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Mil Divorcios Y Un Escape
Mil Divorcios Y Un Escape
Author: Man D

Capítulo 1

Author: Man D
CLAIRE

Esa noche, Aaron estaba distinto.

Más salvaje.

Más duro.

El líder del Imperio Moretti me llevó al límite una y otra vez, como si quisiera descargar en mí toda su fuerza.

El acto estuvo teñido de deseo, sudor y el humo de un Cohiba añejo.

El ardor de la pasión todavía quemaba en mi piel.

Se inclinó hasta que su aliento, cálido y agitado, rozó mi oído.

—Vivian regresa en unos días…

Por un instante, se me cortó la respiración.

Pero la quietud duró apenas unos segundos. Me obligué a recuperar la compostura.

El hombre que movía los hilos de la mafia; su poder era absoluto.

Una ligera capa de sudor cubría su pecho esculpido, reflejando la luz e irradiando un encanto salvaje y primitivo.

Tentador, pero peligroso. Pero pronto, todo eso no significaría nada para mí.

Vivian era la hija del chofer de Aaron, el que recibió una bala por él y nunca volvió a casa.

Desde entonces, él la cuidaba de forma especial, por culpa, por una deuda que sentía que jamás podría saldar.

Era solo una actriz que daba pena ver, apenas conocida más allá de algunas revistas, pero Aaron insistía en que su reputación era intocable.

Decía que no podía permitirse ni un solo escándalo, ni el más mínimo rumor.

Así que cada vez que ella regresaba a la ciudad, él se divorciaba de mí para que el mundo lo viera como un hombre soltero, y a ella, como alguien inocente.

Y cuando ella se iba, él volvía a buscarme, como si nada hubiera pasado.

La primera vez que me pidió el divorcio, me derrumbé.

Grité, lloré, le supliqué que se retractara, pero no lo hizo.

Con el tiempo, aprendí a aceptarlo, o al menos a fingir que lo hacía.

Lo rastreaba, aparecía en sus restaurantes, hoteles e incluso subastas favoritas, fingiendo que todo era una coincidencia, solo para poder cruzar unas palabras con él.

Se rio en mi cara por eso. Lo dijo con tal calma que casi sonaba como una verdad irrefutable.

—Eres patética, Claire. No puedes vivir sin mí.

Quise odiarlo por eso, pero tenía razón. Sus hombres también se burlaban de mí.

Para ellos, yo no era más que la mujer que Aaron dejaba y recuperaba a su antojo, una cazafortunas desesperada que nunca aprendía la lección.

Pero esta vez, lo aparté mientras todavía estaba dentro de mí.

—Está bien. Mañana firmamos el divorcio.

Aún me temblaban las piernas, pero mi voz fue firme.

Los papeles del divorcio ya tenían mi firma. Se los entregué. Aaron parpadeó, sorprendido por mi determinación.

Entonces, sonrió, satisfecho, como si lo aprobara.

—Por fin aprendiste a portarte bien.

Firmó y me devolvió los papeles.

—En cuanto se vaya, nos volvemos a casar. Solo será un mes, espérame.

Me tomó del mentón e intentó besarme, pero le empujé la cara.

Normalmente, le habría exigido que firmara, en su papel de jefe de la familia Moretti, una promesa por escrito:

“Yo, Aaron Moretti, me volveré a casar con Claire el …” y ponía una fecha próxima.

Pero esta vez no dije nada.

Después de todo, para Aaron, la reputación de Vivian era lo más importante.

Cada súplica, cada negativa de mi parte, solo podía parecerle cruel, incluso despiadada, hacia la hija de su benefactor.

Pero Vivian nunca ocultó su hostilidad hacia mí.

Su posesividad hacia Aaron siempre quedaba al descubierto, justo frente a mí.

Si el matrimonio era solo un juego que él podía empezar o terminar a su antojo, entonces yo ya no iba a jugar.

Entré al vestidor y empaqué mis cosas. En menos de quince minutos, salí arrastrando mi maleta.

Aaron pareció un poco confundido.

—Tal vez ella podría quedarse en un hotel, y así no tendrías que irte.

—Olvídalo. Ella es más importante que yo.

No quería que cargara con la culpa de decepcionar a su benefactor.

Me di la vuelta para irme, pero Aaron me sujetó de la muñeca.

—Ya que aprendiste a portarte bien, pórtate bien todo el tiempo. Nada de encuentros “accidentales”. Y mantén nuestros asuntos lejos de la prensa.

Lo admito: había hecho berrinches y estupideces.

Pero el acoso y las notas de la prensa no tenían nada que ver conmigo.

Ya había perdido la cuenta de las veces que los paparazzi los habían seguido a privados de antros o a cuartos de hotel para tomarles fotos comprometedoras.

Vivian siempre salía recargada en el hombro de Aaron, o borracha en sus brazos, con la mano en su pecho, en poses muy sugerentes.

Cada vez, la noticia se volvía tendencia.

Vivian lloraba para limpiar su nombre, mientras toda la culpa recaía sobre mí: la “cazafortunas abandonada”.

Sus fans me lanzaban los peores insultos, acosándome sin parar en redes sociales.

Su “inocencia” se construyó sobre los restos de mi reputación.

Intenté desahogarme con Aaron, pero no le dio importancia.

—¿A quién le importa lo que digan? Me tienes a mí, con eso basta.

¿Yo? ¿Tenerlo a él?

Esas noches, yo enfrentaba sola una tormenta de insultos, mientras él ni siquiera se molestaba en aclarar nada.

Los recuerdos del pasado dolían y me daban asco.

Me solté de su mano de un tirón y caminé hacia la puerta.

—Claire... —dijo Aaron a mis espaldas.

Me detuve, pero no volteé.

—El veinte del próximo mes. No lo olvides, es el día que nos volvemos a casar.

Hice un pequeño gesto de despedida con la mano por encima del hombro y abrí la puerta.

El pesado portón se cerró tras de mí.

¿El veinte? La pantalla de mi celular se iluminó con el itinerario de mi vuelo.

Y, en efecto... la salida estaba programada para el veinte.
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