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Visita

ผู้เขียน: Paola Arias
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-03 20:22:52

Margoth

Desde que llegué a la empresa, la jornada se convirtió en un verdadero suplicio. Cada mirada de mis ejecutivos y cada susurro a mis espaldas me recordaban la humillación pública. Sin embargo, no era la prensa ni los chismes lo que de verdad me quemaba el pecho; era el peso de dos años de un matrimonio donde no hubo más allá que cortesía.

Cuando acepté este matrimonio por contrato, una parte ingenua de mí albergaba la esperanza de que, con el tiempo, la frialdad se transformaría en calidez. Durante todo este tiempo intenté acercarme, pero su distancia y su absoluta dedicación a su trabajo me demostraron que yo solo era un trámite en su vida. Terminé anestesiando mis sentimientos, convenciéndome de que no me importaba, aferrándome al recuerdo de mi pasado para sobrevivir a su indiferencia y repitiéndome una y otra vez que esto terminaría pronto y volvería a ser libre.

Pero en este momento, sentía que las contradicciones me iban a volver loca. Esta era la excusa perfecta para librarme de este matrimonio, y pensar en Sebastián en brazos de otra mujer, me sentaba como un trago amargo.

—No, no me importa —susurré a la nada, apretando el esfero en mis manos—. Es el orgullo y la humillación.

A las cinco de la tarde, mi secretaria anunció una visita inesperada. Antes de que pudiera negarme, la puerta de mi despacho se abrió y entró Valeria Rossi. Vestía de manera impecable, pero la altivez con la que la vi en las noticias estaba cubierta por una capa de fingida compasión.

—Margoth, lamento venir sin avisar —dijo, cerrando la puerta tras de sí y cruzando la oficina con elegancia—. Sé que las cosas se ven terribles en la televisión, pero vine a pedirte que no seas tan dura con Sebastián. Él solo intentaba ayudarme.

—No tengo nada que hablar contigo, Valeria —respondí con voz de hielo, manteniéndome detrás de mi escritorio—. Tu presencia aquí es un atrevimiento.

Valeria dejó escapar una risita suave, un sonido cargado de una condescendencia que me encendió la sangre.

—Solo quería aclararlo. Sebastián y yo somos muy amigos, siempre lo hemos sido. Él me ha apoyado en momentos muy difíciles que tú no te puedes imaginas. Por eso sé lo frustrante que debe ser para él esta situación… sobre todo cuando le exiges un divorcio que ninguno de los dos puede firmar.

Me congelé.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, esforzándome por mantener el tono firme.

—Oh, por favor, Margoth. Sé lo del contrato matrimonial. Sé que no puedes pedir el divorcio a menos que le des un heredero —sonrió Valeria, ajustándose el bolso en el hombro—. Sebastián me lo contó todo. Me dijo lo difícil que es lidiar con tu frialdad y tu incapacidad para darle lo que el contrato exige para quedar libre. Si ni siquiera han podido intimar de forma real en dos años, ¿cómo pretendes liberarte?

Un golpe seco retumbó en mis oídos, el aire se me escapó de los pulmones.

El acuerdo de la cláusula era el secreto más íntimo, vergonzoso y privado entre Sebastián y yo. Una condición humillante impuesta por nuestras familias que jamás debió salir de entre cuatro paredes. Y él se lo había contado a ella. Se había burlado de nuestras carencias matrimoniales en los brazos de su amante.

La decepción me caló hasta los huesos, ya no era solo rabia; era un vacío helado.

—Sal de mi oficina ahora mismo —dije con un murmullo bajo, amenazante.

—Solo te aconsejo que no lo presiones —añadió Valeria, dando un paso atrás—. Sebastián es un hombre con necesidades, y si no puedes darle un hijo, hay otras que quizás…

—Dije que te vayas ahora mismo —interrumpí, tomando el teléfono de mi escritorio—. Si no te vas en este mismo instante, haré que seguridad te saque a rastras frente a los mismos fotógrafos que te siguieron al hotel. Y de paso, llamaré a Sebastián para que vea cómo interfieres en sus asuntos.

El nombre de Sebastián provocó un destello de duda en los ojos de Valeria. Sabía que no debía estar allí. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y abandonó el despacho con prisa.

Me quedé de pie, temblando. Mi amor de los primeros meses, ya enterrado, y el desgaste de dos años de distanciamiento se concentraron en una sola certeza: Sebastián me había traicionado en lo más sagrado.

Los dos habíamos llegado a un acuerdo que no podíamos revelar nada de esto. ¿Cómo pudo contárselo a su amante?  

Tomé el teléfono, busqué su contacto y le marqué. Él contestó al segundo tono.

—Margoth, voy de camino a casa…

—Ven a mi oficina. Ahora —lo interrumpí con una voz de piedra y cargada de furia—. O nos vemos en el piso de abajo en veinte minutos, o las cosas se van a poner muy feas aquí.

Colgué antes de que pudiera responder.

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ความคิดเห็น (1)
goodnovel comment avatar
Martha Luz Sabalza
Para mi Valeria también está enamorada de Sebastián , por que decirle todo eso a Margoth
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