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Capítulo 2

Author: Sanchi
Laura todavía recordaba aquella noche de verano. También había sido en Casa Altamira, en uno de los salones privados del último piso.

No había nadie más en aquella habitación silenciosa. En el aire se mezclaban el aroma fresco de un difusor ambiental y la fragancia ligera del licor de frutas.

Esa noche, impulsada por el alcohol, Laura se sentó a horcajadas sobre Gustavo.

Bajo la luz de la araña de cristal, el hombre era absurdamente atractivo. Su figura era impecable y sus rasgos, finos y perfectos, parecían cuidadosamente tallados.

Bastaba mirarlo una vez para que el corazón de Laura se acelerara sin control.

Su respiración ardiente rozaba el cuello del hombre. Tenía las mejillas encendidas, los ojos nublados y toda su atención puesta en el hombre bajo ella.

Sus labios húmedos y sonrojados se entreabrieron mientras repetía una y otra vez su nombre:

—Gustavo, Gustavo…

Él estaba recostado contra el respaldo del sofá. Con una mano apretándole la cintura fina, alzó la mirada hacia su rostro ruborizado. Sus ojos color ámbar estaban llenos de diversión.

—¿Estás borracha?

—Sí —murmuró ella, con voz dulce y suave. Se le marcaron suavemente los hoyuelos.

—Bésame.

—¿Cómo quieres que te bese?

Gustavo sonrió con malicia, fingiendo no entender. Su voz era baja, ronca y peligrosamente seductora.

Los ojos de Laura brillaron. Bajó la cabeza y le mordió la comisura de los labios, como si aquello no le bastara.

Luego rodeó su cuello con ambos brazos y presionó sus labios suaves contra los de él.

Su respiración se volvió rápida y ardiente. Besaba sin orden, torpe e inexperta, guiada únicamente por aquella obsesión que le llenaba el pecho. Lo mordía, lo retenía entre sus labios y buscaba hacerlo suyo con una urgencia casi desesperada.

Entre besos entrecortados, susurró:

—Bésame.

Sonó a ruego dulce y, al mismo tiempo, a invitación.

El ambiente terminó de arder. El aire quedó saturado de una tensión densa y ardiente.

Aquella voz terminó por quebrar la contención de Gustavo. Él alzó levemente una ceja. En sus ojos se encendió un deseo de conquista imposible de disimular. Con las venas marcadas en el dorso de la mano, le sujetó la nuca y la atrajo con fuerza hacia él, tomando el control del beso de manera dominante, posesiva y arrolladora.

***

Aquel "no" hizo añicos toda la intimidad del pasado.

Laura permaneció inmóvil en su sitio. Solo cuando los pasos se alejaron, se atrevió a girar la cabeza. Su mirada alcanzó a ver apenas el borde de la chaqueta de Gustavo cuando él dobló la esquina del pasillo.

Aquel leve movimiento le rozó algo muy dentro.

También parecía el último velo que cubría aquel amor deformado y secreto que seguía escondido en lo más profundo de ella.

Solo cuando aquel borde de tela desapareció por completo de su vista, y su aroma se fue disipando del aire, Laura esbozó una sonrisa casi imperceptible y se atrevió a formar su nombre con los labios, sin emitir sonido.

Laura sabía que él también estaría esa noche en Casa Altamira. Liam había gastado una fortuna para lograr que asistiera, con la esperanza de obtener su inversión.

Pero jamás imaginó que se toparía con él allí.

En el mundo de los negocios había jerarquías. En la élite de la capital también. Y un lugar como Casa Altamira no era la excepción.

El club tenía treinta pisos.

Los diez inferiores recibían a clientes como la familia Figueroa: gente con dinero, aunque sin suficiente poder.

Los diez pisos intermedios estaban abiertos a herederos de familias influyentes, hijos de funcionarios de alto rango y jóvenes nacidos dentro de fortunas consolidadas.

Del piso veintiuno al veintinueve se movían las familias que combinaban poder político, linaje y una posición intocable dentro de la élite.

El último piso, en cambio, estaba reservado únicamente para los Salvatierra.

Allí había un acceso privado. Por lo que Laura sabía de él, Gustavo jamás aparecía por debajo del piso veinte.

Si Liam había conseguido invitarlo, debía de haber investigado sus costumbres de antemano. Como mínimo, habría organizado el encuentro en el piso veinte.

Entonces, ¿por qué había aparecido en el décimo piso?

Por supuesto, Laura no iba a creer que hubiera bajado por ella. Su regreso había sido demasiado repentino. Solo las familias Figueroa y Belmonte lo sabían.

Además, tampoco creía que Gustavo estuviera pendiente de sus movimientos.

Después de todo, cuando se marchó años atrás, había dicho cosas realmente hirientes.

Igual que ese "no" que acababa de soltar con tanta indiferencia: directo, limpio y frío.

Cuando volvió en sí, ya había salido por la puerta principal de Casa Altamira.

***

A finales de agosto, el anochecer empezaba a adelantarse.

Cuando llegó, todavía quedaba algo de luz en el cielo. Ahora, todo se había oscurecido. El aire de finales de verano ya traía un dejo tenue de frescura.

Laura llevaba ropa ligera. Se frotó los brazos descubiertos y sintió un poco de frío.

Estaba junto a la calle, a punto de pedir un taxi, cuando un auto de lujo de color negro mate, de líneas elegantes y fluidas, salió lentamente del estacionamiento de Casa Altamira y se detuvo justo frente a ella.

Laura miró hacia el auto. Era un Maybach hecho a medida, único en el mundo.

No hacía falta adivinar quién estaba sentado en el asiento trasero, oculto tras los vidrios polarizados.

El chofer, Mateo Carriles, bajó del auto. Al verla, vaciló, sorprendido, apenas un instante. Luego tomó su maleta y habló con respeto:

—Señorita, suba, por favor.

Con la maleta ya dentro del auto, negarse dejó de ser una opción.

Laura soltó un largo suspiro y bajó los escalones.

La puerta trasera se abrió. Su mirada se fijó de inmediato en el hombre sentado en el asiento trasero.

Entre las sombras, el perfil impecable de Gustavo se veía frío e indiferente.

La frialdad que emanaba de él se percibía de inmediato y bastaba para erizarle la piel.

Laura recordaba que, cuando lo conoció a los diez años, le tenía mucho miedo.

Después, poco a poco, empezó a tantear hasta dónde podía llegar. Y él, también poco a poco, empezó a permitírselo todo.

Fue precisamente esa indulgencia la que la hizo caer, paso a paso, en aquella locura de amarlo.

Y fue también esa indulgencia la que la llevó a creer, equivocadamente, que Gustavo también la amaba.

Hasta que la realidad le dio una bofetada brutal y la hizo despertar.

—¿Qué haces ahí parada? ¿Tengo que bajarme a invitarte?

La voz fría, desprovista de toda calidez, la hizo estremecerse.

Laura volvió en sí, se inclinó y subió al auto. Se sentó pegada a la puerta, dejando toda la distancia posible entre ambos.

El interior del auto estaba lleno del aroma inconfundible de Gustavo, dominante y opresivo.

Por el rabillo del ojo, lo vio reclinado con aire indolente en el asiento trasero, con las piernas cruzadas sin cuidado. La línea de su mandíbula era afilada y elegante; su perfil, tan atractivo que resultaba casi agresivo.

—¿Tan mal te ha ido?

Sus labios finos se abrieron apenas. El tono era indiferente.

Aquella voz la hizo estremecerse apenas. Laura bajó la mirada y no respondió.

Como si su silencio le disgustara, Gustavo la miró de reojo.

—¿Dos años fuera y ya olvidaste los modales?

Era cruel con las palabras; solo al besar sabía ser dulce.

Eso también la irritó un poco.

—¿No dijiste que no me conocías?

Gustavo soltó una risa baja.

—Sigues guardando rencor. Parece que te crié en vano.

Laura apretó discretamente las manos.

Era verdad, él la había criado.

¿Cómo podían fingir que no se conocían? ¿Cómo cortar un vínculo que ya se había arraigado en lo más profundo de su ser?

Giró la cabeza para mirarlo y esbozó una sonrisa dulce.

—Gustavo, tanto tiempo.
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