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Capítulo 4

Author: Cocojam
El rugido de Gideon silenció el claro por completo. La manada entera nos miró, sorprendida.

Ronan, escandalizado, dio un paso al frente.

—Gideon, ¿qué acabas de decir? ¿Thalia es tu qué? —exigió saber mi hermano.

El corazón me golpeó las costillas. Por un momento, la adrenalina me nubló el juicio. Pero la rigidez en el rostro de Gideon me devolvió a la realidad. Él no lo había gritado por amor. Si de verdad hubiera querido reclamarme, lo habría hecho hace de cinco años, no haciendo un berrinche.

Dejé escapar una risita para restarle importancia al asunto.

—No le hagas caso, hermano —intervine—. Gideon está borracho. Ya sabes cómo le gusta bromear conmigo para espantar a mis pretendientes.

Solté las palabras sin peso, disfrazando mis intenciones como un juego amistoso, aunque los dedos me temblaban alrededor del vaso.

Gideon me aniquiló con la vista. La indignación le desfiguró el rostro, ofendido por una traición que solo existía en su cabeza. Tomó aire para contraatacar, pero el golpe de un cubierto contra la madera lo interrumpió de inmediato y lo frenó en seco.

Aveline acababa de dejar caer un cuchillo de plata por «descuido». El metal resbaló por el borde y se le hundió en la pierna.

Un alarido estridente perturbó el silencio del claro. El ardor de la plata comenzó a quemar su cuerpo y su loba no paraba de gemir. Todo rastro de vida se esfumó de su rostro al instante.

Su sufrimiento acaparó la atención de Gideon, pero no saltó a rescatarla de inmediato. La duda desató una tormenta en su interior. Durante un segundo eterno, me miró por encima del hombro, atrapado entre las dos.

Por un instante, me engañé pensando que mantendría su postura y se quedaría conmigo. Pero el pánico le ganó al orgullo; su instinto ya había tomado una decisión.

—¡Aveline! —rugió, dejándose caer de rodillas para envolverla con los brazos—. ¿Qué te hiciste? Mírame.

Ella se dejó asfixiar contra la piel de su pecho, llorando bajo la protección del macho que acababa de robarme.

—Estoy bien... Solo... solo me arde un poco —gimoteó. Me lanzó una mirada lastimera y bajó la voz a un susurro—: Gideon, no. Thalia nos está mirando. La vas a molestar.

Fue una jugada maestra: insinuó mis celos y, al mismo tiempo, lo obligó a elegir frente a la manada.

Gideon dudó un instante más y me dedicó una mirada fugaz.

—Tranquila. Voy a llevarte a la enfermería —le prometió.

La cargó en brazos y se alejó de la fogata a toda prisa. No volvió a dirigirme la mirada.

Ese único segundo de duda bastó para calcinar el último rastro del apego enfermizo que yo le tenía. Me quedé paralizada en mi lugar, con los músculos tensos, mientras los cuchicheos de la manada estallaban a mi alrededor:

—¿Qué quiso decir Gideon hace rato? —murmuró una mujer a mis espaldas.

—¿De verdad insinuó que Thalia es su compañera? —cuestionó otra voz.

—Ni de chiste. Se criaron como hermanos —descartó un lobo entre la multitud.

—Ya sabes lo que dicen de los borrachos... —se burló alguien más.

Ronan se plantó junto a mí y se inclinó directo hacia mi oído.

—Thalia, ¿qué fue todo ese teatro? —indagó—. ¿Acaso existe... un vínculo predestinado entre ustedes dos?

Me mantuve un buen rato en silencio. La leña crujía, escupiendo chispas que se perdían en la noche.

—No —respondí, forzando las comisuras de los labios hacia arriba—. Él y yo somos como hermanos, ¿no? Eso es todo.

Pronunciarlo me dejó un hueco en el pecho, donde debía estar mi corazón, pero era la única salida.

Además, no era una mentira. La Diosa Luna nunca nos había otorgado un vínculo en esta vida. Todo fue culpa mía; me lancé a sus brazos, ciega por un amor no correspondido, y permití que me rebajara a ser su hembra oculta durante cinco años.

Maldita la hora en que pisé ese claro. Después de tanto desprecio, casi caigo en la trampa de la esperanza. Fue entonces cuando los recuerdos de mi vida pasada me asaltaron: el eco de mis propios gritos de parto chocaban contra el vacío que dejó Gideon al abandonarme. Él solo pensaba en sanarle una herida a Aveline.

Mi historia con él iba a terminar en otra tragedia si seguía aferrándome a mis ilusiones.

Al terminar la fiesta, me fui sola a la finca. La luna estiraba mi sombra sobre las piedras del camino.

Me faltaba un metro para llegar al portón principal cuando una figura emergió de la oscuridad.

—¡Thalia! —Gideon se acercó a zancadas y me aprisionó contra su pecho—. ¿A dónde crees que vas?

El abordaje me tomó por sorpresa. Su aroma me envolvió por completo; era tan familiar, tan protector. Las ganas de llorar me picaron en la garganta. Sus músculos habían sido mi lugar seguro; pasé años enteros dejándome caer bajo su peso, cediendo a nuestro lado más primitivo.

Pero la Thalia de esta nueva vida reaccionó a tiempo. Lo empujé con frialdad.

—Suéltame, Gideon. Mantén tu distancia —espeté.

Gideon dio un paso atrás, asimilando el rechazo. Luego, me agarró de la muñeca.

—Thalia, ¿qué fue todo ese espectáculo de hace rato? ¿Por qué apoyaste la propuesta de Aveline? —La confusión y la ira le agrietaban la voz.

Lo enfrenté sin quitarle la mirada.

—¿Me equivoco? —ataqué de vuelta—. Aveline es tu salvadora. Casi se mata por protegerte y su loba sigue inestable por tu culpa. La manada entera te considera en deuda con ella. Son la pareja perfecta. Para saldar esa deuda de vida, debes marcarla y completar el vínculo entre ustedes dos.

Le tiré la realidad a la cara, pero su orgullo de macho lo recibió como una bofetada. Soltó una carcajada seca, áspera como el papel de lija.

—¿Pagar mi deuda? —El tono le raspó la garganta—. ¿De verdad crees que eso es lo único que nos importa ahora? —Se acercó a mí—. ¿Y qué hay de ti? ¿Olvidaste cuál es tu lugar? ¿No fuiste tú quien juró que, si alguna vez me acercaba demasiado a otra loba, tú...?

—Gideon —lo interrumpí de inmediato—. Lo nuestro se acabó.

Su mueca de burla se esfumó. Por primera vez en su vida, el pánico desorbitó sus ojos.

—¡¿Quién dice que se acabó?! ¡Yo no lo permito! —bramó a todo pulmón, fuera de sí.

Antes de poder contestarle, la voz autoritaria y territorial de Ronan resonó a nuestras espaldas:

—¡¿No permites qué, Gideon?!

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