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Capítulo 2

Penulis: Pervertido Asqueroso
Su trasero redondo brillaba con un lustre provocador bajo la luz intensa, y estuve a punto de babear.

Las bragas de Carolina eran de un estilo muy sencillo, con un delicado bordado de flores en los bordes que resaltaba la elegancia de su dueña.

Le metí la tela entre las nalgas, tirando suavemente hacia arriba y hacia abajo para frotar su intimidad. Mi lengua recorría sus glúteos suaves mientras un dedo se adelantaba y le masajeaba el clítoris por encima de las bragas.

Carolina levantó el trasero hacia atrás.

—Ay… no… no toques ahí… no puedes…

Antes de que terminara de hablar, ocurrió algo todavía más vergonzoso. Empecé a acariciar su ano de color marrón claro, sin dejar ni una sola arruga, y luego metí la punta del dedo en su puerta de atrás.

—Uhh… diablillo… te lo suplico… no… uhh… por favor no… uhh… —lloriqueó, mientras su cuerpo se sacudía con violencia como si quisiera expulsar el dedo que tenía ligeramente dentro.

Mientras le frotaba el clítoris hinchado e introducía un dedo en su intimidad, moviéndolo con lentitud, la mujer empezó a responder a mis caricias.

Justo cuando mis movimientos producían ese sonido húmedo, sus diez dedos delgados se encogieron de golpe hacia adelante y luego se estiraron hacia atrás con fuerza.

—Ah… apártate… viene… viene algo… —Antes de que terminara la frase, un chorro salió disparado y cayó al suelo junto a mí.

—Carolina, no pensé que fueras de las que se vienen así. —Miré el charco pegajoso en el piso.

—Diablillo… por favor, ten piedad de mí…

—Tranquila, voy a ser muy suave. —La saqué con un movimiento firme, fui al dormitorio por una almohada y se la coloqué debajo del trasero. Su intimidad quedó levantada a la altura perfecta.

Carolina cerró los ojos con nerviosismo y se aferró a mis hombros anchos con ambas manos, preparándose para recibirme.

Agarré mi hombría, apunté a su entrada y, tras respirar hondo, empujé las caderas hacia abajo.

Aunque estaba mojada, su interior era increíblemente estrecho. Mi miembro grueso solo logró entrar un tercio.

—Mmm… —Carolina aguantaba claramente el dolor. Dos lágrimas cristalinas se deslizaron desde las comisuras de sus ojos cerrados.

Empujé con más fuerza y esta vez entré hasta el fondo, golpeando su útero.

—¡Ah! —El dolor la atravesó. Un mar de lágrimas empapó la sábana bajo su cabeza y sus uñas se clavaron en mis hombros, arañándome con fuerza y dejando varios surcos profundos.

Quise retirarme, pero ella me arañó otra vez, así que me quedé quieto.

—Diablillo… no… no te muevas… —gimió Carolina.

Al ver su cara sonrojada y hermosa, le apreté los senos y le masajeé el trasero. Sentí cómo su interior producía aún más humedad y cómo las paredes de su intimidad empezaban a contraerse alrededor de mi hombría, succionándola hacia adentro. Ya no pude contenerme y empecé a moverme.

—Ah… ah… yo… diablillo… ah… —Tras una serie de gemidos desesperados, un chorro ardiente de humedad golpeó directamente mi miembro.

La fuerza con la que Carolina se vino fue mucho más intensa que cualquiera de las veces que lo había imaginado en mis sueños. El placer me dominó por completo y ya no pude controlarme. Quise sacarlo para terminar afuera, pero era demasiado tarde.

Una gran cantidad de semilla se derramó muy dentro de su útero, provocándole un temblor violento. Se sintió completamente relajada y, con la mirada perdida, se dejó caer casi desfallecida.

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