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Poseída Por Los Hombres Petrov
Poseída Por Los Hombres Petrov
Author: Premah Dale

Capítulo 1: Red

Author: Premah Dale
last update publish date: 2026-10-12 20:20:48

El video empezó como siempre, con el pulgar de mi padre tapando la mitad del lente.

—Saluda a tu hermana, Theo.

Estaba en el baño del personal del Chains, con el teléfono tan apretado contra la oreja que me dejó una marca, y veía a mi hermano mecerse sobre un colchón manchado. Ya no tenía los audífonos. Claro que no. Theo no soportaba un sonido que no hubiera elegido él, y mi padre lo sabía.

—Petra —susurró Theo, con la mirada fija en la pared—. Hay mucho ruido. Dile que hay mucho ruido.

—Aquí estoy, bichito. Mira a la cámara. Cuenta conmigo. Uno, dos.

—Papá cuenta mal. —Se meció más rápido—. Cuenta mal. Cuenta mal.

—Ya basta —dijo Ryker, y su cara devoró la pantalla, sin afeitar y sonriente, la misma cara que nos leía cuentos antes de dormir cuando todavía no existían las deudas—. ¿Ves cómo se pone sin sus rutinas, princesa? Imagínatelo dentro de un mes.

—Ya estoy dentro. Te dije que esta noche lo estaría.

—Entonces haz algo útil. Tres hermanos. Saint, Knox, Nikolai. Sus teléfonos, sus cuentas, su dinero. Consígueme eso y tu hermano tendrá su centro lujoso con enfermeras de voz suave. —Se inclinó hacia la cámara—. Si me decepcionas, dejo de ser amable.

—Nunca has sido amable.

—Cuidado. —Su sonrisa se afinó—. Theo está escuchando.

La pantalla se puso negra.

Mi reflejo me devolvió la mirada desde el espejo agrietado: peluca roja, brillantina en los pómulos, encaje negro que no cubría nada importante. Veinticuatro años y jamás me había sentido menos persona.

Abrí el grifo y respiré hondo para calmar el temblor de las manos.

—Te llamas Red —le dije al espejo—. Red no llora.

La puerta se abrió de golpe. Una bailarina de melena plateada asomó la cabeza.

—Sales en cinco, novata. Y arréglate esa cara. Los Petrov están esta noche.

Se me encogió el estómago.

—¿Todos?

—Los tres. —Sonrió con malicia—. Intenta no desmayarte.

El Chains no se parecía en nada a los antros mugrientos para los que me había preparado. Vidrio negro, reservados de terciopelo, candelabros que goteaban luz sobre hombres que olían a dinero y a humo. Una línea de bajo subía por el suelo y se me clavaba en la columna mientras entraba bajo el foco rojo.

Había practicado dos semanas en mi apartamento, con las cortinas cerradas, en una barra comprada de segunda mano. El truco, había decidido, era tratarlo como código. Cada movimiento, un comando; cada mirada, una carga útil. No lo sientas. Ejecútalo.

A mitad de la canción, levanté la vista.

El balcón tenía una sola mesa y tres hombres que eran dueños de la sala sin esforzarse. Nikolai se apoyaba en la barandilla con una copa en la mano, sonriendo como si le hubiera contado un chiste. Knox estaba repantigado en su silla, con la corbata floja y los nudillos tatuados tamborileando sobre la mesa, mirándome como un perro mira un filete.

Y en el centro estaba sentado Saint Petrov.

No sonreía, no bebía, no aplaudió cuando terminó la canción y la sala rugió a mi alrededor. Solo miraba, gris acero y completamente inmóvil, como si yo fuera una cerradura y él ya hubiera decidido cómo forzarla.

Olvidé el siguiente paso de mi rutina. Solo por un segundo.

Entre bastidores, las manos todavía me temblaban cuando el gerente me agarró del brazo.

—Reservado Cuatro. El señor Petrov te ha pedido por tu nombre.

—¿Cuál de los señores Petrov?

—¿Importa?

Importaba. Fui de todos modos.

El Reservado Cuatro estaba tras una pared de cristal que dominaba todo el club, balcón incluido. Knox esperaba dentro con un brazo extendido sobre el cuero y media sonrisa cruzándole un rostro demasiado guapo y demasiado aburrido para ser seguro.

—Red —dijo, saboreando el nombre—. Siéntate.

—Se supone que primero debo preguntarte qué te gustaría.

—Graciosa. —Se palmeó el muslo—. Siéntate, Red.

Me senté. Su mano se posó en mi cadera, cálida a través del encaje, y me estremecí antes de poder evitarlo.

—Estás temblando.

—Tengo frío.

—Mentirosa. —Su teléfono vibró sobre la mesa. Tecleó el código sin mirar, y mi cerebro, entrenado y traicionero, memorizó el trazo de su pulgar—. ¿Primera noche?

—¿Tanto se nota?

—Bailabas como quien desactiva una bomba. —Lanzó el teléfono sobre su chaqueta doblada—. Me gustó. Todos los de ahí fuera bailan como si suplicaran. Tú parecías estar planeando algo.

Me dio un vuelco el pulso.

—Quizá planeaba pagar el alquiler.

—Mm. —Soltó una risa baja y peligrosa—. Mira arriba, Red.

Lo hice. A través del cristal, al otro lado del club, Saint estaba de pie junto a la barandilla del balcón. Mirando. No a mí, exactamente. A nosotros.

—Mi hermano nunca mira —murmuró Knox contra mi oído—. Démosle algo que ver.

—Knox...

—Di «para» y paro. Es la única regla que tengo. —Sus dedos bajaron sin prisa, y se me cortó el aliento—. ¿Entonces?

Debí decir que parara. En cambio, susurré:

—No me hagas mirarlo.

—Al revés, cariño. —Su voz se enronqueció—. Mantén los ojos en Saint. Ni se te ocurra parpadear.

Así que no lo hice. Su caricia levantó un calor que yo no había invitado, y sostuve aquella mirada gris a través del cristal mientras mi cuerpo me traicionaba, jadeaba, se estremecía, se deshacía en brazos de un desconocido. Saint no se movió. Ni un parpadeo. Pero apretó la mandíbula, y supe que había visto cada segundo.

La risa de Knox me rozó el cuello.

—Ahí está.

Hundí la cara en su hombro, fingiendo recuperar el aliento. Su chaqueta yacía a nuestro lado, pesada por el teléfono. Mi mano se movió antes de que mi conciencia pudiera detenerla. Un descuido, una palma ágil, y el teléfono desapareció en la liga de mi muslo.

—Eres algo especial, Red —dijo Knox, volviéndome a sentar con una sonrisa perezosa y satisfecha—. Vuelve mañana.

—Quizá.

—No era una pregunta.

Llegué al baño del personal antes de que las rodillas me fallaran. Cerré con llave. Me deslicé por los azulejos hasta el suelo. La piel aún me ardía, y eso lo odié más que nada, odié que durante un minuto entero me hubiera olvidado de Theo.

El teléfono descansaba en mi palma. Tecleé el patrón que mi memoria había robado y la pantalla se abrió al segundo intento.

Lo primero que había en ella era un mensaje, enviado hacía cuatro minutos.

*Saint: Averigua quién es en realidad.*

El frío me trepó por la columna. Debajo llegó un segundo mensaje, y mi propio teléfono se iluminó en la otra mano con el nombre de mi padre.

*Ryker: ¿Has conseguido algo, princesa?*

Miré ambas pantallas, recordando a Theo contando mal sobre aquel colchón. Luego respondí con un pulgar que apenas temblaba. *Trabajando en ello.*

Porque Saint Petrov acababa de decirme lo único que no podía permitirme oír. Ya había empezado a buscar.

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