No Soy Su Esposa, Sino la de Su Hermano

No Soy Su Esposa, Sino la de Su Hermano

By:  Cendora EstévezIn-update ngayon lang
Language: Spanish
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Durante sus cinco años de matrimonio, Valeria Del Valle se sometió a dolorosos tratamientos de fertilización in vitro con tal de darle un hijo a Santiago Cordero. Pero lo que recibió a cambio fue su traición. Él la engañó con Camila Ruiz, quien había crecido en la casa de los Cordero como hija de una empleada, y cuando Camila apareció embarazada de un supuesto hijo de Santiago, le puso un acuerdo de divorcio enfrente para que lo firmara. Valeria tenía el rostro pálido. Tenía el abdomen cubierto de marcas de pinchazos, una tras otra, por los tratamientos. Y aun así, todo lo que recibió fue un comentario que Camila soltó con total ligereza: —¿Ves? Embarazarse es facilísimo. Santiago también lo dijo como si nada: —No culpes a Camila. La que no puede darme un hijo eres tú. La que me hace quedar en vergüenza eres tú. Cinco años de tratamientos. Al final, lo único que había logrado probar era su propia estupidez. Muerta por dentro, Valeria se dio la vuelta y se fue. Todos se burlaban de ella. Decían que, sin Santiago, no podría vivir. Incluso Santiago estaba convencido de que, tarde o temprano, ella volvería a rogarle. Hasta que llegó aquella gala que conmocionó a toda la ciudad, organizada para celebrar la reaparición de una pieza histórica que llevaba años perdida. Esa noche, Valeria apareció bajo los reflectores, vestida con elegancia, segura y serena. Era una restauradora de bienes culturales de élite, una experta imposible de conseguir incluso pagando millones. Pero en el pasillo oscuro, lejos de todas las miradas, Santiago vio con sus propios ojos cómo Alejandro Cordero, su hermano mayor, siempre frío e imponente, la arrinconaba contra la pared y la besaba con tanta intensidad que parecía imposible separarlos. Santiago abrió los ojos con furia y avanzó hacia ellos, con la voz desgarrada: —¡Valeria! ¡Tú eres mi esposa! Valeria apartó suavemente a Alejandro. Cuando se volvió, sus labios aún conservaban el rubor del beso, pero en sus ojos solo quedaba hielo. Tomó el brazo de Alejandro y, mirando a su exesposo, pronunció con absoluta claridad, palabra por palabra: —Grábatelo bien. Ahora soy la esposa de Alejandro.

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Kabanata 1

Capítulo 1

Dicen que los hombres infieles son los que más se creen con la razón.

Al principio, Valeria no lo creía. Pero, después de que Santiago la engañó con Camila, no tuvo más remedio que creerlo.

Cuando volvió a casa, después de que otra prueba de fertilidad arrojara malos resultados, vio una prueba de embarazo que no era suya.

Su rostro se puso rígido de golpe.

En el encabezado aparecía el nombre de Camila Ruiz, alguien a quien conocía demasiado bien.

Un mal presentimiento le apretó el pecho a Valeria. Sus dedos apretaron sin darse cuenta aquel resultado, y alzó la mirada hacia el hombre de expresión fría sentado frente a ella.

Con incredulidad, preguntó:

—¿Qué significa esto?

—Divorciémonos.

Los ojos negros de Santiago eran profundos e indescifrables. Observó la incredulidad en el rostro de ella y dijo, palabra por palabra:

—Camila me ha acompañado durante mucho tiempo. Su deseo siempre fue ser madre y casarse conmigo. Ahora está embarazada. Yo también siento algo por ella, así que tengo que cumplirle ese deseo.

El corazón de Valeria se hundió por completo. Con los ojos llenos de emociones contenidas, lo miró fijamente.

El hombre frente a ella vestía un impecable traje negro. Sus rasgos se veían fríos y distantes. En ese momento, tenía los labios apretados, y la tensión en su mandíbula hacía que su perfil se viera aún más definido.

Ella no entendía cómo podía existir alguien capaz de hablar de una infidelidad con tanta seguridad, como si tuviera toda la razón.

Durante los cinco años de su matrimonio, sus amigas le habían advertido muchas veces que tuviera cuidado con Santiago y con Camila, quien había crecido con él.

Al principio, ella no lo creyó. Aunque su matrimonio con Santiago había sido una unión arreglada entre familias, y aunque él era de carácter frío, cuando estaba con ella siempre había sido paciente y tierno.

Sin importar qué capricho se le ocurriera, él siempre la complacía. La abrazaba y le decía con voz suave:

—Valeria, consentirte es lo que debo hacer como tu esposo.

Cada vez que escuchaba esas palabras, se convencía de que Santiago sería diferente y de que, junto a él, podría tener el matrimonio feliz que siempre quiso.

Pero la realidad acabó dándole una bofetada brutal.

Cuando su hermano mayor, Maximiliano Del Valle, fue acusado injustamente y enviado a prisión; cuando los negocios de los Del Valle se derrumbaron; y cuando, por más que lo intentaran, ellos no lograron tener un hijo, la actitud de Santiago hacia ella empezó a cambiar poco a poco.

Y ahora, al final, él había hecho lo mismo que la mayoría de los hombres: la había engañado.

La madre de Camila había trabajado como empleada en la casa de los Cordero durante más de veinte años. Por eso, Camila prácticamente había crecido en esa casa.

Pero Valeria jamás imaginó que, al final, la excusa tan noble y falsa que Santiago usaría para justificar su infidelidad fuera que Camila quería ser madre, y que por eso se había acostado con ella.

Valeria lo miró aturdida. Abrió los labios, pero no pudo decir una sola palabra.

—Valeria.

Al verla callada, Santiago frunció el ceño. Dio un paso hacia ella, con la misma impaciencia de siempre en la voz.

—Solo estoy cumpliéndole ese deseo a Camila. Cuando ella dé a luz, tú y yo nos volveremos a casar.

Aquella frase no dejaba espacio para ninguna discusión. Era como si solo le estuviera notificando una decisión.

Valeria sintió que todo aquello era absurdo hasta el extremo. Con los ojos ardiéndole, lo miró y dijo:

—No puedo aceptar esto…

—No te estoy pidiendo tu opinión.

El tono de Santiago fue directo. Al ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, se mostró aún más impaciente.

—No estoy negociando contigo, y tampoco tengo tiempo para consolarte. Haz lo que te digo. ¿Te quedó claro?

Al ver que ella no respondía, Santiago frunció el ceño con más fuerza y continuó:

—Camila ahora está embarazada de mi hijo. Ella me necesita más.

—Pero…

Valeria todavía quería decir algo, pero él la interrumpió con frialdad:

—Yo siempre quise tener un hijo. Pero en estos cinco años de matrimonio, ni siquiera fuiste capaz de embarazarte. Y, encima, tuve que limpiar el desastre de tu familia por ti. ¿Con qué derecho vienes a negociar conmigo?

Sus palabras fueron directas y crueles.

A Valeria le dolió el corazón. Lo miró con la vista borrosa, pero no logró emitir ningún sonido.

Ella también había sido, alguna vez, la orgullosa señorita de la familia Del Valle.

Pero en cada una de las discusiones con Santiago, esa dignidad había sido desgastada por completo.

Valeria miró su rostro lleno de impaciencia.

Después de un largo rato, respiró hondo y volvió a preguntar:

—¿De verdad quieres divorciarte?

—Esto no se negocia.

Santiago observó sus ojos enrojecidos sin el menor cambio de emoción.

—No creas que…

—Está bien. Acepto.

Valeria bajó la mirada y respondió en voz baja.

Al verla aceptar con tanta facilidad, los ojos de Santiago se tensaron por un instante.

La examinó sin ocultarlo. Luego, como si hubiera pensado en algo, soltó una risa burlona.

—Aceptas tan rápido… Seguro tú también tenías otras intenciones desde hace tiempo, ¿verdad? ¿Es porque Alejandro volvió y ahora quieres seducirlo?

Al oírlo mencionar a Alejandro, las emociones que Valeria había estado conteniendo estallaron de pronto.

—No es cierto. No nos acuses así, ni a mí ni a Alejandro…

—¿No?

Al ver lo alterada que se ponía apenas mencionaba a Alejandro, Santiago dio un paso al frente.

Desde su altura, la miró fijamenten y le advirtió:

—Alejandro jamás se fijaría en una mujer que ni siquiera puede tener hijos. ¡Más vale que te quites esos pensamientos repugnantes de la cabeza!

—No es cierto…

Ante su agresividad, el rostro de Valeria ya estaba pálido.

No tener hijos siempre había sido una herida clavada en lo más profundo de su corazón.

Durante esos cinco años de matrimonio, cada vez que volvía a la casa de los Cordero, escuchaba los murmullos de los empleados a sus espaldas.

Al principio, ella se lo contaba a Santiago.

Pero lo único que recibió fue una respuesta despiadada:

—Una mujer incompleta que no puede tener hijos. ¿No es la verdad? Si es cierto, ¿qué tiene de malo que te lo digan?

En el instante en que escuchó esas palabras, todo su cuerpo se quedó rígido.

No pudo reaccionar. Miró al hombre frente a ella, y en su mente solo aparecía la imagen de aquel Santiago que, al principio, le había suplicado con sinceridad que se casara con él.

En aquel entonces, ella aceptó la unión con Santiago porque él se lo prometió.

—Si estás dispuesta a casarte conmigo, te voy a cuidar como a la única mujer de mi vida. Voy a tratarte bien sin condiciones.

A los veintiún años, justo en la edad en que el corazón de una joven podía ilusionarse con facilidad, ella miró a aquel hombre elegante y gentil.

Se enamoró, y creyó en sus palabras.

Pero con el paso del tiempo, el hombre frente a ella ya se había vuelto irreconocible. Lo único que quedaba de él era esa costumbre de pisotear su dignidad y burlarse de ella una y otra vez.

—Lo único que puedes hacer ahora es obedecer y divorciarte. ¿Entendiste?

Santiago miró su expresión perdida y no le dio ninguna oportunidad de defenderse. Con voz baja, le advirtió:

—Y más te vale no hacerte ilusiones con quien no debes.

Después de decir eso, dejó de mirar su rostro pálido. Sin la menor duda, se dio la vuelta y se fue.

No creía que sus palabras la hubieran humillado. Tampoco creía que lo que estaba haciendo tuviera algo de malo.

Porque para él estaba clarísimo. Ahora, Valeria solo podía aferrarse a él. En todos los sentidos, ella dependía de él.

Durante esos cinco años, Santiago había estado completamente seguro de eso.

La puerta de la entrada se cerró de golpe. Ese sonido, igual que sus palabras, no le dejó ni la más mínima compasión.

Valeria miró la prueba de embarazo sobre la mesa del comedor.

La observó en silencio durante mucho tiempo.

Hasta que sonó su celular. Era un mensaje enviado desde un número conocido.

"Valeria, supongo que ya lo viste, ¿verdad? Estoy embarazada. Con Santiago solo necesité una noche para quedar embarazada. Al verte a ti, pensé que embarazarse era algo muy difícil. No imaginé que fuera tan sencillo. Santiago me ama a mí. Si no, ¿cómo habría podido dejarme embarazada?"

La palabra "embarazada" apareció una y otra vez frente a Valeria. En su mente, sin poder controlarlo, surgían imágenes de la traición de Santiago. Los dedos con los que sostenía la prueba se cerraron cada vez con más fuerza.

Ella había creído que, en ese matrimonio, si destruía por completo su orgullo, si se volvía capaz de soportar todas las burlas de Santiago, si perdía toda dignidad, al menos podría retenerlo.

Pero estaba completamente equivocada.

Justo entonces, llegó otro mensaje:

"Deberías hacerte a un lado."

Enseguida entró otro mensaje:

"Ah, cierto. ¿Sabes cómo te tiene guardada Santiago en sus contactos?"

Al ver el nombre con el que Santiago la tenía guardada en la última captura de pantalla, la respiración de Valeria se detuvo de golpe. Entonces, una lágrima grande y ardiente se le escapó de los ojos.

"Carga."

Aquella palabra la dejó paralizada.

Valeria no supo cuánto tiempo se quedó mirando la pantalla. Al final, apagó el celular. Tiró la prueba de embarazo a la basura, se limpió las lágrimas con fuerza y respiró hondo.

Si él insistía en divorciarse, entonces ella iba a concedérselo.

Ya había tenido suficiente de esos cinco años de matrimonio sin dignidad.

No volvería a amarlo y mucho menos volvería a perder su dignidad por él.

Esta vez, era ella quien ya no lo quería.
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