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Capítulo 3

Author: Golden Cicada
Llevábamos años juntos. Cada vez que le sugería ir al cine como cualquier pareja normal, ella entrelazaba su brazo con el mío y me convencía con voz dulce:

—Vamos, Charles, ahora soy actriz. Si alguien nos toma fotos, mi carrera estará en peligro; incluso la prensa podría indagar en tu vida privada. No quiero que salgas perjudicado.

Sin embargo, siempre que la vinculaban sentimentalmente con un actor o la fotografiaban de vacaciones con algún cantante, ella jamás lo aclaraba. Todas aquellas palabras dulces que me dedicó en el pasado me resonaban en los oídos. Con lo mucho que solía amarla, la burla resultaba aún más dolorosa.

A mitad de la película, George se inclinó hacia el oído de Debbie.

—Afuera está lleno de reporteros —dijo—. ¿Deberíamos irnos antes?

—Nosotros nos iremos primero —respondió ella, mirándome—. Tú sal después.

No pidió mi opinión, como siempre. Se fue junto a él, dejándome atrás. No le hice caso; me quedé en mi asiento y terminé de ver la película. No seguiría sufriendo por una mujer que no me amaba ni viviría atemorizado por su culpa. El tiempo y el amor que me quedaban me los entregaría a mí mismo.

Al terminar la función, fui al hospital. El dolor que me provocaba el cáncer estomacal me impedía dormir, por lo que necesitaba analgésicos intravenosos para calmarlo. Al cruzar las puertas, el penetrante olor a desinfectante que impregnaba el aire me ardió en la nariz. En la televisión de la sala, los paparazzi informaban que la galardonada como mejor actriz había ido a una cita de cine con una joven estrella emergente, y que ambos se habían besado con dulzura en plena calle…

Me quedé dormido antes de que terminara el noticiero. A lo lejos, sentí débilmente el teléfono vibrar sin detenerse entre las manos.

No regresé al apartamento sino hasta pasada la medianoche, tras recibir el alta. Desde la distancia, vi a Debbie parada frente a mi puerta. A lo largo de los años, siempre había sido ella la que se embriagaba en fiestas o se quedaba grabando escenas hasta altas horas de la madrugada, mientras que yo la esperaba a la entrada del bar o en el set. Tal como ella lo hacía en ese momento.

Siempre le llevaba té para desintoxicarla o algo de comer para reconfortarla. Jamás valoró esos detalles. Decía que solo los usaba como pretexto para acosarla e interferir en su vida. Por eso, nunca imaginé que llegaría el día en que fuera ella quien me esperara.

En cuanto me vio, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.

—La película terminó hace horas. ¿Dónde te metiste? ¿Por qué no regresaste? ¿Acaso no sabías que iba a preocuparme? No leas las noticias de hoy. ¡Distorsionaron la historia a propósito! ¡Todo es falso!

Me tomó un instante recordar a qué se refería.

—No importa. Ya me acostumbré a esa clase de noticias.

Al percibir la indiferencia en mi voz, pareció recapacitar sobre todo lo que me había hecho. Por primera vez, la culpa se reflejó en su rostro. Entonces, sacó una cajita en cuyo interior había un anillo con un gran diamante. Me quedé paralizado. Había soñado con ese momento en innumerables ocasiones; la había imaginado poniéndose el que yo había preparado hacía tiempo mientras pronunciaba un juramento sincero por nuestros años juntos.

Sin embargo, al contemplar esa joya, no sentí nada. La dejé sobre la mesita de la entrada, sin darle importancia.

Torció el rostro en una mueca de furia y me siguió al interior del apartamento con el ceño fruncido.

—Charles, de verdad has cambiado. ¿Cómo puedes...?

Conocía de memoria el final de esa frase. Esperaba que me alegrara, que la abrazara emocionado y olvidara al instante cualquier resentimiento. Forcé una leve sonrisa.

—Es hermoso.

—¿Te gusta? —preguntó con mirada ilusionada.

Mantuve el gesto a duras penas.

—Supongo que sí.

En otro tiempo, hasta los anillos a juego más baratos, que ella compraba por impulso, me parecían un tesoro y los usaba todos los días. ¿Cómo no iba a gustarme este, con un diamante gigantesco?

Mis palabras parecieron aliviarla, por lo que, al fin, suspiró y sonrió.

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