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Capítulo 3

Autor: Mariana Guinto
¿Cumpliría, como había prometido, la palabra que le había dado a Susana?

¿O, frente a una decisión de vida o muerte, terminaría revelando el lado más repugnante de la naturaleza humana?

***

El rescate estaba por llegar y, además, el refugio tenía suficientes suministros.

Durante los días siguientes, José se relajó por completo.

Junto con Susana, se dedicó a desperdiciar recursos sin medida.

Usaron el agua purificada del sistema de filtración para lavar ropa, tomaron los antibióticos de emergencia como si fueran suplementos e incluso desmontaron las baterías de los equipos electrónicos para alimentar un reproductor de música.

Hasta que, al atardecer del tercer día, cuando solo faltaba media hora para que llegara el rescate, José entró de golpe, desesperado, e interrumpió la reunión que yo estaba teniendo con los compañeros.

—Yolanda, dame el suero ahora mismo.

Lo ordenó sin rodeos.

Fruncí el ceño y levanté la mirada.

—¿Alguien se infectó?

Pero la respuesta de José dejó a todos sin palabras.

—¡No! Susana tiene fiebre. Ya llegó a treinta y nueve grados. Le di algo para bajársela y no le hizo efecto. No me hagas perder más tiempo y saca ya el suero. Se lo voy a inyectar.

Me levanté despacio. Mi voz se volvió fría.

—¿Sabes lo que significa ese suero? Me tomó tres años desarrollarlo. Puede bloquear la propagación del virus zombi dentro de los primeros cinco minutos después de la infección. Aunque todavía está en fase experimental, es la última esperanza que tiene la humanidad en este momento. Y ahora solo me queda una dosis.

—¡Ya sé, ya sé!

José agitó la mano con impaciencia.

—Pero se supone que un suero antiviral sirve para combatir virus, ¿no? Susana se siente muy mal. ¿Puedes dejar de hacer drama y dármelo de una vez?

Toda la sala de reuniones quedó en un silencio aterrador.

Enrique ya no pudo soportarlo más y se levantó de golpe y golpeó la mesa.

—¿Estás loco o qué? ¿Quieres desperdiciar un suero tan valioso solo por una fiebre?

—¿Qué desperdicio ni qué nada?

José respondió con la voz deformada por la rabia.

—Susana siempre ha sido delicada de salud. ¿Y si la fiebre le causa algo grave? Además, ¿el suero no es para salvar personas?

Al ver que yo no me movía, la mirada de José se endureció de pronto.

Entonces, levantó el arma y apuntó directo a mi frente.

—Entrégalo. No me obligues.

—José, ¿te volviste loco? ¿Cómo puedes…?

Un compañero quiso avanzar para detenerlo, pero casi fue alcanzado por el disparo de José.

Miré al hombre que alguna vez amé tanto y, de pronto, todo me pareció ridículo.

En mi vida anterior, había escapado de la muerte muchas veces para protegerlo. Y ahora, por Susana, él estaba dispuesto incluso a amenazarme de muerte.

Aunque mis compañeros se resistieron, al final no tuvieron más opción que entregar el único suero.

No les quedó más que mirar cómo José se lo inyectaba a Susana.

Apenas unos minutos después, la fiebre le bajó por completo.

Al ver que el rostro de Susana volvía a tener buen color, me reí para mis adentros.

Ella fingió estar débil mientras se incorporaba. Con los ojos enrojecidos, miró a todos.

—Lo siento. Todo fue culpa mía. Usé un suero tan valioso. Soy demasiado inútil. Siempre termino siendo una carga para todos.

Los compañeros desviaron la mirada uno tras otro, sin querer ver esa actuación hipócrita.

—Susana, no digas eso. ¡Tu vida es más importante que cualquier cosa!

José le tomó la mano con los ojos llenos de angustia, casi al borde de las lágrimas.

Susana también lo miró con profunda ternura.

—Eres tan bueno conmigo. Te juro que de ahora en adelante voy a protegerte incluso con mi vida.

Verlos tan empalagosos me dio ganas de vomitar.

En mi vida anterior, ya ni recordaba cuántas veces había arriesgado la vida para proteger a José. ¿Y qué recibí a cambio? Una frase suya, dicha con total indiferencia:

—¿No era eso lo que debías hacer?

Y ahora, una promesa vacía de Susana, sin que le costara nada, bastaba para conmoverlo hasta ese punto.

Qué ridículo.

Poco después, fuera del refugio se escuchó el rugido de las hélices de un helicóptero.

Al ver que el rescate había llegado, recogimos rápidamente nuestro equipo y salimos.

José tomó a Susana de la mano, emocionado, y quiso subir al helicóptero de inmediato, pero un soldado lo detuvo.

—Un momento, por favor. Necesitamos verificar sus identidades.

A medida que los compañeros subían uno por uno, la sonrisa fue desapareciendo poco a poco del rostro de José.

—José Halabe, Susana Campuzano.

El soldado revisó la lista, con el ceño fruncido.

—Lo siento. Sus nombres no aparecen en la lista.
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