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Capítulo 3

Author: TJ
A la mañana siguiente, fui a cumplir mi turno en la cafetería de la avenida Madison, donde trabajaba.

Aunque normalmente atendía detrás del mostrador, aquel día lanzaban el menú de verano. Así que mi encargado me entregó un disfraz gigante de taza de café y me mandó a la calle a repartir cupones.

Para el mediodía, el calor de Manhattan había convertido el disfraz en un verdadero horno.

Me escabullí detrás del edificio, me quité la enorme cabeza de espuma y me llevé una botella de agua a los labios.

—¿Valentina?

Me quedé paralizada.

Mi familia estaba junto a la entrada de una boutique italiana, al otro lado de la calle.

Allí estaban mi padre, y mi madre, con Dante, Luca y Bianca. Seguramente era otra de sus salidas de compras.

Dante y Luca cargaban varias bolsas de diseñador.

Bianca no llevaba nada. Nunca tenía que hacerlo.

Mi madre observó mi uniforme y luego el ridículo disfraz que tenía a mi lado. Su expresión pasó de sorpresa a preocupación en cuestión de segundos.

— ¿Qué haces aquí? —Se acercó de prisa—. Estás empapada en sudor.

—Trabajando.

—¿Trabajando? —Frunció el ceño—. Valentina, recibes ocho mil dólares cada mes en tu cuenta ¿Para qué necesitas trabajar?

—Antes si lo recibía.

La expresión de Dante se endureció.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Desde enero, solo me llegan quinientos dólares al mes.

—Eso es imposible —dijo mi madre—. La oficina administrativa de la familia transfiere automáticamente el monto completo.

—Sí, lo transfieren —respondí—. Solo que no a mí.

Había descubierto que me faltaba dinero cuatro meses atrás.

Cuando le reclamé al señor Russo, el administrador de las cuentas familiares, se mostró muy incómodo.

Bianca le había dicho que yo había aceptado cederle la mayor parte de mi asignación mensual. Como ella vivía en la mansión y yo no, él le creyó.

Se lo conté de inmediato a mi madre, a mi padre y a Dante.

Bianca se puso a llorar e insistió en que todo había sido un malentendido.

Mi familia decidió que estaba usando el dinero como excusa para atacarla y exigir que me dejaran regresar a la mansión.

A partir de entonces, dejé de insistir y comencé a trabajar en la cafetería

—Ya nos contaste esa historia —dijo Dante con frialdad—. ¿Por qué sigues mintiendo?

—No miento.

Bianca se acercó a mi madre.

—El señor Russo se equivocó y yo ya me disculpé por el malentendido —dijo con voz suave—. Supongo que mis disculpas todavía no son suficientes para Valentina.

Mi madre le acarició el brazo para tranquilizarla antes de volverse hacia mí.

—Si realmente estabas en problemas, debiste acudir a mí.

—Lo hice.

Pero nadie me creyó.

Nunca cuestionaron al señor Russo ni verificaron los registros de las cuentas. Bianca les había contado su versión, y eso les bastó como prueba.

Luca había permanecido en silencio todo ese tiempo.

Lo miré, con la absurda esperanza de que recordara aquellas noches en las que lo llamé porque no me alcanzaba para pagar otro taxi de regreso a casa.

En cambio, soltó un suspiro.

—Val, estás exagerando demasiado.

Apreté con fuerza la botella de agua.

—Hiciste una acusación —continuó—. Eso no es lo mismo que pedir ayuda.

Su tono era sereno y razonable, como si la crueldad de sus palabras fuera perfectamente lógica.

—El señor Russo cometió un error. Tú lo convertiste en una prueba de que toda tu familia estaba en tu contra. Si de verdad necesitabas dinero, podrías haber llamado a tu madre.

Luca apretó la mandíbula.

—Este no es lugar para armar un escándalo. Pídele disculpas a tu madre y dejemos este asunto atrás.

Me quedé mirándolo.

Aunque les mostrara los movimientos de las cuentas, nada cambiaría.

Bianca no había tomado mi dinero. El señor Russo simplemente había entendido mal.

Y, de algún modo, la culpa era mía por no haberme explicado con claridad.

Ya no quedaba nada por decir.

Recogí la enorme cabeza de espuma.

—Será mejor que se vayan. Debo volver al trabajo.

Me la puse y quedé completamente aislada de ellos.

Todo a mí alrededor se volvió oscuro y sofocante.

De pronto, oí a Bianca respirar agitadamente detrás de mí.

—Lo siento mucho... —dijo con vos entrecortada—. Sé que estas enojada conmigo.

Me di la vuelta por instinto.

Bianca retrocedió y chocó contra un exhibidor de metal. Estiré la mano hacia ella, pero Dante se interpuso entre las dos y la apartó de un tirón.

El empujón me hizo trastabillar hasta estrellarme contra la pared de ladrillos.

Me golpeé la frente con el armazón rígido del disfraz.

Un dolor agudo atravesó mi cabeza.

Me apoyé en la pared para no caerme, mareada y con la visión prácticamente nublada.

—Tranquila, Bianca —murmuró Luca detrás de mí—. Mírame. Respira.

Mi madre ya pedía agua a gritos.

Mi padre le ordenó a uno de los guardias que trajera el auto.

Nadie me preguntó si estaba herida.

Me escabullí por la puerta trasera de la cafetería antes de que me vieran llorar.

Cuando terminó mi turno tenía un enorme moretón en la frente.

Al menos, ese día me pagaban.

Solo me quedaban dos días.

Después dejaría todo aquello atrás y tomaría mi vuelo a Boston. Lo único que necesitaba era reunir el dinero suficiente para poder llegar hasta allí.

Había pedido que me pagaran en efectivo porque la oficina administrativa de los Bellini seguía vigilando cada movimiento de mi cuenta bancaria.

Mi encargado me entregó un sobre con el pago de las últimas dos semanas y me dirigí a un puesto de comida halal a unas cuadras de allí.

Lo único que quería era un plato de pollo con arroz y una limonada bien fría.

Por primera vez en todo el día, estuve a punto de sonreír.

Entonces, el vendedor levantó uno de mis billetes y lo examinó a contraluz.

Su expresión se ensombreció.

—¿Estás intentando estafarme?

—¿Qué?

—¡Todos estos billetes son falsos!

Varias personas a nuestro alrededor comenzaron a mirarnos.

El vendedor me señaló, y alzó la voz para hacerse oír por encima del bullicio de la calle.

—¿Vienes a mi puesto con dinero falso y crees que no me voy a dar cuenta? ¡Lárgate de aquí antes de que llame a la policía!
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