Se connecterBianca cerró los ojos y exhaló largo y tendido, apoyando la frente en su mano libre.—Avísame en cuanto la doctora abra la boca. Cualquier cambio, Luca. Cualquier cosa.En el hospital, Derric escuchó a Luca pronunciar el nombre de su hermana a espaldas de él, pero no se dio la vuelta. Toda su existencia estaba concentrada en la camilla de Claire.Una enfermera de urgencias sostenía una bolsa de plástico transparente para evidencias y esperaba pacientemente mientras le quitaban la ropa manchada a Claire.—No dejes que se la lleven —suplicó Claire, tirando débilmente de los dedos de Derric.—No van a tirarla, amor —le explicó él, con una voz ronca por el esfuerzo de mantenerse calmado—. Es el protocolo. Van a guardarla en la bolsa para toxicología.—Mi chaqueta...—Esa también la guardamos.—Había algo dentro. Tienes que buscarlo, Derric.Él se inclinó sobre ella. Claire tenía los ojos inyectados en sangre, las pupilas dilatadas y la piel cubierta de un sudor frío y enfermizo. La doctor
Después, levantó la cara hacia el pasillo del segundo piso.—¿Pavel? —preguntó.—Los chicos siguen buscando en las dependencias de servicio, señora —respondió otro operativo.—A Claire, a la cadena, y a la jeringa los trajeron hasta aquí. No se teletransportaron porque nosotros tiráramos la puerta —la voz de Bianca no se alteró, pero su frialdad era letal—. Encuéntrenlo. O los enterramos a todos aquí mismo.El operativo tragó saliva. La conocía desde hacía años, lo suficiente para saber que bajo esa aparente calma operaba una psicopatía funcional, desatada y con permiso de su propia familia para cobrarse la factura de sangre. Se llevó el comunicador a los labios y subió las escaleras a toda prisa.Bianca lo siguió. En el último escalón, se detuvo.Desde allí podía verse el interior del dormitorio de Claire. La lámpara rota, la cama destrozada.«Me acordé», había susurrado Claire, rota y llorando.Bianca entró despacio. Su mirada analizó la escena del crimen con la precisión de un fore
Claire miró a su alrededor, parpadeando. La luz era brillante, aséptica. El aire olía a yodo y no había nadie bloqueando la puerta de salida. Aun así, se llevó la mano temblorosa al cuello, acariciando la piel magullada para comprobar, una vez más, que el acero ya no estaba.Derric vio el gesto. Tuvo que mirar hacia el suelo para contener las lágrimas de pura furia asesina que le quemaban los ojos.La madre de Derric contestó al primer tono. Él había salido al pasillo un momento porque el equipo de ultrasonidos necesitaba espacio para preparar a Claire. Se quedó pegado al cristal de la puerta, observando los monitores.—La encontré —fue lo único que dijo Derric.Al otro lado, no hubo palabras, solo el sonido de una respiración que se rompía en llanto. Derric escuchó el crujido del teléfono cambiando de manos y a su padre preguntando de fondo con voz ronca.—¿Está viva, hijo? —consiguió preguntar su madre.—Sí. La tengo en el hospital.—¿Qué ha pasado? ¿Puedes hablar?Derric se miró la
Derric apretó a Claire contra su pecho, con la garganta cerrada, negándose a imaginar cuánto tiempo había aguantado los golpes antes de rendirse. Continuó caminando hacia la salida, dejando a Bianca en el pasillo, organizando la cacería.El aire húmedo y helado del exterior les golpeó de frente. Claire cerró los ojos al sentir la luz natural; llevaba tantos días encerrada entre cuatro paredes que el cielo abierto le provocó vértigo. Derric no la soltó hasta que Moretti le indicó la camilla junto al helicóptero. En cuanto la apoyó, ella buscó su mano a ciegas.—Aquí estoy —le aseguró él, entrelazando sus dedos—. No te suelto.El rugido de las hélices ahogó cualquier otro sonido. El viento levantaba polvo y hojas secas. Derric se inclinó sobre ella para protegerle el rostro mientras los paramédicos la aseguraban.—Vamos a subir. Voy contigo.—Tengo mucho miedo, Derric —sollozó ella.La confesión lo desarmó. Le besó la frente, pegando sus labios a la piel fría de ella, dejándole toda su
Miró el vientre de Claire bajo su mano, luego sus ojos. La comprensión le golpeó con la fuerza de un tren a toda velocidad. La sangre se le congeló en las venas.—No quería que naciera —susurró Claire, aferrándose a él mientras las fuerzas la abandonaban definitivamente—. Derric… no quería que naciera nuestro bebé.Derric miró la puerta. El instinto le exigió soltar a su mujer, cruzar el pasillo y destrozar la casa habitación por habitación hasta encontrar a Dereck. La furia asesina le quemaba la sangre con tanta violencia que los músculos de la mandíbula le temblaban. Quería matarlo con sus propias manos. Necesitaba oír cómo se le quebraban los huesos por lo que acababa de hacerle a Claire.Hizo el ademán de levantarse, pero la mano de ella seguía aferrada a su abrigo, presionada contra su propio vientre. La fuerza de sus dedos era diminuta, casi inexistente, pero funcionó como un ancla pesadísima. Derric bajó los ojos. Claire estaba pálida, temblando de terror, perdiéndose en el efe
Derric se quedó inmóvil en el marco de la puerta.Fueron solo dos segundos, pero en ese tiempo, vio todo. Vio a su mujer aplastada contra el cabecero astillado. Vio el pelo pegado a su cara por el sudor, la camisa rasgada, el brazo lleno de moretones. Vio la silla volcada, la lámpara hecha añicos.Y vio el grueso grillete de acero que bajaba desde el cuello de Claire hasta la pared.—Claire.El nombre se le escapó como un aliento roto. La voz llegó antes que él. Claire levantó la cabeza despacio, parpadeando con pesadez, como si temiera que fuera una alucinación inducida por la droga.Derric cruzó la habitación a zancadas, aplastando los cristales rotos sin mirar, y cayó de rodillas junto a la cama.—Estoy aquí, mi amor. Ya estoy contigo.Claire extendió una mano temblorosa. Le rozó la manga del abrigo oscuro, bajó hasta encontrar la muñeca vendada y, al sentir el calor de su piel, se aferró a él con una fuerza sobrehumana. Derric levantó su mano sana y le apartó el pelo de la cara co







