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Mi segundo matrimonio
Mi segundo matrimonio
Author: F

Capítulo 1

Author: F
En mi vida anterior, mi padre nos reunió a mi hermana Sarah y a mí para que eligiéramos compañero entre los Alfas de las tres grandes manadas: Colmillo Negro, Garra Roja y Viento de Plata. De ellos, el más fuerte era Rhett, el Alfa de Garra Roja.

Las dos pusimos los ojos en él, pero mi padre se interpuso. Me obligó a unirme a Blake, el Alfa de Colmillo Negro, cuya fuerza era un poco inferior a la de Rhett. En ese entonces, nadie se imaginaba la vuelta que daría la vida.

En cuanto quedé embarazada, Blake despertó de golpe el poder que llevaba en la sangre: la legendaria fuerza del Lobo Negro. De la noche a la mañana, se convirtió en el Alfa más poderoso de todos. Desde ese momento, Blake me trató con una ternura infinita. Era un dulce conmigo y no había capricho que no me cumpliera.

Mientras tanto, a Sarah solo le tocaban golpes y la pura crueldad de Rhett. Cada vez que nos cruzábamos, ella estaba cubierta de moretones. Al ver cómo Blake me traía entre algodones —lo delicado que era y cómo me protegía—, sus ojos echaban chispas de puro odio.

Un día, aprovechó un descuido y me echó acónito en la copa. En cuanto el trago me bajó por la garganta, todo se me borró. Sentía que me quemaba por dentro, como si trajera lava en las venas. Blake perdió la cabeza. El imponente Lobo Negro, ese que no le temía a ninguna batalla, se quedó ahí, totalmente impotente, viendo cómo mi cuerpo se deshacía en sangre.

Por el embarazo, mi poder de sanar se había esfumado. Sentía cómo el veneno me recorría las venas, comiéndome viva. Lo más doloroso era sentir que la pequeña vida en mi vientre también se me escapaba, muriendo conmigo.

Justo antes de que todo se borrara, alcancé a ver a Seville, el Alfa de Viento de Plata. Ese lobo que siempre pasaba desapercibido corría hacia mí, gritando mi nombre con el rostro desencajado por la angustia. Y entonces, la luz se apagó.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de regreso en aquel día: el día de elegir compañero. Mi padre me mandó a buscar a Sarah, que seguía frente al espejo. Pero antes de siquiera tocar a su puerta, escuché unos gemidos que venían del otro lado.

La puerta no estaba bien cerrada y, por la rendija, se veía todo. Sarah estaba apoyada contra el espejo con el vestido subido hasta la cintura. Blake estaba detrás de ella, embistiendo sin descanso, con una energía que parecía no tener fin. El sonido de sus cuerpos chocando retumbaba en toda la habitación.

Cuando Sarah me vio por el espejo, sonrió con provocación. Sin decir nada, movió los labios lentamente:

—Llegaste... demasiado tarde.

Así que ella también había renacido.

Sarah intentó acomodarse, pero Blake la empujó de inmediato contra la mesa fría. Le rompió el vestido de un tirón y le soltó un golpe seco en el pecho, dejando una marca roja sobre su piel.

—No te muevas a menos que yo te lo diga.

Sarah no gritó. Soltó un gemido suave, entrecortado.

—A las cachorras malas hay que castigarlas.

Blake la sujetó con fuerza, levantándola un poco mientras se detenía. La hembra tenía el rostro encendido, completamente ida, y empezó a balbucear.

—Amo... Papi... Por favor... Espera... —Las palabras brotaban de su boca en un murmullo desesperado.

Blake se salió de golpe, sacándole un quejido de frustración. Eso solo hizo que él le diera otro golpe, esta vez entre los muslos, seguido del sonido del líquido goteando contra el suelo.

—Te gusta, ¿verdad?

Blake entrecerró los ojos al ver el reflejo en el espejo. Le metió tres dedos sin dificultad.

—Eres una cachorra mala. Te viniste sin permiso. Tienes que aprender quién manda aquí.

Sus dedos se movían despacio. Sarah temblaba y, por instinto, se empujaba contra su mano. Pero Blake no estaba satisfecho. Sacó los dedos y volvió a golpearla entre las piernas. El golpe sonó más fuerte que el anterior.

Sarah soltó un grito y al fin se quedó quieta, mordiéndose el labio con los ojos llorosos y el rostro echando fuego.Los dedos de Blake la rozaban, disfrutando de cómo su cuerpo reaccionaba, apretándose en busca de algo que no llegaba.

Justo cuando ella estaba por correrse de nuevo, él presionó con dos dedos. El cuerpo de Sarah se puso rígido y comenzó a temblar sin control.

Blake le dio unas palmaditas en la mejilla y se limpió los dedos en la cara de ella.

—¿Acaso te di permiso?

—Lo siento, amo —balbuceó ella con voz temblorosa.

Blake le ordenó que se diera la vuelta. Ella obedeció y volvió a apoyarse en el tocador. Él la tomó del mentón, obligándola a verse en el espejo. Entonces, empezó a mover las caderas despacio, rozándola una y otra vez.

Sarah bajó la cadera, con la mirada perdida en el vacío.

—Amo, tómame más fuerte.

Blake soltó una risita.

—Buena cachorra.

No se detuvo, pero sus ojos estaban fijos en el espejo, clavados en los míos. Se había dado cuenta de que yo estaba ahí parada.

De repente, una mano apareció detrás de mí y cerró la puerta sin hacer ni un ruido. Era mi padre.

—Sarah ya eligió a Blake —soltó mi padre con frialdad—. Ve a buscar a Rhett.

Lo miré fijamente, pero no dije ni una palabra.

La madre de Sarah había sido su compañera predestinada. Cuando ella murió, mi padre volcó todo ese amor en Sarah. Mi madre, en cambio, solo fue una pareja común, sin título ni estatus. Por eso yo nunca le importé. Sarah siempre fue su favorita... siempre que había que elegir, ella iba primero.

Empecé a barajar mis opciones. Rhett no era una posibilidad, no pensaba morir otra vez. Eso me dejaba una sola alternativa: Seville, el Alfa de Viento de Plata.

En mi otra vida, escuché su rugido de dolor al morir. No sabía por qué, pero mi instinto me decía que elegirlo no sería un error. El problema era que su manada tenía fama de ser pobre. Si no fuera porque hace generaciones tuvieron al legendario Lobo de Plata, Seville ni siquiera estaría en la lista. ¿Cómo iba a convencer a mi padre?

En ese momento, la puerta se abrió. Sarah salió apoyada en el pecho de Blake. Con sus uñas largas, trazaba círculos en su piel mientras me clavaba la mirada.

—Blake es mío ahora, hermanita —dijo—. ¿Por qué no te arrodillas y me ruegas? Tal vez así deje que seas la hembra de Blake. Sin nombre ni estatus, igual que tu madre.

Sarah soltó una risa estridente, con los ojos brillando como los de una serpiente.
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