เข้าสู่ระบบSe dirigían a la anhelada salida, no veía la hora de poder salir de aquí; pero en ese momento mi deber era volver en el lugar donde se encontraba Duarte, aún faltaba mucho para llegar en la tienda, pero los árboles parecían que cambiaban de posición, sentía que era adrede, estaba por perder la razón. Perturbaba mi tranquilidad las ramas y las espinas que se estrellaban por mi cuerpo y el alrededor comenzaba a oscurecerse, pronto no podré avanzar y temo dejar sólo a ese pobre hombre que lucha por su vida. EL canto de los grillos comenzaban a hacerse más constante, acompañado con los búho, los cuales observaban a lo lejos mi andar. De repente el viento azotó las arboledas e hizo volar algunas ramas hacia mí. Los árboles se inclinaban por las ventiscas, gracias a eso pude observar el cielo, estaba por llover. Apresuraré para estar con Duarte y resguardarme de la lluvia. Con mis últimas energías comencé a trotar para acelerar el paso, con zancadas evadía la maleza y las piedras traicioneras, ya no se podía distinguir el camino por culpa de la penumbra que comenzaban a apoderarse del lugar y también ocurría algo extraño, sentí algo desagradable, la sensación de ser observado, parecía que algo seguía mi recorrido. Lo percibía justo a mi izquierda, pero creía que solo era el temor de estar en este misterioso y desagradable lugar. Quería que todo eso termine. Minutos después, luego de haber recorrido gran parte del trayecto bajé la velocidad, lo hice porque no podía ver nada, me parecía estar perdido y acorralado. Luego de haber cavilado algunos instantes me animé y caminé hacia el sur con la esperanza de ver algún indicio que me llevase al refugio.
Las gotas que se filtraban entre las hojas de los árboles caían sobre mí, poco a poco, las alimañas corrían de un lado a otro y la humedad comenzaba a apoderarse del lugar. ¡Pum grashh! los estruendos espantoso eran producidos por los truenos, estos se estrellaban en la punta del cerro, era algo aterrador, estaba a punto de mojar mis pantalones, ya que quería orinar, pero no me quería detener ni por un instante. Desesperado por querer volver buscaba algún indicio que pudiese guiarme a la tienda, pero aún no perdía la fe de llegar. Observé a la derecha y no percibí nada familiar, dando pasos miré hacia la derecha y pude observar un montículo de piedra parecido al que habíamos pasado esta tarde, avancé hacia él, hasta encontrar un árbol que habíamos señalado esta tarde, miré sonriente y corrí con todas mis energías, saltaba obstáculos y evadiendo ramas y matorrales. Lloviendo ferozmente me apresuré, encontrando el árbol donde se encontraba la tienda bien alejada del suelo, escalé con dificultad, utilizando la soga, la cual resbalaba entre mis manos y la corteza del árbol se desprendía al plantar mi bota arenosa por él. Con mucho esfuerzo logré apoyarme en la base que construimos y con un enorme impulso me subí completamente para poder estar en un lugar seco. Entré a la tienda, luego observé a Duarte reposando, adolorido, habían pasado horas y debía consumir sus medicamentos pertinentes. Lo mediqué, me quité la ropa húmeda y abrí una pequeña brecha del cierre de la tienda donde miré para asegurar el perímetro. La lluvia no paraba, los caminos se convirtieron en riachuelos que llevaban todo a su paso. No se escuchaba indicios de aproximaciones de animales, solo las ranas que disfrutaban del húmedo ambiente. Pero me pregunto ‘¿Llegaron a salir los demás de esta prisión natural?’, esto lo sabremos mañana, con la llegada del grupo de rescate. Me acomodé para descansar ya que estaba muy agotado.La lluvia continuaba, aún era oscuro, me despertó el clima hostil. Me senté a observar el panorama que dejó la tempestad, un nebuloso paisaje, aislado y de terror. El terreno estaba deteriorado, intransitable y las alimañas eran arrastradas por las aguas, cómo algo tan hermoso puede ser tan espeluznante a la vez. Llegó la hora de que Duarte volviese a tomar su medicamento, creo que ya está mejorando, su lesión fue muy profunda y sufría demasiado, ahora espero que no decaiga y tenga fuerzas hasta que llegue el equipo de ayuda.Incluso consumiendo mi medicación tuve pesadillas, soñé que el asesino subía junto a nosotros, me hacía una señal de silencio y acribillaba a Duarte frente a mí, no podía actuar ya que todo mi cuerpo estaba sujetado por algunas cactáceas, las cuales abundan en la flora del bosque. Quería gritar, pero no podía, no podía proferir palabra, estaba mudo y el infeliz sacaba los órganos blandos de Duarte para luego comerlos, era un caníbal, este antropófago sonreía con la boca llena y miraba a cada rato hacia mí y realizaba ademanes y gesticulaciones amaneradas, las risas se convirtieron en carcajadas, hasta que finalmente pude despertar. Ya era de mañana, el clima estaba agradable. Bajé para echar un vistazo por el terreno y las cosas que dejó la lluvia a su paso. Mientras merodeaba el lugar, planeaba modos de escapes favorables para Duarte, pensado en el estado que está y que no podía desplazarse por sí solo, pensé en que me sería imposible llevarlo y sería muy arriesgado dejarlo, aunque pensado es lo mejor para los dos, sin asistencia médica no sé cuánto resistirá. Los medicamentos de primeros auxilios se estaban acabando y debíamos cerrar la herida para que no se infecte. Veré como se encuentra y ahí tomaré una decisión, debo afrontar cualquier riesgo ya que está en peligro su vida. Subí y lo encontré despierto, me acerqué a Duarte, el hombre fijaba sus ojos hacia la esquina del camping.⸻ Remigio escuchame.⸻ Señor ¿Dónde están todos? No me siento bien…⸻Ya están a salvo, fueron a traer un grupo de rescate, tranquilizate nomás vos. Qué pasó ayer Duarte, contame.⸻ Todo pasó rápido, me lastimaron y corrí, no sentí nada ahí ⸻ respondió con dificultad al hablar.⸻ Duarte, entiendo, vamos a salir pronto ¿Cómo te sentís para manejarte solo algunas horas? ⸻No tan bien… Pero, voy a aguantar, cheo che mbarete, andate nomás ya.⸻Voy a ir a la ciudad, se tardaron los demás, por eso necesitó que te cuides bien y voy a ir tranquilo.⸻Pero señor, creo que nos enfrentamos a un mito, vaya con cuidado. ⸻ dijo antes de irme.⸻ ¿Por qué decís eso Duarte?⸻Para mí que nos enfrentamos, ni más ni menos al monstruo que cuida los cerros y los bosques, de Ao-ao te hablo ⸻respondió el hombre.
⸻Y ¿Cómo hacemos para liberarnos de él? ⸻Pregunté para contribuir con sus delirios.⸻No hay parece… ndahendui… no muere luego, lo único que sé es que subiendo a un árbol de pindó lo que podemos salvarnos, ya que no puede echar ⸻replicó Duarte.Luego de sus habladurías tomé la difícil decisión de dejarlo por unas horas para dirigirme a la ciudad en busca de ayuda y saber sobre el paradero del oficial Contreras y Rodríguez, ya que pasó bastante tiempo desde el momento en que los dejé.Bajé cuidadosamente de la tienda, controlé mis balas y di un último vistazo a la humilde guarida que construimos para resguardar a Duarte, quien es muy creyente de los seres mitológicos, pero en fin, espero que solo sean simple suposiciones. Empecé la caminata al sendero, el camino estaba desastroso por las lluvias, al caminar sentía la fricción de las húmedas malezas sobre el sustrato, en un momento dado el silencio se apoderó del lugar, solo escuchaba mis pasos y las manecillas de mi reloj, apresuré el paso, aunque ya faltaba poco, tardé cuarenta y cinco minutos en llegar a mi destino y me detuve a descansar por unos minutos, el terreno era inmenso. Recuperando el aliento continué y vi algo extraño como a veinte metros de mi posición, entre la maleza había una mochila muy parecida a la que llevó Contreras, me acerqué a investigar, la abrí y revisé, ahí pude constatar que era la suya, más adelante vi un rastro de pisadas y hierba maltratada que conducían posiblemente a los demás y fui a echar un vistazo.La mañana avanzaba sobre Areguá disolviendo los últimos jirones de neblina gris sobre la superficie del lago Ypacaraí, pero en la mente del comisario Nagel la claridad tardaba en instalarse. El patrullero avanzaba con suavidad por el camino costero, despidiendo un leve rumor de neumáticos sobre el pavimento húmedo mientras el paisaje de aguas mansas y juncos altos desfilaba por las ventanillas. Cada kilómetro recorrido hacia los embarcaderos artesanales reforzaba la certeza de que el peligro subterráneo que creían sepultado bajo el asfalto y el plomo bendecido en la estación ferroviaria no era más que una ramificación de un mal mucho más vasto y antiguo.—Detén la marcha acá, Matías —ordenó Nagel de improviso, señalando con la barbilla una pequeña ensenada rodeada de sauces llorones donde solían atracar las barcas de los pescadores locales.El joven oficial frenó la camioneta a un costado del camino, junto a un cartel oxidado que señalaba la prohibición de arrojar basura en la ribera.
La bruma de la madrugada flotaba sobre la superficie del lago Ypacaraí como un manto de gasa blanca que se negaba a disiparse, incluso cuando los primeros rayos de un sol pálido comenzaban a teñir de gris perla el horizonte de Areguá. A la orilla del agua, donde los matorrales de ea y los camalotes formaban un laberinto verde y silencioso, el aire conservaba ese frescor húmedo que penetraba hasta los huesos, recordándole a cualquiera que la naturaleza de la región guardaba memorias mucho más antiguas que las leyes de los hombres.El comisario Nagel caminaba solo por el muelle de madera vieja, con las manos hundidas en los bolsillos de su campera táctica y la mirada fija en el vaivén perezoso de las pequeñas olas contra los pilotes de lapacho. Las botas de cuero emitían un sonido seco y rítmico —tock, tock, tock— sobre las tablas carcomidas por la humedad, el único compás que rompía la quietud matutina.A pesar de que las incursiones subterráneas en la estación y el enfrentamiento en l
La oscuridad del monte bajo en la compañía Caacupé-mi no era una simple ausencia de luz; se sentía como una sustancia viva, espesa y pesada, que se adhería al rostro y ralentizaba los movimientos. A pocos metros de distancia, en el lecho seco de la cañada, el ejemplar joven de Ao Ao continuaba su labor frenética. Sus garras delanteras, largas y afiladas como cuchillas de acero, raspaban la roca arenisca con un sonido metálico y chirriante que perforaba los oídos. Las piedras saltaban despedidas hacia atrás, golpeando los matorrales con fuerza mientras la bestia dejaba escapar buidos roncos y desesperados.El comisario Nagel permanecía inmóvil, agazapado detrás de un tronco grueso de yvyrá pytã cuyas raíces superficiales servían de trinchera natural. Tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, manteniendo el equilibrio sobre sus botas, con la pistola firmemente sujeta entre ambas manos. Su respiración era un ejercicio de control absoluto: inhalaba despacio por la nariz, reten
La camioneta patrulla avanzaba a los tumbos por el camino vecinal de tierra roja que serpenteaba hacia las estribaciones de la compañía Caacupé-mi. Las luces delanteras cortaban la negrura de la noche, proyectando haces de luz que danzaban sobre los matorrales tupidos y los postes de alambrado caídos. A los lados del camino, el monte cerrado de Areguá parecía una muralla impenetrable, un abismo verde que guardaba celosamente los secretos más oscuros de la mitología guaraní.En el asiento del acompañante, el comisario Nagel mantenía la vista fija en el horizonte, con la mano derecha apoyada instintivamente sobre el mango de la nueve milímetros. Su respiración era pausada, casi imperceptible, acompasada por el ronroneo constante del motor forzado contra los baches del terreno.—El hombre que llamó vive en el límite mismo donde terminan los potreros y empieza la reserva forestal que trepa hacia los cerros —explicó Matías, aferrando el volante con ambas manos para evitar que el vehículo p
La tarde en Areguá descendía lentamente, tiñendo el cielo de un tono cobrizo que se reflejaba en las aguas tranquilas del lago Ypacaraí a lo lejos. En la comisaría, el ritmo de la jornada había disminuido tras el trajín matutino. Los reportes firmados y archivados reposaban en los casilleros de la administración, y el eco de las botas del comisario Nagel resonaba con una regularidad casi metronómica contra el suelo de terrazo del pasillo principal.Nagel se detuvo junto a la ventana de la guardia, observando cómo los últimos rayos de sol encendían las copas de los árboles en la plaza central. A pesar de que los túneles subterráneos habían sido limpiados y el peligro inmediato de la manada había quedado sepultado bajo toneladas de asfalto y tierra, la inquietud no lo abandonaba por completo. Un cazador que ha visto los límites de la realidad romperse frente a sus ojos sabe perfectamente que el silencio de la naturaleza nunca es definitivo; es apenas una tregua temporal antes de que el
La mañana en Areguá desperezaba su modorra entre casonas coloniales y el aroma persistente a chipa caliente que emergía de las panaderías artesanales sobre la calle principal. El sol de septiembre, tibio pero firme, comenzaba a disipar los últimos rastros de la neblina nocturna que había abrazado las vías muertas del ferrocarril. Para los transeúntes que caminaban rumbo al mercado o se detenían a saludar frente a la plaza central, el mundo transcurría con la apacible normalidad de un pueblo donde las noticias más graves rara vez superaban el robo de una bicicleta o una disputa vecinal por medianeras.Nadie en la superficie sospechaba lo que había ocurrido apenas unas horas antes bajo sus propios pies.El comisario Nagel caminaba de regreso hacia la jefatura con paso lento pero firme. Cada uno de sus movimientos arrastraba el cansancio acumulado de una noche sin tregua, una fatiga que ya no se manifestaba como una migraña paralizante, sino como un peso sordo en los músculos y la certeza







