Masuk—Después de leer el acuerdo, y dado que la señorita Yailes no pide absolutamente nada, y que no hay más involucrados, es momento de pasar a la firma —anunció el abogado.
Mía sostuvo la pluma entre sus dedos. La muñeca le dolía. Se había cambiado las vendas antes de entrar al juzgado. Cuando fue el turno de Adriel, él sí se tomó su tiempo. Leyó cláusula por cláusula, hasta que no le quedó más remedio que firmar. Un escalofrío le subió por la nuca, pero fingió que todo le valía mierd*. El pálido rostro de la mujer le vino a la mente. —Si así es como me libero de ti, esto es lo que quiero —su voz tembló, pero su mirada, aunque hinchada, mostraba una firmeza devastadora. En ese instante, admitió que tenía miedo, tenía miedo de perderla para siempre. Si esa mujer, por la que había entregado hasta su alma, lo había traicionado en su propia casa y prefería la muerte antes que seguir casada un día más con él, entonces ya no quería nada. Su vida sería la misma. Hasta mejor: se desharía de esos familiares parásitos de Mía. Volvería a ser el de siempre. El que nunca se equivocó al decir que el amor era una mierd*. Cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos de nuevo, su frialdad habitual había regresado. —Listo —pronunció sin mirarla. Luego se puso de pie. Mía fijó su vista en él. Ahí terminaba su historia de Cenicienta. Su prisión resplandeciente. Mía tragó duro. El bullicio tenue de la oficina se mezcló con el sonido seco de los zapatos caros de Adriel. «Se acabó», pensó con un vacío abismal en el pecho. El abogado le ofreció un pañuelo desechable a Mía. Ella lo aceptó y lo sostuvo entre los dedos unos segundos. Se limpió las lágrimas. Se incorporó con ayuda del bastón. Se despidió del abogado y se marchó. ... Adriel cerró la puerta del coche de golpe, y se aferró con fuerza al volante. Su mirada se fijó en la carretera hasta que vio a Mía, apoyada en su bastón, subirse a un taxi. Arrancó el motor y siguió al coche por la autopista, repasando mentalmente los últimos tres años, impulsado por una rabia abrasadora. Apretó los dientes, y su mirada se oscureció. —Esto no va a acabar así... —murmuró, frunciendo el ceño. En un semáforo en rojo, sacó el móvil. «Vigilancia total a Mía Yailes. Informe diario. Que no se entere.». El semáforo se puso en verde, y en cuanto empezó a arrancar, un choque lo sacó violentamente de la carretera. Se aferró al volante. El caos lo envolvió. El coche terminó incrustado contra la pared de una propiedad privada. (…) Mía observó los árboles, los locales y a las personas desde la ventana del taxi. El conductor le avisó que habían llegado. Solo llevaba una bolsa de mano con tres cambios de ropa. Las mismas que usaba antes de casarse. La época en que era florista. Cuando los cobradores tocaban la puerta tres veces al día. Cuando el dolor de columna la doblaba, pero no podía detenerse porque no había dinero para operarse. Los días en que comía una sola vez porque no vendía nada. La época en que lo conoció. Cuando Adriel la trataba como a un perro callejero. —Llegaron—dijo Juliana. Se acercó y la abrazó. La casa de una amiga era su única opción. Su madre no vivía en el país. El divorcio le había costado la pensión que Adriel “amablemente” le otorgaba. Ambas eran de baja estatura, pero Juliana aún lograba sacarle una cabeza. —¿Perdón? —¿Vienes sola? —Juliana giró la cabeza en busca de Tomás, su hermano mayor, que le dijo que iría por Mía, que ella no tenía nada de qué preocuparse. —Sí, ¿por qué? —Tomás iría por ti. —¿Tomás? No sabía que había regresado al país —Mía se encogió de hombros, la historia con el hermano de su amiga era otro drama de telenovela que su mente cansada se rehusaba a recordar. —Tal vez se perdió —Juliana fingió que le restó importancia. Una parte de ella sabía que Tomás guardaba ese sentimiento de amor-obsesión por su amiga y tal vez por eso se arrepintió a última hora de recogerla. La joven de cabello negro y ojos cafés —que cubría con lentes de contacto verdes— la condujo hasta la sala, donde la pintura blanca goteaba por las paredes. Mía soltó todo. La impotencia. El miedo. El dolor. La incertidumbre. —Todo pasa por algo —murmuró Juliana mientras le acariciaba el hombro. La frase sonaba trillada, pero ¿qué más podía decirse? Mía se dejó caer en el sofá. Su cuerpo pesaba. Fragmentos de alma luchaban por juntarse. Juliana respetó el silencio. Le dio espacio. Tiempo. Ese día Mía había firmado su divorcio. No supo si pasaron diez minutos o una hora cuando su celular vibró. Una. Dos. Tres veces. A la cuarta, respondió. —¿Diga? —dijo con voz apagada. —Señora Salazar, mi nombre es Regina Campos. Le llamo desde el Hospital del Pacífico. Su esposo se encuentra internado. Hemos intentado contactar a otros familiares, pero nadie responde. Una señorita nos indicó que están fuera del país. Requerimos su presencia. Es urgente. —¿Qué? ¿Qué ocurrió? ¿Adriel...? ¿Está bien? —la voz le tembló. El estómago se le revolvió. —Sufrió un accidente automovilístico. Necesitamos que venga cuanto antes. —¿El hospital del sur de la calle Balcones? —Ese mismo, señora. —V-voy enseguida —respondió, con la voz rota. Se levantó de golpe. La cadera le reclamó. Juliana se acercó al ver su rostro. —¿Qué pasa? —Adriel está en el hospital. Debo ir. —Cariño, él ya no es tu esposo —le recordó y le sujetó la mano. ¿Para qué preocuparse por alguien que ya no formaba parte de su vida? —Es urgente. Un accidente —dijo. La imagen del rostro de Adriel bañado en sangre le nubló la razón. Sus piernas mutiladas. Sus gritos. Todo se le vino encima. Pensó en su propio accidente. —Tengo que ir. Juliana suspiró, derrotada. A ella también empezaba a faltarle el aire. —Vamos. … En el hospital, le explicaron todo. Una camioneta lo había embestido. El impacto lo lanzó contra una barda. El golpe en la cabeza fue devastador. —No podemos garantizar que no existan secuelas —le advirtió el médico. Las posibilidades iban desde quedar en estado vegetal, perder la movilidad de las piernas… hasta alguna lesión más leve que requeriría terapia física de por vida. La vista de Mía se nubló. Su mundo se quebró en mil pedazos.Notas finales de la autora ¡Muchísimas gracias a todas por acompañarme hasta la última página de esta historia! (◕ᴗ◕✿) Aprovecho para pedirles una disculpa enorme por haber dejado la novela en pausa durante un tiempo. Lo que pasó fue que me encontraba en plena actualización de otro proyecto de fantasía y hombres lobo, ¡y se me cruzaron los cables feo! De verdad, entre tanta trama, personajes y entregas, estuve a nada de dar el Britney moment y afeitarme la cabeza del estrés. Pero volví para cumplirles, y este es el gran final. ¿Habrá un libro sobre Azel e Izel en el futuro? Aún no lo sé con certeza, pero no descarto la idea de ver en qué problemas se meten esos dos cuando crezcan. Nuevamente, mil gracias por su paciencia, su apoyo y por acompañar a Mía y a Adriel hasta el final. Si quieren seguir leyendo, las invito a pasarse por mi otro libro, «Embarazada del CEO mujeriego», ¡que también está a solo dos capítulos de llegar a su fin! Nos leemos muy pronto (´ω`)
El funeral fue discreto: asistieron únicamente la familia directa y los socios más cercanos a la compañía.Mía lloró durante la ceremonia, pero sin un solo rastro de hipocresía. Comprendía la tragedia de esa mujer que intentó hacerle daño de tantas maneras y que, al final del camino, terminó destruida por sus propios demonios. Ana Salazar pasó sus últimos años de vida aferrada a la idea delirante de que Mía le había robado a Adriel. Quizá ahora, en el mundo de los muertos, su alma encontraría la paz que le fue ajena en la tierra.Izel derramó varias lágrimas en silencio y depositó una rosa blanca sobre la madera antes de que el ataúd fuera cerrado de forma definitiva. Azel realizó el mismo gesto con rostro serio.Y como nunca falta el espectáculo en esa clase de eventos, la enfermera personal de Ana interrumpió el respeto del momento. La mujer comenzó a gritar fuera de sí, alegando que resultaba una absoluta falta de respeto la presencia de Juliana, a quien tachaba como la hermana del
Azel se acomodó la corbata por tercera ocasión; el nudo continuaba torcido y sin forma.—Qué aburrido ir a ese estúpido cementerio —exclamó mientras ponía los ojos en blanco con fastidio.Izel, a su lado, también observaba su propio reflejo en el enorme espejo del tocador en la habitación de su madre.—Es la hermana de papá, tonto —le recordó ella con serenidad, mientras sujetaba su cabello lacio y castaño en una coleta alta.—¿Y eso qué? —respondió su hermano con un tono antipático.—Si yo muriera, ¿te gustaría que los demás digan que ir a verme es aburrido?Azel detuvo la mano sobre la corbata mal hecha. Una fugaz mueca de desconcierto le cruzó las facciones, pero se recompuso al segundo siguiente para no mostrar flaqueza.—No digas tonterías —replicó, al tiempo que le propinaba un ligero golpecito con la palma abierta en la cabeza.—¡Oye, tonto! —se quejó Izel; el gesto no le dolió, pero bastó para despeinarla.—Pues no digas idioteces entonces —sentenció Azel. Por fin logró sujeta
Un año después, la tranquilidad al fin reinaba en el hogar.Los niños corrían de un lado a otro en la sala, llenando cada rincón con risas infantiles. Mía, acomodada en el sofá, disfrutaba de aquella hermosa vista con el corazón repleto de paz.Ese día en específico, la atmósfera en la casa se sentía distinta debido a un visitante inesperado: habían acomodado a su suegra en una de las habitaciones de la planta alta. En el centro de salud donde permaneció internada la última semana, el equipo médico le recomendó a Adriel pasar más tiempo con ella.«Existen lapsos extensos donde recupera la lucidez», le había explicado la enfermera personal de su madre. «El problema es que, en esos momentos, el recuerdo de su hija fallecida la invade y, al chocar contra la realidad de su muerte, comienzan los episodios de agresividad».Adriel accedió al traslado porque, a pesar de todo, se trataba de la mujer que le dio la vida y lo cuidó de niño. No le quedaba más alternativa que velar por su bienesta
En un parpadeo estuvieron en la habitación de Adriel. Era, en realidad, su antigua habitación de casada. No es que dejaran de estar casados. Bueno, en el fondo seguía siendo el cuarto de ambos. Los besos continuaron, salvajes, húmedos y profundos. Entonces, Mía sintió la dureza de su miembro contra el vientre. No era ninguna inocente como para ignorar de qué se trataba. Una pregunta alarmante la golpeó en medio del frenesí: ¿cuánto tiempo llevaba sin sexo? Se separó de él cuando apenas tenía unos meses de embarazo y, tras la ruptura, jamás se le cruzó por la cabeza tocarse a sí misma. Nacieron sus hijos y después sobrevino un desastre tras otro. «Telarañas es lo que debe haber ahí abajo», pensó con un brinco de aprensión en el pecho cuando notó los dedos de Adriel en el borde de su blusa. —¿No quieres? —preguntó él, con la voz afiebrada. —No, no es eso —se apresuró a responder mientras se acomodaba la prenda con torpeza—. Es que la ropa interior es fea. Adriel dejó escapar u
Los siguientes exámenes médicos arrojaron resultados positivos y definitivos: no hubo daño neurológico de ningún tipo. La capacidad motriz de Adriel permaneció intacta, y su memoria no sufrió el menor retroceso. El diagnóstico definitivo devolvió la paz a la residencia familiar tras semanas de zozobra.El corazón de Mía se llenó de una calidez descrita solo por el alivio cuando contempló el rostro de sus pequeños. Los ojos de los gemelos se iluminaron con una alegría pura en cuanto vieron a su padre atravesar la puerta principal sobre sus propios pies, lleno de vida y con la postura firme de siempre. Ella misma, en lo más profundo de su ser, sintió la certeza de que el destino les otorgaba una segunda oportunidad. Después de mirar a la muerte de frente, cualquier conflicto previo perdía peso; la perspectiva cambiaba y permitía comprender que, para todo lo demás, existía una solución.Los días transcurrieron con rapidez. Las semanas iniciales se transformaron en meses de rutina tranq







