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Noventa y nueve acuerdos de divorcio

Noventa y nueve acuerdos de divorcio

작가:  Universo Cercano완결
언어: Spanish
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La misma noche en que Lisa, el primer amor de Finn Chapman, se divorció, él me arrojó el acuerdo de divorcio número noventa y nueve. —Lisa tiene el corazón roto. No puede superarlo. Tengo que cuidarla —dijo. Incluso nuestro hijo de siete años intentó convencerme. —Deberías aceptar el divorcio e irte —me dijo—. Deja que Lisa se mude con nosotros. Ya no necesitamos una sirvienta como tú. Padre e hijo estaban seguros de que gritaría, lloraría y les rogaría que no me echaran. Pero no lo hice. Simplemente asentí, firmé los papeles del divorcio en silencio y me fui. Diez años después, mi hijo obtuvo el puntaje más alto en el examen de admisión a la universidad. Durante una entrevista, un reportero le preguntó: —¿Qué te motivó a estudiar con tanto empeño durante todos estos años? Guardó silencio por un momento. Luego, delante de todos, sus ojos se enrojecieron. —Porque quería decirle a mi mamá que ya crecí —respondió con voz temblorosa—. ¿Volverías conmigo? Por favor, no me abandones otra vez.

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1화

Capítulo 1

"Señora Carmine, este acuerdo de divorcio es válido. Una vez que lo firme, su matrimonio quedará disuelto automáticamente al cabo de un mes".

Al leer la confirmación, solté un suspiro de alivio y dirigí la mirada hacia el paquete abierto que estaba en el suelo.

Era el regalo que mi hijo de siete años había preparado para mi vigésimo octavo cumpleaños: una caja llena de preservativos usados y una fotografía de una familia de tres que parecía feliz.

En la foto, Finn Chapman abrazaba con fuerza a una mujer. En su rostro había una ternura que nunca había mostrado conmigo.

Nuestro travieso hijo descansaba acurrucado contra el pecho de aquella mujer, con la mirada llena de admiración.

Pero la mujer de la fotografía no era yo.

Era Lisa, el primer amor de Finn, quien acababa de divorciarse y regresar al país.

Los preservativos tampoco eran de la marca que Finn y yo usábamos. Eran los que tenían aroma a queso y que tanto le gustaban a Lisa.

Aquel día cumplía veintiocho años.

Temprano por la mañana, Finn había perdido los estribos porque entré en la sala con el pie izquierdo. Se marchó furioso con nuestro hijo y dijo que debía quedarme sola en casa para reflexionar sobre mi comportamiento.

Sabía que no era más que una excusa.

En realidad, no quería celebrar mi cumpleaños.

Escenas como aquella se habían repetido incontables veces desde el regreso de Lisa.

Como aquella vez en que se fue la luz en casa de Lisa y Finn insistió en ir a acompañarla. Al marcharse, puso como excusa que mi comida era terrible y que no había tenido más remedio que llevarse a nuestro hijo a cenar.

Había olvidado que yo era chef titulada y que había aprendido a preparar comidas ligeras porque su estómago ya no soportaba los platos pesados de los banquetes de negocios.

Aquella noche, preparé la mesa y cociné varios platos.

Pero nunca regresaron.

Cuando las velas del pastel se consumieron por completo y la comida ya estaba fría, por fin oí abrirse la puerta principal.

Nuestro hijo entró corriendo, tirando de la mano de Finn y hablando emocionado, sin parar, de lo divertido que había sido subir a la montaña rusa aquel día.

Finn sonreía.

En el cuello de su camisa había una marca de lápiz labial rosa, ya un poco desvanecida, del tono que estaba de moda aquel año.

En cuanto me vieron, ambos dejaron de sonreír.

Finn entró sin soltar la mano de nuestro hijo, sacó una pequeña caja de regalo del bolsillo y la dejó sobre la mesa.

—Tu regalo de cumpleaños —dijo con indiferencia.

La miré de reojo. No necesitaba abrirla para saber que contenía una pulsera.

La misma marca.

El mismo modelo.

Durante nuestros ocho años de matrimonio, había recibido aquella misma pulsera diecisiete veces.

Era un recordatorio constante de lo poco que significaba para él.

Mientras tanto, las redes sociales de Lisa estaban llenas de regalos que nunca se repetían.

Un día era un vestido de alta costura; al siguiente, un antiguo jarrón comprado en una subasta; y después... otro regalo distinto.

Mi mirada se apagó. Me levanté de la silla y me dispuse a marcharme.

Por un instante, Finn se quedó atónito. Luego, su expresión se llenó de ira.

—Heather, te compro un regalo con toda la buena intención, ¿y así me lo agradeces?

Hizo una mueca de desprecio.

—No me extraña que mamá diga que eres una vergüenza. De verdad no tienes modales.

Me detuve en seco.

Y, antes de poder evitarlo, me eché a reír.

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리뷰

Elizabeth Estrada Saldaña
Elizabeth Estrada Saldaña
Pero si no abandono a su hijo, ellos la despreciaron, e hizo bien en irse ella, soporto muchas humillaviones. es igual a otras historias, pero en un contexto diferente
2026-08-27 11:10:34
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