LOGINMiércoles, 31 de diciembre del 2015 - 19:45 hs.
Detuvimos el coche en un claro a las afueras, rodeados de arbustos y junto a un mirador. Desde ahí se dominaba la inmensidad del valle que habíamos atravesado durante horas. La lluvia había dado tregua, pero el cielo plomizo amenazaba con soltar otra tormenta en cualquier segundo. La inquietud me carcomía. Ni los dos abrigos que llevaba encima lograban frenar los estornudos que ya me tenían agotado.
—Para serte sincero, te veo mucho más firme que hace un par de semanas. —Cristian se apoyó en la carrocería y encendió un cigarrillo—. Eso que soltaste antes... que lo harías aunque no estuvieras listo. Es un avance tremendo.
—Qué sé yo, Cristian... —Me acomodé a su lado, encogiéndome de hombros—. Ya estamos aquí. No hay marcha atrás. Así que... a enfrentar lo que venga.
—Un paso enorme, hermano. —Me dio una palmada pesada en la espalda.
—Exageras.
—Solo quería que lo tuvieras claro. —Le dio una última calada profunda y arrojó el cigarrillo a medio terminar al asfalto.
—¿Y eso?
—Ahí viene tu cuñada. Odia que fume. Andando.
De una de las callejuelas empedradas emergió una figura despampanante. Su melena rojiza ondeaba al viento, obligando a los pocos transeúntes a girar la cabeza a su paso. Llevaba ropa de estar por casa: unos pantalones deportivos grises, una blusa blanca de algodón y un cárdigan tejido. Aun así, Zamira lucía como si estuviera a punto de protagonizar una portada de revista.
—Tan guapo como siempre. —Su voz sonó vibrante mientras me envolvía en un abrazo estrecho.
—No tanto como tú. —El roce de su pecho contra el mío me descolocó por un instante. Era un contacto inusualmente cálido.
—Tonto. —Sonrió y clavó la mirada en mi amigo—. ¿Y tú qué miras?
—Lo buena que estás, bruja. Vas vestida como una vagabunda y aun así me alborotas.
—Me das asco. —Le dedicó una mueca de genuina repulsión antes de volverse hacia mí—. Ven, Dami, vamos a casa. ¿Por qué estás empapado?
—Una historia muy larga...
—¿Y por qué el animal este está seco? Más te vale ir contándome, porque alguien va a dormir en el pasillo esta noche.
—Si es contigo, duermo hasta en la alfombra de la entrada —saltó Lucho de inmediato.
—Prefiero acostarme con un perro antes que contigo, cerdo. Apestas a tabaco.
—Fueron solo un par de caladas...
—¿Qué murmuras?
—Que estás para dedicarte un poema.
—Repugnante.
Ignorando su habitual guerra de insultos, enfilamos hacia la entrada del pueblo. El plan original era que Zamira nos diera un recorrido rápido por la zona antes de cenar. Sin embargo, la noche caía rápido y la amenaza de lluvia nos obligó a saltarnos esa parte. Cristian me había confesado en el trayecto que ese paseo era una estrategia para darme tiempo de mentalizarme. Zamira y él querían mantener todo bajo control para que yo no colapsara. Innecesario. Estaba nervioso, sí. Sabía que las piernas me temblarían al verla. Pero mi cuerpo exigía cerrar ese ciclo de una vez por todas. En el fondo, me alivió que fuéramos directo a la casa.
Hasta que Zamira decidió alterar el guion.
—Oye, Cristian. —Se detuvo en seco, clavándole una mirada autoritaria—. Necesito un favor.
—¿Qué clase de favor? Si es lo que estoy pensando, puede esperar a la madrugada, preciosa.
—Cierra la boca, imbécil. —Puso los ojos en blanco—. Necesito que vayas al supermercado. Faltan un par de cosas para la cena.
—¿Me tomas el pelo? Son casi las ocho. —Lucho soltó una risa seca—. ¿Dónde diablos voy a comprar algo a estas horas en Año Nuevo?
—El local del pueblo cierra a las nueve. Es por esa calle, todo recto. No hay pérdida.
—¿Hablas en serio?
—¡Por supuesto! Corre, que no llegas. Te mando la lista por mensaje.
—Maldita sea... —Mi amigo bufó, resignado—. Vamos, Damián. Así compramos unas cervez...
—Tú vas solo, campeón. —Zamira le cortó el paso—. Nosotros te esperamos en casa.
—¡No tengo idea de dónde vives!
—La calle principal, hasta el final. No tiene pérdida.
Cristian sostuvo la mirada de Zamira por un largo segundo. Ninguno parpadeó. Finalmente, mi amigo endureció la mandíbula, dio media vuelta y empezó a caminar. Antes de alejarse, me lanzó una mirada de advertencia que Zamira no captó. Yo sí. Ambos sabíamos que mi cuñada intentaría acorralarme a solas. Solo no esperábamos que fuera tan pronto. Pero daba igual; estaba mentalizado para cualquier escenario.
—Ven por aquí. —Zamira sonrió, radiante, me tomó del brazo y me guio hacia un banco rústico en la entrada de un pequeño parque.
Se acomodó y empezó a teclear rápidamente en su teléfono la supuesta lista de compras. Yo me dejé caer a su lado, escrutando el entorno. La noche ya era absoluta y las nubes negras seguían al acecho. Contra todo pronóstico, a los lugareños el clima les importaba un demonio. Las callejuelas estrechas estaban repletas de gente. Mujeres arregladas apurando compras de última hora, maridos esquivando niños que corrían por los adoquines. Era un caos perfecto. Una Nochevieja vibrante, pero comprimida en unas pocas manzanas.
—No hay ni un solo auto —comenté cuando guardó el teléfono.
—Se aparcan en la entrada. Aquí se camina. Cero contaminación. —Se recostó en el respaldo, cruzando las piernas y ofreciéndome, sin querer, una vista espectacular de su perfil superior.
—Carajo... —Tosí para disimular—. Todos deben tener unas piernas de acero aquí.
—Tampoco exageres, son diez calles. Todo está muy pegado. Nosotras vivimos en lo más alto del pueblo.
—Ya veo. —Asentí, rezando para que no notara cómo su mención en plural me había tensado los músculos—. Supongo que fue difícil el cambio... Dejar la ciudad por esto.
—No te voy a mentir, fue duro. —Su tono se tiñó de melancolía y echó los hombros hacia atrás, tensando aún más la tela de su blusa—. Pero, ¿qué más daba? Si no fuera por Aura, habríamos terminado en la calle. No estamos en posición de exigir.
—Zami...
Primer golpe. Directo a la mandíbula.
Era exactamente lo que temíamos. Las heridas supuraban y la tentación de restregarme ciertas culpas era demasiada. Sabíamos que Zamira deseaba un final feliz para nosotros. Estaba de mi lado, en teoría, pero sus métodos podían ser agresivos. A mis amigos les aterraba que ella manipulara mis emociones antes del encuentro. La regla era clara: cero información sobre mis verdaderas intenciones.
Esa era la estrategia. La realidad es que Zamira era un misterio mucho más complejo de descifrar.
—Tranquilo. —La melancolía se esfumó y me regaló una sonrisa—. Podríamos haber regresado a mi departamento, pero habría sido... chocante para ella. No lo tomes como un ataque personal.
—No, yo solo... —Dudé. Tosí. Rematé con un estornudo. La teoría se desmoronaba en la práctica.
—No digas nada. Ya habrá tiempo de hablar en la cena. —Se giró hacia mí, clavando sus ojos en los míos—. Dime la verdad, ¿tú cómo estás?
—Eh... —Parpadeé—. Bien. De verdad, Zami. Genial.
—¿Seguro? —Enarcó una ceja y esbozó esa sonrisa de medio lado que volvía locos a los hombres en sus redes sociales.
—Seguro. —Forcé seguridad en mi gesto—. Estos meses han sido reveladores. Los chicos no me han dejado solo y he tenido tiempo para organizar mi cabeza. En la oficina también se han portado a la altura.
—Me alivia muchísimo escucharlo, Damián. —Su rostro se suavizó, mostrando un cariño genuino—. Entonces... asumo que estás listo, ¿verdad?
—¿Listo para qué?
—Para el reencuentro.
Ahí estaba. El elefante en la habitación. Era mi momento de mantener el control. No podía fallarle a mis amigos. No podía mostrar debilidad ante ella. Y, sobre todo, tenía que demostrarme a mí mismo que no iba a quebrarme. Si era capaz de sostenerle la mirada a Zamira, sería capaz de enfrentar cualquier cosa que la noche me tuviera preparada.
Hemos llegado, por fin. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿1 año? ¿1 año y medio? Vaya viaje, estimados amigos…No pensaba escribir nada. De hecho, voy improvisando a medida que me va llegando la inspiración. Como aquella mañana, hace tiempo ya, luego de haber pasado una noche entera llorando luego de perder mi contrato en otra plataforma, cuando me senté en la silla de mi ordenador con ese cosquilleo tan fuerte en el estómago. No como los de Damián y Salomé, obviamente. En mi caso, esa sensación vino provocada por un arrebato de creatividad como nunca antes en mi vida había tenido uno.“¿Por qué no?”, me dije a mí mismo.Siendo yo un fan acérrimo de este tipo de relatos de infidelidad no consentida, me sentí en la obligación de traer esta deslumbrante historia a este lado del mundo, utilizando la escritura como única herramienta, a mí manera, con mis propios personajes y desde la más absoluta humildad.El resultado es este, estimadas lectoras y por supuesto, lectores. Pudo haber sido mejor,
—Siento mucho todo, Damián… —me dijo, sin despegarse de mí, al cabo de un buen rato en el que ambos nos habíamos quedado en silencio, escuchando el canto de los pajaritos y los apacibles sonidos que provenían desde el tranquilo lago.—Ya da igual, Salomé…—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto —continuó, sin escucharme—. Siento que te hayas tenido que ver en la obligación de escuchar todo esto… Cualquier otra persona habría cortado por lo sano, pero tú me diste la oportunidad de explicarme…—Porque todos merecemos que se nos escuche cuando nos equivocamos, Salomé… —respondí, pensativo, perdiendo la vista en el horizonte durante un breve instante—. Da igual lo que hayas podido hacer, o a quien hayas podido lastimar, siempre debes tener el derecho de, por lo menos, poder explicarte…—Eres demasiado bueno, Damián… —musitó, acurrucándose más contra mi pecho, cogiéndose con fuerza del pecho de mi camisa—. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento con todo mi corazón, Damián.Sólo pud
—¿No deberías arrepentirte de haberte quedado embarazada de ese sujeto, ¿no crees?—¿Cómo que no? —respondió, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. Es de lo que más me arrepiento de todo. Si esto no hubiese ocurrido, las cosas podrían ser muy diferentes ahora mismo.—Pero, ¿por qué tendrías que estar arrepentida de tener un hijo con una persona a la que amas?—¡Ya te he dicho que no lo amo! —exclamó, de pronto, dando una fuerte palmada al pasto—. ¡Nunca lo he amado, Damián!—Eso es lo que menos me cuadra de todo, Salomé… —dije yo, pasándome la mano por la frente y luego por la cara—. ¿Cómo haces para creer que estás enamorado de alguien? No lo entiendo, por más que lo intente.—¿Qué parte no entendiste de que Fernando me engañó para que yo me sintiera así?—¿Te engañó para que tú te sintieras así? —pregunté, haciendo énfasis en toda la extensión de la frase.—¡Sí!—Por lo tanto, hubo un momento en el que sí que te sentiste así.—Pero, porque él… —se detuvo y me miró como si no
Jueves, 1 de enero del 2016 — X —Duro, ¿no?Ahí, a la sombra de uno de los esbeltos y colosales nogales que decoraban parte de las orillas de aquel lago que perduraría en mis recuerdos todo lo que me quedara de vida, Salomé, después de tanto escarbar y escarbar, había logrado encontrar el valor que tanto había estado buscando para dar conclusión a nuestra reunión. Ya no había dudas en sus ojitos, tampoco vergüenza en sus gestos. La niña pequeña había desaparecido para dar lugar a una mujer que acababa de asumir todas sus responsabilidades ante el hombre al que le había sido desleal. Se habían acabado los momentos de indecisión, las vacilaciones y cualquier otro tipo de disyuntiva con respecto a lo que debía hacerse. Ya estábamos ahí, uno delante del otro, preparados y seguros, listos para escudriñar cada detalle que pudiese haber quedado sin explicación entre todos esos secretos que Salomé había decidido sacar de su armario particular. Todo aquello que había puesto nuestras vidas pat
Me desperté al día siguiente, mareado, sobre las 10 de la mañana. Dami se había quedado a pasar la noche conmigo porque no me había visto muy bien. Él tampoco había podido dormir mucho. Le agradecí su preocupación, pero enseguida me aclaró que estaba muy decepcionado conmigo, que si se había quedado a cuidarme había sido por pura humanidad.Se fue a los diez minutos de tener esa charla, pidiéndome por favor que dejara pasar un tiempo antes de volver a contactar con él. Que tenía que poner sus pensamientos en orden.Me quedé solo. Solo como hacía tres años. Solo como durante toda la secundaria.Decidí que me quedaría en casa de mis padres durante un tiempo. Ya en frío, me pareció la mejor opción. Fueron dos semanas… Dos largas semanas en las que casi no salí de la cama, en las que no respondí ninguna llamada, en las que no quise saber nada del mundo. No comía, apenas bebía, apenas hacía nada que no fuese dormir o mirar al techo…Cuando regresé a la residencia, todos esos días después,
Ahí mismo, librándose de mi mano como si no fuera nada, se agachó y comenzó a hacerme una mamada de campeonato. Me cogió la polla con una mano y se la metió en la boca hasta la garganta, haciendo chocar sus labios contra mi vello púbico. Así arrancó con un mete saca tan violento como pringoso, dejando todos sus mocos a lo largo de todo el tronco, resbalando por mis huevos y su barbilla, cayendo en el suelo, dejándolo todo perdido.—Pues tienes más aguante de lo que pensaba —seguía diciendo, sacándosela de la boca para luego seguir chupándola sin parar, lengüeteando el tronco de arriba abajo—. Aunque debe ser porque acabas de follar, puto cerdo asqueroso…Y no se detuvo hasta que no pude aguantar más. Me corrí en su puta boca y se lo tragó todo, sin desperdiciar ni una sola gota.—Pues aquí se acabó, ¿no? —me decía, pasándose sus flemas por encima de la camiseta, a la altura de las tetas—. Contigo es uno y adiós, ¿no?Y una mierda.A mí esa puta niñata malcriada y caprichosa no me iba







