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Capítulo 2

Autor: Héctor Cerrajas
—No haga eso, suélteme. Romina regresó. Si nos ve así, tendremos problemas... Us... Usted es su papá.

Hice un poco más de fuerza. Al notar que intentaba zafarme, se resistió a dejarme ir, pero terminó por soltarme.

—Perdóname, Lía. No fue mi intención. Todo fue un accidente.

En cuanto Patricio me soltó, me levanté como pude, con las piernas sin fuerzas.

Me bajé la falda sin detenerme a pensar en que me miraba la piel blanca que me había quedado al descubierto por detrás.

Muerta de vergüenza, abrí la puerta del baño. Mi mejor amiga acababa de abrir la puerta de la casa y todavía no encendía la luz, así que corrí a la habitación.

Encendí la luz y me vi en el espejo, sonrojada y con la cara cubierta de sudor. Me arreglé a toda prisa.

Romina entró poco después. Al verme tan roja, me miró con desconfianza y luego se rio.

—Lía, ¿no habrás aprovechado que no estaba para divertirte a solas con un juguetito?

Recordé lo que acababa de pasar con Patricio y me sentí nerviosa y culpable. No podía permitir que se enterara.

Fingí estar ofendida.

—¿Qué estás diciendo? Hoy, en mi trabajo de medio tiempo, bebí un poco de alcohol con mis compañeros por Nochebuena. ¿No te lo había contado?

Al ver mi reacción, me sacó la lengua.

—Bueno, bueno, ya no digo nada. Sé que eres muy tímida, aunque seas la más bonita de la escuela. Por cierto, tengo que salir otra vez. Lía, hazme un favor y dale este regalo de Navidad a mi papá.

Salió y al poco rato volvió con una caja grande entre los brazos. Me miró pensativa y luego sonrió con misterio.

—Acuérdate, es el regalo de Navidad que le doy a mi papá. Hay una prenda bonita adentro, pero no puedes probártela... En fin, tienes que hacerme caso.

Después de insistir en eso, me dijo que su novio la esperaba y se fue. Cuando me quedé sola, las piernas no me sostuvieron y me dejé caer en una silla. Ahí había un perro de peluche que se me clavó por debajo de la falda.

El roce en ese lugar me hizo estremecer. Me puse roja. Algo no estaba bien conmigo esa noche. Al recordar lo que había pasado con Patricio en el baño, no pude resistirme y llevé la mano despacio hacia ahí.

Entonces vi la caja de cartón junto a la silla. La curiosidad mató al gato. Contuve aquella inquietud, retiré la mano y abrí la caja.

Resultó que tenía una funda para muñeca que imitaba la piel. Al lado había un instructivo. Decía que se podía colocar sobre una muñeca o un juguete grande. Bastaba con apretar un botón para convertirlo en una mujer de aspecto real y disfrutar de una experiencia inigualable.

La funda para muñeca me hizo sonrojarme más. Hasta empecé a sentir envidia de aquella muñeca realista. Al menos Patricio podía hacerle de todo a ella cuanto quisiera.

Esa sensación volvió y, casi sin pensar, me puse la funda y subí el cierre. Sin saber por qué, recordé la vibración que mencionaba el instructivo y apreté el interruptor. Sentí una vibración extraña que me estimulaba incluso a través de la ropa.

Patricio ya me había dejado a medias en el baño, con aquel cosquilleo que no se me quitaba. Con ese nuevo estímulo, me quedé sin fuerzas y caí sobre la cama. Pero la vibración seguía ahí.

Si continuaba así, no iba a poder contenerme. Ya no lo soportaba. Hice un esfuerzo por resistir, apagué el interruptor e intenté quitarme la funda. Antes de que lograra bajar el cierre, se abrió la puerta de la habitación.

Era Patricio.

Sentía la boca completamente seca y no me atrevía a moverme.

—¿Dónde se metió Lía? No está...

Patricio recorrió la habitación con la mirada, confundido. Yo tenía la cabeza un poco inclinada y alcancé a ver de reojo cómo se fijaba en mí con mirada depredadora.

—Así que Lía no está en casa. Esta debe ser la funda para muñeca que consiguió mi hija. No pensé que fuera a encontrar un juguete tan grande. Vaya, hasta tiene un cuerpo parecido al de Lía. Qué belleza.

Se acercó a la cama y puso una mano sobre la funda.

“Ay... Ahí no... Esa es mi...”

Aquella sensación extraña me dejó inmóvil, tanto que de verdad me tomó por una muñeca realista.

No dejaba de pasarme la mano por encima. Al poco rato, una sola mano ya no le bastó y acercó la otra. Yo ya no soportaba el efecto que me había dejado la vibración.

El hormigueo me hizo abrir la boca. Entonces Patricio tomó el instructivo, lo leyó y volvió a apretar el interruptor. La muñeca empezó a vibrar otra vez por sí sola.

Esta vez también era entre las piernas. Ya estaba tan estimulada que apenas contenía las ganas de gritar. Patricio volvió a pasarme sus dos manotas por encima sin parar.

—Qué buen material. Puesto sobre una muñeca parece de verdad. Vaya, vaya. ¿Cómo será si se lo pone una persona? Qué bien se siente. Hasta está tibio.

Hablaba solo. Ya no se conformaba con tocarme por detrás y empezó a recorrer toda la piel de la muñeca realista.

No sabía de qué estaba hecha aquella funda, pero parecía que mis nervios estaban conectados a ella. Me sentía desbordada. De pronto, Patricio me separó las piernas y quedé de rodillas en la cama, con la parte de atrás levantada.

Se rio.

—Hasta la ropa tiene un hueco entre las piernas. Muy bien, así me facilita las cosas. Como no pude terminar con Lía, ya no aguanto. Ahora puedo desahogarme.

Se bajó el cierre del pantalón y se acercó más a mí...

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