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Capítulo Tres

Author: MURK ROSE
last update Petsa ng paglalathala: 2026-11-05 09:58:14

Punto de vista de Evelyn

Eché un vistazo al reloj del salpicadero. Apenas era mediodía.

En mi otra vida, habría pasado esa hora en una cabina privada de un spa de lujo, quejándome de la temperatura del agua aromatizada mientras intercambiaba mensajes subidos de tono con Marcus. Hoy estaba sentada en el asiento trasero de una berlina negra, con las palmas sudorosas, apretando contra el pecho un pequeño estuche de terciopelo azul noche. Contenía un par de gemelos de zafiro de Caleb.

Él no los necesitaba: tenía decenas, ordenados alfabéticamente en su vestidor. Pero era mi único pretexto para atravesar los controles de su cuartel general sin cita previa.

Cuando el coche se detuvo al pie del monolito de cristal y acero negro que albergaba la sede de Kingston Enterprises, una náusea brutal me retorció el estómago.

Al cruzar el majestuoso vestíbulo, vi cómo los dos guardias de seguridad se quedaban rígidos. Sus rostros se descompusieron en un instante. Me conocían demasiado bien: era la mujer histérica que había hecho despedir a un recepcionista seis meses atrás porque el ascensor privado había tardado treinta segundos de más en bajar. No podía culparlos por su terror. Durante años, mi llegada a ese lugar anunciaba sin falta una tormenta de insultos, exigencias absurdas y escenas de humillación pública.

Ya esperaban el drama. La crisis de histeria de cada día.

—Buenos días —dije con voz serena, esbozando una leve sonrisa—. Vengo a ver a mi marido.

El más joven de los guardias parpadeó, desconcertado, y apartó con disimulo una carpeta, como si temiera que se la lanzara a la cara.

—Eh... Sí, señora Kingston. Aviso enseguida a secretaría.

—Gracias. Es usted muy amable.

Me dirigí a la hilera de ascensores. En el reflejo de las puertas doradas que se cerraban, vi a los dos hombres inclinarse el uno hacia el otro, cuchicheando con incredulidad. Les había hecho la vida imposible. Había sido un monstruo de desprecio, usando el nombre de mi marido como un látigo para aterrorizar a empleados que no me habían hecho nada.

En la última planta, la de la alta dirección, el silencio era pesado, amortiguado por una gruesa moqueta. Un olor a café de tueste selecto y a cuero de lujo no lograba disimular la tensión en el ambiente.

Tras un imponente escritorio de cristal esmerilado estaba Margaret. Sesenta años, mirada penetrante, asistente personal de Caleb desde la fundación de la empresa. Y, sobre todo, me profesaba un odio feroz y perfectamente legítimo. Antes yo la detestaba a ella también, por considerarla demasiado rígida, demasiado protectora con mi marido.

Ni siquiera levantó la vista de sus pantallas dobles cuando me acerqué.

—El señor Kingston está en una reunión estratégica, Evelyn —soltó con voz monótona y cortante—. No saldrá en al menos una hora, y su agenda está saturada hasta la salida hacia la gala.

—Puedo esperar, Margaret —respondí con mucha suavidad.

Alzó la barbilla de golpe. Las gafas se le resbalaron por el puente de la nariz.

—¿Usted... va a esperar? —repitió, buscando la ironía en mi rostro—. Lo normal es que derribe su puerta para exigirle que le entregue su tarjeta negra o que la lleve a la joyería.

Me dejé caer sin ruido en uno de los sillones de cuero frente a ella.

—Sé que he sido... odiosa en el pasado. Pero solo quería dejarle esto. Se los olvidó esta mañana en la cómoda. —Levanté el estuche de terciopelo.

Margaret miró la caja y luego me observó largamente, con el ceño fruncido, buscando frenéticamente dónde estaba la trampa.

—Déjelos ahí —dijo, señalando una esquina de su mesa—. Se los haré llegar.

—Si no le molesta, preferiría dárselos en mano. Me quedaré aquí sentada, sin hacer ruido. No la molestaré.

Pasó una hora entera. No saqué el teléfono. No solté suspiros de exasperación. Me quedé inmóvil, con las manos unidas sobre el regazo. Margaret, por su parte, me lanzaba miradas furtivas cada tres minutos, tiesa en su silla como si escondiera una granada bajo el abrigo. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, le dedicaba un pequeño asentimiento cortés. Parecía tan aturdida que estaba al borde de la apoplejía.

En mi vida anterior, ella le había dicho una vez a Caleb que solo una experiencia traumática o la muerte podrían cambiarme. Si supiera hasta qué punto había acertado.

De pronto, las puertas dobles de caoba de la sala de juntas se abrieron. Una docena de hombres y mujeres de traje oscuro salieron, con los rostros agotados por las negociaciones. Caleb cerraba la marcha, conversando en voz baja con su director jurídico.

Levantó la vista. Su mirada chocó con la mía y las palabras se le cortaron en seco.

—¿Evelyn? —Su voz era grave, cargada de una irritación inmediata y defensiva—. ¿Qué haces aquí? ¿Le ha pasado algo a Leo?

—Leo está perfectamente —dije, poniéndome de pie con calma—. Esta mañana olvidaste tus gemelos. Pensé que los necesitarías para la gala.

Di un paso al frente y le tendí el pequeño estuche. Caleb se quedó petrificado. Sus ojos oscilaron entre mi mano extendida y mi rostro, buscando probablemente la emboscada, esperando que tirara el estuche al suelo para montar un escándalo delante de sus colaboradores.

Lentamente, con una desconfianza palpable, su mano se cerró sobre el terciopelo.

—¿Has cruzado toda la ciudad... por unos gemelos? —preguntó con la voz alterada.

—Y para pedirte una cosa.

Caleb soltó un suspiro cansado y se volvió hacia su abogado.

—Danos un minuto, Frank.

Cuando el pasillo quedó vacío, me hizo pasar a su amplio despacho panorámico y cerró la puerta. No se molestó en sentarse. Se quedó de pie, con el cuerpo en tensión.

—Escucha, Evelyn. Si es para renegociar el límite de tu tarjeta para la subasta de esta noche, la respuesta es no. Ya lo hablamos ayer.

—No se trata de dinero, Caleb.

Di tres pasos hacia él.

Por instinto, Caleb retrocedió un buen trecho, hasta que la zona lumbar chocó con el borde de su escritorio de caoba. El implacable hombre de negocios ante quien temblaban los mayores inversores del país acababa de retroceder por puro temor a mis reacciones. Una puñalada se hundió un poco más en mi corazón.

—Quería saber si podíamos ir juntos a la gala —dije en voz baja—. En el mismo coche. Quiero que lleguemos como una familia.

Caleb me miró, estupefacto.

—Tú aborreces la berlina familiar. El año pasado me gritaste que te hacía parecer una «ama de casa de barrio residencial». Exigiste tu propia limusina para poder reunirte con tus amigos y marcharte antes.

—Estaba equivocada —murmuré.

Extendí la mano. Los dedos me temblaban ligeramente mientras me acercaba a él para ajustarle el nudo de la corbata de seda. Caleb se quedó rígido al instante, conteniendo la respiración como si mi roce fuera a quemarlo.

—Quiero estar a tu lado esta noche —continué, alzando la vista hacia él—. No para hacer de figurante ante la prensa, sino porque soy tu esposa.

Durante una fracción de segundo, la coraza de hielo que blindaba su rostro se resquebrajó. En el brillo de sus ojos oscuros vislumbré al hombre que me había pedido matrimonio cinco años atrás, el hombre que me había amado con un amor puro y devorador antes de que yo destruyera metódicamente hasta el último resto de su confianza.

El recuerdo de mi vida pasada me golpeó de lleno. Tras mi muerte, cuando creía que por fin celebraría su liberación, que se volvería a casar enseguida para pasar página de aquel infierno... no lo hizo. Se hundió. Rugió de dolor por mi pérdida. Me había amado hasta lo más hondo de su ser, incluso más allá de la tumba, a pesar del monstruo que yo había sido con él.

Una ironía sangrienta me atravesó la mente: lo había sacrificado todo por Marcus, un parásito manipulador que me había asesinado a sangre fría junto con mi mejor amiga, mientras el amor absoluto que buscaba por todas partes estaba ahí, ante mis ojos, roto por mi propia culpa.

—¿A qué juegas, Evelyn? —murmuró Caleb. La agresividad había abandonado su voz. Solo quedaba una profunda confusión. Y un dolor inmenso.

—Ya no juego —dije—. Estaré lista a las seis. Pasa por casa a recogernos a Leo y a mí.

No esperé su respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Con la mano en el picaporte, me volví una última vez. Caleb no se había movido ni un milímetro. Seguía apoyado contra su escritorio, apretando el estuche de terciopelo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto completamente blancos.

—A las seis, Caleb —repetí.

Al pasar de nuevo por secretaría, me crucé con la mirada de Margaret, que seguía con la boca entreabierta.

—Que tenga una buena tarde, Margaret —dije con sinceridad.

Sentí sus ojos quemándome la espalda hasta que las puertas metálicas del ascensor me ocultaron de su vista. Era la primera vez en cinco años que salía de ese edificio sin que nadie llorara, gritara o recogiera fragmentos de cristal.

Era una victoria minúscula. Pero al poner un pie en el vestíbulo, supe que la verdadera guerra no había hecho más que empezar.

Tenía que volver a casa. Me esperaban un hackeo que terminar, un niño asustado al que tranquilizar y una trampa mortal que tender a mi querida «mejor amiga».

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