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CAPÍTULO 84

作者: Ría Luxuria
last update publish date: 2022-05-03 12:00:00

Aunque la cafetería cambió su estilo y el nuevo era dinámico y atractivo, continuó sirviendo solo postres.

La adición al menú fue que, a cambio de la partida de Leo, un chef maestro heladero y un barista se sumaron al equipo, ampliando la variedad de postres, permitiéndoles servir helados hechos por el propio chef; aparte del hecho de que comenzaron a ofrecer nuevas variedades de bebidas con bajo contenido de alcohol.

El ambiente vintage, con poster de bandas de rock, muebles de cuero, paredes enchapadas en madera, guitarras y luces de colores, le daba al lugar un aire bastante festivo, sin perder su esencia original. Los uniformes pasaron a ser un poco menos formales, pero se mantuvo el aspecto elegante, característico de la presentación de sus postres.

Incluso la ampliación de la barra, dejando un espacio amplio para tomar asiento, daba la sensación de estar directamente en un bar, mientras se disfrutaba de algunas de los cocteles hechos con café, cremas y licores.

A la barra se incorporó una cinta transportadora que les permitía exponer los postres para que los clientes los seleccionaran.

En realidad, fue un gran giro en cuanto estilo y diseño del local anterior.

Lo mejor de todo fue que el nuevo menú combinaba muy bien los toques afrutados y dulces de los postres con las notas amargas del café y las diferentes bebidas.

―El lugar está increíble ―dijo un cliente regular.

―Oh por Diiiiiooooos, esto está delicioso ―soltó una chica con voz chillona tras probar uno de las nuevas bebidas: la piña colada con crema de café.

―¡Súper! También tienen snacks salados ―expresó otro de un grupo de cinco jóvenes universitarios sentados en una mesa de esquina.

Los clientes habituales también asistieron, algunos amigos famosos de Leo se dieron una vuelta solo para darle un empujoncito a la popularidad del local. Ángela había invitado previamente a un par de blogueros reconocidos y un periodista de la sección de gastronomía de una revista también cubrió el evento.

―¡Felicidades, chef Bachmann! ―exclamó la morena, sonriéndole con entusiasmo―. Todas tus ideas fueron un éxito.

El aludido rio, y aceptó el apretón de manos de despedida de un cantante de relativa fama que pasó solo por media hora porque era asiduo cliente del café con huevo[1] que se preparaba allí.

La puerta se abrió de repente y un enorme ramo de rosas apareció por el umbral tapando el rostro de quien lo sostenía; a pesar de la música, los murmullos se escucharon de forma clara, todos se preguntaban quién era el caballero que había llegado cargando un arreglo tan ostentoso. Ángela tuvo un mal presentimiento, y sus sospechas se tornaron en hechos cuando las rosas se dirigieron hacia ella y la cabeza de Robin apareció por un costado, sonriéndole de manera seductora, tendiéndole las flores que tenían un color rojo intenso.

―Felicidades por la reinauguración ―saludó con voz galante, sus ojos verdes e intensos no abandonaron ni una sola vez a la morena, que procuraba contener las carcajadas.

Mientras todas las mujeres y jovencitas del lugar la miraban con envidia por el gesto, Ángela lo encontró un tanto ridículo debido a lo extravagante.

―Gracias ―respondió ella, recibiendo el ramo. Se inclinó un poco para recibir el beso en la mejilla y aprovechó para susurrarle al oído―. ¿No te parece un poco infantil?

Robin le dedicó una mirada divertida, levantó una ceja y apretó los labios tratando de contener la risa; comprendía por qué ella le decía eso, al fin y al cabo, no era necesario que él llegara con semejante regalo y más de esas dimensiones. Simplemente no pudo reprimir las ganas de pavonearse frente al adversario retirado, era una cuestión de orgullo, más que de arrogancia.

Leo observó la interacción con desagrado, su pecho se sintió apretado por un instante y desvió la mirada de la pareja. En un punto de esa semana él le preguntó si estaba saliendo con el CEO Martin, como ahora lo estaba llamando, Ángela negó con firmeza.

―No estoy preparada para una relación ―le dijo en un tono de mofa―. Lo intentaré de nuevo en un año o dos… y si no, entonces criaré gatos.

Ambos se carcajearon por el comentario, sin embargo, Leo sabía muy bien que Angie jamás haría algo como eso; lo más probable era que se lanzara a viajar por el mundo una vez más, solo que con un itinerario menos arriesgado.

Eso no quitaba que sintiera celos del imbécil de Robin, que solo intentaba sacarlo de quicio.

Leopoldo Bachmann no era un hombre ingenuo, aunque se había dedicado a perseguir el sueño de su vida, no significaba que no comprendía cómo se movía el mundo. A pesar de todo, él negoció activamente con su padre para que lo dejara convertirse en chef, a cambio de que dedicara tiempo también para prepararse como empresario.

La fortuna de su familia y la que él mismo hizo por su cuenta podía compararse con la de Robin Martin, en realidad, era tan buen partido como el rubio engreído y arrogante que rondaba a la morena en ese momento, acaparando su atención.

Chasqueó la lengua y negó, no valía la pena prestarse a todo eso, quería tener buenos recuerdos de esa noche porque la mañana siguiente ya no estaría allí, y no sabía con exactitud cuándo iba a volver.

Robin a su vez estudiaba las reacciones del heredero, aunque ya todos estaban rondando los treintas, todos ellos eran solteros, la forma en que pensaban era diferente a aquellos que ya estaban casados y tenían familia. En la sociedad moderna, tener esa edad no significaba ser viejo, apenas si podían considerarse adultos jóvenes, por eso era un tanto inevitable que su vena competitiva brotara ante la idea de que Ángela lo escogiera a él.

Porque no solo era Leopoldo Bachmann.

También estaba presente el cretino de David Hansen.

En perspectiva, Ángela estaba rodeada de personas importantes, como si hubiese sido su destino desde el principio de su vida y no pudiese escapar del mismo. En cierto modo, eso también era un problema porque, en cualquier momento, otras personas dentro del círculo podrían acabar siendo atraídos por la morena, que poseía su propio encanto especial, y no se parecía en nada al que muchos de ellos estaban acostumbrados a encontrar.

Herederas mimadas, empresarias con carácter excesivamente dominante o caza fortunas que solo deseaban vivir la buena vida a costa de un sugar daddy. Esas eran las mujeres que se conseguían en el medio casi todo el tiempo.

Robin observó a la mujer ir y venir entre las mesas, haciendo su mejor esfuerzo para interactuar con los clientes importantes, tomándose fotos aquí y allá para los distintos medios invitados, sonriendo con amabilidad. Fingiendo que estaba encantada de que todos estuvieran allí.

Lamentablemente la disposición del local no tenía puntos discretos que le permitieran escabullirse para robarle un beso, sin embargo, eso no lo detuvo, así que se aproximó a la morena, la tomó por el codo, y componiendo su sonrisa más pícara, la sacó del grupo de personas con las que conversaba, sin preocuparse si era observado por alguien.

A los ojos de todos los presentes parecía un novio buscando atención, y al ser tan atractivo, los murmullos eran más de admiración que de envidia.

―Gracias por sacarme de allí ―dijo la morena, soltando un suspiro de cansancio―. No tenemos ni tres horas que inauguramos y ya estoy cansada…

―No hay de qué, la expresión de tus ojos gritaba: “alguien que me saque de aquí, por favor” ―se burló él.

―¿En serio era tan evidente? ―preguntó preocupada.

―No tanto ―respondió, tranquilizándola―. Lo que sucede es que yo soy muy perceptivo… Soy un excelente material para novio…

Ángela soltó una carcajada tras un par de segundos. Robin jaló la silla para que se sentara en la mesa que él había estado ocupando, y luego tomó su lugar junto a ella.

―¿Te estás promocionando? ―inquirió con una leve nota de buen humor, el rubio se inclinó hacia ella, recortando las distancias, para hablarle más cerca de su oído. Por puro instinto, la morena lo imitó, acercando la parte lateral de su cara para escucharlo mejor.

―Si eso consigue que me des otro beso, entonces sí ―dijo con algo de descaro―. Estoy de oferta, solo para ti.

El comentario un tanto cursi la hizo reír, aunque parecía un intento de ser galante, el tono grave y varonil contrastaba demasiado y le causaba más gracia que otra cosa.

―¿Y cuál es la oferta? ―cuestionó, siguiéndole la corriente―. Pregunto, a ver si me decido o no a adquirirla ―fingió seriedad, tras aclararse la garganta.

―Déjame pensar… mmmmm… ―El rubio se llevó un dedo a los labios, su expresión sería, la frente ligeramente contraída, parecía más que estaba cerrando un trato millonario que haciendo un chiste―. Puedo darte lo que quieras ―comentó al fin, esa vez, tanto su rostro como su voz estaban en armonía; el hombre que conoció meses atrás, con su aura misteriosa y elegante, estaba de vuelta―. Tengo todo el dinero del mundo, si me pides ir a la luna, contactaría a alguna estación espacial y movería cielo y tierra para conseguirlo… Suena exagerado, lo sé ―explicó al ver la expresión en el rostro de Ángela, no era incredulidad como tal, sino un poco de desasosiego―. Mi punto es que, puedo volver tus sueños en realidades, no voy a terminar escapando solo para conseguir más dinero. No necesito dejarte atrás para tener estatus…

Ángela tragó saliva, procurando que sus ojos no se ensombrecieran por sus palabras; en cuestión de un minuto, el ambiente relajado y divertido se tornó serio y complicado, Robin expuso sus intenciones de manera precisa, sin dar cabida para las dudas. Al ver que ella se quedaba en silencio, el rubio se aproximó un poco más a su oído.

―Pensé que estabas de oferta, no que estabas comprando… ―dijo Ángela, con un leve toque de sarcasmo, el hombre se detuvo en seco, cortando todas las palabras que pretendía decirle.

―No creo que estés interesada en mi dinero… ―explicó él, Ángela se giró a mirarlo, verde contra verde, sus ojos se encontraron y por primera vez, Robin, se percató de una emoción que no había visto en ella: resentimiento―. Estoy seguro de que no te interesa cuánto tengo en mi cuenta bancaria, si así fuera, si solo buscaras dinero, habrías aceptado la propuesta del chefcito con el que estás asociada… al fin y al cabo, los Bachmann no tienen nada que envidiarle a los Miller, por el contrario, son los Miller los que no están a la altura de ellos.

Ella dejó escapar una profunda exhalación, desde afuera parecía que estaban siendo íntimos, el volumen de sus voces era apenas suficiente para escucharse entre ellos.

―Pero la verdad es, querida Angie… que más que encantarte con mi dinero, lo que quiero es que te des cuenta de que puedo cuidarte ―prosiguió Robin, suavizando las líneas de su cara para que ambos se relajaran un poco. Elevó su mano con cuidado, apresó entre sus dedos un mechón de cabello oscuro, no se había percatado antes, pero la morena desprendía una fragancia agradable, con leves notas cítricas; llevó el mechón hacia la parte de atrás de la oreja, acomodándolo con delicadeza―. Me parece, que has pasado toda tu vida cuidando de los demás, pero nadie te ha cuidado a ti, en realidad… ¿No es esa la razón por la cual no has vuelto a ejercer tu carrera de médico?

Antes de que pudiera responderle, una de las sillas frente a ellos fue arrastrada, un hombre vestido con un traje de tres piezas de color negro se sentó, sus ojos ambarinos se posaron sobre Ángela, observándola con ternura.

Ella abrió los ojos con sorpresa, no sabía cómo reaccionar a su presencia. Definitivamente, no esperaba que David se apareciera esa noche.

―Felicidades por la remodelación y la apertura ―dijo él, sonriéndole de manera amable―. Estoy seguro de que el local será todo un éxito en el futuro.

[1] Bebida vietnamita.

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