LOGINCapítulo 2: El refugio
POV ALICE El calor. Fue lo primero que sentí. No recordaba la última vez que mi cuerpo había dejado de temblar. Abrí los ojos poco a poco. Durante un instante pensé que seguía tirada sobre el piso del vestíbulo de Daniel. Esperé el siguiente golpe. Nunca llegó. En su lugar encontré un techo de madera, una chimenea encendida y unas sábanas gruesas que envolvían mi cuerpo. Tardé varios segundos en recordar: la tormenta, la montaña, el hombre enorme. Intenté incorporarme. El dolor en las costillas me arrancó un gesto de molestia. —Despacio. La voz grave apareció desde un rincón de la habitación. Di un pequeño respingo. Él seguía allí. Estaba de pie junto a la ventana, tan inmóvil que parecía formar parte de la casa. La luz del amanecer dibujaba su silueta enorme contra la nieve del exterior. No llevaba el rifle. Eso, por alguna razón, me tranquilizó un poco. —No quería asustarte —dijo al notar mi reacción. Asentí sin saber qué responder. Él tomó una taza humeante de la mesa y caminó hacia la cama. Cada paso era lento, medido, como si estuviera intentando convencerme de que no representaba ningún peligro. Dejó la taza sobre la mesa de noche. —Es té. Ayuda a entrar en calor. —Gracias... —Mi voz apenas salió. Él dio un paso hacia atrás inmediatamente. No intentó tocarme. No intentó acercarse más. Solo esperó. Aquel detalle me llamó la atención. Durante años había aprendido que cualquier hombre que entraba en mi espacio lo hacía para controlar algo de mí. Él parecía hacer exactamente lo contrario, como si estuviera esperando mi permiso incluso para respirar. —Necesitas que limpie esas heridas —dijo después de unos segundos—. Pero solo si tú quieres. Lo miré sorprendida. ¿Solo si yo quería?. Bajé la vista hacia mis manos. Temblaban. No sabía si era por el frío... o por el miedo. Al final asentí muy despacio. El gigante acercó una silla y se sentó, dejando suficiente distancia entre los dos. Tomó una toalla húmeda. Cuando rozó mi labio partido, lo hizo con una delicadeza que me desconcertó. Esperé el dolor. No llegó. Solo sentí agua tibia limpiando la sangre seca. Él trabajaba en silencio, con paciencia, como si estuviera acostumbrado a curar heridas. Sus manos eran enormes, llenas de cicatrices, pero el contacto era increíblemente suave. —¿Cómo te llamas? —La pregunta rompió el silencio. Dudé. Una parte de mí quiso mentir; si Daniel me encontraba, mientras menos supiera este hombre sobre mí, mejor. Pero estaba demasiado cansada para seguir escondiéndome. —Alice. Él asintió. —Alexander. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: Todos me dicen Alex. Continuó limpiando el corte de mi frente. Su mandíbula se tensó al descubrir los moretones que cubrían mis brazos. No dijo nada, pero vi cómo apretaba los dientes. —¿Fue tu esposo? Negué. —Mi prometido. El silencio volvió. Esta vez era diferente. Pesaba. Mucho. —Creí que iba a matarme. —Las palabras salieron solas. No pensaba decirlas, simplemente escaparon. Alex dejó la toalla sobre la mesa. Respiró hondo antes de hablar. —No importa qué haya pasado entre ustedes. —Levantó la mirada—. Nadie tiene derecho a hacerte esto. Sentí un nudo en la garganta. No porque fueran palabras extraordinarias, sino porque era la primera vez en mucho tiempo que alguien no intentaba justificar lo que Daniel hacía. No pude evitar llorar. Las lágrimas comenzaron a caer sin hacer ruido. Intenté secarlas rápidamente, me avergonzaba llorar delante de un desconocido. Alex pareció quedarse sin saber qué hacer. Movió una mano. La retiró. Volvió a moverla. Finalmente la dejó sobre la cobija, a varios centímetros de la mía. Sin tocarme. Como preguntándome en silencio si podía acercarse. Yo fui quien dio el último centímetro. Apoyé mi mano sobre la suya. Él no la cerró. No me sujetó. Solo permaneció allí, acompañándome. Depois de unos segundos retiró la mano con cuidado y se puso de pie. —Necesitas descansar. Caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo, sin darse la vuelta. —La habitación tiene seguro por dentro. Puedes cerrarla si eso te hace sentir más tranquila. Yo estaré abajo. Nadie va a entrar aquí. Esperó unos segundos, como si quisiera decir algo más. Al final solo añadió: —Mientras estés en esta casa... nadie volverá a hacerte daño. La puerta se cerró lentamente. Me quedé sola, mirando el lugar donde él había estado. No sabía quién era Alexander, no sabía por qué un hombre tan grande vivía solo en medio de aquella montaña, ni por qué tenía tantas cicatrices. Lo único que sabía... era que, por primera vez en mucho tiempo, había logrado quedarme dormida sin miedo a que alguien abriera la puerta.POV ALEXANDER —¡Muévanse!La voz de Marcus retumba sobre el estruendo de los disparos y me devuelve al presente.Me levanto de golpe detrás del chasis destrozado del vehículo y disparo en ráfaga hacia uno de los mercenarios que intenta flanquearnos por el costado derecho. El impacto lo derriba sobre la nieve salpicada de barro.—¡Por aquí! ¡A la cobertura! —grita Noah señalando la maleza.Corremos a toda prisa hacia la zanja profunda que bordea la carretera. Es nuestra única posibilidad real de cubrirnos contra el fuego cruzado. Alice viene justo detrás de mí, tropezando con el terreno irregular. La tomo de la mano con fuerza y tiro de ella mientras las balas barren el aire, haciendo restallar las ramas sobre nuestras cabezas.—¡Agáchate! —la insto, empujándola hacia abajo.Ella cae conmigo en el barro helado justo cuando una ráfaga masiva golpea los troncos a espaldas nuestras, haciendo caer una lluvia de nieve y esquirlas sobre nosotros.—¿Estás herida? —pregunto sujetándola por lo
POV ALEXANDERNo me gusta ese mensaje.No por las coordenadas ni por la hora, sino porque alguien sabía exactamente dónde estaríamos. Nadie más debía conocer esta ruta. Nadie.Marcus mantiene ambas manos firmes sobre el volante. La carretera está casi completamente cubierta por una capa densa de nieve y los árboles a los lados forman una pared oscura e interminable que parece cerrarse sobre nosotros.Miro el reloj en mi muñeca.21:47.Tenemos poco más de cuarenta minutos para llegar al punto indicado. Si es que aquello es realmente un punto seguro y no otra trampa esperándonos en la penumbra.—¿Cuánto falta? —pregunto, rompiendo el tenso silencio del habitáculo.Marcus echa una mirada rápida a la pantalla del GPS antes de devolver los ojos al camino.—Veinte minutos, quizá menos si la nieve no empeora.—¿La ruta sigue limpia?—Hasta ahora, sí.Miro de reojo por el retrovisor exterior. Las luces tenues de un vehículo se reflejan en el cristal cubierto de escarcha. Sigue ahí. No ha camb
POV ALEXANDERLa carretera nevada exigía firmeza al volante. Nadie hablaba; sabíamos que el silencio era vital.Con la mano de Alice entrelazada a la mía, noté que fingía dormir, aunque su respiración tensa la delataba.—¿No puedes dormir? —pregunté en voz baja.Abrió los ojos.—No.—¿Por qué?Miró hacia la ventanilla.—No me gusta cómo terminó todo esto.—A mí tampoco.Apoyó la cabeza en mi hombro.—¿Crees que hicimos bien en irnos?La pregunta me tomó por sorpresa.—Sí.—¿Seguro?—Sí.—¿Aunque dejemos todo atrás?Miré hacia la negrura del exterior.—Todo eso eran cosas materiales.Ella levantó la vista.—¿Y si no podemos volver jamás?La miré directo a los ojos.—Entonces construiremos otra vida.Sus ojos se quedaron fijos en los míos.—¿Así de fácil?—No. Nunca será fácil. Pero mientras estés conmigo... encontraremos la manera.Ella esbozó una sonrisa pequeña, casi triste, se acercó y me besó los labios.Marcus carraspeó desde el asiento delantero.—Sigo aquí, por si lo olvidan.Al
POV ALEXANDER La estaca seguía clavada frente a nosotros. Te quedan tres días. Noah permanecía inmóvil. Marcus había dejado de mirar el mensaje para observarme a mí. Elena tenía los brazos cruzados y Ethan no decía una palabra. Y Alice... Alice seguía junto a mí. Sentí sus dedos cerrarse alrededor de mi mano. —Alex... —la miré. Tenía los ojos llenos de preocupación—. ¿Qué significa? No respondí inmediatamente. Volví a mirar la cinta roja. Cuervo no estaba amenazándonos; estaba marcando un plazo. Y eso era mucho peor. —Significa que tenemos tres días para desaparecer. Marcus negó de inmediato. —No. Tenemos menos.—Lo miré con el ceño fruncido. —¿Por qué? —Porque si realmente conocen nuestra ubicación, no van a esperar tres días para atacar. Esto no es una fecha de ataque. Es una cuenta regresiva. Sentí cómo se tensaba mi mandíbula. Tenía razón. Cuervo quería que supiéramos que nos había encontrado y quería que hiciéramos exactamente lo que él esperaba. —¿Qué harías tú? —pr
POV ALEXANDER El sonido del viento golpeando los cristales rotos de la ventana era lo único que se escuchaba en la sala principal. La estaca con la cinta roja seguía sobre la mesa. “Te quedan tres días.” Siete palabras. Un ultimátum directo, frío y sin margen de error. Marcus se acercó lentamente a la mesa, cruzándose de brazos y observando el trozo de madera con una expresión sombría. —Tres días —murmuró, sopesando las palabras—. Significa que no piensa venir solo. Está preparando algo grande o está esperando refuerzos. —O ambas cosas —añadió Noah desde la puerta, con la mirada fija en el sendero cubierto de nieve—. No se habría arriesgado a dejar esto a plena luz del día si estuviera solo vigilando el perímetro. Hay más gente con él. Ethan, que había estado revisando las cámaras de seguridad que instaló la noche anterior, soltó un suspiro tenso y golpeó la mesa con los nudillos. —Y lo peor es que los sensores no captaron nada. Absolutamente nada. Es como si hubieran pisado
POV ALEXANDER Nadie habló después de la transmisión. La radio seguía sobre la mesa, en absoluto silencio, como si la voz nunca hubiera existido. Marcus fue el primero en reaccionar: tomó el aparato y lo desmontó pieza por pieza en menos de un minuto con movimientos mecánicos. —No tiene sentido —murmuró, frunciendo el ceño. —¿Qué pasa? —preguntó Ethan, tenso. Marcus dejó los componentes metálicos sobre la madera. —No estaba usando nuestra frecuencia cifrada. —Entonces... —comencé. —Entró directo a nuestro sistema de banda ancha —sentenció Marcus. La respuesta cayó como una piedra pesada en la sala. No había interceptado nuestra comunicación; la había hackeado e invadido a voluntad. Eso solo significaba una cosa aterradora: nos había estado observando y escuchando desde mucho antes de que cruzáramos la puerta de la cabaña. Elena cruzó los brazos, con la mirada dura. —¿Puede volver a hacerlo? Marcus asintió lentamente. —Si quiere, sí. —Entonces apaguen todo ahora mismo —ordené







