Papá soltero en apuros. ¡Niñera al rescate!

Papá soltero en apuros. ¡Niñera al rescate!

last updateLast Updated : 2026-05-27
By:  Sofía de OrellanaCompleted
Language: Spanish
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Liam Cavalli tiene tres reglas de oro: cerrar tratos millonarios antes del almuerzo, nunca dormir dos veces con la misma mujer (a menos que le guste mucho) y jamás, bajo ninguna circunstancia, dejar que nada arruine su vida de soltero codiciado en su pent-house de lujo. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido y se lo demuestra dejando una cesta de mimbre en su puerta. ¿El contenido? Una bebé de ojos familiares, una nota y la amenaza de pañales sucios que podrían destruir su alfombra de diseñador. Liam sabe de acciones, de edificios y de modelos de pasarela, pero no tiene la menor idea de qué hacer cuando su «paquete sorpresa» decide que la madrugada es la hora perfecta para un concierto de llanto. Desesperado y al borde de un colapso nervioso en el pasillo de pañales, Liam encuentra a su salvación... o a su mayor pesadilla. Abril no tiene ni para el pan, pero le sobran agallas y conocimientos sobre bebés. Cuando ve a ese pobre padre solitario peleándose con una lata de fórmula láctea como si fuera una bomba de tiempo, no puede evitar intervenir. Lo que empieza como un rescate de emergencia en el súper, termina con Abril viviendo en el pent-house de Liam para evitar que el magnate incendie la cocina tratando de esterilizar un biberón. Entre pañales, novias celosas que huyen al ver un cochecito y una atracción que quema más que el café hirviendo, Liam descubrirá que, aunque puede comprarlo todo, lo que realmente necesitaba era a la niñera que le enseñará que ser padre no es un negocio... pero enamorarse de ella sí que es un riesgo que está dispuesto a correr. ¿Podrá sobrevivir a una bebé de seis kilos y a la mujer que ha puesto su mundo de cabeza?

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Chapter 1

Capítulo 1: Se llama Mía

El sol de la mañana se filtra con una crueldad innecesaria a través de los ventanales de cristal templado, golpeando directamente en los ojos de Liam Cavalli.

Gruñe, enterrando el rostro en la almohada de seda, pero el martilleo en sus sienes es persistente, rítmico y despiadado. La noche anterior ha sido una mezcla borrosa de contratos que al fin cerró, modelos de piernas infinitas bailando para él y luego, un par de esas mismas piernas se posaron en sus hombros.

Se incorpora con lentitud, sintiendo que el cerebro le rebota contra las paredes del cráneo. El departamento, una oda al minimalismo y al lujo frío, carente de eso que llaman «hogar», justo en el corazón de la ciudad, está en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido del purificador de aire.

—Maldita sea... —murmura con la voz rasposa.

Mira a todos lados, se pone de pie, ignorando la ropa tirada en el suelo. Ahora mismo no le importa su camisa de mil dólares que parece ser un trapo arrugado, solo camina descalzo por el pasillo hacia el bar de nogal.

No busca agua, ni café, ni aspirinas. Sus dedos largos y firmes rodean el decantador de cristal. El líquido ámbar cae en el vaso con un sonido cristalino que, a sus oídos, suena como una campana de iglesia.

Bebe el primer trago de whisky sin hielo. El ardor en la garganta le devuelve algo de lucidez. El alcohol quema la neblina de la resaca, permitiéndole enfocar la vista en su teléfono, que brilla sobre la encimera oscura.

Lo desbloquea y marca un número mientras se encamina hacia el ventanal, contemplando el tráfico de la mañana desde su trono de cristal.

—¿Dante? —dice Liam en cuanto contestan—. Sí, ya sé qué hora es. No te pago para que me importe tu horario de sueño.

Al otro lado de la línea, su asistente parece acostumbrado al mal humor matutino de su jefe.

“Buenos días para usted también, señor Cavalli. Supongo que la fiesta de la constructora terminó tarde.”

—Terminó cuando yo quise que terminara —responde Liam, dando otro sorbo al whisky—. Escúchame bien. Quiero los informes de la auditoría de «Logística Miller» en mi correo antes de las diez. Y llama a los abogados, quiero esa cláusula de rescisión revisada para el mediodía. Si el viejo Miller cree que puede retirarse con el cuarenta por ciento de las acciones, es que todavía está borracho, y eso que el que bebió anoche fui yo.

“Me pongo en ello de inmediato. ¿Alguna otra cosa?”

Liam se rasca la nuca, sintiendo la tensión en los hombros.

—Agenda una cena en el L’Atelier. No sé, llama a la chica con la que dormí anoche... ¿Cómo se llamaba? ¿Vanessa? ¿Valeria? La que tenía el tatuaje en el tobillo. Dile que la paso a buscar a las nueve. Y suspende la reunión con los inversores de Tokio, no tengo paciencia para traductores hoy.

“Entendido. Por cierto, su madre llamó tres veces...”

—Ignórala. Si quiere hablar de nietos o de casamientos, que compre un perro, con uno de esos puede hacer lo que quiera. Nos vemos en la oficina en dos horas.

Cuelga sin despedirse, deja el vaso vacío y se dirige al baño. El vapor del agua caliente empieza a llenar el espacio mientras él se observa en el espejo. A pesar de la mala noche, sigue siendo el tipo que las revistas de negocios tachan de «Depredador» y las de moda de «El soltero más codiciado». Tiene treinta y dos años, una cuenta bancaria que marea y la absoluta convicción de que no necesita a nadie en su vida.

Se da una ducha rápida, dejando que el agua helada al final le termine de despertar los sentidos. Sale de la ducha y se enrolla una toalla blanca a la cintura, dejando su torso marcado y húmedo al descubierto. Mientras se seca el pelo con otra toalla más pequeña, escucha un sonido que no encaja en su rutina.

Se detiene en seco y frunce el ceño. Nadie sube al penthouse sin pasar por el conserje, a menos que tenga una tarjeta de acceso autorizada. Y el conserje solo puede dejar subir correo especial y chicas hermosas.

—¿Quién demonios...? —masculla, pensando que quizá alguna de sus conquistas olvidó algo o, peor aún, que su madre decidió ignorar sus advertencias y presentarse sin aviso.

El timbre suena de nuevo, esta vez con una insistencia que le irrita los nervios. Liam camina por el pasillo de mármol, dejando huellas húmedas a su paso. Llega a la puerta principal y la abre de golpe, listo para soltar una reprimenda que asuste a quien sea que esté del otro lado.

—Te dije que no vinieras sin avi...

Las palabras se le mueren en la garganta. No hay nadie en el pasillo. Al menos, nadie a la altura de sus ojos.

Liam parpadea, confundido. Mira a la izquierda y a la derecha del corredor alfombrado. El pasillo está desierto. Está a punto de cerrar la puerta, pensando que es una broma de mal gusto o algún vecino molesto, cuando un sonido agudo y pequeño llega a sus oídos.

Baja la vista con lentitud, como si tuviera miedo de lo que va a encontrar.

Y sí, es justo lo que piensa que es.

Allí, justo a sus pies, hay una cesta de mimbre forrada con una manta rosa que ha visto mejores días. Dentro de la cesta, un bulto se mueve con energía. Dos manos diminutas se agitan en el aire, y unos ojos grandes, todavía nublados por el llanto, lo miran con una intensidad que le hiela la sangre.

Es un bebé. Un ser humano pequeño, ruidoso y muy real.

—¿Qué carajo...? —Liam retrocede un paso, como si la cesta fuera una bomba de tiempo.

Su corazón, que normalmente late al ritmo de las fluctuaciones del mercado, da un vuelco violento. Mira de nuevo hacia el pasillo, esperando que alguien salga de las sombras gritando «¡Sorpresa!», pero el silencio es su única respuesta.

Nota que, prendido a la manta con un alfiler de gancho, hay un sobre blanco.

Con manos temblorosas, Liam se agacha, cuidando que la toalla no se le caiga, y toma el papel. El olor a talco y a algo ligeramente ácido lo golpea.

Abre el sobre y nota que la letra es apresurada, elegante, pero nerviosa.

«Liam, ya no puedo más. Lo he intentado, pero no tengo nada que ofrecerle y tú lo tienes todo. Se llama Mía. Es tu hija. La noche de hace diez meses en el hotel de Capri no fue solo una aventura para mí, pero aquí tienes el resultado. Por favor, no la odies por mis errores. M.»

Liam lee la nota una, dos, tres veces. Siente que el ático empieza a dar vueltas y no sabe si esta vez se emborrachó demasiado o si se volvió loco.

Pero ninguna de las dos opciones parece ser la mejor, porque la bebé no se esfuma como debería suceder.

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Alejandra Dessens
Alejandra Dessens
Es una historia tan linda... me encanta el personaje de Abril y disfruto mucho leyendo cada capitulo
2026-06-12 08:23:01
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0
Jeda Clavo
Jeda Clavo
Me encantó esta historia
2026-06-12 01:15:28
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Lisbeth Janeth
Lisbeth Janeth
Creo que me deja mal sabor de boca el final Merexia mas; una historia tan bella merecia más xosas por ejemplo abríl casándose con un vestido blanco bello
2026-05-28 12:32:33
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Lisbeth Janeth
Lisbeth Janeth
Necesito más ño se puede terminar asi tan abrupta
2026-05-28 12:30:08
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Mari Alvia
Mari Alvia
un lindo final muchas gracias 🫂🫂🫂
2026-05-27 09:36:12
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