa.
Desde que habíamos abandonado la casa de Mauricio, demasiadas cosas habían cambiado demasiado rápido para ellos.
Una casa nueva, una nueva rutina y ahora también una guardería.
—Sé que puedes portarte bien, pero no puedes quedarte solo —Le aparté un mechón de cabello de la frente.
—No voy a romper nada en la casa —insistió, con los ojos cada vez más brillantes—. Te lo prometo.
—No es porque no confíe en ti —Le aseguré— Es que aquí te divertirás más
Emma, que unos minutos antes había jurado que tampoco pensaba entrar, seguía pegada a mi otro brazo.
Una cuidadora debió notar nuestra pequeña crisis, porque se acercó con una sonrisa y señaló hacia el patio.
—Tenemos pinturas, juegos y una caja enorme de colores. ¿Quieren verla?
Emma levantó la cabeza, su expresión cambió inmediatamente.
—¿Pinturas?
La cuidadora asintió. Emma soltó mi brazo con tanta rapidez que tuve que contener una sonrisa.
—¿Puedo pintar lo que quiera?
—Todo lo que quieras —Le afirmó la mujer.
—Tú dijiste que tampoco querías quedarte —Nicolás la miró con indignación mientras hablaba.
Emma se encogió de hombros mientras intentaba mirar detrás de la cuidadora.
—Eso fue antes de saber que tenían pinturas.
Una risa se me escapó por primera vez aquella mañana, la tensión en mi pecho disminuyó un poco. Volví a mirar a Nicolás y tomé sus dos manos entre las mías.
—Voy a regresar por ustedes en cuanto termine mis cosas—Dejarlos en la casa solos no era una opción, pero no podía explicárselo—. Y, si todo sale bien, más tarde compramos helado.
Sus cejas dejaron de estar tan fruncidas.
—¿De chocolate?
—Del sabor que quieras.
Me observó durante unos segundos, todavía dudando.
—¿Prometes que vuelves? —La pregunta me golpeó más de lo que debería.
Después de todo lo ocurrido con su padre, probablemente una promesa de volver ya no era algo pequeño. Apreté suavemente sus manos.
—Siempre voy a volver por ustedes.
Nicolás respiró hondo y finalmente soltó una de mis manos.
—Está bien —Luego señaló a su hermana—. Pero si ella usa todos los colores antes de que entre, me voy a enojar.
Emma ya corría hacia la caja de pinturas. Lo vi seguirla y permanecí unos segundos junto a la puerta. Solo cuando ambos dejaron de mirar hacia atrás me permití marcharme.
Cuando por fin lo hice, ya iba tarde. Todavía no conocía bien aquella zona de la ciudad y tomé una calle equivocada. Después encontré tráfico frente a la universidad y tardé otros diez minutos en encontrar dónde dejar el automóvil que había alquilado por unos días.
Cuando llegué al edificio, tenía el cabello desordenado, la respiración agitada y quince minutos de retraso.
Subí las escaleras casi corriendo, no pensé en Sebastián. Había pasado los últimos días diciéndome que aquel nombre podía pertenecer a cualquiera.
Rivas no era un apellido extraño, Sebastián era un nombre común.
Incluso había conseguido creerlo hasta que abrí la puerta del aula. El hombre que estaba frente a la pizarra dejó de hablar.
No había cambiado tanto como esperaba: era mayor, por supuesto, pero los años le sentaban bien. Las líneas que ahora marcaban ligeramente su rostro no le restaban atractivo; al contrario, acentuaban la seguridad y la madurez que antes no tenía.
La inseguridad de la adolescencia años había desaparecido por completo, sustituida por una presencia firme e imponente que resultaba difícil ignorar.
Vestía un traje oscuro sin corbata, con las mangas de la camisa ligeramente dobladas, y había algo en la forma tranquila en que ocupaba el espacio que hacía que todas las miradas terminaran encontrándolo.
Pero era él: Sebastián, mí Sebastián.
Sentí un dolor extraño en el pecho: no era amor, eso fue lo primero que quise decir, era otra cosa. Una herida que había pasado tantos años cubierta que yo había confundido el silencio con haberla superado.
El aeropuerto apareció en mi memoria con una claridad insoportable: Sebastián abrazándome antes de pasar el control de seguridad, yo intentando no llorar, su promesa de volver. Después, las cartas, las llamadas, los meses esperando, y finalmente nada.
Cinco años de silencio condensados en unos segundos, esperé alguna reacción de su parte, no la hubo.
Sebastián bajó la vista hacia la lista de asistencia que tenía sobre el escritorio y preguntó, con la misma indiferencia que habría utilizado con cualquier otro estudiante, quién acababa de entrar.
La frialdad me dolió más de lo que debía.
—Valeria Martínez.
Había utilizado mi apellido de soltera para inscribirme.
La mano de Sebastián se detuvo sobre el papel, y solo entonces levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron, pero no duró más de un instante. Después señaló uno de los asientos libres y continuó con la clase.
Me senté sintiendo que había cometido un error enorme, durante la siguiente hora intenté tomar apuntes, no conseguí recordar casi nada.
Cada vez que Sebastián caminaba frente a mi fila, una parte de mí esperaba que volviera a mirarme, otra deseaba que no lo hiciera.
Durante años había intentado entender qué había ocurrido después de su partida.
Al principio pensé que tendría problemas con el correo, después que estaba demasiado ocupado, luego empecé a preguntarme si había conocido a otra mujer.
Quizá alguien más inteligente, más bonita, más segura, alguien que perteneciera mejor a la vida que estaba construyendo lejos de mí.
Había pasado noches enteras preguntándome qué tenía de malo para que un hombre pudiera decirme que me amaba en un aeropuerto y, meses después, desaparecer sin siquiera despedirse.
La chica sentada a mi lado debió notar que llevaba demasiado tiempo mirando hacia el frente.
Durante una pausa, se inclinó un poco hacia mí.
—¿Es tu primera clase con él?
Tardé un segundo en reaccionar.
—Sí.
Ella sonrió, como si hubiera estado esperando una excusa para hablar del tema.
—Entonces tienes suerte, que Sebastián Rivas esté dando clases aquí es casi un milagro.
Volví a mirar hacia el frente. Sebastián estaba revisando unos documentos junto al escritorio, completamente ajeno a nuestra conversación.
—Pensé que era profesor —dije.
La chica negó con la cabeza.
—No de carrera, es empresario. La universidad llevaba años intentando convencerlo para que aceptara venir como profesor visitante.
Algo dentro de mí se tensó, claro que era empresario, de alguna manera, incluso antes de que ella siguiera hablando, ya podía imaginarlo.
Sebastián siempre había querido construir algo grande.
La chica continuó, visiblemente impresionada.
—Es el fundador y director ejecutivo de Rivas Global. Tienen inversiones en varios sectores y, de hecho, una parte importante de algunos programas de esta universidad se financia con dinero de su empresa.
Sentí una presión incómoda en el pecho. Mientras ella hablaba, miré nuevamente a Sebastián: no se parecía al joven que había dejado en el aeropuerto.
El hombre frente a la clase tenía dinero, prestigio y una seguridad que antes no existía y había construido exactamente la vida de la que hablaba cuando éramos jóvenes.
La chica bajó un poco la voz, como si fuera a contarme algo mucho más interesante.
—Y sigue soltero —La miré, ella sonrió con admiración—. Increíble, ¿no? Con todo lo que tiene.
No respondí, no quería que aquella información me importara, pero la frase se instaló en algún lugar incómodo de mi cabeza.
Sebastián había desaparecido de mi vida y había construido exactamente el futuro que alguna vez imaginamos.
Yo, en cambio, acababa de regresar a la universidad después de años, con un matrimonio destruido y dos hijos esperándome en una guardería. La comparación me produjo una amargura que me avergonzó.
Cuando terminó la clase, guardé mis cosas antes que nadie, no quería hablar con él, ni siquiera quería averiguar si me había reconocido realmente.
Mientras caminaba hacia la puerta tomé una decisión: cambiaría de asignatura. Si tenía que reorganizar todo mi horario, lo haría.
—Valeria.
Mi mano se detuvo sobre el picaporte, no necesitaba girarme, aun así lo hice.
El aula estaba casi vacía.
Sebastián permanecía junto al escritorio, ordenando algunos documentos. Cuando el último estudiante salió, cerró la carpeta y me observó con una tranquilidad que me irritó inmediatamente.
Su mirada bajó hacia mi mano izquierda: la alianza seguía allí.
Había pensado en quitármela muchas veces desde que abandoné la casa de Mauricio, pero siempre encontraba alguna excusa: los niños, el divorcio todavía sin firmar, la costumbre.
Sebastián sonrió apenas, pero no fue una sonrisa amable.
—Las noticias viajan rápido —dijo, bajando la mirada hacia mi mano—. Escuché lo de Mauricio, lo de la mujer más joven, que la llevó a tu propia casa —Seguí la dirección de sus ojos hasta mi anillo—. Y aun así sigues llevándolo.
Sentí que la vergüenza se transformaba en rabia. Después de todo lo ocurrido, lo último que necesitaba era que Sebastián Rivas apareciera para juzgar mis decisiones.
—No tienes derecho a hablar de mi matrimonio.
La expresión de su rostro cambió apenas.
—Desapareciste de mi vida, Sebastián —dije, sintiendo cómo la rabia desplazaba la vergüenza—. Dejaste de responder mis cartas, mis llamadas, todo. Así que no tienes ningún derecho a opinar sobre el hombre con quien me casé.
Él endureció la expresión, Sebastián dio un paso hacia mí.
—¿Yo te abandoné?
La pregunta salió cargada de algo que no esperaba: furia. Antes de que pudiera entenderla, me sujetó de la muñeca.
No llegó a lastimarme, pero el gesto fue tan brusco que me dejó inmóvil.
Sebastián miró otra vez mi alianza.
—¿De verdad amas tanto a Mauricio?
No entendía nada, después de cinco años sin verlo, hablaba como si fuera yo quien tuviera que darle explicaciones.
Retiré la mano con fuerza.
—No vuelvas a tocarme, voy a pedir un cambio de clase esta misma tarde —dije cuando me soltó—. No tiene sentido que tengamos que seguir viéndonos.
Durante un instante, algo cambió en sus ojos. Rabia, quizá dolor.
—No puedes cambiarte.
Fruncí el ceño.
—¿Perdón?
Sebastián recuperó la calma.
—Rivas Global financia parte del programa y yo participo directamente en su organización. Si quieres salir de mi clase, no será tan sencillo.
La forma en que lo dijo me irritó aún más. Después de tantos años, volvía a tener delante a un hombre convencido de que podía decidir por mí.
—Si no autorizo el cambio, no habrá cambio.
Lo miré sin poder creerlo. Después de tantos años, Sebastián había regresado a mi vida con suficiente poder para decidir incluso qué clase podía abandonar.
No sabía qué pretendía: quizá quería castigarme, quizá disfrutaba viéndome incómoda o quizá existía alguna parte de nuestra historia que yo todavía no comprendía.
Pero ya había permitido que un hombre utilizara dinero y poder para hacerme sentir incapaz de decidir sobre mi propia vida, no iba a permitir que otro hiciera lo mismo.
Apreté la correa del bolso y lo miré directamente: no cambiaría de clase, tampoco huiría. Si Sebastián quería obligarme a verlo cada semana, tendría que verme continuar.
Había sobrevivido a que me abandonara una vez, no permitiría que volviera a destruirme por segunda vez.
Mauricio nos miró alternativamente, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.—Sabía que terminarías arrepintiéndote —dijo, concentrando toda su atención en mí—. Por eso vine. Pensé que con suficiente presión en el trabajo, con los niños y todo lo demás, terminarías entendiendo que no puedes con todo sola.Sentí que se me helaba la sangre.—Así que fuiste tú.No respondió de inmediato. La ligera curva de sus labios fue suficiente para confirmar lo que ya sospechaba.—Solo necesitabas recordar cómo es tu vida cuando no estoy detrás resolviendo tus problemas.—No estoy sola —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.La mirada de Mauricio se desplazó lentamente hacia Sebastián.Vi el instante exacto en que algo encajó dentro de su cabeza. La seguridad desapareció de su rostro, reemplazada primero por desconcierto y luego por una furia cada vez más difícil de ocultar.—Él —murmuró y su mirada regresó a mí—. Todo este tiempo fue por él.—No seas ridículo.Mauricio soltó u
Sebastián me agarró del brazo antes de que pudiera alejarme. Su agarre era fuerte, casi doloroso.—Es solo una de las formas —dijo, con una frialdad que me erizó la piel—. Tengo muchas más para hacerte pagar lo que me debes.Intenté liberarme, pero sus dedos se cerraron todavía más.—Sebastián, suéltame.No lo hizo. En cambio, se inclinó hacia mí hasta que pude sentir su respiración contra mi mejilla.—Tú también tienes algo que necesito. Tu cuerpo se adapta perfectamente a lo que me gusta y estoy dispuesto a pagarte por ello.Durante unos segundos no pude reaccionar. Había esperado crueldad de su parte, incluso resentimiento, pero no aquello.—¿Pagarme?Mi propia voz me sonó extraña. Sebastián sostuvo mi mirada sin mostrar arrepentimiento.—El dinero no sería un problema.Sentí el insulto con la claridad de una bofetada, entonces pensé en Camila, en la mujer con la que estaba dispuesto a casarse.—¿Y tu prometida? —pregunté—. ¿La mujer noble y pura que sí merece convertirse en tu esp
A la mañana siguiente, fui a casa de Lucía con una sola intención: recoger a mis hijos y fingir que la noche anterior jamás había ocurrido.El segundo objetivo resultó bastante más difícil.—Mamá —dijo Emma apenas entramos al coche—, ¿Diego va a ser nuestro nuevo papá?Casi dejé caer las llaves.—¿Qué?Nicolás levantó la cabeza desde el asiento trasero.—La tía Lucía dijo que saliste con él.—Salimos como amigos —contesté—. Los adultos hacemos eso a veces: salimos a comer algo, conversar, pero solo somos amigos—Entonces, ¿no será nuestro papá?—No, mi amor —contesté antes de que se le hicieran ilusiones—. Además, ustedes ya tienen un papá que, por más que no lo vean ahora, los quiere mucho.Tuve que morderme el interior de la mejilla para soltar esa frase, por lo que yo sabía, tanto yo como los niños, no significábamos nada para Mauricio. Pero a veces es necesario dar un par de mentiras inocentes para preservar la mente de nuestros hijos.Emma frunció el ceño.—¿Segura?—Completamen
No fue tierno, ninguno de los dos quería que lo fuera.Sebastián me sostuvo contra el colchón con una intensidad que parecía cargar cinco años de rabia acumulada, y yo respondí con la misma fuerza, clavando los dedos en su espalda como si aquello pudiera vaciarme de todo lo que llevaba guardado desde la noche de mi aniversario.Me empujó hacia la cama con todo su peso. La respiración se me cortó cuando su cuerpo cubrió el mío, duro y exigente. Sentí cada músculo de su torso contra mi piel, la aspereza de su barba incipiente raspando mi cuello cuando bajó la boca con una voracidad que rozaba el castigo. Chupó con fuerza, demasiado fuerte, dejando marcas que sabía que me encontraría en el espejo al día siguiente, cada succión era una declaración de guerra.—No pienso rogarte —gruñó contra mi clavícula, y su aliento cálido me hizo estremecer.—Bien —respondí, arqueándome contra él con desafío.Sebastián levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con algo peligroso en la penumbra. Durante un
Todavía tenía la cabeza ligera por el alcohol cuando lo vi.Sebastián estaba de pie junto a la puerta de mi apartamento, con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe leer al principio. Al vernos llegar, algo en su rostro se endureció por completo.Después de la bofetada de esa tarde, después de verme salir del aula con los ojos llenos de lágrimas, quizás sus propias palabras habían empezado a perseguirlo. No lo sabía con certeza. Solo sabía que allí estaba, veinte minutos después de medianoche, con una expresión que no encajaba con ninguna disculpa.Diego todavía tenía una mano apoyada en mi espalda cuando Sebastián nos vio, eso fue suficiente.Cuando Diego finalmente se marchó, el silencio entre nosotros se volvió insoportable. Sebastián esperó hasta que las luces de su coche desaparecieron antes de mirarme.—Parece que tampoco quieres tanto a Mauricio.Fruncí el ceño.—¿Qué?Una sonrisa amarga apareció en su rostro.—Siempre puedes renunciar fácilmente a cualquier rela
El bar estaba a media luz, con música lo bastante baja como para poder hablar sin gritar. Después de la segunda copa, algo dentro de mí empezó a aflojarse.—Entonces dejaste la comodidad, la casa grande, las tarjetas, todo, para empezar de cero con dos niños —dijo Diego, apoyando el codo en la barra—. La mayoría de la gente no tiene ese tipo de valor.—O la mayoría de la gente es más inteligente que yo.Se rió, un sonido fácil y sin doble intención.—No lo creo.—¿A qué te dedicas? —le pregunté, más por mantener la conversación que por verdadera curiosidad.—Ingeniería civil, nada tan interesante como suena —Dio un trago a su cerveza—. Paso más tiempo discutiendo con proveedores que diseñando algo.—Suena agotador de todas formas.—Lo es. ¿Y tú? Además de la fundación y la universidad, ¿qué más haces? Porque a este paso dudo que tengas tiempo hasta de respirar.Solté una risa breve.—Mis hijos ocupan lo que queda: Nicolás últimamente decidió que cada superficie de la casa necesita un







