Se connecterLa familia Cassano tenía una extraña tradición: cualquier hombre que quisiera casarse conmigo debía entrar en una habitación a oscuras y someterse a una «prueba» de mi padre. Solo quienes conseguían superarla tenían permiso para estar conmigo. Sin embargo, a lo largo de los años, había tenido varios novios, y todos, sin excepción, habían salido de esa habitación convertidos en personas completamente distintas. Sus rostros estaban desencajados y sus ojos reflejaban una hostilidad tan intensa que apenas podía reconocerlos. Mi quinto novio, Dominic, se burló de la idea. —Es solo una vieja táctica para intimidar —dijo, restándole importancia con una sonrisa burlona—. Te amo y quiero casarme contigo —me prometió, tras un momento, tomándome de las manos—. No te preocupes, mi amor. Y entonces entró. No sé cuánto tiempo pasó hasta que la puerta volvió a abrirse. Solo recuerdo que, cuando Dominic salió, su expresión había cambiado de manera rotunda. Me miró como con un desprecio tan profundo que sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda, como si de pronto fuera algo repugnante que acabara de descubrir pegado a la suela del zapato. —Perra asquerosa. No puedo creer que la familia Cassano siquiera te permita seguir viva. No tuve tiempo de preguntarle qué había ocurrido. Se abalanzó sobre mí y me agarró del cuello con ambas manos, apretando con tanta fuerza que apenas conseguí respirar. Intentaba matarme. Cerré los ojos, desesperada, mientras sus dedos se hundían en mi garganta. No lo entendía. No entendía absolutamente nada. ¿Qué demonios había en esa habitación? ¿Qué les hacía mi padre a todos los que entran allí? Y, sobre todo, ¿qué les decía o enseñaba para que todos salieran odiándome hasta el punto de querer verme muerta?
Voir plusEl hospital psiquiátrico privado «Eden» era tan lujoso como un hotel de cinco estrellas, pero igual de asfixiante.Todos los días me obligaban a tragar puñados de tranquilizantes.Los medicamentos apagaban mis emociones. Con el paso de las semanas, empecé a sentir que mi mente se hundía en una niebla espesa, en la que los días se confundían y los recuerdos perdían sus contornos.Perdí la noción del tiempo y casi llegué a olvidar quién era. Lo único que quedaba en mi mente era aquel sangriento video de las cámaras de seguridad.Hasta que un día, tres meses después…algo rompió la monotonía de mi encierro.Mientras estaba en el área de recreación del pabellón de alta seguridad, vi a través del grueso vidrio blindado a alguien que no podía estar allí.Julian.El hombre del video. Mi primer amor, al que supuestamente había asesinado.Llevaba una bata de hospital a rayas y estaba sentado en una silla de ruedas, mirando fijamente por la ventana.Mi cerebro, embotado por los medicamen
Aquella mañana acababa de tirar la basura del motel en el contenedor de afuera. Al darme la vuelta, vi a Victor. Me estaba dando la vuelta para regresar al trabajo cuando una voz familiar me dejó paralizada.—Buenos días, hija mía.Victor acababa de bajar de un coche.No tuve tiempo de gritar. Dos enormes guardaespaldas se abalanzaron sobre mí y me estrellaron contra el capó. Las frías esposas se cerraron alrededor de mis muñecas con un chasquido metálico.—¡¿Qué están haciendo?! ¡Suéltenla! —gritó el dueño del motel, un hombre gordo que salió corriendo con el teléfono en la mano—. ¡Voy a llamar a la policía!—Lamento mucho haberlo asustado, señor —respondió Victor con elegancia, acercándose a él como si acabara de ocurrir un pequeño malentendido.Sacó varios documentos de aspecto oficial de su maletín y se los entregó.—Soy su padre. Mi hija padece esquizofrenia grave con tendencias violentas. Estaba bajo custodia, pero escapó hace dos semanas después de agredir a alguien.Para
—¡Váyanse! ¡No sé nada!Me apoyé en el único brazo que tenía sano para incorporarme, tratando de alejarme de ellos y poner fin a aquel interrogatorio antes de que todo se viniera abajo.—¡Estoy mal de la cabeza! ¡Consumo drogas ilegales, estoy loca! ¡Todas estas heridas me las hice yo misma! Me tiré del cabello, desesperada por conseguir que creyeran mis mentiras. Si lograba convencerlos de que estaba delirando, quizá dejarían de investigar. Quizá no entrarían nunca en aquella habitación.Los policías observaron mi crisis con rostros inexpresivos.—Me temo que eso no es cierto, señorita Nessa —dijo el detective, levantando un informe—. Su análisis toxicológico salió completamente limpio. No está bajo los efectos de ninguna sustancia. Y las marcas de su cuerpo son, sin duda, producto de un maltrato prolongado.Dejó caer una carpeta con un sello oficial sobre la mesa de noche.—Esta es una orden de registro. Victor Cassano está en el pasillo. Ahora mismo nos va a llevar a la mans
Me froté los ojos, intentando convencerme de que aquello que estaba viendo no era real, de que las imágenes desaparecerían si cerraba los párpados y volvía a abrirlos.Pero no desaparecieron.Las imágenes que se reproducían en la pantalla eran como cuchillos envenenados que se me clavaban en el cerebro. Cada segundo que pasaba, aquellas escenas se grababan más profundamente en mi memoria, desgarrando todo lo que todavía quedaba de mí.Imposible. Aquello era imposible.—¿Ahora lo ves claro? —La voz helada de Victor resonó en la habitación—. ¿Ya te rendiste?Antes de que pudiera responder, me agarró de la ropa, a la altura del cuello, y me propinó una bofetada que me hizo perder el equilibrio.—Hace mucho que deberías estar en el infierno, Nessa —maldijo, con una frialdad que me caló hasta los huesos.Esta vez no me moví.La mejilla se me hinchó y un hilo de sangre me resbaló del labio, pero apenas fui consciente del golpe. El dolor físico había quedado relegado a un segundo plano; aquel












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