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Capítulo 3

Auteur: Sanchi
Después de dos años, era la primera vez que Laura volvía a mirarlo de frente.

Sus facciones seguían siendo marcadas, casi escultóricas, suavizadas por una piel clara y fina. Sus cejas conservaban aquella dureza imponente, con la autoridad silenciosa de quien estaba acostumbrado a mandar. Y, aun así, seguía siendo tan atractivo que bastaba mirarlo para perder el aliento.

Llevaba un traje negro, sin corbata. La camisa blanca estaba ligeramente abierta en el cuello, dejando a la vista la nuez marcada y la línea firme de su cuello.

Vestido con tanta despreocupación, era evidente que la invitación de Liam para esa noche no le importaba demasiado. Quizá ni siquiera la había tomado en serio.

Laura lo sabía. Con alguien tan exigente y difícil de complacer como Gustavo, ¿cómo iba Liam a conseguir que aceptara invertir?

La esperanza de Miranda estaba destinada a desvanecerse.

Gustavo no respondió a su saludo. Sus ojos color ámbar, agudos como los de un halcón, permanecieron fijos en ella.

—¿Cuándo volviste?

Sus miradas se encontraron. Los ojos de Gustavo eran profundos, como un océano sin fondo. Bastaba caer en ellos un instante para que a Laura se le desacompasara la respiración y sintiera que podía hundirse sin remedio.

Apartó la vista con rapidez y respondió sin rodeos:

—Esta tarde.

El auto avanzó con suavidad hasta incorporarse al flujo interminable del tráfico.

Gustavo volvió a preguntar:

—¿Dónde te estás quedando?

—En un hotel.

Laura le dijo el nombre del hotel y, como si temiera que eso lo molestara, añadió enseguida:

—Todavía no he tenido tiempo de buscar un departamento.

Tal como esperaba, Gustavo frunció apenas el ceño. Su voz se volvió más grave.

—¿No vas a volver a casa?

La palabra casa, dicha por él, hizo que Laura no supiera a cuál se refería.

¿A la casa de los Salvatierra? ¿O a la residencia privada de Gustavo?

Desde los diez años, la familia Salvatierra la había criado hasta que cumplió dieciocho. Ahora, regresar allí ya no parecía apropiado.

Y desde los dieciocho, ella había vivido con Gustavo durante dos años enteros.

En aquella residencia privada estaban guardados sus recuerdos más dulces, pero también el amor más humillante y doloroso de su vida.

Y todas aquellas noches en las que había quedado enredada entre sus brazos, densas de intimidad e imposibles de arrancar de la memoria.

Laura sonrió con dulzura y respondió en un tono ligero:

—No estaría bien, ¿no?

Gustavo pareció perder la paciencia y zanjó el tema con una sola frase:

—Como quieras.

El auto volvió a quedar en silencio. El ambiente se volvió extraño, tensado por algo que ninguno de los dos nombraba.

Mateo, al volante, también sintió el frío que parecía extenderse por el interior del vehículo. Laura siempre había sido sensible al frío. Antes, cada vez que subía al auto de Gustavo, Gustavo le pedía a Mateo que subiera la temperatura dos grados.

Aún no hacía tanto frío como para encender la calefacción, pero Mateo, pensando que ella podía tener frío, la activó discretamente.

El paisaje nocturno del otro lado de la ventana retrocedía con tanta rapidez que apenas podía distinguirse.

Las luces de neón se filtraban a través del cristal y caían sobre el asiento trasero, dividiéndolo en dos mundos distintos.

El espacio era amplio, pero ellos permanecían sentados en extremos opuestos, como si entre ambos se abriera una distancia imposible de cruzar. Entre ambos solo se cruzaban destellos de luz y sombra.

Y, sin embargo, Laura recordaba con absoluta claridad cuántas veces se habían besado en aquel mismo asiento durante aquellos dos años.

En la penumbra, el hombre levantó apenas los párpados. Su mirada, honda e indescifrable, se posó en ella sin delatar nada.

Su mirada se deslizó desde su perfil delicado y descendió despacio por el cabello largo y ondulado que le caía por la espalda.

Su melena, oscura y abundante, caía en ondas y casi cubría por completo la curva fina de su espalda.

Llevaba un vestido sencillo de tirantes. Sus brazos y piernas delgados quedaban al descubierto, claros y tersos bajo la luz que se filtraba desde afuera.

La mirada de Gustavo recorrió su cintura estrecha, tan fina que una sola mano bastaba para rodearla. Recordó que, cuando la sujetaba con demasiada fuerza, ella fruncía levemente el ceño por el dolor.

Después, sus ojos descendieron hacia sus piernas desnudas, largas, claras y proporcionadas.

Sus tobillos delgados le cabían sin esfuerzo en una mano.

Estaba más delgada, y también más hermosa. El carácter, por lo visto, también se le había endurecido.

La comisura de los labios del hombre se curvó apenas, casi de forma imperceptible. Por lo visto, ella ni siquiera estaba dispuesta a regalarle dos frases de más.

***

La vibración del celular dentro del bolso rompió la quietud incómoda del auto.

La mirada del hombre se desvió ligeramente hacia un lado. Vio que Laura sacaba el teléfono y giraba apenas el cuerpo, como si quisiera evitar que él viera la pantalla.

Gustavo se burló para sí. Antes, ella le contaba hasta el más mínimo detalle de todo lo que hacía. Ahora había aprendido a guardarse cosas.

Laura bajó la mirada hacia la llamada entrante y la rechazó sin contestar. Apenas unos segundos después, el teléfono volvió a sonar.

Ella volvió a rechazar la llamada y, esta vez, apagó el dispositivo por completo.

Acababa de guardarlo otra vez en el bolso cuando la voz fría del hombre sonó dentro del auto.

—¿No vas a contestar?

Su tono era tranquilo, sin una emoción evidente.

Laura giró la cabeza hacia él y sonrió hasta entrecerrar los ojos.

—Si alguien llama más de diez veces al día, ya se pone demasiado intenso. No tengo ganas de contestar.

El rostro de Gustavo no cambió. Preguntó como al pasar:

—¿Un hombre?

Laura observó con atención aquel semblante que no revelaba nada y asintió.

—Un hombre ya bastante mayor. A su edad, cuando se ponen intensos, son insoportables.

Él no volvió a decir palabra. Pero Laura percibió con claridad que la temperatura dentro del auto parecía haber descendido unos grados más.

Apartó la mirada y una extraña satisfacción le brotó desde el fondo del pecho.

Un rato después, el auto se detuvo frente a la entrada del hotel. Mateo no bajó de inmediato para sacar la maleta.

En su memoria, Laura nunca se había quedado sola en un hotel. Y Gustavo jamás habría permitido que pasara la noche fuera de casa sin compañía. Por eso, miró en el retrovisor hacia el asiento trasero, esperando una orden.

En el instante en que el vehículo se detuvo, la respiración de Laura también se suspendió durante dos segundos.

Dentro del auto reinaba un silencio tan absoluto que no se oía ni una mosca.

Gustavo permanecía recostado en el asiento, con los ojos suavemente cerrados. La línea afilada de su mandíbula seguía inmóvil; no parecía dispuesto a hablar.

Pasaron unos segundos. Laura se rió de sí misma en silencio, como si aquella mínima expectativa que acababa de nacerle resultara ridícula incluso para ella.

Había esperado que Gustavo la retuviera.

Qué absurdo.

Él era Gustavo; nunca retenía a nadie.

Ni siquiera dos años atrás, cuando ella gritó fuera de sí, armó un escándalo y le lanzó las palabras más crueles que se le ocurrieron, consiguió arrancarle una sola frase para pedirle que se quedara.

—Adiós, Gustavo. Gracias por traerme.

Esbozó una sonrisa cortés. Los hoyuelos junto a su boca hicieron que aquella sonrisa pareciera todavía más dulce.

Gustavo no abrió los ojos para mirarla. Su rostro apuesto permaneció inalterable, sin el menor cambio.

Aprovechando que Mateo bajaba a sacar la maleta, Laura abrió la puerta por su cuenta y descendió del auto.

El viento de la noche le golpeó el rostro con una ráfaga fresca y levantó suavemente algunos mechones de su cabello.

Mateo le entregó la maleta y volvió a subir. Entonces, el auto negro se alejó sin vacilar, dejando ante los ojos de Laura un destello hiriente de luces traseras.

Ella siguió mirando hasta que el auto desapareció entre el tráfico y soltó lentamente el aire que había retenido. Su corazón tardó mucho en recuperar la calma.

Se acomodó el cabello, algo desordenado por el viento, y se dio la vuelta para entrar al hotel.

Al encender de nuevo el celular, el teléfono volvió a sonar de inmediato.

Al ver aparecer en la pantalla el nombre de Joaquín Belmonte, contestó. No alcanzó ni a abrir la boca cuando la reprimenda le estalló en el oído:

—¿Estás sorda o qué? ¡Te llamé quién sabe cuántas veces y no contestaste! ¡Y encima apagaste el celular! ¿Ahora haces lo que te da la gana? ¿Ya no me tienes ningún respeto?

Joaquín solo le había hablado con amabilidad en dos ocasiones.

La primera fue dos años atrás, poco después de que ella llegara al extranjero, cuando Joaquín fue a buscarla para reconocerla como una Belmonte.

La segunda, cuando ella aceptó comprometerse con Tomás.

Laura se sentó en uno de los sofás del lobby del hotel y dejó el celular sobre la mesa baja frente a ella, con una actitud despreocupada.

—Di lo que tengas que decir. Estoy ocupada.

—¿Ocupada en qué? —La voz de Joaquín subió varios tonos—. ¿Cuántas veces te he dicho que perder el día en esos guiones de mala muerte no te va a dar dinero? ¡Deberías usar esa energía para ganarte a la familia Figueroa! ¡Si logras casarte con Tomás, ganarás más que escribiendo cien guiones!

Laura apartó el teléfono un poco del oído, fastidiada, sin responder.

Joaquín siguió despotricando al otro lado de la línea:

—Hoy mismo vas a ir a ver a Tomás y te vas a comportar como se debe delante de él. Si te atreves a arruinar este compromiso, no te lo perdonaré. Y eso que tanto quieres, ve olvidándote de conseguirlo.

Al escuchar esa última frase, la luz de su mirada se apagó de golpe. Su expresión se enfrió por completo.
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