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La reacción del monstruo

Autor: Petit
last update Fecha de publicación: 2026-10-05 01:07:48

La mirada desolada de Valery terminó de aplastar el orgullo de Anna Karerina. Ver a su amiga temblando en el suelo, rodeada de hombres armados que la miraban como a un animal de matadero, le quebró la resistencia. Los ojos le ardían por las lágrimas que amenazaban con salir por la impotencia, pero no dejó caer ni una. Sentía un nudo en la garganta que no la dejaba ni respirar.

—Déjala ir —pidió Anna Karerina, angustiada, mirando fijamente a Doménico—. Suéltala y me quedaré aquí.

Doménico la observó durante tres segundos eternos. Disfrutó en silencio la derrota en los ojos de la chiquilla, pero de inmediato sintió un sabor amargo en la boca. Le molestaba que esa mujer tan pequeña tuviera agallas, que prefiriera entregarse antes que ver sufrir a su amiga. Le ardía en el alma saber que estaba obligado a cargar con ella, a meterla en su vida y en su casa por culpa de un contrato firmado a ciegas. La rechazaba de plano. No quería a su lado a una mujer gritona que lo miraba como si fuera un monstruo.

—Haz que la saquen de aquí y la dejen en la ciudad —ordenó Doménico a uno de sus hombres, sin soltar a Anna Karerina de la chaqueta—. Si dice una sola palabra a la policía, la busco y la entierro viva. Y tú, viejo —dijo dirigiéndose a Bartolomé—, ya tienes lo que querías. Llévate a tus hombres de mi propiedad antes de que cambie de opinión y les llene el pecho de plomo.

—Es un trato, Carpio —le dijo Bartolomé sin una pizca de lástima por el sufrimiento de su hija—. La boda será formal ante los socios en tres días. Ya no hay vuelta atrás.

Los hombres, cumpliendo la orden de Doménico, arrastraron a Valery hacia la salida. La joven miró hacia atrás una última vez, llorando en silencio, mientras Anna Karerina se tragaba el llanto para no verse débil ante toda esa cuerda de delincuentes.

En cuanto el viejo Bartolomé y sus hombres se retiraron de la carpa, el silencio volvió a caer como una piedra sobre el lugar. Los socios de Doménico se dispersaron despacio, murmurando por lo bajo, temerosos de la furia del líder. En todo ese tiempo, la herida en el cuello de Doménico no dejaba de sangrar, empapándole la camisa negra.

Pasados unos segundos, quedaron solo ellos dos en el centro de la pista, bajo la tenue luz verde de emergencia.

Doménico la soltó con desprecio, tirando de ella hacia abajo. Anna Karerina cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, golpeándose las piernas. El dolor de sus piernas no le importó. Se levantó de golpe, con el rostro sucio, despeinada, pero con la mirada ardiendo de rabia, tan viva que nada podía apagarla.

—Eres un asco de hombre —le dijo Anna Karerina, con la voz rasposa, encarándolo desde su pequeña estatura—. Un animal con traje que solo sabe usar la fuerza porque no le alcanza el cerebro para más.

Doménico dio un paso rápido hacia ella. Estaba fuera de sí. La combinación del balazo que le dolía en el pecho, el corte sangrante en el cuello y la arrogancia insoportable de esa mujer lo sacaron por completo de sus casillas. Se agachó de golpe, le metió la mano por la nuca y la levantó en el aire por el cuello con una sola mano, obligándola a despegar los pies del suelo.

Anna Karerina dejó de respirar de la impresión. Sus manos pequeñas se agarraron de la muñeca enorme y tatuada de Doménico, intentando zafarse sin éxito. Sus pies pataleaban en el vacío. La fuerza del tipo era descomunal, aplastante.

—Te lo advierto por última vez, muñeca —le siseó Doménico a milímetros de su cara, con los ojos negros inyectados en odio—. Me das asco. No me sirves para nada… Pero vas a aprender a obedecerme aunque tenga que encerrarte en un sótano hasta que te pudras. Aquí la única ley soy yo.

Anna Karerina lo miró a los ojos. El dolor le quemaba la garganta y la falta de aire le producía mareos, y pese a ello, su espíritu rebelde no se dobló. En lugar de rogar, de llorar o pedir clemencia, acumuló la saliva que le quedaba en la boca y se la escupió directo en la cara.

La saliva le corrió a Doménico por la mejilla, mezclándose con la sangre de su barbilla.

Por un segundo, el capo se quedó completamente inmóvil. Cualquiera hubiera esperado que le rompiera el cuello ahí mismo o que la lanzara contra el suelo para aplastarla. Pero Doménico no lo hizo.

Lentamente, la comisura de sus labios se curvó hacia arriba, como preámbulo a una sonrisa oscura, sádica y deforme que luego se dibujó en su cara. Acompañó esa reacción con un apretón de sus dedos alrededor del cuello de Anna Karerina, disfrutando la desesperación en la mirada de la chica mientras el color azul de sus ojos comenzaban a perder el brillo ante la asfixia.

Disfrutando el momento, Doménico inclinó la cabeza hacia su oído y con un tono de voz escalofriante, le murmuró:

—Amo cuando las presas muerden antes de ir al matadero.

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