MasukBlanche
El coche se detiene ante una entrada que no conocía. No es la fachada principal del club, aquella por la que llegué la primera vez, con su escalinata monumental y sus columnas corintias. Es la parte trasera de la finca, invisible desde la carretera, protegida por un muro de piedra gris y una hilera de cipreses centenarios. Una puerta cochera se abre a un patio empedrado, íntimo, iluminado por faroles de hierro forjado que proyectan sombras movedizas sobre los muros deArrastro un taburete hasta la cama, me siento y mantengo su mano entre las mías. No la soltaré. Ni esta noche. Ni nunca. Las horas transcurren lentas como siglos y rápidas como segundos. La enfermería se va tranquilizando. Los heridos reciben tratamiento, son evacuados o se quedan dormidos. El monitor cardíaco continúa emitiendo sus pitidos regulares, una nana mecánica que marca el ritmo de mi vigilia. Poco a poco, la mano de Damien se calienta entre las mías. Su piel recupera el color y su respiración se vuelve más profunda y regular. No duermo. No como. Solo bebo el agua que me trae una enfermera, sin apenas mirarla. Mis ojos permanecen clavados en su rostro, atentos a cada temblor de sus párpados y a cada movimiento de su pecho.
Espero a que los gritos triunfales de los hombres de Vance se conviertan en gritos de derrota y, finalmente, en silencio. Entonces escucho lo que tanto esperaba. Botas en el corredor. Muchas botas, avanzando con disciplina. Voces que gritan órdenes. No son los ladridos guturales de los mercenarios de Vance, sino las órdenes precisas y firmes de los hombres de Damien. La puerta se abre de golpe. En el umbral aparece Marcus, el lugarteniente leal, con el rostro manchado de hollín y sangre, pero vivo. Vivo y victorioso. —Señorita Sterling. Gracias a Dios, está sana y salva. —¿Damien? ¿Dónde está Damien? La pregunta sale de mis labios como una bala, cargada con todo el terror que he contenido durante horas. Marcus baja la mirada y siento que la san
No ve la mentira. La cripta está al otro extremo de la mansión, muy lejos del túnel donde Damien permanece oculto. Allí no hay nadie. Solo tumbas vacías y recuerdos cubiertos de polvo. Pero Vance lo ignora. Y el tiempo que tarde en enviar a sus hombres a comprobarlo, el tiempo que necesiten para atravesar la mansión y descubrir el engaño, será tiempo ganado. Tiempo para que Marcus encuentre a Damien. Tiempo para que lleguen los refuerzos. Tiempo para que mi sacrificio sirva de algo. —Lleváosla —ordena Vance a sus hombres—. Encerradla en la habitación de marfil. Si ha mentido, me ocuparé personalmente de ella. Los guardias me agarran de los brazos y me sacan del despacho. No me resisto. Lanzo una última mirada a Vance, sentado en el sillón de Damien, acariciando con sus dedos manchados de sangre la memoria USB vacía
Cada segundo que gane será un segundo más para salvarlo. Atravesamos la mansión devastada. Los corredores que he aprendido a amar, aquellos pasillos de piedra y terciopelo que se han convertido en mi hogar, resultan irreconocibles. Hay cuerpos tendidos aquí y allá: hombres de Damien, hombres de Vance e invitados inocentes atrapados en el fuego cruzado. El olor a pólvora y sangre impregna el aire. A través de las puertas cerradas llegan sollozos ahogados. El despacho principal. La puerta está abierta de par en par y los paneles de madera presentan las marcas de los impactos de bala. Vance está allí, sentado en el sillón de cuero de Damien, detrás del escritorio de mármol negro, como una grotesca parodia de un soberano sentado en un trono usurpado. Tiene el hombro vendado con un apósito improvisado, manchado de sangre. Su rostro está deformado po
Blanche El túnel desemboca en las bodegas de la mansión, un laberinto de corredores abovedados, almacenes polvorientos y puertas de madera carcomida. Conozco estas bodegas. Durante mis semanas de iniciación y mis exploraciones nocturnas, recorrí cada rincón de esta fortaleza, impulsada por una curiosidad periodística que el adiestramiento nunca consiguió apagar por completo. Sé dónde están los pasadizos secretos, las escaleras de servicio y los escondites de armas. Sé dónde encontrar a nuestros aliados. Pero también sé que los hombres de Vance siguen merodeando por allí, eliminando los últimos focos de resistencia y persiguiendo a los leales a Damien. El ruido de sus botas resuena por los corredores. Sus voces se multiplican bajo las bóvedas de piedra. Cada cruce es un peligro. Cada rincón oscuro puede esconder a un enemigo. Me desliz
La luz blanca atraviesa las tinieblas y revela el estrecho túnel, las paredes de piedra cubiertas de humedad y a Damien. Está tendido en el suelo. Su camisa blanca se ha vuelto completamente roja. Tiene los ojos cerrados y el rostro pálido como la cera. El charco de sangre se extiende bajo su cuerpo, oscuro bajo la luz artificial. Todavía respira, pero cada inspiración es una lucha, un estertor que apenas consigue levantarle el pecho. —Damien... Me arrodillo a su lado y le pongo los dedos en el cuello. Su pulso sigue ahí, pero es débil. Muy débil. Un latido errático, como una mariposa desesperada que golpeara sus alas contra un cristal. —Damien, ¿me oye? Por favor, abra los ojos. Sus párpados tiemblan. Sus labios se mueven. Un murmullo casi inaudible. —Blanche







