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140. No lo hagas

作者: Mariela Reyes
last update 公開日: 2026-11-01 01:31:51

El aire abandonó el cuerpo de Claire. La cadena se enredó en su propio brazo, inmovilizándolo contra su costado.

Se retorció con una fuerza desesperada. Sacudió la cabeza, pateó, clavó las uñas en la camisa de él, desgarrando la tela. Dereck jadeaba, sudando frío, intentando apresar su mano libre.

—¡Quieta! —jadeaba él—. ¡Se acabó, Claire! ¡Ya pasó!

—¡No! ¡Dereck, no! ¡Por favor!

Él le apresó la muñeca contra el colchón y usó su propia rodilla para bloquearle las piernas. Claire quedó completam
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  • Prisionera de su odio   143. Evaluación

    Derric apretó a Claire contra su pecho, con la garganta cerrada, negándose a imaginar cuánto tiempo había aguantado los golpes antes de rendirse. Continuó caminando hacia la salida, dejando a Bianca en el pasillo, organizando la cacería.El aire húmedo y helado del exterior les golpeó de frente. Claire cerró los ojos al sentir la luz natural; llevaba tantos días encerrada entre cuatro paredes que el cielo abierto le provocó vértigo. Derric no la soltó hasta que Moretti le indicó la camilla junto al helicóptero. En cuanto la apoyó, ella buscó su mano a ciegas.—Aquí estoy —le aseguró él, entrelazando sus dedos—. No te suelto.El rugido de las hélices ahogó cualquier otro sonido. El viento levantaba polvo y hojas secas. Derric se inclinó sobre ella para protegerle el rostro mientras los paramédicos la aseguraban.—Vamos a subir. Voy contigo.—Tengo mucho miedo, Derric —sollozó ella.La confesión lo desarmó. Le besó la frente, pegando sus labios a la piel fría de ella, dejándole toda su

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    Miró el vientre de Claire bajo su mano, luego sus ojos. La comprensión le golpeó con la fuerza de un tren a toda velocidad. La sangre se le congeló en las venas.—No quería que naciera —susurró Claire, aferrándose a él mientras las fuerzas la abandonaban definitivamente—. Derric… no quería que naciera nuestro bebé.Derric miró la puerta. El instinto le exigió soltar a su mujer, cruzar el pasillo y destrozar la casa habitación por habitación hasta encontrar a Dereck. La furia asesina le quemaba la sangre con tanta violencia que los músculos de la mandíbula le temblaban. Quería matarlo con sus propias manos. Necesitaba oír cómo se le quebraban los huesos por lo que acababa de hacerle a Claire.Hizo el ademán de levantarse, pero la mano de ella seguía aferrada a su abrigo, presionada contra su propio vientre. La fuerza de sus dedos era diminuta, casi inexistente, pero funcionó como un ancla pesadísima. Derric bajó los ojos. Claire estaba pálida, temblando de terror, perdiéndose en el efe

  • Prisionera de su odio   141. De vuelta en sus brazos

    Derric se quedó inmóvil en el marco de la puerta.Fueron solo dos segundos, pero en ese tiempo, vio todo. Vio a su mujer aplastada contra el cabecero astillado. Vio el pelo pegado a su cara por el sudor, la camisa rasgada, el brazo lleno de moretones. Vio la silla volcada, la lámpara hecha añicos.Y vio el grueso grillete de acero que bajaba desde el cuello de Claire hasta la pared.—Claire.El nombre se le escapó como un aliento roto. La voz llegó antes que él. Claire levantó la cabeza despacio, parpadeando con pesadez, como si temiera que fuera una alucinación inducida por la droga.Derric cruzó la habitación a zancadas, aplastando los cristales rotos sin mirar, y cayó de rodillas junto a la cama.—Estoy aquí, mi amor. Ya estoy contigo.Claire extendió una mano temblorosa. Le rozó la manga del abrigo oscuro, bajó hasta encontrar la muñeca vendada y, al sentir el calor de su piel, se aferró a él con una fuerza sobrehumana. Derric levantó su mano sana y le apartó el pelo de la cara co

  • Prisionera de su odio   140. No lo hagas

    El aire abandonó el cuerpo de Claire. La cadena se enredó en su propio brazo, inmovilizándolo contra su costado.Se retorció con una fuerza desesperada. Sacudió la cabeza, pateó, clavó las uñas en la camisa de él, desgarrando la tela. Dereck jadeaba, sudando frío, intentando apresar su mano libre.—¡Quieta! —jadeaba él—. ¡Se acabó, Claire! ¡Ya pasó!—¡No! ¡Dereck, no! ¡Por favor!Él le apresó la muñeca contra el colchón y usó su propia rodilla para bloquearle las piernas. Claire quedó completamente inmovilizada, atrapada bajo él, con el pecho subiendo y bajando en espasmos de puro terror.Dereck levantó la jeringa. La aguja brilló un instante antes de bajar hacia su muslo.Claire reunió el último ápice de fuerza que le quedaba en el alma. Dio una sacudida tan violenta que casi logra desestabilizarlo, pero Dereck hundió la aguja a través de la tela de su pantalón y empujó el émbolo hasta el fondo.El grito que salió de la garganta de Claire no fue humano. Fue el aullido desgarrado de u

  • Prisionera de su odio   139. La fuerza de una madre

    Claire se llevó ambas manos al vientre, acariciándolo a través de la ropa, y respiró hondo. Su rostro perdió cualquier rastro de miedo y se endureció como el diamante.—Voy a intentarlo —susurró a la habitación vacía—. Mi amor, te juro que voy a intentarlo.Claire vio primero la caja. Dereck la llevaba en una mano, junto a una toalla pequeña. Cerró la puerta con una lentitud y un cuidado que hicieron saltar todas las alarmas en el cerebro de Claire. Se puso en pie de un salto. La silla raspó ruidosamente contra la madera del suelo.Dereck miró la silla, luego los pies de ella y la distancia que los separaba.—Siéntate, Claire.—¿Qué es eso?—La solución. Algo que va a ayudarnos a dejar todo esto atrás.Claire sintió que el sabor ácido del ácido gástrico le quemaba la garganta. Dereck dejó las cosas sobre la cómoda. Al apartar la toalla, el plástico de la jeringa brilló bajo la luz mortecina. Claire tuvo que aferrarse al respaldo de la silla para no retroceder instintivamente y tensar

  • Prisionera de su odio   138. El monstruo

    A kilómetros de allí, Bianca dejó caer un teléfono sobre la gran mesa de roble.—Pavel —anunció—. Marta reconoció la voz de las grabaciones. Es el mismo que llevó la comida a la primera casa de seguridad.Derric no se sentó. Llevaba despierto cuarenta y ocho horas ininterrumpidas. Había dormido apenas cincuenta minutos, y solo porque Darían se había aferrado a su camisa, aterrorizado. Derric todavía podía oler el champú infantil en su propio hombro.Fijó la vista en la fotografía de la pantalla que Bianca le ofrecía.—¿Dónde?—Una propiedad rústica que Pavel usa para ocultar mercancía hace meses. Un satélite ha confirmado que llegó un coche anoche y no ha vuelto a salir. Hay señales térmicas dentro.—¿Claire?Bianca apretó los labios hasta convertirlos en una línea blanca.—No voy a decirte que la hemos visto si no la hemos visto, Derric.Él levantó la vista, feroz. Bianca no retrocedió un milímetro.—La dirección es clara —añadió ella—. Pavel está dentro. Es lo más cerca que hemos es

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