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Capítulo 5

Author: Mónica Herrera
Tres días de trabajo pesado y escasa comida bastaron para que mi salud se deteriorara rápidamente. La tarde del cuarto día, me desplomé sin previo aviso mientras alimentabaa los cerdos.

La sangre me brotaba a chorros de la nariz y caía sobre el suelo inmundo.

Clive se acercó y me dio una patada en el costado.

—¡Deja de hacerte el muerto! ¡Vuelve al trabajo!

Alcé la vista hacia él y apenas pude susurrar:

—Estoy enfermo… Por favor… llévame al hospital…

Martha se inclinó hacia mí, me echó un vistazo y torció la boca con desprecio.

—¿Un hospital? ¿Crees que eso sale gratis? Tu refinado padre de la ciudad nos dijo que teníamos que endurecerte y enseñarte lo que es pasar necesidades. ¡Deja de fingir que estás enfermo!

Me arrastraron de vuelta al cobertizo y cerraron la puerta con llave desde afuera.

En la oscuridad, saqué del bolsillo mi celular con la pantalla agrietada. Su tenue luz iluminó mis manos ensangrentadas. Abrí la lista de contactos y llamé a mamá.

Sería la última vez que le pediría ayuda a aquella familia.

No porque aún creyera que vendrían a salvarme. Solo quería saber hasta dónde podía llegar su crueldad.

El teléfono sonó durante un buen rato antes de que contestara.

—¿Hola? —Su voz era cortante, llena de fastidio.

De fondo, podía oír a Nolan tocando el piano.

—Mamá…

Se me quebró la voz. Las lágrimas me corrieron por las mejillas antes de que pudiera contenerlas.

—Me duele tanto. Estoy sangrando… Me golpean. Apenas me dan nada de comer… Mamá, por favor, llévame a ca…

—¡Ya basta, Miles! —me espetó—. ¿Hasta cuándo piensas seguir con este teatro? Te mandamos allí para que te forjaras el carácter, no para que montaras un espectáculo patético y nos dieras lástima. Nolan está en un momento crucial de su práctica de piano. Deja de llamar y de ponerlo nervioso. Cuando estés dispuesto a dejar de fingir y manipularnos, quizá considere ir a buscarte.

La llamada se cortó.

Me quedé escuchando el tono de la línea cortada y se me dibujó una sonrisa amarga en el rostro.

Forjarme el carácter.

Dos palabras inofensivas. Una excusa elegante para condenarme a muerte.

Cerré los ojos y arrojé el celular a un rincón.

—Está bien. Ya no voy a fingir.

***

En el cobertizo a oscuras, el viento gemía por las grietas de la pared. La fiebre siguió subiendo hasta que apenas pude reconocer dónde estaba.

Mientras perdía y recuperaba el conocimiento, todas las injusticias que había tenido que soportar durante años regresaron de golpe con una claridad terrible.

Volvía a tener diez años y corría a casa con un diploma que acreditaba que había obtenido el primer lugar de mi clase. Lo levanté frente a papá, desesperado porque lo viera. Él lo tiró a la basura sin dignarse siquiera a mirarlo.

—¿De qué te sirven esas calificaciones si no eres de la familia? ¿Crees que con eso vas a heredar la empresa Voss? Ve a ayudar a Nolan a practicar con sus partituras.

Después me vi a los quince años, retorciéndome de dolor en la cama por una apendicitis. Mamá se había enfurecido porque mis gritos no dejaban dormir a Nolan y me había encerrado en el sótano. No me llevaron al hospital hasta que la empleada doméstica me encontró inconsciente al día siguiente.

En aquel entonces, creía que preferían a Nolan porque yo no era su hijo biológico.

Solo ahora, con la muerte tan cerca, comprendía lo poco que importaban los lazos de sangre cuando alguien ya había decidido que yo merecía menos amor.

La sangre de la nariz se me había secado sobre la cara. Cada respiración se volvía más débil y me dolía como si tragara vidrio roto. El pecho me silbaba como un fuelle averiado.

De pronto, la puerta del cobertizo se abrió de una patada.

Clive entró con un pesado palo de madera en la mano y Martha lo seguía. Venían a castigarme por no haberme levantado a preparar la cena.
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