LOGINIrina—La Luna lo ordenó. Yo lo hice. Lo volvería a hacer mañana si ella lo dijera. —Una pausa—. Eso no quiere decir que no te haya follado bien en ese balcón. Las dos cosas son verdad. Eres tú la que anda por ahí como si se cancelaran entre sí.Lo miré fijamente.—Sera te pidió que me apuñalaras.Sostuvo la mirada medio segundo de más.—Bueno. —Se encogió de un solo hombro—. No exactamente.—¿Qué quieres decir con no exactamente?—Yvara me llamó. La orden vino de ella.—De Yvara.—De la beta del Alfa. Sí.—Y tú la obedeciste.—La obedecí. Cuando una beta da una orden en ese cuarto, no le preguntas de dónde la sacó. Ella recibe las suyas del Alfa y de su Luna. Así que. —Inclinó la cabeza apenas—. Sí. Claro. Tu hija la ordenó. En lo que a mí respecta.Me quedé con eso.No debería haber cambiado nada. Ya lo sabía. Había visto a Sera llorar en ese cuarto después y reprender a su beta frente a mí, y había sabido, desde el segundo en que levantó la barbilla y empezó con Yvara, qué era toda
IrinaNo tenía prisa. Eso fue lo primero que entendí sobre su presencia en la habitación.Lo segundo fue que ahora podía verlo con claridad. Se había acercado lo suficiente a la lámpara para que la luz le iluminara el costado del rostro. No se había afeitado en dos días. Su cabello estaba más largo que en Ironmaw. Tenía un pequeño corte ya cicatrizado sobre la ceja izquierda que no estaba ahí la última vez que había estado lo bastante cerca para verle las cejas. Sus hombros eran los hombros que yo recordaba. Su boca era la boca que yo recordaba.Me miraba como me había mirado en el balcón, allá en Ironmaw. La misma mirada. Como si no hubiera pasado el tiempo entre esos dos momentos.Lo otro que mi cuerpo recordaba estaba más abajo que mi pecho.Me quedé con la espalda contra la cabecera, tratando de que mi respiración no se acelerara, y la sentí acelerarse de todas formas.—¿Por qué estás aquí?La voz me salió más plana de lo que había esperado. Había esperado que me saliera entrecort
IrinaFui a verlo la noche siguiente con un vestido que no había usado desde los primeros meses de nuestro matrimonio. Le tomé la mano durante la cena, delante de tres de sus invitados. Me reí de uno de sus chistes, algo que nadie había hecho con uno de sus chistes en veintitrés años. Le pregunté, después del vino, si podía acompañarme a mi alcoba.Me acompañó.Me acompañó sin decir una palabra, lo cual tomé como un rechazo hasta que llegamos a la puerta y él entró detrás de mí y la puerta se cerró, y me sujetó del brazo con un agarre que no era brusco ni tierno, y me preguntó en voz baja qué estaba haciendo.Le dije que lo había extrañado.Lo dije con una voz que había estado practicando contra el interior de mi mejilla durante todo un día.Me sostuvo la mirada durante lo que pudo haber sido mucho tiempo o nada de tiempo.Después me llevó a la cama.Me folló por segunda vez en nuestro matrimonio, y fue minucioso, sin prisa, y tan eficaz como la primera vez, y mejor de lo que yo recor
IrinaSe lo había dicho a Nyx primero porque Nyx ya lo sabía.Había cruzado la habitación, había hincado una rodilla frente a mí y había esperado.Al cabo de un minuto dijo:—¿Cuánto tiempo?—Ocho semanas.—¿Estás segura?—Estoy segura.—Bien. —Se levantó. Me tendió la mano—. Arriba.Dejé que me levantara.Me sentó frente al tocador. Vertió agua de la jarra en la palangana y la empujó hacia mí, y me lavé la cara mientras ella se quedaba detrás de mí, observando mis manos. Observaba mis manos de la misma forma en que las observaba cuando decidía si yo estaba lo bastante serena como para dejarme sola.Cuando terminé, se llevó la palangana y se sentó frente a mí.—¿Cómo?—Un hombre.—Ya sé cómo. ¿Dónde?—En el salón de mi padre. En verano.—El mercader de telas.Giré la cabeza.—Lo sabías.—Monté guardia frente a esa puerta durante tres noches, mi señora.No tuve nada que decir a eso. Esperé.Nyx entrelazó las manos sobre su falda. Las estudió. Las estudió, y después me estudió a mí.—¿S
IrinaDejó de tocarme la noche que nació Sera.En ese momento no sabía que estaba dejando de hacerlo. Me estaba recuperando de un parto difícil. Entró dos veces a la cámara de parto, miró a la niña, dijo la niña es mujer, y se fue las dos veces antes de que pasara media hora. Supuse que su distancia era una cortesía pasajera. Las semanas se volvieron meses. Los meses se volvieron un año. Yo tenía veinte años y era la esposa del Rey de Valdris, y mi esposo había dejado de volverse hacia mí, y pasé el segundo año de vida de Sera diciéndome que era la temporada, la política, la tensión de su ascenso al trono — cualquier cosa, menos lo que en realidad era, que Aldric había decidido que ya había terminado conmigo.En ese entonces pensé que había tomado una amante.Pasé cuatro años buscándola. Revisé a cada mujer que entraba a la fortaleza. Revisé a las muchachas de cocina y a las doncellas y a las hijas de los señores menores. Leí su correspondencia cuando sus escribanos eran descuidados.
IrinaMi padre es un idiota sin agallas.Dejó que su esposa ardiera para que su cuñada dejara de sentirse incómoda en la mesa durante la cena. Dejó que ardiera antes que pararse en su propio salón y decir que no. Dejó que ardiera para seguir siendo el cabecilla de una manada pequeña al final de una provincia pequeña del sur, donde la comida siempre casi faltaba y los zapatos de los niños siempre casi se rompían. La tristeza en sus ojos no había sido la tristeza de un hombre que se quebraba. Había sido la tristeza de un hombre que ya sabía, antes de que los ancianos hablaran, que no iba a hacer nada para detenerlos. La tristeza había sido el anticipo de no hacer nada.Me vendió a Aldric años después por una deuda que debería haber muerto antes que aceptar. Vendió a mis hermanas menores esa misma temporada por precios en los que no quiero pensar. Nos vendió a todas con su voz suave, sin levantarla ni una vez.No me sorprendió la noche en que entró a mi alcoba, me puso la mano en el homb







