Mag-log in
Miércoles, 31 de diciembre del 2015 - 18:30 hs.
—Maldita sea... no para de llover, ¿verdad?
Un diciembre helado. Húmedo y sumido en la escala de grises. Quien esperara cumbres nevadas y paisajes de postal navideña, se iba a decepcionar amargamente. Aquella meseta capitalina no ofrecía milagros de Hollywood, solo agua a cántaros. Horas interminables de cielos plomizos y aguaceros torrenciales que invitaban a encerrarte con la televisión como única compañía y no abandonar el sofá en todo el invierno.
—Ni que lo digas... —asintió Cristian, observando el cielo con cierta desconfianza—. ¿Hace cuánto no caía una tormenta así? ¿Septiembre, tal vez?
—No tengo idea... —murmuré, revisando por tercera vez que mi ventanilla estuviera bien subida. La inquietud me carcomía—. Quizá deberíamos orillarnos en algún sitio hasta que esto pase un poco.
—Ah, ¿sí? ¿Y exactamente dónde sería eso, genio?
En teoría, era un plan sensato. En la práctica, aún nos separaban kilómetros y kilómetros de carretera desolada antes del pueblo más cercano. Nuestro único refugio aparente eran los inmensos árboles que flanqueaban el asfalto, y eso equivalía a nada.
Me encogí de hombros ante la mirada de Cristian y volví a hundirme en el asiento del copiloto. Mi amigo era un conductor excepcional, pero el diluvio era salvaje y todavía nos restaba más de una hora de viaje.
—A lo mejor es una señal —solté, en un repentino arrebato de iluminación.
—¿Una señal de qué?
—El universo me grita que no vaya. Que demos media vuelta y regresemos.
—Me estás jodiendo, ¿verdad? —Lucho soltó una carcajada, pero se ahogó en su garganta al ver mi expresión seria—. ¿Verdad?
—No lo sé...
No necesité decir más. Pegó un volantazo brusco y frenó el coche en el arcén. Lo miré, desconcertado, pero el nudo en mi estómago me advirtió lo que se venía. Otra vez esa actitud que juré no volver a provocar. Esa que brotaba cada vez que yo pensaba en voz alta, esa que, por muchos golpes de realidad que me dieran mis amigos, seguía repitiéndose como un bucle maldito.
—Te juro que arranco, doy la vuelta y nos volvemos a casa —me amenazó Lucho. Su voz era dura, cortando el estruendo de la lluvia golpeando el techo.
—No, Lucho... —suspiré, arrepentido al instante—. Lo siento. No hablaba en serio. Dale, arranca.
—Sí. Sí hablabas en serio, y ahí radica el puto problema. ¡Creí que ya estabas listo para esto!
—Lo estoy. Te lo aseguro... Arranca ya.
—¡Pues no lo parece, pedazo de imbécil!
Su tono fue suficiente para saber que no iba a salir ileso de este nuevo desliz. El coche no se movería un centímetro hasta que le demostrara que mi estado mental y físico era el adecuado para afrontar lo que nos esperaba. Y ya tenía experiencia en esto; las últimas semanas habían estado repletas de episodios similares. Me maldije internamente por haber abierto la boca.
Después de que mi mundo entero saltara por los aires, Lucho había adoptado un rol excesivamente comprensivo. Empalagoso, incluso. Se metió en la cabeza que yo atravesaba un estrés postraumático severo, y no soltó esa teoría hasta que un terapeuta le demostró lo contrario. Entonces, regresó el Cristian de toda la vida: el que arreglaba los dramas a base de insultos y rudeza. Y fue un cambio necesario. Su sobreprotección solo enrarecía el aire. Yo no estaba enfermo, solo necesitaba procesar la m****a que me ahogaba y decidir, de una maldita vez, qué hacer con mi vida. Román y él tomaron las riendas. Pasamos noches enteras en mi salón, desmenuzando mis avances, hasta que pusimos una fecha límite en el calendario. La última noche del año. Esa noche.
Fueron madrugadas interminables de charlas y promesas. Si estábamos en ese coche, era porque los tres habíamos llegado a un acuerdo. Por eso entendía perfectamente por qué, en ese instante, Lucho quería partirme la cara.
—Mira —bramó de pronto—. Bájate del coche.
—¿Qué? —bromeé, aunque su mirada prometía sangre.
—Que te bajes del maldito coche.
—No me voy a bajar, Lucho.
No lo pensó. Se arrancó el cinturón y se abalanzó sobre mí para abrir la puerta. Empezamos a forcejear como dos adolescentes peleando por un videojuego. Él era mucho más fuerte, y mi intento de bloquear la puerta con la espalda fue inútil. Terminó abriéndola de un empujón.
—¡Lucho, basta! ¡Me voy a empapar por tu culpa! —grité, en un acto de pura desesperación.
—¡Es lo que te hace falta, cabrón! ¡Un buen baño helado para que se te quite la estupidez! ¡Bájate de una puta vez!
Cedí. Preferí salir por mi propio pie antes que terminar de rodillas en el barro. Lucho cerró la puerta de un portazo y arrancó, alejándose unos cincuenta metros de mí. La tormenta arreciaba. Los truenos retumbaban en mi pecho y el cielo era una masa negra. Solo estábamos el asfalto, el sonido brutal del agua y yo. Yo contra el clima. Yo contra mi amigo. Yo contra mis propios demonios.
—Maldita sea mi vida...
Otra vez lo mismo. Otro bucle de mi patética realidad reciente. En la ducha, en el trabajo, en la barra de un bar... siempre la misma pregunta taladrándome la cabeza: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo esta agonía? La línea de meta estaba a unos kilómetros, y me aterraba dar el último paso.
Román lo llamaba "miedo al éxito", asegurando que me daba pánico empezar de cero. Cristian, más pragmático, decía que simplemente me aterraba cerrar el ciclo. Ambos acertaban a su manera. Me paralizaba la idea de no recuperar jamás la paz, de hacer este viaje para nada, de confirmar que nunca volvería a ser feliz. A veces, la cobardía susurraba que era mejor no descubrirlo nunca. Huir y reiniciar en otro lugar, lejos de las expectativas de todos.
Caminé bajo la lluvia. Empapado, denso, cargado de rabia. Lucho me esperaba más adelante con la puerta abierta y una toalla protegiendo la tapicería de su asiento. Me desplomé en el interior, preparándome para los gritos. Pero no hubo gritos. Ni lástima ni expectación. Miraba hacia el horizonte perdido, como esperando a que yo diera el primer paso. Yo me quedé callado.
—¿Y bien? —rompió el silencio tras unos segundos asfixiantes.
—¿Y bien qué? —escupí, intentando sonar más furioso de lo que realmente estaba.
—¿Sigues en las mismas?
—¿En qué mismas? Arranca de una vez, que llegaremos tarde.
—Bájate del coche.
—¡Lucho!
—¡Pues reacciona!
—¡¿Qué m****a quieres que te diga?! —estallé, llegando a mi límite—. ¡¿Que si estoy listo?! ¡No, no lo estoy! ¡¿Que si tengo que hacerlo de todas formas?! ¡Sí! ¡Maldición, ya déjame en paz!
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—¡Sí! ¡No! ¡Qué sé yo!
—Pues bájate.
—¡¿Me vas a dar un respiro?!
—¡¿Vas a dejar de actuar como un idiota?!
—¡Hago lo que puedo, joder!
—Escucha... —Lucho suspiró profundamente y bebió de su botella de agua—. Damián, me da igual si dudas. Me da igual si al final haces exactamente lo contrario a lo que planeamos estas semanas. Lo que no voy a soportar es que regreses a esa actitud de víctima derrotada que te arrastró hasta este puto abismo, ¿está claro? Porque fue esa misma actitud la que permitió que te destrozaran la vida. Puedes equivocarte mil veces, pero no puedes vivir acobardado, dejando que te pisoteen.
—¿Qué dices? —solté una risa seca. Sus palabras se clavaban en mi ego hecho pedazos—. Nadie me pisotea. Eso es historia...
—¡Es historia gracias a nosotros, no a ti, imbécil! —rugió, rojo de furia—. ¡Si fuera por ti, ese pedazo de basura inmunda se habría quedado con tu mujer, con tu auto y hasta con el puto gato!
—¡Vete a la m****a, Lucho! —exploté, herido en lo más profundo—. ¡¿Me sacas esta basura justo hoy, que estoy intentando tener el valor de enfrentarlo?! ¡Deja ese puto tema en paz!
—¡Te lo voy a sacar cada vez que vuelvas a dar lástima!
—¡Que te jodan!
Esa era nuestra dinámica en las últimas semanas. Una escena cruda tras otra. Lucho restregándome mi patetismo cada vez que yo amenazaba con hundirme. Estaba cansado. Harto de que mis amigos me recordaran mis fracasos y me dictaran cómo respirar. Había noches en las que fantaseaba con molerlos a golpes para que se callaran. Y si aún no nos habíamos matado, era por una simple razón: yo mismo les rogué que fueran unos tiranos si me veían retroceder.
—¿Se me fue la mano? —murmuró Lucho minutos después, respetando esa regla no escrita que teníamos cuando cruzábamos el límite.
—Demasiado, cabrón —mascullé, temblando de frío.
—Es lo que pediste —se encogió de hombros—. Que te frenáramos a las malas si te ponías idiota.
—Nunca te pedí que me dejaras tirado bajo una tormenta. Como pille una neumonía, me vas a escuchar. El lunes hay que trabajar, imbécil.
—Mala mía... —desvió la mirada, casi avergonzado—. Pensé que... ya sabes, el agua fría calma los nervios.
—Arranca... ¡A-Achííís! M****a...
—Perdón...
—¡Que arranques ya!
—¡Voy!
Mi realidad era una contradicción andante. Sin embargo, esos choques frontales eran mi único salvavidas. Si iba a recuperar el control de mi destino, necesitaba que mis amigos me arrastraran por el cuello de vuelta a la carretera cada vez que me desviaba.
Sería así hasta que lograra recuperar la paz. Todo lo demás ya dependía única y exclusivamente de mí.
Hemos llegado, por fin. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿1 año? ¿1 año y medio? Vaya viaje, estimados amigos…No pensaba escribir nada. De hecho, voy improvisando a medida que me va llegando la inspiración. Como aquella mañana, hace tiempo ya, luego de haber pasado una noche entera llorando luego de perder mi contrato en otra plataforma, cuando me senté en la silla de mi ordenador con ese cosquilleo tan fuerte en el estómago. No como los de Damián y Salomé, obviamente. En mi caso, esa sensación vino provocada por un arrebato de creatividad como nunca antes en mi vida había tenido uno.“¿Por qué no?”, me dije a mí mismo.Siendo yo un fan acérrimo de este tipo de relatos de infidelidad no consentida, me sentí en la obligación de traer esta deslumbrante historia a este lado del mundo, utilizando la escritura como única herramienta, a mí manera, con mis propios personajes y desde la más absoluta humildad.El resultado es este, estimadas lectoras y por supuesto, lectores. Pudo haber sido mejor,
—Siento mucho todo, Damián… —me dijo, sin despegarse de mí, al cabo de un buen rato en el que ambos nos habíamos quedado en silencio, escuchando el canto de los pajaritos y los apacibles sonidos que provenían desde el tranquilo lago.—Ya da igual, Salomé…—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto —continuó, sin escucharme—. Siento que te hayas tenido que ver en la obligación de escuchar todo esto… Cualquier otra persona habría cortado por lo sano, pero tú me diste la oportunidad de explicarme…—Porque todos merecemos que se nos escuche cuando nos equivocamos, Salomé… —respondí, pensativo, perdiendo la vista en el horizonte durante un breve instante—. Da igual lo que hayas podido hacer, o a quien hayas podido lastimar, siempre debes tener el derecho de, por lo menos, poder explicarte…—Eres demasiado bueno, Damián… —musitó, acurrucándose más contra mi pecho, cogiéndose con fuerza del pecho de mi camisa—. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento con todo mi corazón, Damián.Sólo pud
—¿No deberías arrepentirte de haberte quedado embarazada de ese sujeto, ¿no crees?—¿Cómo que no? —respondió, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. Es de lo que más me arrepiento de todo. Si esto no hubiese ocurrido, las cosas podrían ser muy diferentes ahora mismo.—Pero, ¿por qué tendrías que estar arrepentida de tener un hijo con una persona a la que amas?—¡Ya te he dicho que no lo amo! —exclamó, de pronto, dando una fuerte palmada al pasto—. ¡Nunca lo he amado, Damián!—Eso es lo que menos me cuadra de todo, Salomé… —dije yo, pasándome la mano por la frente y luego por la cara—. ¿Cómo haces para creer que estás enamorado de alguien? No lo entiendo, por más que lo intente.—¿Qué parte no entendiste de que Fernando me engañó para que yo me sintiera así?—¿Te engañó para que tú te sintieras así? —pregunté, haciendo énfasis en toda la extensión de la frase.—¡Sí!—Por lo tanto, hubo un momento en el que sí que te sentiste así.—Pero, porque él… —se detuvo y me miró como si no
Jueves, 1 de enero del 2016 — X —Duro, ¿no?Ahí, a la sombra de uno de los esbeltos y colosales nogales que decoraban parte de las orillas de aquel lago que perduraría en mis recuerdos todo lo que me quedara de vida, Salomé, después de tanto escarbar y escarbar, había logrado encontrar el valor que tanto había estado buscando para dar conclusión a nuestra reunión. Ya no había dudas en sus ojitos, tampoco vergüenza en sus gestos. La niña pequeña había desaparecido para dar lugar a una mujer que acababa de asumir todas sus responsabilidades ante el hombre al que le había sido desleal. Se habían acabado los momentos de indecisión, las vacilaciones y cualquier otro tipo de disyuntiva con respecto a lo que debía hacerse. Ya estábamos ahí, uno delante del otro, preparados y seguros, listos para escudriñar cada detalle que pudiese haber quedado sin explicación entre todos esos secretos que Salomé había decidido sacar de su armario particular. Todo aquello que había puesto nuestras vidas pat
Me desperté al día siguiente, mareado, sobre las 10 de la mañana. Dami se había quedado a pasar la noche conmigo porque no me había visto muy bien. Él tampoco había podido dormir mucho. Le agradecí su preocupación, pero enseguida me aclaró que estaba muy decepcionado conmigo, que si se había quedado a cuidarme había sido por pura humanidad.Se fue a los diez minutos de tener esa charla, pidiéndome por favor que dejara pasar un tiempo antes de volver a contactar con él. Que tenía que poner sus pensamientos en orden.Me quedé solo. Solo como hacía tres años. Solo como durante toda la secundaria.Decidí que me quedaría en casa de mis padres durante un tiempo. Ya en frío, me pareció la mejor opción. Fueron dos semanas… Dos largas semanas en las que casi no salí de la cama, en las que no respondí ninguna llamada, en las que no quise saber nada del mundo. No comía, apenas bebía, apenas hacía nada que no fuese dormir o mirar al techo…Cuando regresé a la residencia, todos esos días después,
Ahí mismo, librándose de mi mano como si no fuera nada, se agachó y comenzó a hacerme una mamada de campeonato. Me cogió la polla con una mano y se la metió en la boca hasta la garganta, haciendo chocar sus labios contra mi vello púbico. Así arrancó con un mete saca tan violento como pringoso, dejando todos sus mocos a lo largo de todo el tronco, resbalando por mis huevos y su barbilla, cayendo en el suelo, dejándolo todo perdido.—Pues tienes más aguante de lo que pensaba —seguía diciendo, sacándosela de la boca para luego seguir chupándola sin parar, lengüeteando el tronco de arriba abajo—. Aunque debe ser porque acabas de follar, puto cerdo asqueroso…Y no se detuvo hasta que no pude aguantar más. Me corrí en su puta boca y se lo tragó todo, sin desperdiciar ni una sola gota.—Pues aquí se acabó, ¿no? —me decía, pasándose sus flemas por encima de la camiseta, a la altura de las tetas—. Contigo es uno y adiós, ¿no?Y una mierda.A mí esa puta niñata malcriada y caprichosa no me iba







