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Capítulo 3: El comienzo

Author: Déesse
last update publish date: 2026-09-06 03:59:53

Elara

El aula está sumida en una penumbra espesa, solo perturbada por el resplandor titilante de las velas dispuestas sobre las estanterías polvorientas. Sus llamas danzan, proyectando sombras deformadas en las paredes, como si los fantasmas de las lecciones pasadas nos observaran, ávidos de espectáculo. Mi aliento es corto, casi sofocado por el aire denso, cargado de un perfume embriagador de cuero, perfume almizclado y ese olor acre, casi metálico, del deseo que crece entre nosotros. Estoy de pie en el centro de la sala, las piernas ligeramente temblorosas bajo mi vestido negro ceñido, la tela pegada a mi piel sudorosa. Cada movimiento hace estremecer la profunda abertura del escote, como una invitación silenciosa.

Isadora está frente a mí, su cuerpo envuelto en ese vestido de látex que se ajusta a cada curva como una segunda piel. Su cabello rubio, casi blanco bajo la luz vacilante, cae en cascada sobre sus hombros en ondas perfectas, contrastando con el rojo sangre de sus labios. Me mira fijamente, sus ojos verdes fríos como hielo sobre un lago negro, y siento su mirada atravesarme, diseccionarme, como si pudiera leer cada pensamiento vergonzoso que cruza mi mente.

—Elige, Elara —murmura, su voz suave y arrastrada, como miel envenenada—. ¿Quieres dominar... o ser dominada?

Las palabras resuenan en mí, cargadas de promesas y amenazas. Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo, ese ritmo sordo, desesperado, que traiciona mi excitación mucho más que mi miedo.

Detrás de mí, Kael se mueve. Lo oigo antes incluso de sentirlo, el roce del cuero de su cinturón que deshace lentamente, metódicamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si yo ya le perteneciera. El sonido del metal deslizándose por las presillas me hace estremecer, y aprieto los puños para contenerme de girarme, de suplicarle, ¿qué? No lo sé. ¿Que me toque? ¿Que me perdone?

El primer contacto de sus dedos en mi cintura desnuda me hace sobresaltar. Ha deslizado su mano bajo el dobladillo de mi vestido, su piel ardiente contra la mía, y siento que mis rodillas flaquean.

—Estás temblando —constata Isadora, una sonrisa cruel estirando sus labios—. Es buena señal.

Sus dedos rozan mi cuello, subiendo hasta mi mandíbula, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, a exponer mi garganta.

—Tus límites no son más que ilusiones —susurra, tan cerca que su aliento caliente acaricia mi oreja—. Y vamos a romperlos, uno a uno.

Luego tira.

Un destello de dolor me atraviesa el cuero cabelludo cuando sus dedos se enredan en mi cabello, apretando lo bastante fuerte como para hacerme hacer una mueca.

—De rodillas —ordena.

No tengo elección. Me empuja hacia delante, obligándome a inclinarme sobre el escritorio antiguo frente a nosotros, la madera fría y dura contra mis caderas. Mi vestido se sube, expone mis muslos, y siento el aire fresco sobre mi piel desnuda, justo antes de que la mano de Kael se pose allí, ancha, posesiva.

—Joder —susurro, los dedos aferrados al borde del mueble, las uñas clavándose en la madera.

Él desliza sus dedos más arriba, rozando el encaje húmedo de mis bragas, y gimo, incapaz de contener el sonido.

—Ya estás empapada —se ríe, su voz ronca, casi divertida—. Tu cuerpo sabe lo que quiere, aunque tu mente aún se resista.

Isadora se coloca frente a mí, bloqueando mi vista.

—¿Sientes cómo tu cuerpo te traiciona, Elara?

La pregunta es un latigazo, y cierro los ojos, la vergüenza y la excitación mezclándose en mí como un cóctel ardiente.

—Sí —confieso en un suspiro.

Ella ríe, un sonido bajo y melodioso, antes de retroceder un paso.

—Entonces mira.

Levanto los párpados justo a tiempo para verla desabrochar lentamente su vestido, los dedos ágiles haciendo deslizar el látex sobre sus hombros, revelando su piel lechosa, sus pechos firmes, coronados por pezones rosados y duros como piedras preciosas.

—Lámeme —ordena, y no es una petición.

Me quedo inmóvil un segundo, el corazón latiendo desbocado. Detrás de mí, Kael presiona su pelvis contra mis nalgas, y siento el calor de su erección a través de la tela de su pantalón, gruesa, insistente.

—Obedece —murmura contra mi oreja.

La orden me atraviesa como una descarga.

Bajo del escritorio, las piernas temblorosas, hasta arrodillarme frente a Isadora. Ella separa ligeramente los muslos, exponiendo su sexo rasurado, brillante ya de deseo.

—Vamos —insiste, sus dedos hundiéndose en mi cabello para guiarme—. Muéstrame cuánto lo deseas.

Inspiro profundamente, el olor almizclado de su excitación envolviéndome, antes de acercar los labios.

El primer contacto es eléctrico. Su piel es suave, caliente, y cuando mi lengua roza su clítoris, emite un pequeño gemido satisfecho, sus caderas empujándose ligeramente hacia mí.

—Así —murmura—, justo así.

Le obedezco, trazando círculos lentos, saboreando el gusto salado de su deseo, las manos aferradas a sus muslos para estabilizarme.

Detrás de mí, Kael se ha bajado el pantalón, y siento la punta de su sexo desnudo rozar mi entrada, húmeda y lista.

—Eres tan dulce cuando chupas —dice Isadora, su voz temblando ligeramente—. Pero quiero verte tomar lo que mereces.

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