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Capítulo Cuatro

Author: MURK ROSE
last update Petsa ng paglalathala: 2026-11-05 10:15:21

El toque final

Punto de vista de Evelyn

Cuando volví de la oficina, la casa estaba sumida en un silencio casi opresivo. Fui directamente a la habitación de Leo. Sentado en medio de su alfombra de juegos, alineaba unos cochecitos de metal en una fila de precisión maniática. Al oír chirriar la puerta, sus hombros pequeños se pusieron rígidos al instante, pero no levantó la cabeza.

—Hola, campeón —dije, dejándome caer despacio sobre el parqué, a unos pasos de él—. Qué rápidos parecen tus coches.

Una mirada furtiva, breve y desconfiada, antes de volver a concentrarse en sus juguetes.

—El azul es el más rápido. Papá dice que se parece al suyo.

—Es verdad —susurré. Mis dedos rozaron un camioncito verde al que se le estaba descascarillando la pintura—. ¿Puedo jugar un ratito contigo? Solo un minuto, antes de ir a cambiarme.

Leo asintió muy despacio, sin apartar los ojos del camión.

—Vale. Pero no los rompas. No me gusta cuando se rompen.

Durante años, ese niño no había sido para mí más que un eslabón de acero que me ataba a una jaula dorada y a la fama. Un error fatal. Odiaba tanto a Caleb que había acabado descargando el mismo rencor sobre su hijo, simplemente porque tenía sus ojos. Qué monstruosamente ciega había sido... Una quemazón me oprimió la garganta, pero contuve las lágrimas. ¿Cómo había podido tratar con tanta frialdad a mi propia sangre, solo para castigar a un hombre?

—Te prometo que los cuidaré mucho.

Durante quince minutos, suspendidos fuera del tiempo, me quedé en cuclillas a su lado. Le pregunté con suavidad si los crepes del mediodía estaban ricos. Poco a poco, la rigidez de sus bracitos se fue aflojando. Acabó señalando el borde de la ventana para hablarme de un gorrión. Era solo charla de niño, pero para mi corazón devastado valía más que todas las victorias del mundo. Nunca le había dejado espacio para respirar a mi lado; ahora, cada mirada, cada palabra arrastraba el peso de una culpa eterna. Había sido una madre espantosa, egocéntrica y ciega. Pero esa noche marcaría el fin de aquel desastre.

Llamaron discretamente a la puerta. La señora Higgins asomó la cabeza:

—Señora, ya ha llegado la estilista.

Me incorporé e incliné la cabeza para dar un beso en la frente tibia de Leo. Esta vez no se apartó.

—Tengo que ir a una fiesta con papá, pero volveré a arroparte. Y mañana iremos al parque. Solo los dos. ¿Vale?

Sus ojos oscuros se abrieron de par en par.

—¿Al parque grande? ¿El del tobogán gigante?

—El más grande de todos —prometí—. Pórtate muy bien con la señora Higgins.

Al llegar a mi ala de la casa, una adrenalina nueva me azotaba la sangre. Por fin tenía algo que defender. Pero al recorrer el pasillo, mi mirada tropezó con el abrigo de visón de Sarah, arrojado con descuido sobre un sillón del salón principal. La realidad me alcanzó de golpe. Entré en mi vestidor, me senté frente al ordenador y abrí sesión. Necesitaba la prueba definitiva.

Accedí a mi cuenta bancaria privada, la que mi padre abrió años atrás. No la había consultado en meses, dejando todo ese papeleo «aburrido» en manos de Sarah. Al desplazarme por el historial, se me heló la sangre en las venas.

Decenas de transferencias. Cinco mil dólares por aquí, diez mil por allá, escapando como una larga hemorragia hacia una cuenta anónima en el extranjero. Y luego ese último ingreso, fechado el día anterior: cincuenta mil dólares con el concepto «Inversión», acompañados de una nota interna que aquella imprudente había olvidado borrar: Proyecto M.A.

Marcus Adams.

No se limitaba a ayudarlo a desmantelar el imperio de Caleb; se estaba pagando una vida de lujo con mi propia herencia. Una rabia fría, casi quirúrgica, me invadió. No era solo su peón. Era su vaca lechera.

—¿Señora? ¿Empezamos con el peinado? —preguntó la peluquera al entrar con su material.

—Sí —dije, cerrando de golpe la pantalla—. Y hágame algo perfecto. Quiero parecer una mujer con la que nadie se mete impunemente.

La hora siguiente fue un torbellino de vapores de laca, polvos y horquillas metálicas. Me quedé perfectamente inmóvil, con la mirada fija en mi reflejo. Por fin entró Sarah, haciendo tintinear los hielos de su copa de champán.

—¡Ay, Eve! ¿No te has puesto el vestido rojo? —chilló con su vocecita aguda—. ¡Marcus se va a llevar tal decepción! Siempre dice que el rojo te hace irresistible.

—Esta noche he elegido el azul noche —respondí, sosteniéndole la mirada en el espejo—. Me parece que transmite más... lealtad.

Sarah soltó una risita falsa, sin percatarse de nada.

—¿Lealtad? ¿Desde cuándo te preocupa eso? En fin, ¿has puesto los archivos confidenciales en el USB? Marcus ya me ha escrito tres veces.

—Está aquí —dije, dando unos golpecitos a la pequeña cartera plateada que descansaba sobre el tocador—. Dile que recibirá exactamente lo que merece esta noche.

—¡Estás tan dramática hoy! —rio—. Me encanta. Voy a retocarme el eyeliner. ¡Nos vemos en el coche!

En cuanto cerró de un portazo, saqué el pequeño USB negro que tenía escondido bajo mis cosméticos. Mientras las peluqueras se afanaban, había terminado en secreto el cifrado. A simple vista, un simple USB Kingston corporativo. En su interior: un nido de datos corruptos y un script espía configurado para alertar a la seguridad de Caleb en el instante en que tocara un servidor externo.

Lo deslicé en el fondo de mi bolso.

En el gran espejo, el vestido azul noche me envolvía como una armadura. El cuello alto y las mangas largas le daban un aire austero y majestuoso, esculpiendo mi silueta sin mostrar demasiado. La niña caprichosa y manipulable había desaparecido. Era el atuendo de una mujer lista para mostrar sus cartas.

El golpe seco de la puerta de entrada resonó en la planta baja. Caleb había llegado.

Cerré los dedos sobre mi cartera. El peso de aquel componente electrónico entre mis manos era el de un arma cargada.

Desde lo alto de la gran escalera, vi a Caleb de pie en el vestíbulo. Enfundado en su esmoquin oscuro, estaba deslumbrantemente elegante, pero el cansancio marcaba duramente sus facciones. Golpeteaba la esfera de su reloj, con la mandíbula tensa, esperando sin duda mi habitual retraso, mis estallidos histéricos o mis gritos a las maquilladoras.

Entonces levantó la vista.

No se movió. Su mirada, habitualmente envuelta en un desprecio glacial y una desconfianza gastada, se quedó fija. Durante una fracción de segundo, un destello de incomprensión cruzó sus ojos oscuros. ¿Otra comedia? ¿A qué está jugando ahora?, parecía decir la línea dura de sus labios.

—Estás lista —soltó con voz ronca, sin molestarse en disimular su fastidio resignado.

—Te lo había prometido —dije, bajando los últimos escalones.

Eché un vistazo a Sarah, inmóvil junto al porche, con la nariz pegada a la pantalla para avisar a Marcus. Luego me volví hacia Caleb y deslicé sin dudar mi brazo bajo el suyo.

Su cuerpo se tensó al instante. Un reflejo de rechazo instintivo. Bajó una mirada pesada y llena de sospecha hacia mi mano posada sobre su manga. Pero estábamos en público, delante del servicio y de Sarah; no iba a montar una escena. Lo permitió, convencido de que se trataba de una nueva provocación o de una maniobra calculada para ganarse a la prensa.

—¿A qué juegas, Evelyn? Estás distinta —murmuró entre dientes, lo bastante bajo para que Sarah no oyera nada. Su tono era seco, impregnado de una amargura tenaz.

—Ya no juego —respondí con calma—. ¿Nos vamos?

Caleb miró con recelo a Sarah y luego volvió a mí, frunciendo el ceño.

—El coche nos espera. Pero ¿estás segura? Normalmente no soportas subir conmigo y prefieres saltar a su limusina.

—Estoy segura —dije con una voz que no admitía réplica—. Mi lugar está aquí.

Cruzamos juntos el porche. A mi espalda, sentía la mirada afilada de Sarah clavándose entre mis omóplatos, desconcertada por mi comportamiento. No me importó. El sol moribundo doraba los árboles del camino.

La trampa estaba tendida. Marcus esperaba su lluvia de oro, y Sarah su comisión. Ninguno de los dos sospechaba que la criatura crédula que creían manipular había muerto, y que la mujer que caminaba a su lado esa noche había venido a saldar cuentas.

Caleb me guió hacia la parte trasera de la berlina. Seguía observándome, buscando la trampa tras aquella calma inusual, pero no me rechazó cuando me senté a su lado.

—La noche podría ser interesante —murmuré mientras el chófer metía la primera.

Caleb dejó escapar un suspiro cansado, recostado contra el cuero oscuro, con la vista fija al frente.

—Solo espero que sea tranquila. Por una vez.

Por la ventanilla, el paisaje empezó a desfilar en el crepúsculo.

—No será tranquila, Caleb. Pero...

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