MasukEl silencio en la finca no era natural. Era el tipo de silencio que se siente cuando el pasado se sienta contigo en la misma mesa.
Vincent estaba en el despacho de su padre. Un lugar que apestaba a poder, a historia, a secretos. Las paredes estaban cubiertas de cuadros antiguos: puros hombres. Hombres que construyeron, destruyeron, y que sabían que su legado valía más que su mo
(Desde la perspectiva de Vincent)El Club de Medianoche estaba más vivo que nunca. Las luces tenues y el aroma a madera y whisky costoso se mezclaban con las carcajadas falsas de los hombres ricos y los susurros seductores de las mujeres que sabían exactamente a quién seducir y cuándo. Era un ecosistema perfecto, peligroso y excitante. Mi hogar, mi imperio.Pero esa noche, algo no encajaba.Estaba sentado en el balcón interior, con una copa de vino en la mano —vino de mi propia cosecha, por supuesto— observando la pista de abajo. Los rostros habituales estaban ahí, los mismos tiburones, las mismas ovejas disfrazadas de lobos. Pero… había algo distinto. Un movimiento torpe, una mirada que no encajaba, una sonrisa forzada de más.No era paranoia. Era intuición.Y la mía rara vez fallaba.—¿Todo bien, jefe? —me preguntó Leo, uno de mis hombres de confianza, acercándose con la discreción que lo caracterizaba.—¿Ves algo extraño esta noche?Él miró un par de segundos y luego negó.—No más
Otros eventos más... no quería asistir solo por el hecho de encontrarmela siempre y no poder hacer nada.Había algo en el ambiente que no me dejaba respirar con tranquilidad. No era el evento en sí, ni los fans, ni siquiera los flashes constantes de las cámaras. Era esa sensación que se me colaba bajo la piel, como si alguien me estuviera observando con más intención de la debida.Vincent me tomó de la mano justo antes de subir al pequeño escenario donde firmaría libros y daría algunas palabras. Su toque era firme, como si supiera que yo estaba por desmoronarme por dentro.—Estás hermosa —me dijo al oído.Le sonreí, pero sentí que no me salía del todo natural.—Gracias... pero hay algo raro aquí —respondí, barriendo la sala con la mirada.Lo supe en cuanto vi esa figura en la esquina del salón. Una mujer con un vestido ajustado negro, lentes oscuros y una bufanda roja que le cubría parte del rostro. Estaba sola, parada junto a la barra. Fingía mirar su copa de vino, pero su atención..
—¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó Juliette, sentada en la penumbra del club, sus dedos jugando con el tallo de una copa de vino tinto.Él no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el suelo, la mandíbula apretada y el ceño fruncido con esa mezcla de rabia, vergüenza y culpa que solo un traidor podía cargar sin saberlo aún. Era un silencio espeso, uno que gritaba más que cualquier palabra.—Tú lo sabes —dijo ella suavemente, con una sonrisa tan afilada como un bisturí—. Sabes que no mereces vivir bajo su sombra. Él te utiliza. Siempre lo ha hecho.El nombre de Vincent cayó como plomo entre ellos. Juliette lo pronunciaba con un desdén elegante, venenoso, como si supiera exactamente qué venas tocar para envenenar lentamente el alma de su interlocutor. Y en el caso de él, funcionaba. Porque ella no solo sabía qué decir. Sabía cuándo. Y sabía cómo hacerlo ver como la única opción racional.Él levantó la vista. Tenía la mirada de un hombre que acababa de matar a alguien…
La lluvia caía con una furia contenida sobre la ciudad mientras los cristales del club temblaban suavemente con cada truenazo. En el interior, sin embargo, el ambiente era cálido, casi sofocante, por la mezcla de luces doradas, vino derramado y secretos que nunca debieron salir a la luz.Vincent estaba en su oficina privada, con las mangas de la camisa enrolladas y los dedos manchados de tinta. El informe estaba sobre el escritorio: Juliette había sido vista en la ciudad otra vez. No solo eso. Había entrado en contacto con alguien del círculo íntimo de Vincent. Un traidor.—Ella está moviendo las piezas demasiado rápido esta vez —murmuró, más para sí mismo que para Matteo, su guardaespaldas, que lo observaba desde la puerta.—¿Quiere que lo elimine?— preguntó Matteo, directo como siempre.Vincent lo pensó. Por un segundo largo. Pero negó con la cabeza.—Aún no. Quiero saber qué planea. Y con quién. No actúa sola.Del otro lado de la ciudad, Havana se encontraba en su apartamento, revi
— “Cuando vuelva, haré que olvides cada página que hayas escrito…” —susurró él antes de desaparecer por la puerta.Y ahí me quedé yo.Con la blusa abierta, el cuerpo aún temblando y la cabeza dando vueltas como si acabara de salir de una montaña rusa emocional… con parada de emergencia.— Fantástico —murmuré, abrochándome lentamente la blusa y mirando hacia la biblioteca como si el cuero del sofá todavía riera de mí.Vincent había salido como un vendaval a resolver algo “grave”, y yo me había quedado justo en el clímax. Literal y literario. Estaba en shock hormonal. No sabía si llorar, reír o abrir otra botella de vino.— Bien, Havana, ¿y ahora qué? —me pregunté a mí misma, en voz alta, como si mi cuerpo fuera un personaje más de mis novelas.Caminé descalza por la biblioteca, deteniéndome frente a los libros que él había acomodado con tanto cuidado. Los míos. Todos los títulos que publiqué en mis años buenos. Cada uno con anotaciones, post-its, frases subrayadas.Había amado mis libr
Me despedí de mi madre con un beso suave en la frente y la promesa de volver pronto. El chofer me esperaba afuera con una sonrisa discreta y la puerta del auto abierta. El trayecto de regreso fue silencioso, pero en mi mente se repetía una sola cosa: el mensaje de Vincent.“Te compré algo. No es sexual esta vez. Bueno... un poco.”Llegué al apartamento que compartíamos desde hacía un tiempo. Todo estaba como siempre: limpio, ordenado, silencioso... excepto por el suave sonido de jazz que provenía del salón principal. Entré sin anunciarme, y lo vi.Vincent estaba de espaldas, sirviendo dos copas de vino. Iba sin chaqueta, la camisa blanca remangada hasta los codos, el reloj de lujo brillando bajo la luz cálida del candelabro. Se giró al oírme.—Estás justo a tiempo —dijo, entregándome una copa.—No puedo creer que no me hayas recibido con un consolador esta vez.—Te juro que consideré enviarte otro, pero quise variar el concepto. Innovación sensual, le llaman.Le di un sorbo al vino y







