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Capítulo 3

Author: Cocojam
En cualquier otro contexto, me hubiera arrodillado ante Gideon para suplicarle que no se vinculara con otra loba. Pero a Ronan se le iluminó el rostro. Me dio una palmada en el hombro y su voz retumbó en la mesa:

—¡Thalia, hasta que por fin entras en razón! Tú solo di cuándo estés preparada y, después de cenar, te busco al Alfa más codiciado de la Alianza.

Me eché a reír y le seguí la corriente, deslizando la vista hacia Gideon. Él tenía la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse los dientes. La furia y el instinto territorial le desfiguraban el rostro.

—¡Thalia! —rugió, cortando nuestras risas—. No te hagas ideas raras. Aveline es solo... solo una amiga. —Las palabras le salieron rasposas, ahogadas por la urgencia—. No hay nada entre nosotros.

Ronan, impaciente con las evasivas de su segundo al mando, atacó directo a la yugular:

—¡Eso es bueno! Si ese es el caso, ¿por qué no completas el vínculo con Thalia? Nos ahorrarías el problema de buscarle un Alfa de otra manada y ella se quedaría en casa.

Un latido salvaje me golpeó las costillas. Durante un segundo, donde mi poca dignidad vislumbró un rayo de esperanza, me engañé. Pensé que aceptaría y que, tal vez, usaría la insistencia de mi hermano para reclamarme como suya frente a todos.

Sin embargo, Gideon masacró mis ilusiones con su respuesta:

—¡No seas ridículo! Thalia es como una hermana para mí.

Lo soltó con una certeza inquebrantable, sin rastro de duda.

—Jamás podríamos estar juntos de esa forma —remató.

Mi mundo se hizo añicos. Casi pude oír cómo se rompía mi propio corazón. Él me rechazó.

«Como una hermana para mí».

Con esa misma excusa me había mantenido atada durante cinco años. Era su hembra de alcoba, el secreto mejor guardado de la manada.

Forcé una sonrisa hasta sentir que la piel de mis mejillas iba a desgarrarse.

—Así es —susurré—. Crecimos juntos. El Beta Gideon siempre ha sabido cómo protegerme.

Decir aquello fue como masticar vidrios rotos.

Aveline se metió en la conversación. Su tono dulce y fingido me revolvió el estómago.

—Es que para él Thalia es como una hermanita —aseguró—. Gideon no para de contarme maravillas de ella todo el tiempo.

Me sonrió como si no rompiera un plato, saboreando la victoria de quien acaba de pisotear a su rival.

Tras la cena, Gideon se marchó con Aveline y, durante los días siguientes, no tuvimos contacto alguno.

Para tratar de olvidarlo, me dediqué a sumergirme en la rutina: tragué comida que no me sabía a nada y me forcé a reír a profesas en todas las celebraciones de los lobos jóvenes.

Unos días después, durante la fogata de luna llena, Ronan me sacó a la fuerza de mi habitación. Yo ya estaba bajo las sábanas, renuente a salir, pero él no me dio opción.

—¡Esta noche es decisiva para Gideon! Nos criamos juntos, ¡tienes que estar ahí! —me explicó.

No capté la indirecta hasta llegar al claro del bosque. El ambiente se percibía distinto. La manada esperaba un espectáculo.

—Dicen por ahí que Aveline le pedirá a Gideon que completen el vínculo hoy —cuchicheó una loba a escasos metros de nosotros.

—¿De verdad? ¿Él ya está listo para marcarla? —preguntó su acompañante con asombro.

—Me contaron que hasta le mandó a hacer un vestido a medida con el sastre del pueblo para la ceremonia —aseguró una tercera voz entre la multitud.

Los murmullos me perforaron los tímpanos.

Hasta un vestido para la ceremonia le había conseguido. Él nunca había hecho nada parecido por mí. Emparejarse conmigo ni siquiera formaba parte de sus planes a futuro.

Apenas inició la velada, el interés de los machos jóvenes se centró en mí. Un desfile de Alfas de manadas aliadas, todos exudando dominio y linaje en cada paso, buscaba mi aroma. Lo mejor de todo es que eran apuestos.

Se acercaban con galantería:

—Thalia, ¿me concedes este baile? —me invitó un macho.

—Te ves hermosa esta noche —halagó otro.

Me moví entre ellos con elegancia, repartiendo sonrisas de cortesía por doquier.

A través de las llamas, Gideon me vigilaba. El instinto le oscurecía las pupilas hasta devorarle el iris. Cada vez que un macho se me acercaba demasiado, apretaba los puños a los costados.

A pesar de sus celos, no hizo nada. Aveline estaba justo ahí, aferrada a su brazo.

—¡Thalia! —me llamó esa loba.

Mientras yo descansaba, Aveline se acercó y me arrastró a un rincón. La música apenas se oía.

—Le voy a pedir a Gideon que completemos el vínculo. ¿Me ayudarías? —Su súplica venía acompañada de un tono meloso—. ¿Podrías aprovechar esa hermandad que tienen para ayudarme? Él no te niega nada. Cumplirá lo que le pidas.

Me quedé mirándola, aplastada por el peso de su farsa. Aveline vendía la imagen de una loba inofensiva, pero tenía la sangre envenenada.

Conocía nuestro secreto. Y sabía que Gideon jamás me reconocería frente a la manada. Su plan era usarme como peón, obligarme a entregarle yo misma al hombre que alguna vez amé. Quería arrastrar mi orgullo hasta quebrarme de dolor.

Pero la muy ilusa no sabía que, tras la agonía de mi vida pasada, ya había aprendido la lección y mi amor por Gideon había muerto junto con mi corazón.

—Por supuesto. —Esbocé una sonrisa cordial—. Te ayudaré.

Desde que empezó la cena, Gideon no me quitó la vista de encima. Se la pasó sirviéndome comida en el plato y rellenándome el vaso con jugo, en un intento inútil por intimidarme.

—Thalia, ni siquiera sé si has desayunado. Vamos, inténtalo. Es pato a la miel, tu favorito —me rogó, incómodo por mi indiferencia.

Lo aparté sin mirarlo a la cara. Ni siquiera era mi favorito.

—Gracias, pero no tengo hambre —sentencié—. Mejor ve a cuidar a Aveline; parece que a ella le urge más tu atención.

Gideon tensó la mandíbula, tragándose la rabia para no armar una escena frente a todos.

Más tarde, cuando otros lobos le ofrecieron licor a Aveline, él le arrebató los vasos.

—Ella no aguanta el alcohol —gruñó para defenderla.

Una copa, dos, tres... Alentado por los gritos de la manada, se vació un trago tras otro en su lugar.

Cuando la euforia del evento llegó a su punto máximo, Aveline se levantó. Tenía las mejillas encendidas por los nervios y los ojos vidriosos. Se notaba a leguas que apenas podía contener el llanto por la emoción.

—¡Gideon, tengo algo que decirte! —anunció.

Todo el claro se sumió en un profundo silencio.

—Te amo. Te he amado desde el primer instante en que nos conocimos. —La voz se le quebró por el mar de emociones desbordadas—. Por favor, acepta mi propuesta. ¡Reclámame como tu compañera!

La multitud estalló en un coro salvaje de aullidos y vítores:

—¡Di que sí! ¡Acepta!

—¡No lo dudes, Gideon!

Gideon se quedó paralizado, como si la emboscada romántica lo hubiera tomado desprevenido. El escenario estaba preparado a la perfección. La mártir acababa de soltar su discurso. Solo faltaba que el descarado de Gideon diera el sí para iniciar la ceremonia de emparejamiento y formar la pareja elegida de ensueño.

Mirándolos a través del fuego de la fogata, me sumé al circo. Empecé a aplaudir y alcé la voz por encima del resto para asestar el golpe final:

—¡Dile que sí, Beta Gideon! ¡Que la Diosa Luna consagre su vínculo!

Gideon me fulminó con la mirada. El color abandonó su rostro y, al verse humillado por mi aceptación pública, su ego de Beta herido estalló frente a toda la manada:

—¡Thalia! ¡¿Perdiste la razón?! ¿Olvidaste que tú eres mi compañera predestinada? ¡¿Qué carajos estás haciendo?!

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