Cuando salimos del hotel, la brisa nocturna era fresca. Habían llevado el Maybach hasta la entrada y Ricardo nos abrió la puerta.El panel divisor se elevó despacio, separando los asientos delanteros de la parte trasera y dejándonos en completa privacidad.Me recosté en el asiento de cuero y solté un largo suspiro. Sentí que aquel peso que había cargado durante tantos años por fin desaparecía.Habían pasado diez años. Aquella chica, tan acomplejada por su peso que quería desaparecer, no se había atrevido a confesar su amor cara a cara y había recurrido a una carta. Ahora, por fin, había dejado atrás las sombras del pasado.Adrián se volvió hacia mí, tomó mi mano fría con una de las suyas, grande y cálida, y con la otra sacó del bolsillo la copia de la carta. Empezó a leerla en voz alta a la luz amarillenta de las farolas que se filtraba por la ventanilla.—Adrián, aunque ahora peso el doble que tú, lo que siento por ti es muchísimo más grande que lo que sienten todas las demás chicas d
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