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Capítulo 4

작가: Sanchi
Laura no le hizo caso a Joaquín ni salió corriendo a complacer a Tomás apenas terminó la llamada.

Pero sabía que, mientras ese compromiso siguiera en pie, aún tendría que lidiar con la familia Figueroa.

Porque lo que ella quería estaba en manos de Joaquín, y solo él lo tenía.

Laura no podía romper el compromiso por su cuenta. Si lograba que fuera Tomás quien lo cancelara, todo sería mucho más sencillo.

Después de registrar su entrada en el hotel, arrastró la maleta hasta el elevador, subió a su piso y entró en la habitación.

La habitación estaba limpia y vacía. En el aire flotaba un aroma desconocido, mezclado con un rastro tenue de aquella fragancia fría y amaderada.

Ese último aroma le resultaba familiar y, de algún modo, le daba una extraña sensación de calma.

Aspiró suavemente. Luego alzó despacio los dedos finos y se los llevó a la nariz para olerlos.

A Laura le parecía conservar todavía su aroma en la piel. Bastaba haber subido a su auto para sentir que aquella fragancia seguía pegada a ella.

Laura siempre había sido especialmente sensible a su aroma. Lo había descubierto en la adolescencia.

Por entonces, todavía confundida e ingenua, buscó información a escondidas. En uno de esos libros leyó que, cuando alguien te gusta, tus sentidos se agudizan a su alrededor, hasta el punto de distinguir en esa persona un aroma que los demás ni siquiera perciben.

Dicho de forma simple: el olor natural de esa persona.

Años después, la realidad terminó confirmándoselo. A los dieciocho años, Laura tuvo la audacia de meterse en la cama de Gustavo. Y casi terminó ahogándose en su aroma.

Su respiración se volvió más pesada sin que pudiera evitarlo.

Las escenas íntimas y prohibidas que habían vivido durante aquellos dos años volvieron a su mente, encendiéndole las mejillas y hasta las orejas.

Se apresuró a entrar al baño y se echó agua fría en la cara, obligándose a salir de esos recuerdos.

En ese momento, la llamada de Miranda rompió el silencio de la habitación.

—Laura, ¿dónde estás?

Su tono sonaba algo urgente.

Laura tomó un pañuelo y se secó las gotas de agua del rostro.

—Ya estoy en el hotel. ¿Qué pasó?

—Hace un momento me llamaron de Solaria Media. Dijeron que quieren modificar las condiciones acordadas justo antes de firmar. ¡Liam quiere bajarnos el precio!

Miranda sonaba todavía más furiosa.

—Me enteré de que la negociación para conseguir inversión le salió mal. El presidente de Astra Capital solo le concedió menos de diez minutos y se fue.

Laura se acomodó el cabello que le caía junto a la oreja.

—¿Hasta cuánto quiere rebajarlo?

—De cinco mil dólares por episodio a dos mil.

Era peor que rebajarlo a la mitad.

Laura frunció ligeramente el ceño y soltó sin pensarlo:

—¡Viejo miserable!

La voz de Miranda estaba cargada de desprecio.

—No se atreve a presionar a las grandes compañías, así que viene a hacerlo con un estudio pequeño como el nuestro. ¡Qué ruin!

Estudio Eco llevaba más de un año en funcionamiento. Habían creado muchos guiones de buena calidad y ya empezaban a destacar como una de las promesas emergentes del sector.

Pero, en una industria como aquella, todavía les faltaba peso para plantarse de igual a igual.

—A las empresas nuevas todos quieren ponerlas a prueba, a ver hasta dónde pueden exprimirlas.

Laura se quitó los tacones y pisó descalza la alfombra suave.

—Coordina una reunión con ellos. Estamos negociando, no mendigando. No pienso consentirle esas mañas.

—Está bien. Yo me encargo.

El tono de Miranda se relajó un poco. Después preguntó:

—Oye, ¿no ibas a Casa Altamira? ¿Viste algo?

Laura se paró junto a la ventana y contempló la noche llena de luces a lo lejos. Sus labios se curvaron.

—Sí. Y me llevé una sorpresa.

—¿Una sorpresa?

Miranda no entendía nada. ¿Acaso descubrir que su prometido la engañaba podía llamarse sorpresa?

La risa suave de Laura llegó a través del teléfono.

—Una sorpresa capaz de hacerme latir el corazón.

Mientras hablaba, en su mente apareció el rostro frío y absurdamente atractivo de aquel hombre.

Mientras Gustavo estuviera ahí, de pie frente a ella, siempre sería la mayor sorpresa de su vida.

Igual que doce años atrás.

***

Doce años antes, a finales de otoño, en Santa Aurelia, las hojas amarillas cubrían el sendero de cemento que serpenteaba frente al orfanato.

Laura, de apenas diez años, estaba parada junto a la entrada, esperando a alguien.

La noche anterior, la abuela que la había criado durante dos años le dijo entre lágrimas:

—Laura, ya no puedo más. No tengo fuerzas para seguir cuidándote. La familia de Joaquín se va a mudar y no pueden llevarte con ellos.

Su abuela era anciana y estaba enferma. Siempre había vivido en casa de Joaquín, llevando una vida nada fácil.

Y con Laura como una carga adicional, aquella espalda ya encorvada parecía haberse doblado todavía más.

La niña abrió mucho los ojos, esforzándose por no dejar caer las lágrimas, y asintió con fuerza, dócil y comprensiva.

Lo entendía.

Desde que su padre murió dos años atrás, se había convertido en una niña sin hogar.

—Pero no te preocupes, Laura. No dejaré que sufras.

Aquellas manos secas y arrugadas, ásperas como corteza de árbol, acariciaron con ternura su carita aún infantil.

—Mañana te llevaré al orfanato. Quédate esperando en la entrada. Alguien irá a recogerte.

La abuela se secó las lágrimas e insistió una y otra vez:

—Cuando llegue, vete con esa persona. Su familia vive bien y podrá hacerse cargo de ti. Te criarán hasta que cumplas dieciocho años. Después de eso, tendrás que seguir tu propio camino. Cuando llegue ese día, sigue adelante y no mires atrás.

Laura guardó aquellas palabras muy dentro de sí. A la mañana siguiente, tomó el poco equipaje que tenía y se quedó de pie, obediente, frente a la puerta del orfanato.

Ese día hacía mucho viento. Las dos trencitas que su abuela le había hecho con tanto cariño quedaron despeinadas.

Aún parecía quedar en ellas el rastro salado de sus lágrimas.

Esperó durante mucho tiempo. Hasta que apareció un auto negro.

Un auto tan brillante y elegante rara vez se veía en una ciudad pequeña como Santa Aurelia.

El auto se detuvo frente a ella. La puerta se abrió y de él bajó un joven de rasgos delicados y porte distinguido, más atractivo incluso que los muchachos de los cómics de Elena que Laura hojeaba a escondidas.

Era alto y esbelto. Llevaba una chaqueta negra deportiva, cerrada hasta arriba.

Laura levantó la cabeza y, de inmediato, chocó con aquellos ojos color ámbar.

El viento otoñal sopló entre ambos, agitando levemente el cabello negro del muchacho y dejando caer algunos mechones sobre sus cejas.

Con ambas manos en los bolsillos, su actitud era despreocupada y elegante hasta rozar la arrogancia. Desde su altura, observó a la pequeña de trenzas con una mezcla de distancia y condescendencia.

Sus labios finos se abrieron. Su voz era clara y fría.

—¿Laura?

Ella captó en aquella mirada una pizca de indiferencia y desdén.

Pero recordaba muy bien lo que le había dicho su abuela.

La persona que iría a buscarla la criaría hasta los dieciocho años.

Desesperada por aferrarse a esa estabilidad tan difícil de conseguir, Laura asintió con obediencia.

Dio unos pasos hacia él y alzó el rostro. En sus ojos claros se acumulaban lágrimas mientras respondía con timidez:

—Sí… hola.

El joven frente a ella, sin embargo, sonrió de pronto.

Alzó una mano y la posó sobre su cabeza. Le revolvió suavemente el cabello, dejando sus trenzas todavía más desordenadas, como si fuera un cachorrito erizado.

Con una sonrisa, dijo:

—Mucho gusto.

Más tarde, Laura supo que su apellido era Salvatierra y que se llamaba Gustavo.

La familia Salvatierra la acogió bajo su techo, y Gustavo, que entonces tenía dieciocho años, quedó como su tutor. Dentro de aquella casa, todos daban por hecho que debía llamarlo tío.

Durante doce años, Laura nunca olvidó el calor de aquella mano sobre su cabeza. Era una mano de dedos largos y nudillos definidos, elegante incluso en reposo.

Esa mano había acariciado su cabello, sujetado su mandíbula, recorrido su clavícula…

Como quien recorre las teclas de un piano para arrancar una melodía lenta y refinada, había pasado por cada rincón de su piel.

Y el fuego que despertó terminó consumiéndola por completo.
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