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11. El único contacto.

last update publish date: 2026-10-12 10:43:28

★Melanie★

Me vestí a oscuras: el primer pantalón que encontré, un jersey grueso, el abrigo sin abotonar. Estaba atándome los zapatos en el pasillo cuando una luz se encendió detrás de mí.

Mi madre. Con la bata puesta y el pelo recogido en una trenza fina, apoyada en el marco de su puerta.

—¿Quién llama a las tres de la mañana?

—Del hospital —No podía mentirle del todo—. Un alumno se ha hecho daño. No tiene a nadie.

Ella me miró unos segundos. Mucho más de lo necesario.

—¿Un alumno?

—Sí.

—Y te l
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  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    22. La sortija.

    ★Melanie ★Al llegar al edificio, unas señoras del piso de abajo se pusieron a murmurar al ver la camioneta. Una de ellas se llevó la mano a la boca. Otra levantó las cejas con una elocuencia que no dejaba lugar a dudas.Perfecto, pensé. Mañana tendré a la comunidad de vecinos en mi puerta.James corrió escaleras arriba.—¡Vamos, mamá! ¡No te retrases!Subí tras él, con el bolso apretado y los nervios a flor de piel.Al entrar, ya estaba sentado a la mesa de la cocina, con la merienda delante y los cuadernos abiertos, como un funcionario modelo. Lo besé en la cabeza, me quité el abrigo, empecé a preparar la cena sin ser consciente de lo que cortaba.A las siete menos cinco, mirando el reloj por tercera vez, oí la llave en la cerradura.—¡Llegaste! —gritó James, saltando de la silla.—Promesa es promesa, socio.Arthur entró con una bolsa de papel en la mano y la chaqueta abierta. Me lanzó una mirada rápida, de esas que no dicen nada y lo dicen todo. Después se agachó, dejó la bolsa sob

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    21. Todo o nada.

    ★Melanie★Al salir de la facultad intenté irme a pie a casa.Fue un gesto de principios. Una declaración de independencia. Llevaba todo el día obedeciendo horarios, cláusulas y escoltas invisibles, y necesitaba, con una urgencia casi física, caminar sola por una calle sin que nadie me dijera cómo.Duré tres manzanas.La camioneta negra apareció a mi espalda sin hacer ruido, a una distancia calculada, como un perro bien adiestrado que sabe exactamente hasta dónde puede seguir a su dueña sin que esta se queje. Seguí caminando. Ellos siguieron rodando. Cuando fui a cruzar la calle, el vehículo se detuvo ante mí con una precisión tan elegante que me dieron ganas de morderle el parachoques.La puerta trasera se abrió y bajó uno de los hombres. Chaqueta azul marino. Rostro inexpresivo. Pinta de bibliotecario con licencia para matar.—Entre, señora Abadías. Tenemos órdenes de llevarla a casa.Apreté el bolso contra el pecho.—Me voy a pie.—Por favor —Su voz fue baja, serena, desprovista de

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    20. La primera mañana.

    ★Melanie★Me desperté a las seis y cuarenta con el corazón todavía acelerado, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que la noche anterior había ganado.Había dormido mal. O, más exactamente, no había dormido: había repasado la cláusula siete tantas veces que ya la tenía grabada detrás de los párpados. Cualquiera de las partes podrá retirarse a su habitación sin dar explicaciones. Qué pedazo de documento. Lo había redactado yo, y él había encontrado la grieta.Me puse la bata, me recogí el pelo en un moño improvisado y salí al pasillo con una única estrategia: ducharme antes de que nadie despertara.La puerta del baño se abrió justo cuando llegué.Arthur salió.Solo en pantalones de chándal grises, bajos de cadera. El torso desnudo. La piel todavía húmeda. El tatuaje de la bestia negra se extendía por su costado y subía por la espalda como una sombra viva, de ojos rojos, que parecía a punto de saltarle de la piel. El agua le brillaba en los hombros y en el pecho. El pelo empapado

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    19. Me retiro a mi habitación.

    —Uno: duración de seis meses, renovable por acuerdo mutuo —Su voz sonaba divertida—. Dos: renta mensual, pagada por adelantado, más fianza equivalente a un mes. Tres: uso exclusivo de la habitación y uso compartido de cocina, baño y salón —Levantó una ceja—. Baño. Qué palabra tan íntima para un contrato. —Es una palabra práctica. —Yo no digo que no lo sea —Siguió leyendo—. Cuatro: prohibido el uso de armas en el domicilio. —Es una cláusula razonable. —Cinco: prohibido recibir visitas sin aviso previo, en particular hombres con abrigo negro. —También es razonable. —Seis: comportamiento adecuado delante del menor, entendiéndose por tal cualquier conducta que no pueda ser explicada a un niño de diez años —Se mordió el labio, y la sonrisa le tembló en la comisura—. Es muy específico. —Tiene que serlo. —¿Lo redactó un abogado o un inspector de colegio? —Una profesora con insomnio. —Se nota. Hay una coma que da miedo. —Es una coma de advertencia. —Lo firmo. —No hace falta que l

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    18. El contrato.

    ★Melanie★ Mi madre se fue el martes por la mañana, con la misma maleta marrón que había estado abierta sobre su cama durante cinco días. Mateo la esperaba abajo, con el coche aparcado en doble fila y los intermitentes puestos. Subió a ayudarla con los bultos, me abrazó con esa torpeza suya de hombre grande que no sabe qué hacer con los brazos, y bajó las escaleras con la maleta al hombro, murmurando que se les haría tarde. Quedamos solas en el recibidor. —Tienes las llaves —dijo ella. —Sí. —El número de Sally. —Sí. —El de la doble llave. —Mamá. —Es que no quiero irme —Se le humedecieron los ojos. Se los secó con el dorso de la mano, rápido, sin dramatismo—. Pero tengo que irme. Y tú tienes que dejar que alguien más cargue con una parte. —Lo sé. —Cuida a ese muchacho. —No es… —Y deja que él te cuide a ti —Me tomó la cara con las dos manos, con una ternura áspera, de mujer que ha cuidado de demasiadas cosas—. Te lo mereces, hija. Aunque no lo creas. Me besó en la frente.

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    17. Uno. Dos. Tres.

    ★Melanie★ La directora del colegio me recibió a las nueve y diez con una taza de té y la cara de quien ha oído demasiadas veces la misma pregunta. —Todo en orden, señora Abadías. James llegó a las ocho y diez, está en clase de Matemáticas, ha desayunado bien y no ha dado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo? —No —mentí—. Solo quería asegurarme. Pero no me fui. Pedí permiso para asomarme al pasillo, y desde la puerta de su aula, a través del cristal, lo vi: sentado en la tercera fila, con la lengua entre los dientes, dibujando en el margen de su cuaderno unas líneas que me parecieron acordes. Respiré por primera vez en una hora. Al salir, crucé la calle sin prisa y miré hacia la esquina. Los vi enseguida, porque ya sabía qué buscar. Dos hombres. Uno en la terraza de un café, con un periódico abierto y una taza que no tocaba. El otro, apoyado en un poste, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el reflejo de un escaparate. Abrigos oscuros. Hombros anchos. Ninguno me miró.

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