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Capítulo 10

Autor: Silvia Aguirre
Cuando salimos del hotel, la brisa nocturna era fresca. Habían llevado el Maybach hasta la entrada y Ricardo nos abrió la puerta.

El panel divisor se elevó despacio, separando los asientos delanteros de la parte trasera y dejándonos en completa privacidad.

Me recosté en el asiento de cuero y solté un largo suspiro. Sentí que aquel peso que había cargado durante tantos años por fin desaparecía.

Habían pasado diez años. Aquella chica, tan acomplejada por su peso que quería desaparecer, no se había
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  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 10

    Cuando salimos del hotel, la brisa nocturna era fresca. Habían llevado el Maybach hasta la entrada y Ricardo nos abrió la puerta.El panel divisor se elevó despacio, separando los asientos delanteros de la parte trasera y dejándonos en completa privacidad.Me recosté en el asiento de cuero y solté un largo suspiro. Sentí que aquel peso que había cargado durante tantos años por fin desaparecía.Habían pasado diez años. Aquella chica, tan acomplejada por su peso que quería desaparecer, no se había atrevido a confesar su amor cara a cara y había recurrido a una carta. Ahora, por fin, había dejado atrás las sombras del pasado.Adrián se volvió hacia mí, tomó mi mano fría con una de las suyas, grande y cálida, y con la otra sacó del bolsillo la copia de la carta. Empezó a leerla en voz alta a la luz amarillenta de las farolas que se filtraba por la ventanilla.—Adrián, aunque ahora peso el doble que tú, lo que siento por ti es muchísimo más grande que lo que sienten todas las demás chicas d

  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 9

    Los gritos de Manuela retumbaron por el salón, pero no despertaron compasión. Los mismos compañeros que poco antes la adulaban se refugiaban ahora en los rincones, sin atreverse siquiera a levantar la vista.Adrián recorrió con la mirada aquellos rostros acobardados.—Ricardo, averigua quiénes participaron en la apuesta y quiénes se sumaron al acoso en ese grupo.Habló sin alzar la voz, pero todos comprendieron que iba en serio.—Si sus empresas o las de sus familias mantienen negocios con el Grupo Valdés, cancela todos los contratos de inmediato e incluye a esas empresas en nuestra lista negra. Si no existe relación comercial, añade sus nombres a la lista interna de personas vetadas para ser contratadas por cualquiera de las empresas del grupo.El salón se llenó de lamentos.Bruno intentó huir hacia la salida. Camila, llorando, se acercó hasta mí e intentó agarrar el borde de mi vestido.—Daniela… No, señora Rivas. ¡Me equivoqué! ¡De verdad lo siento! Manuela me obligó. Yo solo seguí

  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 8

    Las súplicas desesperadas de Héctor resonaron en el salón. Adrián lo observó desde arriba, impasible.—Ricardo.Habló en voz baja, pero bastó para hacer estremecer a Héctor.—Mañana, antes de las ocho de la mañana, no quiero que el Grupo Valdés mantenga ni un solo contrato con Materiales Serrano. Suspende todas las líneas de suministro que dependan de nosotros y haz efectivas de inmediato todas las cláusulas de rescisión y las garantías aplicables.Ricardo asintió.—Entendido. Me encargo ahora mismo.La orden suponía la ruina de la empresa familiar. Todo lo que Héctor había construido durante media vida estaba a punto de desaparecer por lo que él y su hija acababan de hacer.El miedo y la rabia le hicieron perder el control. Se volvió y abofeteó a Manuela con todas sus fuerzas. El golpe le partió el labio y le hinchó de inmediato un lado de la cara.—¡Eres nuestra ruina! ¿Cómo pude tener una hija tan estúpida? ¡Te atreviste a ofender a la señora Rivas! Si quieres hundirte, no arrastres

  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 7

    —No lo creo… Es imposible…Manuela seguía en el suelo, con el cabello revuelto y el maquillaje por completo deshecho, incapaz de aceptar lo ocurrido.En ese momento, las puertas del salón volvieron a abrirse. Varios empresarios de mediana edad, todos de traje, entraron acompañados de guardaespaldas.A la cabeza iba el padre de Manuela, Héctor Serrano, propietario de una empresa modesta del sector de materiales de construcción en Altaclara. Había acudido convencido de que la declaración de amor de su hija sería un éxito y con la intención de presumir ante varios colegas de que pronto tendría vínculos con el Grupo Valdés.En cuanto vio a su hija en el suelo, corrió hacia ella.—¡Manuela! ¿Qué te ocurrió? ¿Quién te hizo esto?Ella se aferró desesperadamente a su pierna y rompió a llorar.—¡Papá, fueron ellos! ¡Daniela contrató a ese hombre para que se hiciera pasar por Adrián y me humillara! También falsificaron un acta de matrimonio y se burlaron de mí delante de todos. ¡Tienes que defen

  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 6

    —¡No! ¡Esto no puede ser! ¡Todos me están mintiendo!Manuela rompió la invitación con furia. Los pedazos de papel cayeron a su alrededor.De pronto volvió la vista hacia el bolso engastado con diamantes que yo había dejado sobre la mesa, como si acabara de encontrar su última esperanza.—Aunque la invitación fuera basura, ¿qué hay del bolso? —le gritó a Adrián, señalándome—. Adrián, ¡no dejes que esta mujer te engañe! Antes ni siquiera tenía dinero para comer. ¿Cómo podría comprar un bolso tan caro? ¡Tuvo que robarlo! Si no me crees, ábrelo ahora. Seguro que está lleno de objetos robados.Se volvió hacia los compañeros que ya estaban paralizados de miedo.—¡Digan algo! Ustedes también sospechaban de ella. ¡Cuéntenle a Adrián qué clase de persona es!Nadie respondió. Todos agacharon la cabeza, deseando poder desaparecer. ¿Quién se atrevería a provocar a Adrián en ese momento?Adrián entrecerró los ojos, dispuesto a intervenir, pero puse una mano sobre la suya.—Ya que insiste tanto, dej

  • Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo   Capítulo 5

    Aquella sencilla frase dejó a todos en absoluto silencio.Bruno tenía la nariz ensangrentada por el puñetazo, pero ni siquiera se atrevió a limpiarse. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas.La sonrisa de Manuela se congeló y el rostro se le desencajó de incredulidad. El ramo de rosas se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra.—Adrián… —logró decir, con la voz rota—. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Cómo acabas de llamarla? Debes estar confundiéndola con alguien. ¡Ella es Daniela, la gorda!Intentó sujetarlo de la manga, como si así pudiera negar lo que acababa de oír.—No me toques. No quiero nada contigo.Adrián ni siquiera la miró de reojo.Su asistente ejecutivo, Ricardo Medina, avanzó y se interpuso entre ambos.—Guarde las distancias. El señor Valdés no permite que lo toque cualquiera.Manuela señaló la corbata de Adrián y perdió por completo el control.—¡No puede ser! ¡Llevas la corbata que te envié y fuiste tú quien me mandó esa invitación! Sientes algo por mí, ¿verd

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