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Capítulo 2: El encuentro 2

작가: Déesse
last update 게시일: 2026-09-06 03:58:28

Elara

La tomo de nuevo, los dedos manchados de mi propio deseo. El sobre está sellado con un lacre rojo, intacto. Como una promesa. Como un desafío.

—De acuerdo —murmuro, la voz quebrada—. De acuerdo, joder.

Me levanto, me arranco la bata y me dirijo al armario. Mis manos hurgan entre las telas, buscándolo. El vestido que nunca me atrevo a llevar. El que compré en un arrebato de locura, una noche en la que el vino hablaba por mí.

Negro. Ceñido. Con una abertura tan profunda entre los pechos que roza la indecencia. La tela se desliza sobre mi piel como una caricia, abrazando cada curva como si hubiera sido hecha para mí. Para ellos. No tengo sujetador que combine, ¿para qué? Mis pezones ya perforan la tela, dos pequeños puntos duros, obscenos. Paso los dedos por mi cabello, dejándolo caer en ondas desordenadas, y luego me pongo unos zapatos de tacón negros, tan altos que me tambaleo.

En el espejo, no me reconozco.

La mujer que me mira tiene las mejillas rosadas, los labios hinchados, los ojos brillantes con una fiebre que ya no puedo negar. Parece lista. Lista para ser devorada.

Tomo mi abrigo largo, de lana, y salgo a la noche.

La Academia se alza al final de un sendero bordeado de robles nudosos. El edificio en sí es una pesadilla de piedra negra y vitrales rojos, las ventanas iluminadas por un resplandor dorado que parece respirar. Como si algo, ahí dentro, me estuviera esperando.

Subo los escalones. La puerta, maciza, está esculpida con cuerpos y bocas que casi se mueven cuando parpadeo. Llamo.

Silencio.

Luego un chirrido. La puerta se entreabre sola. El aire caliente que escapa está cargado de almizcle y sexo. De sudor. Y de un olor cobrizo... sangre.

Empujo la puerta y entro.

El vestíbulo circular parece una catedral perversa. Las paredes de terciopelo burdeos, los cientos de velas, las sombras que bailan como amantes. En el centro, una mesa de mármol negro llena de objetos... látigos, pinzas, un collar de cuero con tachuelas de plata.

—Llegas tarde.

Me giro.

Isadora. Enfundada en un vestido de látex negro, apoyada contra un pilar. Su cabello rubio hielo cae en cascadas, sus labios rojos demasiado rojos.

—Yo... no sabía que había una hora —balbuceo.

Ella se ríe, avanza, sus tacones repicando como latigazos. Retrocedo, pero el muro me bloquea. Está contra mí, tan cerca que siento su calor.

—Sabes muy bien por qué estás aquí, pequeña —dice trazando mi mandíbula con la punta de un dedo—. Sientes lo que este lugar te provoca. Lo veo.

Su dedo desciende sobre mis pechos, encuentra mi pezón, lo pellizca. Contengo un aliento tembloroso.

—Estás mojada, ¿verdad? Jugaste contigo misma leyendo esa carta. Te metiste los dedos imaginando lo que te haríamos.

—No...

—Mentirosa.

Su mano se hunde bajo mi vestido. Me sobresalto, un grito ahogado. Sus dedos helados suben por mi muslo, encuentran mis bragas empapadas, y luego se hunden en mí sin previo aviso.

—Joder...

Me arqueo, mis uñas arañando el terciopelo, mis caderas buscando su mano. Me trabaja sin piedad, sus falanges frotando mi punto sensible.

—Estás tan estrecha, pequeña. Tan caliente. ¿Vas a correrte así, de pie en la entrada, como la putita que eres?

Niego con la cabeza pero mi cuerpo dice que sí. Estoy lista para explotar...

—Basta.

La voz restalla como un trueno.

Isadora retira sus dedos. Yo me tambaleo. Ella los lame lentamente, saboreando.

Levanto los ojos.

Kael. En lo alto de una escalera de caracol. Traje negro perfecto. Pómulos altos. Mandíbula cuadrada. Y esos ojos, azul pálido casi blanco. Hielo. Muerte.

—Bienvenida, Elara —dice con una voz suave y peligrosa—. Estás aquí para aprender.

Tiemblo de excitación.

Isadora ríe detrás de mí.

—Oh, tiene tanto que aprender. Mírala. Va a correrse solo con verte.

Me sonrojo pero no aparto los ojos. No puedo. Kael baja la escalera, cada paso controlado. Al llegar frente a mí, roza mi mejilla con el dorso de los dedos. Su piel está fría. Demasiado fría.

—¿Tienes miedo? —murmura.

—No.

—Deberías.

Su mano se cierra alrededor de mi garganta, solo lo suficiente para sentir mi pulso. Gimo, y sus pupilas se dilatan.

—Ven —ordena soltándome—. Tu primera lección comienza ahora.

Isadora se ríe entre dientes. Lo sigo, las piernas temblorosas.

En algún lugar entre las sombras, alguien gime.

Sé que no saldré de aquí intacta.

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