LOGINMe dejó exhausta. Estaba complacida y en las nubes. Esta locura era mucho mejor que darme placer yo misma. Ya no me importaba nada, me daba igual quien era. Solo me importaba la manera en que me hacía sentir, la forma en que me miraba, me hablaba y me tocaba, como me hacía sentir deseada.
Aproveché que estaba en el baño y me di una ducha. No quería quitarme las huellas que dejó su piel al tocarme, no quería borrar nada, pero estaba hecha un asco. Me había corrido tanto que el charco molestaba entre las piernas. Mi piel estaba cubierta por una capa de sudor y mi pelo era un nido de pájaros. Tomé una buena ducha, una que dejó mi piel y mi pelo oloroso, después me unté crema por todo el cuerpo, me puse perfume y me coloque otra de mi lencería favorita, era de color rojo pasión. Mi pelo también lo sequé y lo acomodé. Me busqué un vestido provocativo que gritara "fóllame". Porque estaba harta de esperar, era lo que quería, para que andar con juegos a estas alturas. Las últimas dos horas en el reloj se me hicieron eternas. Pero en cuanto dieron las doce menos cinto, agarré las llaves de mi casa y salí a escondidas. No me importaba que mi familia me viera salir a esta hora, lo que no quería es que supieran que me dirigía para la casa del nuevo vecino. Ese al que me mandaron a llevarle un pastel de bienvenidas y más bien el recibimiento me lo lleve yo. A las doce en punto estaba frente a su puerta, solo cargaba la ropa que llevaba puesta y las llaves entre las tetas. Antes de tocar el timbre la puerta se abrió dando paso a un torso desnudo y unos pantalones deportivos. Su rostro reflejaba la ansiedad de la espera para saciar el deseo. Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo y algo en ellos se encendió, se prendió esa mirada que grita "te quiero comer". Se hizo a un lado para que pasara y cerró la puerta con seguro. Yo caminé hacia la mesa del recibidor para dejar las llaves de mi casa. No perdió tiempo, me dio la vuelta y se lanzó a besarme. No hubo un hola, que tal, cómo estás, tampoco había necesidad, ambos sabíamos para que me había citado aquí esta noche. Enrede mis manos en su cuello y me entregue a un beso lleno de pasión, un beso que hablaba más de lo que habíamos hablado nosotros. Me levantó las piernas y me cargó a horcajadas. Empezó a caminar hacia algún lado, su boca decendió a mi cuello y repartió besos húmedos que me hicieron estremecer. Ya sentía como mis bragas empezaban a mojarse. Logro distinguir que estamos subiendo escaleras por el movimiento de sus piernas. Paseo mis manos por los brazos que me cargan, grandes y duros. Las suyas sostienen mis muslos, pero sus dedos están totalmente estirados queriendo llegar a mis nalgas. No ha dejado de darme besos en el cuello y confieso que eso es mi debilidad, por lo que ya siento como mi concha se ha mojado para él. También dejó uno que otro chupón. —No aguanto más —susurra en mi oído. Mi espalda choca contra una pared. Me suelta las piernas para que me quede de pie, me da la vuelta y siento que se agacha. El vestido ya se me había subido casi completo dejando todo mi culo al descubierto, y ahora lo tenía delante de su cara. Doy un respingo al sentir una nalgada. Me muerdo el labio inferior. Me besa una de las nalgas mientras la otra es amasada. Sus dedos agarran el borde de mis bragas y las retiran lentamente. —Provocativa y de rojo —me dice al oído mientras me muestra mis braguitas—. Tú me quieres volver loco. Sonrío. Me da la vuelva y mis labios se curvan aún más al ver el deseo en sus ojos. La acerca a su nariz e inhala profundo. —Lo estás logrando. Tu olor me encanta. Pero te estás portando mal —siento mi pecho vibrar. Lanza mis bragas al suelo y en un rápido movimiento baja sus deportivos. Su miembro me saluda bien erecto y bien duro. Me vuelve a cargar y me sujeto con los pies a sus pompas. Lo siento punzando contra mi hoyo, duro, caliente. Su rostro desborda malicia y entra en mí de una sola estocada. Mi gemido es ahogado, de sorpresa, mis ojos en blanco y mis uñas en sus hombros. —Tu castigo ha comenzado —susurra sobre mis labios y me besa. Me siento llena, mis paredes cubren toda su polla. No espera a que me adapte, se separa pero sin salir por completo y vuelve a adentrarse en mí, una y otra vez. Los gemidos escapan y esta vez no me contengo. —Eso es. No te calles. Hazme saber cuanto lo deseabas. Su tono ronco contiene lujuria. Mis dedos se enredan en su pelo y tiro de su cabeza hacia atrás para mirarlo directo a los ojos. Sonreímos con complicidad. Entra a la habitación mientras me sigue moviendo encima de él. El aire frío de la habitación contrasta con el calor de nuestros cuerpos. Se sienta en la cama dejándome al mando. —Quiero ver como la puta de mi vecina me folla. Quiero que te la metas toda. —Tú lo que quieres es que te destroce la verga maldito —siseo mientras me acomodo y una risa ronca brota de su garganta. Comienzo a meterla lento pero en círculos. Sus manos se posan en mis tetas, me pellizca los pezonos y juega con ellas, consiguiendo que se pongan más respingadas. Jadeo del placer que me da sentirlo completo dentro de mí. Repito el movimiento y poco a poco me muevo más rápido. —Eres toda una jinete en el caballo de tu vecino. Sus palabras me prenden aún más. Apoyo las manos sobre su pecho y me arqueo todo lo que puedo buscando que su polla choque en el punto más sensible de mi interior. Siento su tacto en mi clitoris y lo miro por un segundo antes de darle vuelta a los ojos. Mis movimientos son más profundos y concisos, tengo un solo objetivo. Su dedo pulgar da vueltas en mi clítoris. Un poco de presión, otro choque y otra vuelta, mi vagina se tensa y luego exploto, mis piernas tiemblan, mis manos golpean su pecho, la suya libre me agarra del cuello, mi mente está en blanco, solo siento el pacer que me llena y como mi coño se corre sobre su polla. Suelto el aire retenido y él habla. —Colócate como la perra que eres. Me quita de encima, pero las piernas me tiemblan. No me puedo sostener bien. Apoyo mis codos en la cama para ayudarme y mi espalda queda completamente arqueada, y mi coño y mi culito respingados para él. Entra en mí y me folla sin pudor, duro, fuerte, con sus manos en mis caderas para intensificar la profundidad. Cierro mis puños en las sábanas. Ya me encuentro débil y está haciendo que me ponga peor. Me encanta. Soy una jodida golosa. Una nalgada, un gemido brutal de mi parte y un jadeo del suyo, otra nalgada. —Más. ¡Dame más! —exijo como si no estuviera desecha. Mi coño esta más húmedo que nunca. Su polla entra y sale sin ninguna dificultad, su falo resbala hacia mi interior. —Te voy a llenar de leche puta—sisea entre dientes— ¡Te voy a llenar ese coño con tanta leche hasta que quedes saciada! —¡Dame esa leche ya, Paul! —pido desesperada, mientras mi orgasmo inicia. —Coge puta. Su verga se incha en mi interior y lo siento más caliente. Sus manos y sus piernas tiemblan al compás de las mías, no para de moverse hasta que vacía todo en mi interior. Se separa y se acuesta boca arriba en la cama, mientras que yo me estiro boca a bajo, sintiendo como mi coño chorrea ensuciando las sábanas. —A partir de ahora, ese coño será solo mío y yo te complaceré en todo lo que quieras. Sonrío a su orden. Me gusta ese trato.La mujer se levantó de la cama, respiró hondo y se dirigió el baño. Se echó un poco de agua en la cara y se observó en el espejo. Se notó cansada, pero no de trabajar, estaba cansada de intentarlo y no lograrlo, de sentir que retrocedía en vez de avanzar. Sus ojos estaban apagados, sus labios unidos por una línea fina, muy recta. Miró a la cama, su marido yacía dormido en ella. Le había hablado hacía a penas un minuto y ya estaba dormido, roncando incluso, como si se hubiera acostado hace una hora. Volvió su mirada al espejo y suspiró. Miró la hora en el reloj que siempre llevaba en la muñeca, eran casi las 12 de la madrugada. La idea pasó por su cabeza, y esta vez no se negó. Corrió al closet y buscó el vestido que se había comprado hace mucho, pero aún no había usado. Se lo puso y se miró en el espejo de cuerpo completo. Se observó de arriba a abajo y tragó saliva al ver que le gustaba lo que estaba viendo. Su cuerpo ceñido en un vestido rojo, pegado al cuerpo marcando cada cur
Se hundió en ella de una sola estocada. Fuerte, rápida, precisa, profunda, metiendo todo el largo de su falo hasta que sus huevos chocarán contra ella. Amelia soltó un jadeo ahogado demasiado alto, producto de la sorpresa de sentirlo meterse, en un solo movimiento, completamente en su interior. Alexander sonrió, solo curvando una de las esquinas de sus labios. Le había gustado aquello. Sentía su interior caliente apretando su polla, mientras que Amelia se sentía llena por completo. Apretó fuerte sus caderas, elevándolas todo lo que podía, y comenzó a desplazarse lentamente en su interior. El movimiento era tan lento que para ella era una tortura. La exitación se elevaba al máximo, pero también sus ansias de volver a sentirlo completo. Podía sentir cada milímetro de su miembro entrando en ella, pero no llegaba a hundirse completo. Ella gemía bajito, él sonreía con malicia. Ahora era él quien tenía el control. —Más —susurró, él la ignoró— Más, quiero más —repitió más alto. Int
Ambos caminaron directo a la habitación de él. Alexander le agarraba el brazo con fuerza mientras que ella tenía una pequeña sonrisa pintada en el rostro. Cayó sentada en la orilla de la cama cuando él la soltó de un empujón. —Ay —se quejó, borrando la sonrisa y frunciendo el ceño en dirección a él. Su padrastro se quedó parado en el medio de la habitación por unos segundos, observando el suelo. Pensando en lo que estaba haciendo y en lo que no debía hacer. Se desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera. Ya era demasiado tarde. Se pasó las manos por el pelo varias veces y se dirigió a una de las puertas. Amelia lo observaba callada, lo vió perderse tras la puerta del vestidor. Era la habitación de su madre, la conocía bastante. Apareció a los dos minutos con algo en la mano. Pudo verlo mejor cuando se acercó a ella. Eran cuerdas. —Acuéstate en el medio de la cama —ordenó, caminando hasta la cabecera de la cama. —¿Por qué? —preguntó mientras lo veía amarrar la cue
Alexander bajó hasta meter la cabeza entre sus piernas. Las abrió exponiéndola completamente a él. Se acercó y la probó. Un lenguetazo fue suficiente para el probar la gloria, suficiente para que ella gimiera. Siguió una y otra vez deleitándose con su sabor y sus gemidos. Sus manos subieron por su abdomen hasta agarrarle los senos y apretarlos. Su lengua experta se movía con experiencia sobre su coño, deteniéndose en su clítoris, succionando, moviéndola de un lado a otro y en círculos. —A... Ale... ¡Ah! ¡Alexander! Gimió ella sin siquiera taparse la boca, sin que fuera bajito, sin ocultarlo. Total, nadie los escucharía, nadie los iba a ver o a interrumpir. Le encantó escucharla gritar su nombre en un gemido, pero ansiaba escuchar otra palabra. Amelia se sentía en el mismísimo cielo. Jamás le habían hecho un oral de esa manera, con tanta hambre, tanto control, tanto deseo. Levantaba su cadera y se agarraba de las sábanas con fuerza. No quería que se alejara. Eso era lo que tant
La llamada había transcurrido bien. Ambos se comportaron como si no estuviera ocurriendo nada extraño entre ellos. Para la madre de Amelia, aquellos dos estaban conviviendo en la casa como dos personas decentes, como familia. Se encontraba totalmente ajena a las provocaciones de su hija para su marido, de las erecciones que él había tenido y de las veces que se sacó semen pensando en su hija. Para esa mujer, todo transcurría perfecto. Aquellos dos habían cogido diferentes direcciones dentro de la casa luego de la llamada. Cada uno ocupando su cabeza en sus cosas, él la volvía a evitar y ella intentando sacarlo de su cabeza, pero no podía. Aquella atracción que sentía por él era más fuerte que ella. Ya era tarde, casi media noche cuando Alexander decidió que era mejor irse a dormir que estar pasando los ojos por encima de papeles que ni siquiera estaba analizando en realidad. Recogió la mesa de su escritorio y se dirigió a su habitación convenciéndose a sí mismo que Amelia ya estab
Habían pasado más de 24 horas en las que Alexander y Amelia no se habían cruzado. Él se había ido de la casa y aún no había regresado. La estaba ignorando todo lo que podía y la mejor forma era no estar cerca. Amelia, sin embargo, esperaba con ansias volverlo a ver. Quería provocarlo y ver como reaccionaba. Se preguntaba si sería igual después de haberse tocado pensando en ella, con su tanga en su mano llenándola de leche. Eran las siete de la noche cuando el auto de Alexander se escuchó entrando al garaje. Amelia había escuchado el ruido, lo conocía a la perfección. Corrió a abrir la puerta de su habitación, luego agarró el espejo de cuerpo completo y lo colocó frente a la pared que quedaba frente a la puerta, lo alineó con esta para que se viera perfectamente. Se quitó la ropa y la lanzó al otro lado de la habitación. Se quedó solo en ropa interior. Se soltó la coleta que tenía en el pelo y lo acomodó. Después fue a verse frente al espejo, era imposible que no la viera ahí. Ale







