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Capítulo 3:

Author: Pearl Charles
last update publish date: 2026-06-30 23:34:33

Me despierto con el sol entrando a raudales por las ventanas del suelo al techo y no tengo ni idea de qué hora es. Alcanzo mi teléfono. Las diez y media. No había dormido más allá de las ocho en años. Me incorporo y miro alrededor de la habitación. Mi habitación. En el penthouse de Alexander Kane. Esto es real. Esto está ocurriendo de verdad.

Me levanto de la cama y me ducho en el baño con una presión de agua que podría quitar la pintura y más agua caliente de la que he tenido en toda mi vida. Cuando salgo, hay una bandeja en el escritorio junto a la ventana. Café. Tostadas. Fruta. Una nota en una letra limpia que dice: «Come. A.»

Tomo la nota. La leo tres veces. Me ha traído el desayuno. O ha hecho que alguien lo trajera. En cualquier caso, yo dormí durante todo eso y él no me despertó. Bebo el café, como las tostadas y miro Manhattan extendido debajo de mí mientras intento averiguar qué se supone que debo hacer hoy.

Las reglas no cubrían esto. No saldrás sin notificar a seguridad. Asistirás a los eventos requeridos. Usarás ropa apropiada. Nada sobre qué hacer conmigo misma cuando no hay eventos, ni requisitos ni expectativas. Estoy acostumbrada a horarios. A obligaciones. A que la gente me diga dónde estar y cuándo. No estoy acostumbrada al tiempo vacío.

Me visto con unos vaqueros y un jersey del vestidor. Sencillo. Cómodo. Mi propia elección. Luego salgo de mi habitación y me pongo a explorar.

El penthouse tiene cinco niveles. Encuentro el gimnasio en el segundo. El despacho está en el tercer piso. Una segunda biblioteca de cuatro que es más pequeña, más cálida y tiene mejor vista. Encontré el dormitorio de Alexander por accidente cuando abrí la puerta equivocada en el quinto. Paredes gris oscuro. Una cama enorme. Ventanas con vistas a la ciudad. Ordenado. Controlado. Una fotografía en la mesita de noche de la misma mujer de la consola de abajo. Su madre. Cierro la puerta con cuidado.

Paso una hora en la biblioteca más pequeña mirando los libros. Tiene de todo. Ficción. No ficción. Libros de arte. Historia. Una estantería entera de poesía que parece que nunca ha sido tocada. Saco un volumen de Mary Oliver y lo hojeo. Alguien ha doblado la esquina de una página. Leo el poema. «Gansos salvajes». Lo leo dos veces.

Entonces oigo pasos en las escaleras. Levanto la vista y Alexander está de pie en la puerta con pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas remangadas. Sin corbata. Sin chaqueta. Parece menos formal que anoche. Más humano. Tiene el cabello ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Sí. Gracias por el desayuno.

Entra en la habitación.

—De nada. Quería hablar contigo de algo.

Cierro el libro y lo dejo en la mesita auxiliar.

—Está bien.

Se sienta en la silla frente a mí. Se inclina hacia delante con los codos sobre las rodillas.

—Hay una inauguración de galería el jueves. Necesito que asistas conmigo.

—Está bien.

—Será tu primera aparición pública. Habrá preguntas.

—¿Sobre mí?

—Sobre nosotros.

Trago saliva.

—¿Qué debo decir?

—Nada. Yo me encargaré. Solo necesitas estar ahí.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Lo hace sonar simple. No es simple. Estaré de pie a su lado frente a personas que lo conocen a él, que conocen a Derek y que intentarán averiguar quién soy yo y por qué estoy ahí. Harán preguntas. Juzgarán. Decidirán si pertenezco o no.

—¿Y si preguntan cómo nos conocimos? —digo.

—Diles que nos conocimos a través de conocidos mutuos.

—Eso es vago.

—Se supone que lo sea.

Bajo la mirada a mis manos.

—¿Derek estará ahí?

Alexander se queda callado un momento. Luego dice:

—Es posible.

Se me cae el estómago.

—No sé si puedo hacer esto.

—Sí puedes.

—Tú no lo sabes.

—Sí lo sé.

Levanto la vista. Me observa con esa misma atención firme de siempre. Como si viera algo que yo no veo. Como si ya hubiera decidido que soy capaz de esto y solo estuviera esperando a que yo lo alcanzara.

—¿Y si lo estropeo? —pregunto.

—No lo harás.

—Pero ¿y si lo hago?

—Entonces yo me encargaré. Para eso estoy aquí.

Quiero creerle. Quiero confiar en que me protegerá como dice el contrato. Pero he pasado cuatro años con personas que decían que me cuidarían y luego me dejaban sola para manejar las cosas cuando realmente importaba. Ya no sé cómo confiar.

Alexander se levanta. Cruza la habitación. Se sienta en el sofá a mi lado. Lo suficientemente cerca como para que sienta el calor que desprende su cuerpo. Lo suficientemente cerca como para que, si me inclinara a la izquierda, nuestros hombros se tocaran.

—Sophia —dice en voz baja—. Mírame.

Giro la cabeza. Sus ojos son pálidos con la luz de la mañana. Firmes. Sin parpadear.

—No voy a dejar que fracases —dice—. ¿Entiendes?

Asiento. No confío en mi voz.

Alarga la mano y toma la mía. Su palma está cálida. Sus dedos se cierran alrededor de los míos con una presión deliberada que hace que se me corte la respiración. No me suelta. Solo sostiene mi mano, me mira y espera a que deje de entrar en pánico.

Al final lo consigo.

—Está bien —digo—. Iré.

—Bien.

Suelta mi mano y se levanta.

—Hay un vestido en tu vestidor. Azul marino. Ponte ese.

—¿Ya lo habías elegido?

—Elegí todo el guardarropa. Todo lo que hay ahí es para situaciones como esta. Solo necesitas elegir lo que se ajuste a la ocasión.

Se va. Me quedo sentada en el sofá e intento procesar lo que acaba de pasar. Me tomó de la mano. Me dijo que no me dejaría fracasar. Tiene un vestido elegido para el jueves y yo ni siquiera sabía del jueves hasta hace cinco minutos. Todo está planeado. Todo está controlado. Debería sentirme atrapada. En cambio, siento algo más. Algo para lo que todavía no tengo nombre. Seguridad, tal vez. O simplemente que me ven.

El jueves llega más rápido de lo que quisiera. Paso los días intermedios explorando el penthouse, leyendo en la biblioteca y dibujando en mi habitación. Alexander está fuera la mayor parte del día, pero vuelve a casa para cenar cada noche. Nos sentamos a la mesa, me pregunta por mi día y yo intento pensar en cosas que decir que no suenen aburridas. Subí a la azotea. Leí un libro. Dibujé a la misma mujer con ventanas de ladrillo que llevo dos años dibujando.

Nunca hace comentarios. Solo escucha. A veces hace preguntas. Sobre el libro. Sobre el dibujo. Sobre si necesito algo. Siempre digo que no. Ni siquiera sé qué pediría aunque necesitara algo.

El jueves por la tarde estoy de pie en mi vestidor mirando el vestido azul marino. Es precioso. Sencillo. El tipo de prenda que hará que me mezcle sin desaparecer. Me lo pongo, me miro en el espejo e intento ver lo que Alexander ve. Una mujer de veintidós años que firmó un contrato y se mudó al penthouse de un multimillonario. Una mujer que o es muy valiente o está muy desesperada. No sé cuál de las dos.

Me maquillo de forma mínima. No quiero parecer que me esfuerzo demasiado. Me recojo el cabello. Sencillo. Elegante. Cuando bajo, Alexander está en la sala de estar con un traje oscuro. Levanta la vista cuando me oye y algo cruza su rostro. No exactamente una sonrisa. Algo más serio.

—Estás preciosa —dice.

—Gracias.

Se levanta. Cruza la habitación. Me ofrece el brazo.

—¿Lista?

—No.

La comisura de su boca se contrae.

—Bien. Yo tampoco.

Bajamos al coche y recorremos Manhattan en silencio. Miro la ciudad pasar e intento prepararme para lo que viene. Gente. Preguntas. Derek. Puedo hacerlo. He estado actuando toda mi vida. Una noche más no me matará.

La galería está en Chelsea. Pequeña. Cara. El tipo de lugar donde el arte es secundario a las personas que lo miran. Alexander me ayuda a salir del coche y me ofrece el brazo. Entramos juntos. La sala está llena. Doscientas personas, quizá. Todas con trajes oscuros y vestidos caros. Todas se giran para mirarnos cuando entramos.

Siento sus ojos sobre mí. Evaluándome. Juzgándome. Intentando ubicarme. La mano de Alexander encuentra la parte baja de mi espalda y la presión es ligera pero deliberada. Estabilizadora. Avanzamos por la sala y me presenta a personas cuyos nombres olvido al instante. Esta es Sophia. Encantado de conocerte. Sí, el arte es maravilloso. No, no habíamos estado aquí antes.

Sonrío. Asiento. Digo lo correcto. Dejo que Alexander me guíe por la sala como si fuera un mueble que está reorganizando. Nos detenemos frente a una escultura en el rincón del fondo. Algo abstracto. Inquietante. Estoy mirándola, intentando averiguar qué se supone que es, cuando siento que alguien nos observa. Me giro.

Derek está de pie a tres metros con una copa de champán en la mano y una sonrisa en el rostro que no llega a sus ojos. Se me cae el estómago.

La mano de Alexander en mi espalda se tensa apenas. La presión es un mensaje. No estás sola. Estoy aquí. No le des lo que quiere.

Derek se acerca. Sus ojos recorren mi cuerpo una vez. Rápido. Evaluador. Luego mira a Alexander.

—Alexander —dice—. Me alegra verte.

—Derek.

—Y Sophia —se gira hacia mí—. Te ves bien.

Lo dice lo suficientemente alto como para que el grupo más cercano lo oiga. Fingiendo preocupación mientras causa daño. «Te ves bien» significa que no deberías verte bien. Deberías estar destrozada. ¿Por qué no estás destrozada?

Siento que el viejo congelamiento comienza. El apagado. Se me cierra la garganta. Mi rostro se entumece. Abro la boca y no sale nada.

La mano de Alexander se tensa de nuevo. No estás sola.

Miro a Derek. Sostengo sus ojos. Digo lo único que se me ocurre.

—Gracias, Derek.

Nada más. Sin explicación. Sin defensa. Solo dos palabras pronunciadas con la calma plana de alguien que ha decidido no involucrarse.

Derek busca en mi rostro el estremecimiento que esperaba. No lo encuentra. Su sonrisa se vuelve frágil en los bordes. Mira a Alexander. Luego a mí.

—Me alegra verte —dice.

Luego se aleja. Lo veo marcharse. Me tiemblan las manos. Alexander mantiene su mano en mi espalda y me dirige hacia la barra. Pide un vaso de agua. Me lo bebo en tres tragos. Cuando mis manos se estabilizan de nuevo, dice:

—Lo hiciste bien.

—No hice nada.

—Exacto.

Lo miro. Me observa con algo parecido a aprobación en el rostro. O tal vez orgullo. No sé. Lo único que sé es que no me rompí. Derek esperaba que me rompiera y no lo hice. Se sintió bien. Mejor que nada en semanas.

Salimos de la galería a las diez. En el coche, Alexander está callado y yo estoy demasiado agotada para conversar. Nos sentamos en el asiento trasero con la ciudad pasando por las ventanillas y pienso en el rostro de Derek cuando no me estremecí. En la forma en que Alexander mantuvo su mano en mi espalda todo el tiempo. En el hecho de que sobreviví a mi primera aparición pública y no lo avergoncé.

Miro a Alexander.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no soltarme.

Me mira durante un largo momento. Luego dice:

—No tengo intención de hacerlo.

Algo en mi pecho se abre. No se rompe. Se abre. Como una ventana que ha estado pintada cerrada durante años.

Cuando llegamos a casa, voy a mi habitación y me tumbo en la oscuridad repasando la noche. El rostro de Derek. La mano de Alexander. La forma en que no me rompí. Tal vez esto era lo que siempre había sido el contrato. No posesión. Protección.

Me duermo pensando en la voz de Alexander en el coche. No tengo intención de hacerlo. Suena como una promesa.

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