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Capítulo 2

Author: TJ
Brillante.

Esa era la palabra con la que la gente me describía desde que tenía memoria.

Bianca era más bonita, más dulce y tenía ese don de despertar en los demás el deseo de protegerla.

Lo único que yo poseía era mi inteligencia.

Me bastaba leer un libro una vez para recordar cada página. Veía patrones que los demás pasaban por alto y resolvía problemas incluso antes de que terminaran de explicármelos.

Pero nada de eso hizo que mis padres me quisieran más.

Cuando Dante demostraba la misma inteligencia, mi padre decía que era un estratega nato, el heredero perfecto del imperio Bellini.

Cuando lo hacía yo, mi madre suspiraba.

—Una mujer Bellini debe ser lo bastante lista para salir adelante, Valentina. Pero no tanto como para hacer que los hombres a su alrededor se sientan intimidados.

Bianca nunca incomodaba a nadie.

Le pedía a Dante que le explicara cosas que ya entendía. Dejaba que nuestro padre decidiera por ella. Miraba a Luca como si cada palabra que salía de su boca mereciera ser recordada.

Yo era brillante, así que podía arreglármelas sola.

Bianca era frágil, así que se quedaba con el mejor cuarto, más guardias y el primer lugar en el cariño de todos.

Lo que en Dante era una cualidad propia de un futuro heredero, en mí se había vuelto la razón por la que podía valerme sola y, por lo tanto, necesitaba cada vez menos de ellos.

Luego conocí a Luca en mi segundo año de preparatoria.

Él era un año mayor que yo y todavía no conocía a Bianca.

Cuando le conté lo que mi familia pensaba de mí, frunció el ceño.

—¿Desde cuándo ser brillante es un defecto?

Me tomó de la mano por encima de la mesa de la biblioteca.

—No cambies tu forma de ser solo porque los demás se sientan intimidados por ti, Val.

Fue la primera persona que me hizo creer que no tenía que disculparme por mi inteligencia.

Después conoció a Bianca.

Meses más tarde, lo vi reír mientras ella fingía no entender un simple juego de cartas.

—Tu hermana no tiene ni idea de lo que hace —me dijo, aún sonriendo —. Es tan tierna.

Ignoré esa sensación incómoda que me oprimía el pecho.

Lo amaba porque había sido la primera persona en decirme que ser brillante no era un pecado.

Y ahora hasta él lo utilizaba como excusa para quitarme algo.

—Vas a triunfar en cualquier lugar—me había dicho.

El salón quedó en silencio.

Dante golpeó suavemente el apoyabrazos de su sillón con un dedo.

—¿Y bien? —preguntó—. Di algo, Valentina. Nadie quiere hacerte daño. Solo estamos protegiendo a la familia.

Protegiendo a la familia.

Como si yo nunca hubiera sido parte de ella.

Bajé la mirada antes de que pudieran notar las lágrimas en mis ojos.

—Está bien.

Les daría exactamente lo que querían. Me mantendría lejos de Bianca y del resto de los Bellini.

Lo que no sabían era que yo ya había aceptado la oferta de admisión del MIT.

En tres días, me marcharía.

Una sensación de alivio recorrió el salón.

Mi madre se se inclinó detrás del sofá y sacó varias bolsas.

—No pongas esa cara triste —dijo—. También tenemos algo para ti.

También.

Pusieron los regalos delante de mí como si eso bastara para solucionar todo.

Pero yo ya había visto lo que le habían dado a Bianca: un Maserati, un reloj Cartier, una pulsera de diamantes y un antiguo violín de colección.

Mis regalos venían en cuatro bolsas simples y parecían cosas elegidas a último momento.

Mi padre me dio una pluma que tenía en su escritorio.

Dante un libro de negocios que ya había leído, con sus apuntes escritos en los márgenes.

Mi madre, una bolsa de tela sobrante de una gala benéfica.

Luca me regaló un vestido que Bianca había usado una vez. Aunque le quitaron la etiqueta, lo reconocí por una foto que ella subió a Instagram.

Cuatro regalos elegidos sin pensar en mí ni un solo segundo.

—¿Lo ves? —dijo mi madre muy animada—. Bianca no es la única que tiene motivos para celebrar.

Estuve a punto de soltar una carcajada.

Me habían quitado mi lugar en Stanford y, a cambio, me daban un vestido que Bianca ya no quería.

Recogí las bolsas y me puse de pie.

—Valentina —me llamó mi madre cuando llegué a la puerta.

Me di la vuelta.

Dudó un momento antes de preguntar:

—¿Quieres quedarte a cenar?

Quedarme.

Yo había nacido en aquella casa.

Y ahora necesitaba permiso para sentarme en su mesa.

—No, gracias.

Al salir de la mansion, tiré los cuatro regalos al cesto de basura que había junto a la garita de vigilancia y pedí otro taxi.

A mitad de camino de regreso a Queens, me vibró el celular.

Bianca había publicado una nueva historia en Instagram.

« Por fin, una cena familiar en paz ».

La foto mostraba a mi madre, mi padre, Dante y Luca sentados bajo la araña de cristal del comedor principal.

La mesa estaba repleta de ostras, camarones al ajillo, risotto de cangrejo y langosta picante.

Todos los platos incluían mariscos.

Yo era alérgica a los mariscos.

Si me hubiera quedado, lo único que habría podido comer era el pan, y ni siquiera eso estaba garantizado: todo dependía de qué cuchillo hubieran usado para cortarlo.

Cuando regresé al departamento, saqué mi maleta del armario.

Las cuatro figuras LEGO seguían alrededor de mis libros de texto, como si fueran la familia que nunca había tenido..

Las giré hasta que quedaron mirando hacia la pared.

Entonces vi la postal sobre mi escritorio.

Luca me la había dado antes de conocer a Bianca. En la portada aparecía la Torre Hoover de Stanford, resplandeciendo bajo el sol de California.

En el reverso, con su letra inclinada, había escrito una sola frase:

« Te estaré esperando en Stanford, Val.

Me quedé contemplando esas palabras durante un largo rato.

Después, rompí la postal por la mitad.
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