LOGINPOV de Elena
La porcelana del inodoro estaba fría contra mi frente. Estaba sentada en el suelo del baño, demasiado agotada incluso para intentar ponerme de pie. Durante tres semanas, me había repetido que era estrés. Estrés por la guerra fría que se había instalado en mi casa, estrés por el secreto que estaba guardando o quizá simplemente por el peso del «matrimonio abierto» que ahora intentaba sobrellevar con el corazón vacío. Pero las náuseas de esa mañana no eran una simple sospecha. Me puse de pie, con las piernas pesadas como el plomo, y miré el tocador. Había tres pruebas de embarazo de plástico allí. No necesitaba levantarlas para ver el resultado. Dos líneas rosadas en todas y cada una de ellas. —No —susurré al cuarto vacío—. No, no, no. Hice las cuentas mentalmente por centésima vez. Julian y yo no nos habíamos tocado en meses. Él pasaba las noches en habitaciones de invitados o en hoteles, mientras yo pasaba las mías mirando al techo y fingiendo que no me importaba. Solo había habido una noche. Una única noche imprudente en el St. Regis. Volví a dejarme caer en el suelo. Estaba embarazada del hijo de un desconocido. Y no de cualquier desconocido, sino de un hombre al que había pagado. Un hombre que se suponía que sería un fantasma en mi historia, una transacción de una sola noche para recuperar mi orgullo. —¿Elena? ¿Estás ahí dentro? La voz de Julian golpeó la puerta, afilada e impaciente. Di un respingo, metí rápidamente las pruebas en un cajón y lo cerré de golpe. Me eché agua fría en el rostro, jadeando cuando el frío me golpeó la piel. —Ya voy —respondí. Mi voz temblaba. Abrí la puerta y Julian estaba allí, vestido con un esmoquin, impecable y letal. Se estaba arreglando los gemelos sin molestarse siquiera en mirar mi rostro pálido. —La gala comienza en una hora —dijo—. El gobernador estará allí. Te necesito a mi lado, con aspecto de esposa obediente. ¿Puedes encargarte de eso o todavía estás enfurruñada por nuestro «acuerdo»? —Estoy bien —dije, aferrándome al borde del lavabo—. Solo es un virus estomacal. Finalmente me miró y entrecerró los ojos. —Pues arréglalo. Ponte algo de color. Pareces un fantasma. Se marchó sin decir una palabra más. Me apoyé contra el marco de la puerta, mientras mi mano descendía instintivamente hasta mi vientre. Mi vida era una bomba de relojería. Si Julian descubría que estaba embarazada, sabría inmediatamente que el bebé no era suyo. Lo usaría para despojarme de todo: mi reputación, las acciones que aún le quedaban a mi familia, mi libertad. Tenía que irme. Tenía que encontrar una salida antes de que empezara a notarse. El salón de baile del Grand Imperial era un mar de sedas relucientes y copas de champán entrechocando. Sentía que caminaba dentro de un sueño. O de una pesadilla. Cada olor —los perfumes intensos, el pato asado servido en bandejas de plata, el aroma de la colonia de Julian— hacía que mi estómago se revolviera. —Sonríe, Elena —siseó Julian junto a mi oído mientras estrechábamos la mano de un magnate textil—. Pareces estar en un funeral. —Quizá lo estoy —murmuré. —No seas tediosa —espetó. Su mano se cerró dolorosamente alrededor de mi cintura mientras me llevaba hacia el centro de la sala. —Mira. El grupo Blackwood está aquí. Si consigo una reunión con su director ejecutivo, nuestras proyecciones del cuarto trimestre se duplicarán. Quédate aquí y luce bonita mientras encuentro a su representante. Me dejó de pie junto a una columna de mármol. Tomé una copa de agua con gas de la bandeja de un camarero que pasaba y bebí pequeños sorbos para mantener las náuseas bajo control. Solo tenía que sobrevivir aquella noche. Mañana iría al banco. Mañana empezaría a mover mis bienes personales. Recorrí la sala con la mirada, buscando un rincón tranquilo donde esconderme, cuando lo vi. El vaso casi se me escapó de la mano. Estaba al otro lado de la sala, rodeado por un grupo de hombres trajeados que parecían pendientes de cada una de sus palabras. No llevaba el aspecto casual y sombrío de aquella noche en el hotel. Vestía un esmoquin azul medianoche que probablemente costaba más que el coche de Julian. Parecía imponente, rico y aterrador con aquella mirada gélida. Era Kai. Mi corazón se detuvo. Mi pulso comenzó a acelerarse tanto que podía escucharlo en mis oídos. ¿Por qué estaba aquí? Un chico de compañía no debería estar en una gala de etiqueta para la élite de la ciudad. Debería estar en un penthouse esperando una llamada, no en el centro del círculo de personas más poderosas de aquella sala. Intenté apartar la mirada, esconderme detrás de un grupo de miembros de la alta sociedad, pero ya era demasiado tarde. Sus ojos se movieron y me encontraron al instante, como si hubiera estado siguiéndome con la mirada. No parecía sorprendido. No parecía nervioso. Me miraba con un hambre que hizo que me temblaran las rodillas. Murmuró algo a los hombres que lo rodeaban y comenzó a caminar hacia mí. Entré en pánico. Me giré y me apresuré hacia la terraza, con los tacones repiqueteando frenéticamente contra el mármol. Atravesé las pesadas puertas de cristal y salí al aire fresco de la noche, jadeando en busca de aire. La terraza estaba vacía. Me apoyé contra la balaustrada de piedra, contemplando las luces de la ciudad. —¿Huyendo tan pronto, Elena? La voz era grave y vibraba en el aire como un violonchelo. Me quedé paralizada. No necesitaba girarme para saber que estaba justo detrás de mí. —No deberías estar aquí —susurré, todavía de espaldas a él. —Al contrario —respondió. Escuché sus pasos detenerse a escasos centímetros de mí. —Fui invitado. Mi familia ha ocupado un puesto en esta junta durante treinta años. Entonces me giré, con los ojos muy abiertos. —¿Tu familia? Tú... tú no eres un chico de compañía. Él dio un paso hacia la luz. De cerca, el poder que emanaba de él resultaba asfixiante. No era un servicio que yo hubiera comprado. Era Alexander Thorne, el hombre al que los periódicos llamaban el «Rey de las Sombras» de la industria naviera. Un hombre conocido por ser despiadado en los negocios y aún más peligroso en su vida privada. Apoyó una mano sobre la balaustrada, dejándome prácticamente atrapada entre su brazo y la fría piedra. —¿Un chico de compañía, eh? —preguntó, con la voz impregnada de una diversión oscura. —Yo... la página web —tartamudeé, con la mente corriendo a toda velocidad—. The Obsidian Tier. Tú estabas allí. Te contraté. Alexander soltó una risa suave y seca. —The Obsidian Tier pertenece a mi holding, Elena. Esa noche estaba aburrido. Vi llegar tu solicitud: una mujer de tu posición pidiendo «sin emociones, solo venganza». Despertó mi interés. Decidí ocuparme personalmente de la «cita». Sentí náuseas. No había contratado a un hombre cualquiera. Había invitado a un depredador a mi cama. —Me mentiste —dije, elevando la voz. —Te di exactamente lo que pediste —replicó. Sus ojos descendieron hasta mi cintura y, durante un segundo aterrador, me pregunté si podía darse cuenta. Si sabía que había dejado una marca permanente en mí. —Querías una forma de hacerle daño a tu marido. Querías sentir algo que no fuera rechazo. Creo que cumplí con mi parte. —Aléjate de mí —dije, intentando pasar junto a él. No se movió. Su mano salió disparada y atrapó mi muñeca. Su agarre no era doloroso, pero estaba allí como un recordatorio. —No lo creo —susurró—. Verás, Elena, he pasado las últimas semanas pensando en nuestro «negocio». Y he decidido que todavía no he terminado contigo. —Soy una mujer casada, Alexander. Y tú... tú eres un fraude. —Soy el hombre que sabe exactamente cómo suenas cuando pierdes el control —me recordó, bajando la voz hasta un tono peligroso—. Y soy el hombre al que tu marido está desesperado por conocer. Lleva un mes enviando correos a mi oficina, suplicando una fusión. Imagínate su cara si le dijera que ya nos hemos conocido. —No lo harías —jadeé. —¿No lo haría? Se acercó, y su pecho rozó el mío. —Jugaste un juego muy peligroso, Elena. Pensaste que podías contratar a un hombre para romper tus votos y después marcharte sin consecuencias. Hizo una pausa. —Pero nada es gratis. Mi mente volvió a las tres pruebas escondidas en el cajón de mi baño. Los secretos no dejaban de acumularse unos sobre otros a cada segundo. Si me quedaba, Julian me destruiría. Si Alexander se enteraba, no tenía idea de lo que podría hacer. —¿Qué quieres? —pregunté con voz temblorosa. Alexander se inclinó y sus labios rozaron mi oído. El calor de su cuerpo era abrumador. —Quiero que dejes de fingir que eres una esposa obediente —dijo—. Y quiero que vengas a mi oficina mañana por la mañana. Sola. Si no lo haces, quizá tenga que decirle a Julian que su esposa es una clienta muy, muy generosa. Soltó mi muñeca y retrocedió, acomodándose la chaqueta del esmoquin como si hubiéramos estado hablando del clima. —Nos vemos por ahí, Elena —dijo con una sonrisa afilada y maliciosa. Se giró y regresó al salón de baile, dejándome temblando en la oscuridad. Me llevé una mano al vientre mientras la realidad de mi situación se estrellaba sobre mí. Estaba atrapada entre dos monstruos. Y llevaba en mi vientre al heredero de uno de ellos. Había intentado romper mis votos para encontrar la libertad. En cambio, acababa de cambiar una jaula por otra. Y esta era mucho, mucho más peligrosa.Punto de vista de ElenaMe desperté con la suave luz de la mañana que se filtraba a través de las cortinas de mi pequeño apartamento. Aquella claridad delicada le daba a aquel modesto lugar una atmósfera casi mágica.Eliana todavía dormía plácidamente en su cunita, acurrucada bajo su manta. Su diminuto pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.Sonreí mientras la observaba durante unos instantes antes de levantarme para poner un poco de orden en la casa.El suelo de madera crujía suavemente bajo mis pies descalzos mientras ordenaba la sala de estar, doblaba las mantas y acomodaba los cojines.Era una rutina muy sencilla.Pero me ayudaba a mantener los pies en la tierra en aquella nueva vida que estaba construyendo, lejos del caos de los hombres poderosos y sus peligrosos juegos.Como esperaba, alguien llamó a la puerta.—¡Holaaaa! ¡Soy yo!Aquella voz alegre se había vuelto muy familiar para mí.Suspiré suavemente antes de responder:—¡Ya voy!Cuando abrí la puerta, la señora He
Punto de vista de ElenaMe desperté en mitad de la noche con el corazón latiéndome tan fuerte que parecía querer salirse del pecho. La pesadilla que acababa de tener había sido aterradora: un montón de rostros pertenecientes a los habitantes del pueblo me perseguían por calles oscuras. Sus voces estaban cargadas de ira y reproches. Querían hacerme pedazos, extendiendo las manos hacia mí como si fueran garras. Corría hasta que me ardían las piernas, escondiéndome en rincones sombríos que parecían cerrarse a mi alrededor.Cuando me desperté sobresaltada, tenía la piel pegajosa por el sudor y, de repente, la habitación me pareció demasiado pequeña, demasiado silenciosa.Lo primero que hice fue comprobar que Eliana estuviera bien.Dormía profundamente en su cunita, con su pequeño pecho subiendo y bajando suavemente al ritmo de su respiración.Aquello fue mi primer alivio.Solté un suspiro tembloroso mientras le acariciaba delicadamente el sedoso cabello.Estaba a salvo.Estábamos a salvo.
Punto de vista de ElenaAcababa de terminar mi segundo día de trabajo. Sí, mi segundo empleo. Todo había salido muy bien. Estaba intentando descifrar un documento especialmente complicado, pero, gracias a Dios, al final conseguí entenderlo. Después de todo, soy una luchadora.Apenas había terminado y dado por concluida mi jornada laboral cuando mi bebé, Eliana, empezó a llorar en su cunita. Me apresuré a ir hacia ella, agradecida de haber terminado ya mi turno.En cuanto me acerqué, se calmó de inmediato. Claro… mamá estaba allí.La tomé en brazos y le susurré:—Tranquila, mi tesoro. Todo está bien. ¿Quieres tomar tu leche? ¿Tienes hambre?Efectivamente, tenía hambre. En cuanto le ofrecí el pecho, se aferró a él con ansias y comenzó a mamar con tanto gusto que me hizo sonreír. Me sentía inmensamente feliz.Contemplaba a mi bebé y lo único que veía era el futuro. Un futuro mejor. Una vida que yo nunca había podido darme a mí misma, pero que esperaba de todo corazón que ella pudiera ten
Punto de vista de ElenaAcababa de terminar mi segundo día de trabajo. Sí, mi segundo empleo. Todo había salido muy bien. Trabajaba discretamente, tecleando en mi ordenador para completar mis tareas como asistente virtual mientras Eliana dormía plácidamente la siesta en su cuna. El trabajo era constante, el sueldo seguro y, además, me hacía sentir verdaderamente útil en aquel pequeño pueblo tranquilo.Después de desconectarme, decidí salir a dar un pequeño paseo con mi bebé al final de la tarde. El sol descendía lentamente hacia el horizonte, tiñendo las calles de tonos anaranjados y rosados. Sin embargo, antes de que siquiera llegara a la puerta, la señora Hedger ya había aparecido. Parecía rebosar de entusiasmo, con los ojos brillantes como los de un niño en la mañana de Navidad. Me moría de curiosidad por saber qué podía tenerla tan contenta.—¡Ay, cariño! —dijo mientras levantaba dos entradas—. Acabo de conseguir entradas para una función.—¡Ah, qué buena noticia! —respondí con un
Punto de vista de ElenaTenía una vecina muy divertida, una mujer de unos setenta años cuya amabilidad se había convertido en una presencia constante en mi nueva vida. La señora Hedger siempre venía a visitarnos con una tarta para mi bebé y para mí. Se había convertido en mi segundo refugio en aquel pequeño pueblo tranquilo, una prueba de que no todas las relaciones tenían por qué estar acompañadas de condiciones o secretos.Cuando llamaron a la puerta, supe de inmediato que era ella.Era por la mañana. Acababa de despertarme, mientras la suave luz del sol se filtraba a través de las cortinas de nuestro pequeño apartamento. Eliana todavía dormía plácidamente en su cuna, con su pequeño pecho subiendo y bajando a un ritmo regular.Me dirigí a la puerta mientras me ataba el cinturón de la bata alrededor de la cintura.Cuando abrí, la señora Hedger estaba allí, luciendo su eterna sonrisa cálida. Sostenía un ramo de flores silvestres recién recogidas en una mano y una tarta todavía calient
Punto de vista de ElenaEstaba sentada a la pequeña mesa de madera de mi modesto apartamento. La luz de la tarde se filtraba a través de las finas cortinas, bañando la habitación con un suave resplandor dorado. Muy cerca de mí, Eliana dormía plácidamente en su cuna, con su pequeño pecho subiendo y bajando a un ritmo regular.Aquella tranquilidad era una auténtica bendición después del torbellino de los últimos meses.Abrí mi ordenador portátil. La pantalla se iluminó con una notificación que hizo que el corazón me diera un vuelco. Procedía de una empresa a la que había enviado mi solicitud unos meses atrás para un puesto remoto de estratega de contenidos, con un horario flexible.Hice clic inmediatamente y leí atentamente todos los detalles.La oferta era incluso mejor de lo que había imaginado.El sueldo era bastante bueno, suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas y, al mismo tiempo, ahorrar un poco de dinero para imprevistos.Las condiciones eran sencillas: nada de superv







