FAZER LOGINMi loba avanzaba por el bosque derribando ramas y rugiendo a la nada. La rabia que llevaba años guardando dentro había tomado el control por completo. No pensaba como humana; solo sentía el deseo de destrozar cualquier cosa que se cruzara en mi camino.
De pronto, un olor fuerte a pino, tierra mojada y peligro cortó el aire.
Mi loba se frenó en seco, enseñando los dientes. Enfrente, entre la sombra de los árboles altos, aparecieron varios lobos enormes. Tenían un porte imponente y una postura de combate impecable, pero entre todos ellos destacaba uno.
Un hombre caminó hacia el frente sin mostrar un solo rasgo de miedo.
Era alto, de hombros anchos y con una presencia tan pesada que hacía que el ambiente se sintiera sofocante. Tenía los ojos oscuros, fijos en mí, y una cicatriz fina le cruzaba parte de la mandíbula. No necesitaba hablar para que se notara quién mandaba ahí: era el Alfa Supremo, el Rey de los Lycan. Soren.
Había salido a investigar la intrusión en su territorio esperando encontrar una amenaza, pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, su cuerpo se tensó por completo.
El olor de mi loba llegó hasta él. Vi cómo sus pupilas se dilataban y cómo el aire se le escapaba de los pulmones. El vínculo se activó al instante entre los dos.
—Mate... —murmuró Soren, sorprendido.
Mi loba sintió la atracción de inmediato, pero mi parte humana, atrapada en el fondo de la conciencia, reaccionó con pánico. Para mí, cualquier Alfa significaba peligro, control y maltrato. Caspian me había enseñado que los hombres con poder solo usaban a los demás.
Soren dio un paso lento hacia mí, levantando una mano para calmar a sus guardias.
—Tranquila —dijo con una voz profunda, intentando sonar suave a pesar de la fuerza natural que transmitía—. Nadie va a hacerte daño aquí.
En lugar de tranquilizarme, su voz me alteró más. Mi loba soltó un rugido agresivo y dio un salto hacia atrás, enseñándole los colmillos. La confusión y el miedo me tenían acorralada. No quería que nadie se me acercara, no quería que ningún hombre me tocara ni me dijera qué hacer.
Soren no perdió la paciencia. Liberó parte del aura de su propio lobo Lycan, no para someterme por la fuerza, sino para envolver el ambiente con una sensación de protección que aplacara la furia de mi transformación.
—Sé que estás asustada y que estás sufriendo —dijo él, dando otro paso corto sin quitarme los ojos de encima—. Pero estás en mi territorio y no voy a dejar que te sigas haciendo daño.
Mi loba intentó atacar de nuevo, pero el cansancio de la primera transformación desgarradora me pasó factura. Las piernas me temblaron. El cuerpo me pesaba toneladas y el calor hirviente empezó a bajarse de golpe. Caí de rodillas sobre la nieve mientras la forma animal desaparecía lentamente, dejándome humana, desnuda, temblando de frío y con la respiración cortada.
Soren se quitó el abrigo de pieles en un movimiento rápido y se acercó a mí.
Cuando estiró los brazos para cubrirme, mi primer instinto fue empujarlo y rasguñarle el pecho.
—¡No me toques! —grité con lo poco que me quedaba de voz, tratando de alejarme a rastras sobre la nieve.
Me cubrió con el abrigo y me sujetó los brazos contra el pecho para que dejara de manotear. Tenía el cuerpo hirviendo y el corazón le latía desbocado contra mi espalda. Vi su cara de cerca: apretaba los dientes mientras miraba la sangre y las heridas de mi piel.
—Tranquila —murmuró cerca de mi oreja—. Ya pasó.
Quise zafarme otra vez, pero los brazos no me respondieron y el cansancio me cayó encima de golpe. Caí desmayada sobre él.
Pero antes de perder el conocimiento por completo, solo me quedó una cosa clara:
No me importa si es el Rey Lycan. No voy a volver a ser la mascota ni la víctima de ningún Alfa. Si intenta dominarme como lo hizo Caspian, le voy a arrancar la garganta.
Desde la camilla, escuchaba el impacto de los disparos contra el marco de hierro de la puerta principal de las celdas. Soren y Darius defendían la bajada de la escalera a corta distancia, impidiendo que el grupo de mercenarios entrara al pasillo inferior.Maeve estaba inclinada entre mis piernas, sujetando las compresas y guiando cada una de mis exhalaciones.—Falta muy poco, Freya —dijo Maeve en voz baja—. Ya estás dilatada por completo. En la próxima contracción vas a pujar con todo lo que tengas.Un grito de dolor se me escapó de la garganta cuando una contracción me apretó el vientre de nuevo. Hice la fuerza que Maeve me pedía, sintiendo una presión brutal.Todo mi cuerpo estaba concentrado en el nacimiento, agotado hasta el límite. En ese pico de esfuerzo, una pesadez helada me envolvió la cabeza por completo. No entendía qué pasaba, solo sentí una niebla espesa infiltrándose detrás de mis ojos, un tirón violento que empezó a borrar y alterar mis recuerdos a toda velocidad.En mi
Tres semanas después, la mansión funcionaba bajo un régimen de confinamiento estricto. La cuarta semana del ciclo final de gestación trajo una pesadez constante en mi cuerpo. El vientre abultado y firme me impedía moverme con la agilidad de antes, y cada paso requería un esfuerzo consciente para mantener el equilibrio.Soren, Darius y Fausto habían trasladado la consola de mando operativa al subsuelo dos días atrás. Las ventanas del primer piso del edificio principal fueron blindadas con planchas de acero, y las patrullas del perímetro exterior se replegaron a los muros internos del patio.A las ocho de la mañana, la alarma de frecuencia corta de la consola inferior comenzó a emitir un tono intermitente.Fausto se colocó los auriculares, ajustó dos perillas del panel frontal y miró la pantalla táctil donde se desplegaban los sectores de la propiedad.—Rompieron la línea del arroyo —informó Fausto sin levantar la vista—. Los mercenarios del Valle del Norte están cruzando el cerco este
Regresamos a la mansión a las once de la noche. Fausto nos esperaba en la sala de mando junto a Maeve, que había subido desde la enfermería al enterarse del intento de sabotaje en la torre.—Intentamos cortar la transmisión desde la consola de la mansión enviando un impulso de frecuencia inversa —dijo Fausto en cuanto entramos—. Pero el sello de la torre rechazó la sobrecarga.De pronto, un dolor punzante me atravesó la cabeza, desde la nuca hasta la frente. Me tomé la sien con la mano derecha y me apoyé contra el borde de la mesa para no perder el equilibrio.Soren me tomó del brazo al instante.—¿Qué sientes? —preguntó Soren con la voz tensa.—Una presión fuerte en la cabeza —respondí, cerrando los ojos hasta que la punzada bajó de intensidad—. Como un tirón constante.Maeve se acercó a mí, me tomó el pulso en la muñeca y me miró a los ojos.—La señal de la torre ya fijó tu marca biológica —dijo Maeve mirándome con seriedad—. Al no poder apagar el transmisor, la frecuencia está busca
Llegamos a la mansión antes de las cinco de la tarde. Los camiones de abastecimiento descargaron los víveres en el sector norte bajo la supervisión de la guardia, mientras que los cinco mercenarios capturados en el desfiladero fueron trasladados directamente a las celdas del subsuelo.Soren, Darius y yo subimos a la sala de mando. Fausto nos esperaba con las planillas de los inventarios abiertas sobre la mesa.—¿El convoy llegó completo? —preguntó Fausto al vernos entrar.—Llegó completo —respondió Darius, dejando su chaleco de protección sobre una silla—. Interceptamos a los mercenarios en la curva del desfiladero. El convoy ya está descargando en el depósito principal.—Hay algo más —dije, acercándome a la consola de radio—. Uno de los prisioneros confesó antes de que lo bajáramos al subsuelo. Los mercenarios no estaban ahí solo por el dinero ni por los suministros. Las brujas de Caspian están preparando un ritual en el límite provincial para vincular la magia del altar a mi sangre.
Pasaron tres días desde la detención del emisario en el subsuelo. Los tónicos concentrados que me preparó Maeve y el descanso obligatorio en la habitación me devolvieron la fuerza a las piernas. Las náuseas matutinas habían disminuido hasta convertirse en un malestar leve que controlaba tomando infusión de jengibre antes de levantarme de la cama.Físicamente me sentía bien. Mi pulso era firme y la debilidad en los hombros había desaparecido. Solo Soren, Maeve y Darius sabían la verdad sobre mi estado; para Fausto y el resto de la guardia, simplemente me había recuperado de los residuos del gas de las brujas.A las once de la mañana, la sala de mando estaba llena de mapas desplegados. Fausto terminaba de marcar las posiciones del desfiladero con lapicera azul, mientras Darius ajustaba los chalecos de protección del grupo de vanguardia en la mesa lateral.—Los camiones del convoy salen de la central de abastecimiento a las tres en punto —dijo Fausto, señalando el tramo angosto de la carr
Escuché los motores de los vehículos en la entrada de la mansión. Bajé las escaleras despacio, sujetándome de la barandilla para compensar el cansancio que sentía en la espalda.Fausto venía detrás de mí con la carpeta de los registros de radio que habíamos tomado durante la noche. En el vestíbulo principal, dos guardias abrieron las puertas dobles en el momento en que Soren cruzaba el umbral. Traía la chaqueta sucia y hollín en las manos. Darius entró justo detrás, indicándole a la guardia del pasillo que reforzara los puestos del perímetro.—El campamento de los graneros era un señuelo —dijo Soren, quitándose los guantes y tirándolos sobre la mesa de la entrada—. No había rastro de los altares. Solo mercenarios pagados para mantenernos ocupados en la frontera sur mientras movían el puesto principal.—¿Tuvimos bajas? —preguntó Fausto.—Ninguna —respondió Darius desde la puerta—. Tres guardias tienen heridas leves por esquirlas y uno se lesionó la pierna al saltar una cerca. Todos está







