LOGINMe hice modelo muy joven. Ya de adolescente yo era muy cotizada, reclamada y venerada por publicistas y empresarios y aparecía en diversos spots publicitarios y clips, aparecía siempre en diferentes portales de la web y colmaba las páginas de los catálogos. Me hacían videos para la televisión y en los portales de internet. A mí me gustaba lo que eran las pasarelas, los vestidos, las modas, los aplausos, las fotos y los videos. Me sentía en la gloria en medio de tantos aplausos, aclamaciones, piropos, miradas embelesadas e hipnotizando hombres y mujer por igual. Disfrutaba mucho ese ambiente de glamour, encanto y veneración, de luces y colores, de un firmamento colmado de estrellas. Mi abuela también fue modelo, al igual que mi madre, incluso mamá fue actriz y estuvo en muchas telenovelas y miniseries en la televisión, entonces yo seguí la estirpe de ellas. Heredé el encanto y belleza de ellas y apenas cumplí la mayoría de edad, firmé un contrato millonario para lucir las prendas exclusivas de la casa Galjuf, la más cotizada del mundo. Sus vestidos se vendían en el planeta entero y yo era la cara visible de sus creaciones, siempre sexys, sensuales y hasta eróticas.
Eso, obviamente, me abrió las puertas del éxito. Muchas empresas, fábricas y financieras pugnaban por contratarme, ofreciéndome ingentes sumas de dinero. Me pagaban una fortuna en realidad y yo no lo gastaba, por el contario ahorraba e invertía porque quería tener más y más. Al principio mi representante era Nancy James, una reconocida mánager y promotora, que trabajaba con las chicas más lindas del mundo, pero no me gustaba que ella se llevara los mayores porcentajes de mis pagos, incluso triplicaba mis propias ganancias. Algo que yo tenía muy desarrollado era mi carácter rebelde. A diferencia de otras muchachas que aceptaban lo que les daba James, yo reclamaba y exigía mejores dividendos. -Se supone que yo soy la modelo, quien pone la cara en éste negocio de las modas-, le decía enojada pero ella afirmaba que se encargaba de los contactos, de reunirse con empresarios y eso no era un trabajo fácil y le demandaba tiempo y dedicación. Me pareció una excusa muy burda y fatua y entonces rompí palitos con ella y decidí encargarme yo misma de mis contratos. Fue lo mejor que hice. De repente los otros promotores ya formaban largas filas por mi firma y aparecer en avisajes de toda índole, participar en pasarelas de modas, con creaciones exclusivas, en todo el globo terráqueo, y hasta empecé a intervenir en clips musicales con sonado éxito. Lo que hice fue fácil. Yo daba tal o cual porcentaje por contrato y no por campaña o por temporada y eso me hizo ganar más dinero que con Nancy James y como les digo ,yo invertía lo que ganaba, y hacía que el dinero se inflara como un gran globo hasta que se convirtió en un aerostático, je je je. Bailar también me venía de pequeña. Participé en millones de festivales en el colegio, me divertía aprendiendo las coreografías de moda, yo resultaba muy ágil, tenía además que tenía la cintura de jebe, mucha cadencia, sabrosura y me sobraba sensualidad, entonces se me hico fácil bailar con los artistas de moda en sus videos que se tornaban en virales en el internet. En ese sentido, obtuve muchísimos contratos porque mi belleza era un regalo para los ojos de todo el mundo, un imán para los hombres que me deseaban a gritos. ¡¡¡Siendo bailarina tenía más fama que los propios artistas!!! Lo que no me gustaban era participar en películas o las telenovelas. No era lo mío, a diferencia de mi madre que, ya les dije, fue una actriz muy cotizada y ganadora de numerosos premios porque ella tenía mucha vena para la actuación lo que me faltaba a mí. Sin embargo y como les digo, las pasarelas y el modelaje y participar en clips musicales me abrieron la puerta del estrellato que era lo que tanto anhelaba. De pronto yo era súper millonaria. Y en ese sentido le estaba agradecida a Nancy James porque cuando ella más me explotaba más tomaba yo mis providencias, ahorrando e invirtiendo, porque sabía que estando en su cartera de modelos no tenía ningún futuro. Y fue entonces que empezaron a aparecer los hombres en mi vida, atraídos por mi belleza y mi fama... y por supuesto, mi dinero, je je je. Uno tras otro se alinearon en torno a mí, haciéndome la corte. Ya dije que lo bueno es que soy rebelde y que no me dejo mangonear por nadie, pero lo malo es que soy muy enamoradiza. ¡¡¡Me encantan demasiado los hombres!!! En realidad siempre me han gustado ellos. Demasiado. En el colegio me enamoré de mi compañerito de carpeta, tanto que le hacía poemas, le dibujaba corazoncitos, comíamos juntos nuestras loncheras y hasta le hacía las tareas mientras él jugaba fútbol con sus amigos, pero a mí no me importaba nada, tan solo estar a su lado, perdidamente rendida a su encanto. Luego siendo adolescente, me enamoré del campeón de atletismo de la escuela, George Moore. Uffffff ese chico sí que estaba para comérselo enterito. Era hermoso, alto, gallardo, fornido, alfombrado de vellos, el rostro bien pincelado y además distendido y divertido. Todas las muchachas del colegio suspirábamos por él, sin embargo George únicamente le tenía ojos para Marcia Hamilton, la jefa de las porristas, la chica más linda del colegio. Yo, por supuesto, me moría de celos, me incendiaba de rabia, y ansiaba estrangular a Marcia y lo peor fue que Moore nunca me hizo caso, por más coqueteos y flirteos que le hacía quedando desairada por completo mientras que Marcia disfrutaba a sus anchas de su compañía. No supe más de ellos. Por más que busqué en el internet alguna información de George y de Marcia, no encontré nada de nada. Una lástima, porque estoy segura que él hubiera sido uno de mis tantos maridos que tuve en mi azorada existencia, je je je. O quizás, con él a mi lado, no me hubiera casado tanto, hummmmmm, ¿Quién lo sabe? Nadie, por supuesto. Lo curioso de todo eso es que yo me hice famosa mientras que, ya les digo, a George y a Marcia se los tragó la tierra y desaparecieron por completo de la faz de la Tierra. Cosa de la vida. Ya era modelo, entonces, destacaba en las pasarelas, mi rostro estaba en muchísimos avisajes y clips publicitarios, y fue cuando conocí a una fotógrafa, Helen Morris. Era la directora de una revista de modas y tenía versión impresa y también una página web. Ella fue a buscarme culminando una de de mis presentaciones, en una exhibición de tangas, bikinis y lencería audaz en un conocido hotel de la ciudad. Quería hacerme un reportaje. -Encantada-, le sonreí. Hicimos una buena amistad y aún hoy, ella sigue siendo mi mejor amiga, confidente, cómplice, compinche, socia y sempiterna dama de honor jejeje. Ella fue la que me dijo sobre firmar siempre un contrato de matrimonio antes de contraer nupcias. -Ya tengo dos divorcios, Jacqueline, y voy por el tercero porque mi marido me engaña con su secretaria-, me contó Helen mientras comíamos helado en el centro comercial de la ciudad. Quedé boquiabierta, pasmada y sin palabras. -Pero tú eres muy joven para divorciarte tanto-, quedé embobada. -Es que no encuentro al hombre perfecto-, sonrió ella pícara y traviesa. Helen era igual que yo, demasiado enamoradiza. A mí, todos los chicos me parecían fascinantes y era tan voluble que nunca estaba conforme con ninguno. Ella también. -Debe ser traumático divorciarse-, acepté mordiendo una tostada. Yo entonces ni siquiera había tenido novio, tan solo romances platónicos. Me daba miedo enamorarme. Pensaba que casarse me pondría cadenas y ya no podría seguir haciendo lo que tanto me gustaba, el modelaje. -Cada vez antes de casarme hacía obligar a mi futuro marido un contrato de matrimonio, eso te asegura seguir haciendo lo tuyo-, continuó Helen sonriendo. -¿Separar los bienes?-, quedé desconcertada. -No seas tonta, nada de separar, ir a medias o darle tal o cual cosa al marido, ¡¡¡tú te quedas con lo tuyo!!!-, ahora las risas de mi amiga eran explosivas y eufóricas. Eso me daba mucha risa, también. -Los hombres se negarán a firmar algún contrato porque no les conviene perder-, dije. -Es que es esa la ventaja de ser mujer, pues, Jacqueline, ¡¡¡tienes a los hombres a tus pies!!!-, celebró ella muy oronda y triunfal, igual si hubiera descubierto el eslabón perdido. Por la noche, Helen me envió a mi móvil uno de los contratos de matrimonio que había suscrito con su segundo marido. Lo leí con detenimiento. En efecto, el tipo renunciaba a la fortuna ella, casa, carro, muebles, ropa, artefactos y cuentas en el banco. Me fijé en las cláusulas y me interesó muchísimo un acápite que establecía que Helen decidía en qué momento separarse del sujeto, sin necesidad de ir a juicio. ¡¡¡El divorcio era automático!!! -Tú estás bien loca-, le escribí a su móvil. Helen me respondió de inmediato. -Loca pero dichosa-, escribió ella con un emoji de una carita de felicidad. Helen lo tenía todo fríamente calculado:, abogado, notario y juez que avalaban los contratos. -Si el hombre no quiere, entonces no se casan, así de fácil-, me recomendó. A mí no me parecía posible eso. -¿Qué pasa si encuentro al hombre perfecto y él se niega a firmar un contrato de matrimonio? entonces perdería soga y cabra-, la reté. Helen volvió a mandarme un emoji eufórico. -El hombre perfecto no existe-, fue su texto firme y resoluto. La locura, ciertamente, contagia ¿no?EPÍLOGO -¿Te volverás a casar?-, me preguntó Brenda esa tarde mientras tomábamos lonche en mi club de playa, viendo las olas estrellarse en la playa, haciendo mucho estruendo. Ella hizo tostadas y les untó mantequilla y sirvió infusión de manzanilla. La doctora que me atendía me prohibió café pese a mis protestas porque, ya saben, me encantaba mucho el café pasado. -¡¡¡No vale!!!-, reclamé furiosa, empero mi doctora me dijo que la edad no perdona. -Ya no eres una jovencita, Jacky, los años pasan y después de los tiempos de despilfarro, nos corresponde ahora la época de ahorro-, reía la doctora viéndome desconcertada y malhumorada a la vez porque ella me había prohibido el café. -No, ya no, hija, diez matrimonios son suficientes je je je-, me reí de buena gana, disfrutando de la manzanilla. Estaba exquisita. -¿Qué es lo que pretendías madre, casándote tantas veces? ¿No podías estar sin un hombre a tu lado? ¿Te sentías vacía sin una compañía masculina?-, quería mi hija adivin
Les conté toda mi historia a mis hijos y mis nietos y ellos ahora sabían de cada matrimonio que tuve, pero lo que yo misma ignoraba, hasta ahora, es por qué me casé diez veces. -Mi abogada Daysi me recomendaba que mis maridos firmaran un contrato de matrimonio estableciendo distancias en caso de separación. "Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo", decía la cláusula principal del convenio. Me imagino que ese articulado que nos quitaba responsabilidades de encima, era lo que me motivaba a emprender a cada momento una nueva aventura-, les relaté a todos. -Con todo el dinero que ganaba en la publicidad, en las pasarelas, en los clips, los fui invirtiendo en negocios de los que no tenía la menor idea de manejarlos, como hospitales, tiendas, centros comerciales, una línea aérea, condominios y hasta un club de fútbol que estaba último y de repente, ¡pum! ¡pum! ¡pum! empezó a ganarlo a todo y ahora es el mejor equipo del mundo-, me reí de buena gana. -!!!Todos somos hinchas del Unión B
Un sábado llegó una persona a Rancho Monroe con un encargo para mí, El tipo había sido del entorno de Truddle, un colaborador muy allegado y que actuaba como asistente personal de mi marido muerto. Yo disfrutaba de la piscina con mis nietos. - El señor dice que tiene una carta de Mario Truddle, señora Monroe-, me anunciaron de vigilancia. Era una carta. Pedí a uno de los agentes de mi seguridad que trajera la carta. Yo estaba con una tanga muy diminuta je je je. No podía exponerme. En efecto, era una misiva que había hecho Mario Truddle de puño y letra. La tenía guardada en un sobre bien sellado con mi nombre y un agregado que decía "Entregar a mi esposa en caso que muera", lo que me dejó, obviamente, turbada. Lo abrí con cuidado. Se trataba de una hoja arrancada de un cuaderno cuadriculado, con apenas cinco líneas. -La vida de un político y más aún de un presidente de la república está siempre en riesgo, por eso, en previsión de que algo me pase, me atrevo a escribirt
Me recluí varios días en rancho Monroe. No quería saber nada del mundo. Lloraba y lloraba en mi habitación y me sentía culpable de la muerte de Mario Truddle. -No debí acompañarlo, jamás debí aceptar ser su esposa-, le dije llorando a gritos a Brenda. Ella acariciaba mis pelos. -Lo hiciste muy feliz, madre, gracias a ti, Mario pudo ser presidente, murió después de haber consumado su más gran sueño y anhelo-, intentó ella consolarme y darme ánimo, contagiada de mi llanto. -Él aún estaría vivo sumido en sus sueños tontos si me hubiera negado apoyarlo-, le insistí sin resignarme. -No, madre, al contrario, lo hiciste el hombre más feliz de la Tierra con tu apoyo, consumando sus sueños y metas, recuerda que tú lo veías siempre dichoso, hecho una fiesta-, me aclaró mi hija con resolución. Tardé mucho en recuperarme porque fue un golpe atroz, furibundo, en realidad. Yo pensaba que debía separarme de Truddle, reclamarle que respetara nuestro convenio, sin embargo había algo que me
Pero fue entonces que Manix mató a mi marido. Ya les he dicho que ese tipo no pudo digerir jamás el haber perdido en las elecciones. El coronel era un hombre hecho para las armas y había descubierto su lado rencoroso con la derrota en las urnas. Manix pensaba y estaba convencido que Truddle no era merecedor para ser presidente del país, que le ganó en mala lid y consideraba que el hecho de haberlo apoyado yo en los comicios, era causal de fraude en los comicios. El crimen ocurrió en la inauguración de una gran planta nuclear al oeste de la ciudad hecho íntegramente con capitales del consorcio Monroe. Manix llegó camuflado con los otros invitados a la ceremonia, con un revólver metido entre sus ropas. No tuvo problemas para pasar por la seguridad de la planta nuclear porque Manix era muy conocido, respetado y con mucha influencia en la opinión pública. Fue esquivando a la multitud que se había hecho presente para el evento y se ubicó junto a los periodistas, en espera que el presid
Me dieron un palco especial en el parlamento, donde se apreciaba toda la ceremonia de juramentación de Mario como presidente de la república. Estuve junto a los asesores y amistades de Truddle. Fue un acto muy formal y Truddle recibió del mandatario saliente la banda presidencial en medio de los aplausos de sus adeptos. El congreso tenía, además, mayoría absoluta del partido de mi marido que lo apoyaba y respaldaba en todo. Mario aseguró, en su primer discurso como presidente, que cumplirá cabalmente con sus promesas y ofrecimientos en su campaña, que haría un gobierno popular, atendiendo las necesidades de las mayorías, enfrentándose decididamente a la corrupción, que reactivaría la economía y priorizaría las exportaciones, la producción del agro y de las industrias, cuando de pronto dijo, en medio su discurso, -que éste será un quinquenio de progresos que impulsaremos mi mujer, Jacqueline Monroe, y yo hasta cuando tenga que entregar la banda el próximo lustro-, fue exactamente







