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NO molestar al gigante
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ผู้แต่ง: AliceG

Capítulo 1: La Huida

ผู้เขียน: AliceG
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-13 13:01:50

Capítulo 1: La huida

POV ALICE

—No vas a comer un solo bocado hasta que reflexiones, ¿me oíste?

El grito de Daniel rebotó por todo el vestíbulo antes de que un empujón me lanzara contra el piso de mármol. El golpe me dejó sin aire.

Cerré los ojos un instante, intentando recuperar el aliento mientras el dolor se extendía desde la espalda hasta las costillas.

No llores.

No lo mires.

No respondas.

Había aprendido que cualquier reacción podía empeorar las cosas.

—Mírate —escupió con desprecio mientras se aflojaba la corbata—. Das vergüenza.

Levanté la vista apenas un segundo. Todavía llevaba puesto el vestido negro que él mismo había escogido para la cena de su empresa. Decía que ese color "disimulaba". Que la gente notaría menos lo mucho que había cambiado mi cuerpo.

Como si yo no lo notara cada mañana frente al espejo.

Meses atrás mi ropa dejó de cerrarme. Mis caderas comenzaron a ensancharse, mi pecho aumentó de tamaño y mi cuerpo parecía transformarse sin pedir permiso. Los médicos seguían haciéndome exámenes porque nadie encontraba una explicación clara.

Pero para Daniel no existían hospitales ni diagnósticos. Solo existía una mujer que, según él, había dejado de cuidarse.

—Toda la noche estuviste pendiente de la comida —continuó, caminando lentamente hacia mí—. ¿Sabes cómo me miraban mis socios?

Negué con la cabeza. Era mentira. Había pasado toda la cena fingiendo que no tenía hambre. Solo había tomado un pequeño bocadillo cuando el mareo me hizo creer que iba a desmayarme delante de todos.

—No quería llamar la atención... —susurré.

Su risa fue peor que un grito.

—Siempre llamas la atención.

Se agachó frente a mí y me sujetó del mentón con fuerza.

—Antes eras una mujer elegante. Ahora pareces incapaz de controlar lo único que depende de ti.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos. No por sus palabras. Sino porque una parte de mí todavía seguía preguntándose si tendría razón.

¿Y si realmente era culpa mía?

¿Y si todo esto solo significaba que había perdido el control de mi cuerpo?

—Daniel... yo no elegí que esto pasara.

—Claro que sí. Me soltó con brusquedad.

Elegiste comer.

Elegiste descuidarte.

Elegiste convertirme en el hazmerreír de la noche.

Sentí un nudo en la garganta. Durante tres años me había convencido de que sus insultos eran una forma torpe de ayudarme. Que, en el fondo, solo quería que volviera a ser la mujer de la que se enamoró.

Pero esa noche... Había algo diferente en sus ojos. Algo que me hizo sentir un miedo que nunca antes había sentido.

—Solo comí un bocado... —murmuré.

—¡Cállate!

El golpe llegó tan rápido que apenas lo vi venir. Su mano impactó contra mi rostro con tanta fuerza que mi cabeza giró hacia un lado. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. El labio inferior acababa de romperse.

Antes de que pudiera incorporarme, Daniel cayó sobre mí. El primer puñetazo aterrizó en mi brazo. El segundo en las costillas. El tercero en el abdomen.

Me hice un ovillo por puro instinto. Intenté protegerme la cabeza mientras los golpes seguían cayendo uno tras otro.

—¡Mírate! —gritaba fuera de sí—. ¡No sirves para nada!

Cada palabra dolía casi tanto como los puños.

—¡Por favor...!

No terminé la frase. Una patada me arrancó el aire de los pulmonales. Todo empezó a dar vueltas.

Entonces lo escuché.

—Agradece que no te mato aquí mismo.

Su voz había cambiado. Ya no gritaba. Hablaba despacio. Con una calma que me heló la sangre.

—Estás tan pesada que ni siquiera podría meterte en una maleta sin dañarme la espalda.

Lo miré. Y por primera vez entendí algo. Daniel no estaba intentando asustarme. Estaba pensando seriamente en matarme.

El terror apagó el dolor. Mi mano comenzó a buscar algo a ciegas sobre el piso. Mármol. Alfombra. Vidrios. Hasta que mis dedos encontraron la base pesada de un jarrón de cerámica. Lo agarré con las dos manos. Y antes de que pudiera volver a golpearme... Lo estrellé contra su cabeza.

El sonido fue seco. Daniel soltó un grito y retrocedió tambaleándose mientras la sangre empezaba a correr entre sus dedos.

No esperé a comprobar si volvería a levantarse. Me puse de pie como pude. Tomé las llaves de mi camioneta que estaban sobre la mesa del recibidor y corrí hacia el garaje.

El motor rugió apenas giré la llave. Salí de la propiedad sin mirar el espejo retrovisor. Solo quería alejarme. Lo más lejos posible.

Conduje durante horas. No recuerdo cuánto. Las lágrimas me nublaban la vista y el dolor en las costillas hacía que cada respiración fuera un esfuerzo.

Cuando reaccioné, ya estaba ascendiendo por una carretera de montaña completamente desconocida. La nieve comenzó a caer poco después. Primero fueron pequeños copos. Luego una tormenta. El viento golpeaba la camioneta con tanta fuerza que apenas distinguía el camino.

Fue entonces cuando el motor empezó a fallar. Una luz roja se encendió en el tablero. Después otra. Y finalmente todo quedó en silencio.

Giré la llave varias veces. Nada. La batería había muerto.

Me quedé inmóvil unos segundos. El frío comenzó a entrar por cada rincón del vehículo. Si permanecía allí, terminaría congelándome.

Tomé aire y abrí la puerta. El viento me golpeó el rostro como una cuchilla. La nieve me llegaba casi hasta las rodillas.

Avancé sin saber hacia dónde iba. Cada paso era más difícil que el anterior. Mis zapatos ya no protegían del hielo. Sentía los pies completamente entumecidos. Las costillas me ardían. Las piernas apenas respondían.

Tropecé con una raíz escondida bajo la nieve. Caí por una pequeña pendiente y rodé varios metros hasta quedar boca arriba. El cielo era completamente blanco. Los copos seguían cayendo sobre mi rostro.

Quise levantarme. No pude.

Entonces vi algo a lo lejos. Una enorme reja de hierro negro. Detrás de ella se alzaba una casa de piedra parcialmente oculta entre los pinos. Y frente al portón... Había un hombre.

Era inmenso. Mucho más alto que cualquier persona que hubiera visto. Llevaba un abrigo grueso, barba oscura y un rifle colgado a la espalda.

Por un segundo, el miedo volvió a paralizarme. No sabía quién era. No sabía si sería mejor... o peor que Daniel. Pero ya no tenía fuerzas para seguir huyendo.

Levanté una mano temblorosa.

—Por... favor...

Mi voz apenas era un susurro.

—Ayúdeme...

El gigante caminó hacia el portón. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue cómo abría la reja y se arrodillaba frente a mí.

Después... Todo se volvió negro.

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