LOGINValeriaMe quedé ahí, de pie en medio de la estancia, con los puños apretados hasta que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos. Respiraba con dificultad, con el pecho agitándose por una mezcla amarga de rabia, humillación e impotencia.Él se había ido. Se había marchado con ella, dedicándole esa voz dulce y amorosa. Ese tono suave, bajo y cargado de una dulzura ridícula que jamás me había dedicado a mí. "Esposa mía...", había dicho. Las palabras me quemaban los oídos como si me hubieran arrojado ácido.La rabia me cegaba, me puse de pie y lancé las tazas y la bandeja con los bocadillos al suelo, presa de la ola de celos que me atacaban cada vez con más fuerza.¿En qué momento empezó a ser atento con ella? ¿Cuándo demonios había pasado?Llevaba toda la vida amando a Sebastián. Desde que tenía uso de razón, él había sido el centro de mi universo. Me acostumbré a sus cuidados, a su forma protectora de tomarme del brazo, a la manera en que dejaba todo de lado si yo lo necesita
El amargor del café recién hecho inundó mis fosas nasales en cuanto crucé el umbral del apartamento de Valeria. Sobre la mesa de centro ya descansaba una bandeja cuidadosamente organizada con pequeños bocadillos y la taza humeante, preparada tal como me gustaba.—Gracias —dije, manteniendo la voz neutra mientras me sentaba en el extremo del sillón—. ¿Cómo te sientes hoy?Valeria se acomodó despacio frente a mí, abrazando un cojín contra su pecho. Movió los dedos con torpeza y me dedicó una mirada apagada, acentuando la palidez de su rostro con un suspiro frágil.—Un poco mejor, supongo —murmuró con un hilo de voz—. Aunque siento que el cuerpo me pesa muchísimo.—Es normal —mencioné, observándola sin romper la distancia—. Sabías que el cambio de tratamiento te iba a afectar durante los primeros días. El ajuste metabólico siempre es pesado.Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, dejando escapar una risa amarga y corta.—Supongo que este será mi castigo hasta que me muera, Sebas. No hay d
SebastiánEsa mañana ni siquiera la complejidad de la cirugía de tórax que tenía programada para la tarde lograba quitarme de la cabeza las palabras de mi esposa. La imagen del expediente frente a mí se desdibujaba cada vez que recordaba el llanto de Margoth el día anterior, la frialdad en su voz al decirme que se rehusaba a competir con otra mujer y el pánico feroz que me había oprimido el pecho al pensar que la perdería.Un golpe seco en el marco de la puerta me sacó de mis pensamientos.—¿Interrumpo al director o puedo pasar por un café? —preguntó Knox, apoyándose contra el marco con una sonrisa de lado y dos vasos térmicos en la mano.—Pasa —suspiré, echándome hacia atrás en la silla y pasándome la mano por la nuca—. La verdad es que lo necesito.Knox, mi mejor amigo desde los años de facultad y pediatra en el mismo centro médico, entró a la oficina y me tendió uno de los vasos. Se acomodó en el sillón de cuero del rincón, cruzando una pierna sobre la otra con la calma que siempre
Sebastián le entregó el vaso de agua junto con varias pastillas y Valeria las tomó con dedos temblorosos y las tragó despacio, soltando un suspiro débil que parecía a punto de quebrarse en llanto. Se acomodó entre las almohadas, cerró los ojos y nos musitó que podíamos irnos, que no quería ser una molestia.—Si te sientes mal otra vez, me llamas de inmediato, ¿está bien? —le pidió Sebastián, ajustando la cobija sobre sus piernas.Ella asintió apenas, dedicándole una sonrisa llena de fragilidad.—Espero que te mejores pronto, Valeria. Cuídate mucho —añadí con un hilo de voz educado pero distante, incapaz de fingir más calidez.Salimos del apartamento sin pronunciar palabra. Caminé a pasos agigantados por el pasillo, adelantándome a Sebastián para no tener que mirarlo. La frustración y la rabia me apretaban la garganta. Subí al asiento del copiloto, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y me quedé fija mirando el parabrisas hasta que él abordó el vehículo y encendió el motor.—
El ambiente en la mesa era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Aunque intentaba mantener la compostura y disfrutar de la comida, la presencia de Valeria al lado de mi esposo me producía una picazón insoportable. Grace me miraba de reojo, haciendo muecas cada vez que Valeria abría la boca para intervenir en la conversación con ese tono dulce y delicado que me revolvía el estómago.No iba a cederle terreno. Me mantuve firme, sonriendo, respondiendo a cada comentario y dejando en claro que el lugar al lado de Sebastián me pertenecía únicamente a mí. Sin embargo, la calma duró poco.Apenas unos minutos después de haber regresado del baño, Valeria dejó caer el tenedor sobre el plato y llevó una mano a su frente, cerrando los ojos con fuerza mientras soltaba un suspiro entrecortado.—Lo siento... —murmuró con la voz débil—. Creo que no me siento nada bien.—Valeria, te dije que estabas muy pálida —intervino Sebastián, girándose hacia ella con visible angustia.—No es nada, Sebas.
No lo sabía y tampoco me acordaba, pero no me iba a engañar a mí misma, que ella se regodeara de salir cuando quisiera con mi esposo me sentaba mal. No podía dejar de pensar en que ellos sí eran amantes y él no hacia nada por alejarse un poco de su supuesta amiga.—Oh, supongo que no lo sabías —borró la sonrisa y mostró un gesto de preocupación—. No vas a pensar mal, Margoth. Somos amigos y después de su viaje, habíamos quedado en almorzar juntos. Siempre hacemos este tipo de planes.—No pasa nada —dije, fingiendo que no me importaba cuando por dentro todo me ardía de celos y rabia—. Son amigos, ¿no? Mientras no los vea saliendo de una habitación de hotel, no hay problema alguno, ¿o sí?Ella se sonrojó y bajó la cabeza, apretando la correa de su bolso con fuerza. Antes de que pudiera articular alguna otra palabra para romper la pesadez que se había instalado entre las tres, una voz grave y firme resonó justo a mis espaldas, logrando que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.—¿







